Entendiendo la Bioética ante la pandemia COVID-19

Por: Alejandra Diener Olvera

Doctora en Bioética (Candidata)

ale@alediener.com

México ha entrado en Fase tres con relación a la pandemia del Coronavirus. La fase temida por la población ya que significa que es el periodo de máxima transmisión, la de máximos casos por día. Durante este periodo de cuarentena hemos ido viviendo distintas etapas, en las cuales hemos estado pendientes de nuevos términos y acontecimientos poco conocidos o antes nunca mencionados. La bioética es uno de los conceptos que se ha estado planteando desde finales de la segunda fase, pues se publicó una Guía Bioética de Asignación de Recursos Escasos de Medicina Crítica. Un documento que deja mucho que desear.

Una guía que ha sido ampliamente criticada por ser poco considerada con las personas de edad avanzada. Tanto que la han retirado de la red para seguramente revisarla y lograr un nuevo planteamiento que logre alcanzar los lineamientos que requiere el sector salud en la situación actual.

Al respecto, hemos considerado prudente hacer una radiografía de lo que la bioética implica. Desde la academia intentando usar un lenguaje amigable para que cualquiera pueda comprender lo que esta disciplina implica para la vida humana.

Como inicio, es imprescindible explicar el término desde la raíz etimológica y que como su nombre lo dice, es la ética aplicada a la vida. A cualquier forma de vida. Lo que se debe y no se debe de hacer con relación a la vida. El ser humano, dotado con inteligencia, voluntad y libertad es capaz de enfrentarse a varios dilemas, que a pesar de poder lograr manipular o crear ciertas cosas, gracias al avance tecnológico y científico, puede discernir qué sí y qué no, aunque le sea casi todo posible.

Ante la pandemia del Coronavirus, nos centraremos en una bioética dirigida al ser humano. A las personas enfermas del virus y a su estadio de gravedad. Sus requerimientos y el discernimiento de la asignación de recursos de medicina crítica. Qué sí y qué no.

Para ello hemos elegido definir brevemente las distintas corrientes que existen en la bioética y concluyendo, explicaremos en cuál de ellas nos basaremos para emitir juicios de valor ante la situación de emergencia vivida en México actualmente y en cuál o cuáles la Guía de referencia presumimos se basó según la información ofrecida. Asimismo, concluiremos intentado proporcionar los elementos bioéticos para poder discernir un dilema.

Comenzamos con la bioética utilitarista, que busca el bien mayor para el mayor número de personas. Sobre los valores individuales, están los de la sociedad, es decir, los valores éticos tienen que ver con la utilidad. La línea de pensamiento utilitarista es pragmática, pues considera la utilidad de las cosas a la par que de las personas poniéndolos al mismo nivel.

La bioética universalista, es una corriente de pensamiento que deja la toma de decisiones a que la opinión de la mayoría de las personas involucradas en el dilema ético, las considere. Es decir, sin importar las competencias de las personas involucradas, basta con que en promedio sean las más para que se acepte o se rechace un acto humano ante una disyuntiva.

La bioética personalista, es la que considera a la persona y su dignidad ontológica por encima de todo. Parafraseando a Juan Manuel Burgos, fundador y presidente de la Asociación Española de Personalismo y de la Asociación Iberoamericana de Personalismo, esta corriente bioética desde el punto de vista estructural, se caracteriza por la centralidad de la persona, lo que significa no solo que una filosofía o línea de pensamiento “tenga en cuenta” a la persona, algo relativamente común, sino que emplea este concepto como “clave arquitectónica de su antropología.” Sintetizando, del qué al quién: el hombre no es una cosa, y ni siquiera un qué, una naturaleza. Es un sujeto individual irrepetible, es decir, un quién.

Y finalmente, aunque estamos conscientes de que pueden existir otras distintas formas de considerar a la bioética, está el principialismo bioético. Con estas cuatro, desglosamos las más importantes dentro de la disciplina en cuestión. Al respecto, cuenta con cuatro grandes características para considerarla dentro de un dilema; la beneficencia, la autonomía, la no maleficencia y la justicia.

A decir, la beneficencia busca el bien del usuario sin menospreciar a nadie, la autonomía supone que el usuario puede gobernarse a sí mismo y decidir sobre su propio estado y corporeidad, la no maleficencia se refiere a que no haya una mala intención y la justicia implica un trato igual sin importar las condiciones del usuario.

Ahora bien, habiendo explicado brevemente las distintas corrientes de pensamiento bioético que en la actualidad más se aceptan en la academia, emitiremos nuestro juicio con relación a la asignación de recursos escasos durante la actual pandemia del COVID 19 desde la línea de pensamiento personalista. Ya que consideramos que es la más acorde a la vida humana y sus dilemas éticos. Una antropología defensora de la dignidad de la persona. El personalismo nació para defender al ser humano de los peligros opuestos representados por el colectivismo y el liberalismo individualista. Desde entonces siempre ha luchado por la defensa de la persona. Por ello, quien comparta esta convicción encontrará sin duda en el personalismo un poderoso aliado para las contiendas que se libran y se librarán en este terreno.

La Guía Bioética, en donde en la primera parte se pretende orientar de manera específica cómo asignar recursos escasos de medicina crítica y en la segunda, describe el procedimiento a utilizarse para dicha asignación, notamos que no consideran la estructura tridimensional de la persona. Puesto que para una comprensión adecuada del ser humano es necesario superar la distinción alma-cuerpo y pasar a una estructura más compleja, tripartita, que permite explicar mucho mejor las características del ser personal. Estas tres dimensiones son cuerpo, psique y espíritu.

La Guía sopesa al usuario enfermo conforme a su utilidad y lo reduce antropológicamente a un objeto que puede durar más o menos tiempo. “Paciente A de 80 años necesita de un ventilador, paciente B de 20 años necesita de un ventilador. Si paciente A recibe el ventilador ella vivirá 7 años más, si paciente B recibe el ventilador ella vivirá 65 años más. Ante dicho problema se tiene que introducir un principio adicional: salvar la mayor cantidad de vidas-por-completarse.” Es claramente un pensamiento utilitarista.

Cabe señalar, entonces que para poder discernir un dilema desde una línea personalista, contamos con cuatro principios “relativos a la intervención del hombre sobre la vida humana en el terreno biomédico”. Que son los siguientes:

  1. El principio de defensa de la vida física
  2. El principio de libertad y responsabilidad
  3. El principio de totalidad o principio terapéutico
  4. El principio de socialidad y subsidiaridad

          Continuando con el caso del paciente A y el paciente B, es preciso hacer notar que los dos pacientes cumplen con el Principio de Totalidad, ya que la persona humana —de suyo libre— con el organismo corpóreo, constituye una totalidad y el organismo mismo es una totalidad. De aquí se deriva el principio terapéutico, por el cual es lícito intervenir en una parte del cuerpo cuando no hay otra forma para sanar la totalidad del cuerpo. Y para tal efecto se requieren las siguientes condiciones precisas: consentimiento informado de la persona, esperanza de éxito, e imposibilidad de curar la totalidad sin intervención.

          Los criterios de limitación de recursos no resultan válidos cuando se toman aisladamente por: edad, prioridad en el tiempo, enfermedad, vulnerabilidad, discapacidad, deterioro cognitivo, como si fuera posible cuantificar sin más estos valores y formular matemáticamente una relación costo-beneficio. (www.Bioeticaweb.com Comité de Bioética de España)

Quitar o poner el respirador debe igualmente de cumplir con el principio de proporcionalidad, en donde el acto sea proporcional al caso. Es decir, ponerlo no implica necesariamente salvar la vida, ya que el paciente puede tener una comorbilidad y se podría ocasionar una distanasia (alargar la vida).

          Finalmente, conscientes del breve espacio y de lo complejo del tema, dejamos a reflexión las líneas redactadas desde un conocimiento bioético, recomendando que quien durante esta emergencia decida emitir una Guía Bioética como ayuda para el personal de salud, sea un experto en esta disciplina y no así solamente conocedor.

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Acto médico y Eutanasia.

*Dr. Carlos Leite Poletti.

¿Puede existir jurídicamente la voluntad anticipada de morir?

La discusión sobre la eutanasia llegó a un nivel poco antes visto en la historia del Bioderecho, lo que parece deberse a diversos factores. El desarrollo tecnológico ha posibilitado la recuperación de enfermos y ha permitido prolongar la vida de otros, pero con elevados costos personales, y sociales.

El uso indiscriminado de la tecnología llevó también al llamado “ensañamiento terapéutico” u “la obstinación terapéutica”, que, por tratar de conservar la vida a toda costa, llega a ser desmesurado.

Hace pocos años, los medios de comunicación daban una noticia que trataba de reabrir el debate de la eutanasia en nuestra sociedad. La noticia fue la siguiente: «Los médicos belgas aplicaron una inyección letal que paró el corazón de Nathan Verhelst, un hombre sano físicamente de 44 años, que pidió que le mataran porque no estaba contento con los resultados de su cambio de sexo. La historia de terror psicológico narrada casi en directo por la prensa belga ha reabierto el debate sobre el uso de la eutanasia, el derecho de los ciudadanos a ser asistidos por doctores en su muerte, una práctica permitida en ese país desde 2002, y en claro auge» (EL CORREO, 03.10.13).

En primer lugar, los médicos no deben ignorar ni mirar hacia otro lado cuando el enfermo manifiesta que no desea continuar viviendo de la manera que lo está haciendo, acompañado por un sufrimiento insoportable, y sin importar consideraciones que el paciente tuvo anti cristianas o anti éticas, porque eso solo lo juzga el Señor.

Ahora bien, el deseo legítimo de tener una buena muerte, es una legítima, valga la redundancia, aspiración de todos nosotros. Es un imperativo ético, podríamos decir al estilo kantiano. Pero, nos preguntamos: ¿verdaderamente ese paciente desea la muerte? ¿Cuál es la demanda auténtica de un agonizante que pide la eutanasia?

La petición individual o social de la eutanasia debe ser considerada generalmente como una demanda de mayor atención. Si su miedo lo transformamos en seguridad, el paternalismo en autonomía, el abandono en compañía, y el silencio en escucha, tal vez desee seguir viviendo el tiempo que le quede. El enfermo necesita sentirse querido por los suyos, y además sentir que sigue siendo querido por lo que es y que no necesita cambiar. Todo esto va a ser para él un motivo para querer seguir viviendo. Fue Nietzsche, quien se podrán imaginar, no era muy cristiano que digamos, quien dijo: «El que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo».

Médicos, abogados, a TODOS, nos debe preocupar lo que le ocurre al enfermo para que desee la muerte. Este deseo puede ser una llamada de atención para que se le alivien todos los síntomas molestos o quizá sea una queja encubierta para que se le trate de una manera más humana, o se le haga compañía. Sencillamente, para que se le explique lo que le está ocurriendo.

La tentación de la eutanasia como solución precipitada se da cuando un enfermo pide el morir y se encuentra con la angustia de un médico que quiere terminar con el sufrimiento del enfermo porque lo considera insanable.

Pero deberíamos ser conscientes de que el verdadero fracaso es tener que admitir la eutanasia como solución alternativa al alivio de síntomas y ese estrepitoso fracaso se produce, cuando se plantea quitar la vida a un enfermo porque no sabemos cómo mejorar sus síntomas insoportables.

Aunque la muerte es inevitable, sí se podría intentar evitar el morir mal. La atención médica al final de la vida debe evitar su prolongación innecesaria, pero también debe evitar su acortamiento deliberado. En muchos Congresos internacionales de Bioética se ha dicho hasta el cansancio: «Dejar a la muerte que llegue sin empeñarse en prolongar artificialmente la agonía, sin miedo a usar los analgésicos y los recursos paliativos necesarios para aliviar el dolor y el sufrimiento».

La acción directa e intencionada, encaminada a provocar la muerte de una persona que padece una enfermedad avanzada o terminal, a petición expresa y reiterada de ésta, no es ni deberá ser nunca un acto médico. Sin embargo, interrumpir o no iniciar medidas terapéuticas inútiles o innecesarias, así como emplear tratamientos que tienen efectos beneficiosos sí es acto médico que se deben llevar a cabo para que el enfermo muera bien. Un excelente ejemplo de este caso, sería la sedación en la agonía.

Ante un enfermo en situación terminal lo que se hace o se deja de hacer con la intención de prestarle el mejor cuidado, permitiendo la llegada de la muerte, no sólo es moralmente aceptable sino que muchas veces llega a ser obligatorio desde la ética de las profesiones.

Debemos estar preparados para escuchar algo más espiritual.

Cuando se aplican las medidas terapéuticas que sean proporcionadas, evitando la obstinación terapéutica, evitando el abandono, evitando el alargamiento innecesario y evitando el acortamiento deliberado, estaremos realizando una buena práctica médica amparada por la Jurisprudencia internacional u por el Santísimo.

*Dr. en Derecho Uruguayo y católico

Asesor en Bioética de la Universidad de Montevideo

Mitos equivocados sobre la eutanasia.

1,509 Palabras. Tiempo de lectura 6:00 aproximadamente.

Los padres deben conocer, para explicar a sus hijos, que la eutanasia no siempre resulta una forma rápida, indolora y segura para morir, pues suelen surgir muchas e irreversibles complicaciones muy negativas para el enfermo.

Según la ética y la deontología médica, no es lo mismo la eutanasia activa, que el suicidio asistido y la sedación en la agonía. En la eutanasia se busca deliberadamente la muerte inmediata. En la sedación, dentro de los cuidados paliativos, se busca conseguir, con la dosis mínima necesaria de fármacos, un nivel de conciencia en el que el paciente no sufra, ni física, ni emocionalmente, al tener que enfrentarse con el dolor y la angustia, de las últimas fases del proceso de la muerte biológica, aunque de forma indirecta, pudiera acortar la vida.

No es importante discutir los diferentes conceptos de “eutanasia activa” “eutanasia pasiva”, “eutanasia directa” o “eutanasia indirecta” pues la terminología es secundaria, frente a lo que es matar, a pesar de que haya una supuesta aceptación manifiesta de la víctima.

En los países donde está autorizada la eutanasia y el suicidio asistido (Bélgica, Holanda y en USA, Oregón, Washington, Montana y Vermont), cada uno con sus leyes especiales, se dan unas circunstancias muy preocupantes, debido a la desinformación malintencionada que existe. Desgraciadamente hay una tendencia que tiene muy difícil marcha atrás, a no ser que la información que reciban los posibles usuarios, sea más veraz.

Con la legalización de la eutanasia, en esos países y Estados:

Han aumentado las solicitudes para ejecutar la eutanasia.
Han aumentado los casos aprobados.
Han aumentado los criterios que siguen los médicos para autorizar las eutanasias.

Las personas con mayor probabilidad de solicitar la eutanasia, en los países donde está legalizada, son los que su vida ya no se considera valiosa, como: Los enfermos graves, los pobres, los ancianos, los incapacitados, los que tiene poca educación, los fácilmente manipulables, los pacientes prolongadamente aislados y los moribundos que representen beneficios o una fuerte carga económica, para sus familiares o el estado.

La soledad, la tristeza, la depresión, el sufrimiento, la vejez, el cansancio de vivir sin tener ningún aliciente y la falta de Fe, fueron los principales argumentos que alegaron, los que solicitaron la eutanasia o la muerte asistida, incluso sabiendo que no tendría ningún impacto positivo, en la mejora del final de su vida.

20 Argumentos y mitos equivocados, sobre la eutanasia y el suicidio asistido.

No tengo a ningún familiar o amigo a mi alrededor, que se interesen por mí, me han olvidado.

Estoy deprimido, angustiado, desesperado y con mucho miedo a perder mi autonomía y control.

Conocí a otros que solicitaron y les concedieron la eutanasia, a más del 80% de los que la solicitan, se la conceden.

Me han dicho que la eutanasia es una “muerte digna” para los que como yo, no tenemos “calidad de vida” y que debido a nuestras minusvalías, vivimos con sufrimiento.

Estoy cansado de la vida y sé que si pido que me practiquen la eutanasia, me la van a conceder, pues los encargados de autorizarlas, son los principales entusiastas de realizarlas.

Pertenezco a lo que se llama grupos vulnerables, discriminados, de alto riesgo, bajo nivel educativo, pobreza, ancianidad, determinadas minorías, vivir en asilos, fragilidad mental, costosos tratamientos médicos, etc. Por lo que es muy probable que me la concedan.

Exijo a la sociedad, que elimine mis sufrimientos o que me aplique la eutanasia.

Todos los días me están presionando en el hospital para que la solicite, insistiendo en las ventajas de la eutanasia para mí y para mí familia.

Para mí es muy fácil argumentar, el concepto de “insoportable sufrimiento” y de que es imposible mejorarlo, aunque haya medicinas y tratamientos paliativos, que amortigüen casi totalmente el dolor.

Tengo miedo a poder llegar a tener dolores físicos insoportables.

Me creo que tengo el derecho a disponer de mi propia vida, como yo quiera.

No quiero llevar unas condiciones de vida humillante e indigna, delante de mis familiares y amigos.

No quiero aceptar que mis familiares y amigos sufran, participando o viendo mi mala calidad de vida.

No quiero que me prolonguen la vida, para ser un caso clínicamente interesante, y los médicos me puedan ir estudiando, mientras me voy muriendo.

No quiero que me asesinen mis familiares, para cobrar la posible herencia.

No quiero suicidarme, pues es muy difícil tener “éxito” al suicidarse. En USA hay anualmente unos 30,000 casos de suicidio, que terminan con “éxito”. Pero hay más de 100,000 intentos de suicidio, que no terminan con “éxito”, dejando en los que lo intentan, unas gravísimas secuelas de incapacidades y enfermedades, la mayoría de las veces irreversibles.

No tengo dinero para pagar los costos de seguir enfermo, y no quiero pedirlo ni a mi familia, ni a la sociedad.

Si me curan y me pongo bien, no tengo fuerzas para empezar una nueva vida.

He perdido mi independencia y dependo de otros para todas mis funciones, incluso las más elementales.

Soy libre y soberano, para decidir sobre lo que quiera hacer con mi vida. El médico no me ha dicho que estoy en una situación de desequilibrio, incapacidad mental o depresión, como para que no pueda tomar la decisión, supuestamente bien informada, que yo crea que a mí más me conviene.

La cultura del descarte, no contempla resolver los problemas que lo originan, ni crear programas para devolver la alegría de vivir, ni eliminar el concepto de soledad, a los que solicitan la eutanasia, la cual no es una forma digna de morirse, sino una perversión.

¿Serán las Iglesias, los gobiernos, los médicos, los hospitales, la familia o la sociedad civil, la responsable de solucionar este grave problema?

¿Será la sociedad en general la que quiere que se practique la eutanasia, para liberarse de los costos que suponen los ancianos, los enfermos en situación difícil o terminal, los niños con síndrome de Down o similar, etc.?

16 Argumentos para rechazar la eutanasia:

Cuando se está consciente, de que la eutanasia favorece una “pendiente peligrosa”, en contra del derecho a la vida.

Cuando consta que la eutanasia, se aplica también a los niños nacidos o no nacidos, que presenten minusvalías importantes.

Cuando se sabe que la eutanasia origina, que se niegue sistemáticamente tratamientos médicos costosos a determinados grupos sociales, practicando la eliminación de los “inútiles”.

Cuando la eutanasia presiona a los médicos, a poner fin a la vida de los pacientes graves, para no incurrir en más gastos y a los familiares de los enfermos, para cobrar las herencias.

Cuando todavía se tiene la confianza, en que la clase médica pueden y tienen la obligación de mejorar o aliviar la enfermedad.

Cuando haya pruebas que la eutanasia pervierte la ética y desincentiva la inversión, en cuidados paliativos y tratamientos para el dolor, prefiriendo matar al enfermo, antes que invertir en cuidados paliativos.

Cuando los medios de comunicación se han encargado de convencer a los enfermos, que los médicos están para curar o mitigar el dolor, y que cuando no lo pueden hacer o es muy caro hacerlo, la eutanasia es la única solución.

Cuando se sienten que ya no son libres, al aparecer los primeros síntomas de ansiedad, depresión mental o trastornos emocionales.

Cuando se es consciente de que la eutanasia, no es un derecho humano, ni está recogido en el Convenio Europeo de Derechos Humanos.

Cuando se dé cuenta que la eutanasia, puede ser una moda contagiosa, fomentada por los medios de comunicación, los familiares o las amistades, que la presentan con mucha insistencia, como una salida fácil para el enfermo.

Cuando se dé cuenta que está en un estado de ansiedad, depresión y terror hacia la muerte y que nadie le da ánimos, para seguir viviendo.

Cuando se da cuenta, de la fuerte dependencia e indefensión que tiene de sus médicos, cuidadores y medicinas.

Cuando se da cuenta de la pérdida de su dignidad como persona, y de los desagradables efectos secundarios, de los tratamientos médicos o medicinas.

Si empieza a pensar que los médicos y no la enfermedad, son los responsables de su muerte. Porque ellos deciden cuándo y cómo van a aplicarle la eutanasia.

Cuando empiezan a comprobar que los médicos, nunca le hablan de la eutanasia, pero la aplican a otros enfermos, sin dar ninguna información, pública o privada.

Cuando ya no es consciente de que no tiene la capacidad de decidir, si está consintiendo su propio asesinato.

Los que tanto aplaudieron, propagaron y presionaron, para que el crimen del aborto voluntario, fuera legal, ahora van a sufrir las consecuencias, en su propia vida, de la aplicación obligatoria de la eutanasia y el suicidio asistido legalizado. Aquellos polvos, trajeron estos lodos.

francisco@micumbre.com

¿Qué es la eutanasia? ¿Cuál es la posición de la Iglesia frente a este tema?

Dr. Carlos Leite Poletti

La palabra Eutanasia viene del griego y significa: ‘muerte dulce’.

En el mundo occidental, muchos han alzado la voz, pidiendo que se conceda a los enfermos terminales el derecho de terminar su vida, antes que la enfermedad les provoque graves sufrimientos y dolores que no desean sufrir. También se habla de aquellos que provocan la muerte de un ser querido por piedad. La Eutanasia se practica interviniendo para provocar la muerte en forma directa, o simplemente omitiendo el tratamiento necesario para prolongarle la vida. En ambos casos existe la deliberada intención de causar la muerte del enfermo. El médico norteamericano Jack Kevorkian, apodado el ‘doctor muerte’, se hizo famoso y millonario al inventar y utilizar una máquina que mata sin dolor a los pacientes que así se lo soliciten; de esta forma según él, se logra una ‘muerte digna’.

Para los cristianos la vida humana es un don sagrado y maravilloso, recibido de Dios. Por eso, la Eutanasia es considerada como un asesinato. ‘El hombre está llamado a la vida y a una plenitud de vida, que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena… Lo sublime de esa vocación sobrenatural, manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana, incluso en su fase terminal.’ (Juan Pablo II, ‘Evangelium Vitae’ n.2)

Todo cristiano tiene el deber de respetar, valorar y defender la vida humana. No existen ‘vidas inútiles’ que sean cargas para los otros. El sufrimiento y el dolor no justifican ni dan derecho a disponer de la vida de un ser humano. La muerte no es el término final y último de la vida del hombre, ni un fin absurdo de la misma. La mentalidad que ve a la Eutanasia como un derecho absoluto, nace de una visión que prescinde de Dios y que cree erróneamente que el hombre es dueño absoluto de su vida, siendo responsable sólo ante sí mismo de sus acciones. Por más que se quiera ver a la Eutanasia como un bien, no deja de ser un acto absurdo e inhumano que ningún fin puede legitimar. Esto no significa que tenga que prolongarse artificialmente la vida de una persona. Todos tenemos derecho a vivir y a morir dignamente. Pero esto no significa que se nos prolongue artificialmente la vida por medio de técnicas, medicamentos o aparatos que produzcan lo que se ha dado en llamar el encarnizamiento terapéutico.

Es lícito en un enfermo terminal, recurrir a calmantes (aun con el riesgo de acortarle la vida) que permitan que el enfermo viva los últimos momentos de su vida sin sufrimiento innecesario. Es legítimo y digno desear una muerte sin desfiguración, dolor y aislamiento y no se opone al Evangelio. Un paciente terminal nos da muchas veces una lección enfrentando la muerte con gran dignidad, somos nosotros los que deberíamos acompañar al enfermo los que a menudo nos comportamos indignamente.

*Dr. En Derecho Uruguayo y católico

Asesor en Bioética de la Universidad de Montevideo

1.2 millones de niños, necesitan cuidados paliativos en el mundo: OMS

México DF, octubre, 2014. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), se calcula que anualmente más de 20 millones de personas a nivel mundial necesitan cuidados paliativos al final de la vida: cerca del 6% son niños.

En el marco del Día Mundial de los Cuidados Paliativos, es necesario reflexionar sobre los cuidados que deben recibir los niños que, lamentablemente, viven con alguna enfermedad terminal. “El niño tiene una manera de pensar muy distinta al adulto, cuando su expectativa de vida es corta, se le dice que se le enviará a casa y se pone feliz. Los familiares en cambio, lo toman de una manera muy distinta, es natural, y ahí es donde los cuidados paliativos también pueden ayudar”, comenta el Dr. José Méndez, Venegas, psico-oncólogo y especialista de TAD (THINK· ACTION· DEVELOPMENT).

Los cuidados paliativos infantiles involucran una atención integral del menor, que implica no sólo resolver las necesidades biológicas que tenga por su padecimiento, sino también, atender adecuadamente las psicológicas y las emocionales; además de incluir apoyo psicológico y de acompañamiento a la familia durante el proceso del menor. Al respecto, el especialista comenta: “los cuidados paliativos en niños tienen por objeto eliminar el dolor -si es que existe- y dar un tratamiento sintomático; pero sin duda, lo más importante es el apoyo emocional que la familia le brinda al niño en esta situación, es un factor que puede hacer una gran diferencia. Me atrevería a decir que, el trabajo de cuidados paliativos en pediatría es mucho más difícil con los adultos porque es una cuestión de formación, de personalidad y de falta de cultura para enfrentar la muerte”.

En la investigación “Global Atlas of Palliative Care”, la OMS señala algunos datos importantes sobre el estado de los cuidados paliativos infantiles en el mundo, dos de los más significativos son:

  • El número estimado de niños a nivel mundial que necesitan cuidados paliativos es de casi 1.2 millones (52% son niños y 48% son niñas)
  • En un listado de padecimientos que hacen necesario este tipo de cuidados en menores, los 3 principales padecimientos son: anomalías congénitas (25.06%), condiciones neonatales (14.64%) y desnutrición y problemas relacionados (14.12%).

Para el Dr. Méndez, este tipo de cuidados pertenecen a una especialidad donde los aspectos éticos y humanos son muy importantes: “en donde sólo nos queda cuidar, cuando ya no es posible curar”.

Una bola de nieve

Desde Chile escribe el Dr. Max Silva Abbott.- La Comisión de Salud del Senado ha decidido reabrir el debate para regular la eutanasia activa en nuestro país. Hay que recordar que el anterior proyecto, de 2006, fue archivado en la Cámara de Diputados. Y como era obvio, la polémica no se ha hecho esperar.

La eutanasia es un problema sumamente complejo. Es ello lo que explica que hasta ahora sean pocos los países que la han normado (Holanda, Bélgica, Suiza, Luxemburgo y en algunas regiones de Estados Unidos). Sin embargo, viendo lo que ha ocurrido, sobre todo en los tres primeros países, puede verse claramente cómo la eutanasia es una auténtica bola de nieve y por ello, un camino en el cual no conviene adentrarse.

Veamos. Luego de regir durante una década para adultos, a mediados de 2013, Bélgica aprobó también la eutanasia infantil para aquellos niños que tuvieran una enfermedad terminal, exigiéndose su propio consentimiento “informado y maduro” (pese a que no pueden votar o comprar alcohol, por ejemplo), además del visto bueno de los médicos y de sus padres.

Algo parecido ha ocurrido en Holanda: desde 2005 se ha practicado impunemente la eutanasia en niños y bebés, siguiendo las pautas del “Protocolo de Groningen”, de 2004, donde uno de los criterios fundamentales a tener en cuenta, además del estado del menor, es el sufrimiento de los padres.

Incluso, en 2011, la Real Asociación Médica de Holanda publicaba unas nuevas directrices para la aplicación de la Ley de Eutanasia, vigente desde el año 2002. Según ellas, es posible aplicar la eutanasia a personas que sufran a causa de la soledad, por carecer de habilidades sociales o de dinero, aun si no están en peligro de muerte ni con una enfermedad terminal. Es por eso que existe un sistema de “eutanasia móvil”, que acude al domicilio del solicitante para brindarle este “servicio” de manera prolija y silenciosa. De hecho, en 2014 hubo un caso famoso, si bien en Suiza, en que una anciana solicitó la eutanasia por considerarse inadaptada para la vida de hoy.

Lo anterior demuestra que es inevitable que se vaya propagando y aceptando la noción de “vidas sin valor”, que “no merecen la pena ser vividas” o, desde una perspectiva más cercana a la medicina, de una cierta “calidad de vida” (en vez de dignidad humana) que justificaría la eutanasia. Además, que en muchas ocasiones la decisión no depende del afectado, sino de terceros. Y finalmente, que se aplica en casos que curiosamente no solo aumentan sin cesar, sino que se alejan cada vez más de las situaciones extremas de dolor y desesperación que para sus partidarios, la justificaban en un principio.

Es por eso que la eutanasia acaba convirtiéndose en una práctica cada vez más habitual y en suma, en una verdadera bola de nieve. ¿La iniciaremos también aquí?

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

¿Suicidio para no existir o evitar vivir de forma insoportable?

La persona humana tiene dos elementos que de manera idéntica comparte con los animales, el instinto de supervivencia y el instinto de perpetuación de la especie. Los instintos a menudo son comparados con los impulsos, de hecho cuando se menciona uno u otro se pretende que sean sinónimos, y aunque tienen etimologías semejantes, no son lo mismo. Los instintos son reacciones, respuestas ante estímulos que se suscitan a lo largo de la vida. Son dinamismos propios que se manifiestan por la misma naturaleza de los seres vivos que ocurren exclusivamente en el soma, es decir en el cuerpo. No obstante el impulso, a pesar de ocurrir en el cuerpo, involucra la psique, es decir, nuestra parte espiritual. Los impulsos de autoconservación, de protección de la vida frente a todo aquello que pudiera dañarla.

Un impulso nos hace defendernos ante un ataque a nuestra integridad, que combinado con el instinto que nos hace reaccionar físicamente, la psique, concientiza que nos debemos de defender para sobrevivir. De hecho, en caso de haber salido ilesos, cuando ha pasado la agresión nos percatamos de que estamos bien corporalmente, pero en realidad nos referimos a nuestra parte interna, a nuestra parte espiritual. Ese hurgar en nuestro interior para dar cuenta de que nos encontramos bien, es un impulso de autonconservación con el que contamos los seres humanos, que a diferencia de un instinto nos hace adentrarnos en nuestra espiritualidad.

“En el origen del impulso de autoconservación existe un valor fundamental y un principio: la existencia misma es la que constituye este principio y este valor, pues el impulso a la autoconservación expresa obligación de existir, la “necesidad subjetiva” de existir que invade todo el dinamismo de la estructura del hombre” cita que he sacado de uno de mis libros predilectos “Persona y Acción” del antropólogo de antropólogos Karol Wojtyla. Y que nos dice precisamente que la persona humana busca vivir a costa de lo que sea desde el momento en que existe, desde que somos concebidos luchamos por nuestra conservación.

Al respecto, y habiendo explicado estos términos filosóficos pero también antropológicos, los cuáles he tratado de hacer digeribles, la duda que cualquiera podría hacerse, es que si estos impulsos son los que caracterizan al género humano, cómo es posible que haya quienes buscan acabar con ese tesoro tan preciado llamado vida y que defendemos a costa de lo que sea, es más de manera impulsiva e instintiva. Bueno, pues este mismo libro nos puede dar respuestas a las conductas suicidas que claramente atentan en contra de nuestra propia naturaleza y que claro está contradicen totalmente los párrafos anteriores. “El impulso de autoconservación se convierte en una actitud adoptada conscientemente, una preocupación esencial del hombre y un valor fundamental. En su mente, el hombre, como bien sabemos puede reflejar el valor de su propia existencia y sustituir la afirmación por una negación, lo que manifiesta que el impulso a la autoconservación no tiene control absoluto sobre la persona.”

Aquí surge la duda de que si aquellos que tienen la intención de suicidarse lo hacen por dejar de existir totalmente, o quizá únicamente dejar de existir en una forma que les parece insoportable. Atentan en contra de ese impulso, de manera voluntaria, lo que nos demuestra que no somos determinados por nuestros impulsos, no así de nuestros instintos que son meramente reactivos ante estimulaciones externas.

El suicidio, muchos lo describen como actos de cobardía, otros como de valentía, sin embargo yo me atrevería a decir que es un acto de vacío espiritual, un hueco profundo de trascendencia que en la vida desde la era platónica se buscaba llenar con cosas materiales y lo único que provocaba era mayor frustración y desesperación por ese abandono del espíritu.

Desde hace varios años me ha tocado enterarme de suicidios, de hombres y mujeres que conocí, de personas con las que conviví y recientemente aconteció otro hecho similar que no culminó en la muerte, sino permaneció en intento de. De un hombre que en sus años cincuentas se encuentra solo, sin familia, si una razón por la cual vivir. Durante varias décadas, tuvo dinero, mujeres, casas, bienes materiales que lo hacían “feliz”, sin embargo los excesos, tanto en vicios dañinos para la salud como de una vida disipada, lo han llevado ahora a revertir su impulso de autoconservación y querer terminar con su existencia que muy posiblemente le resulte insoportable y a veces pienso que él mismo se siente un estorbo para los demás. Creyendo que su desaparición hará más ligera su angustia. Pesar que viene de un abandono de sus padres, una falta de límites y carencia absoluta de amor.

De haber tenido todo lo que el ser humano requiere para alimentar su espiritualidad muy posiblemente no habría tenido la inquietud de querer acabar con el tesoro preciado de la vida y mejor aún, habría trascendido en una esposa, unos hijos y un legado que dejara un vestigio de amor en la humanidad. Hoy en día no es así, no obstante no ha muerto y estoy segura que para algo importante permaneció en esta vida mundana, esperando recapacite y encuentre aquello que llene el hueco espiritual que durante tantos años le ha oxidado su vida y ha terminado con todo deseo de vivir.

Nos leemos la semana que entra para no quedarnos atrás y ver hacia delante.