¡Ay de quien se oponga!

Actualmente, los derechos humanos se han convertido para muchos en una nueva religión. De esta manera, puesto que el ethos occidental no concibe una realidad en la cual no se los respete, aboga insistentemente por ellos y critica sin compasión a quienes los desconocen.

Hasta aquí pareciera estar todo bien. Sin embargo, la gran pregunta que surge en una época como esta, sumida en profundos conflictos respecto de lo que se considera bueno y malo, es de cuáles derechos humanos estamos hablando.

En efecto, debido a nuestro “politeísmo valórico” nos hemos convertido en “extraños morales”, lo cual hace poco probable que en un tema como el de los derechos humanos exista algún tipo de acuerdo. Y si se mira la evolución que ellos han tenido, se nota muy a las claras que pese a mantenerse su terminología, su contenido ha variado sustancialmente, al punto que podría decirse que la primitiva Declaración Universal de 1948 está muerta, o mejor, conserva su apariencia, cual cuerpo embalsamado, pero rellenada con otra cosa. Todo lo cual permite imponer estos nuevos derechos manteniendo el ropaje de los antiguos.

Estos nuevos derechos parecieran tener como centro de tablero los llamados “derechos sexuales y reproductivos”, en torno a los cuales giran y se comprenden los demás, incluyendo el derecho a la vida, afectándolo todo: desde la familia, completamente deformada, hasta el Estado, que debe encargarse diligentemente de satisfacerlos y castigar sin compasión a quienes los perturben.

Es por esto también que la campaña por su hegemonía no descansa, y se emplean todos los medios posibles para imponerlos, tanto nacionales como internacionales, muchas veces al margen de las tradiciones, idiosincrasias y hasta decisiones democráticas de los pueblos.

El problema sin embargo, es que como a pesar de su profunda metamorfosis se sigue hablando a su respecto de “derechos humanos”, quien se oponga a los mismos, por muy buenas razones que tenga en atención a este cambio que han sufrido, será víctima de todas las críticas y sanciones imaginables –lo que incluye el poder coactivo del Estado–, incluso a costa de sus propios derechos humanos. En este tema la herejía no es admitida, razón por la cual estos derechos sólo se tendrán mientras se esté del lado “correcto”, pero ¡ay de quien se oponga a este orden de cosas! Si lo hace perderá su carta de ciudadanía y por tanto, estos derechos que supuestamente son universales.

Es por eso que hay que decirlo con todas sus letras: los actuales “derechos humanos” se han convertido en un instrumento de dominación para imponer una visión de las cosas bastante discutible, que poco o nada tiene que ver con su genuino sentido.

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *