Nuevamente sobre la educación sexual integral

Mientras todo el mundo está preocupado por los avances de la actual pandemia, el confinamiento forzado al que se nos ha obligado por su causa, o a la grave crisis económica ya presente y sobre todo futura como resultado de todo lo anterior, diversos proyectos de ley, de alto y polémico contenido valórico, siguen avanzando sigilosamente en el Congreso. En este sentido, el actual inmovilismo que afecta a nuestras sociedades, ha venido como anillo al dedo para los partidarios de estos proyectos, puesto que la ciudadanía no puede expresar su malestar como en tiempos normales, o al menos, generar la legítima y pacífica presión que es de la esencia de cualquier verdadera democracia.

            Según se comentaba en nuestra columna anterior, el proyecto de Educación Sexual Integral (ESI) busca que se imponga de manera global y al margen del querer de los padres, una determinada forma de entender la sexualidad a nuestros niños, desde la más tierna infancia. De esta manera, además de sexualizarlos de forma casi patológica, de aprobarse este proyecto, surgirán muchísimos problemas, tanto entre los padres y el Estado por medio de las entidades educacionales, como entre estos padres y sus propios hijos, pues como se ha dicho, se pretende adoctrinarlos de acuerdo a la perspectiva de género, de acuerdo a la cual, la sexualidad es una realidad completamente plástica y cambiable. Y sobre esta base impuesta, se buscará otorgarles una completa libertad y autonomía para llevarla a la práctica.

            Así, solo por poner algunos problemas sobre la mesa, ¿se imagina alguien las consecuencias que podría tener para las próximas generaciones el haber sido empujado a dar rienda suelta con su sexualidad desde párvulo y experimentar con ella a más no poder, probando todas las formas posibles a su respecto? ¿Existe algún estudio que advierta sobre las posibles secuelas que lo anterior podría tener para nuestros niños, secuelas que sin duda los afectarán durante toda su vida? O para mencionar problemas más concretos y medibles, ¿se imagina alguien la proliferación de enfermedades de transmisión sexual que podría producirse, fruto de forzar a ejercer una sexualidad sin límites? ¿O los abusos de que podrían ser objeto los niños, al postular su tempranísima “autonomía progresiva” en este ámbito?

            Lo anterior, sin perjuicio de la delicada pregunta de si el Estado tiene realmente el derecho de imponer su visión en esta materia, haciendo tabula rasa con las concepciones y la libertad de los padres. Ello, pues lo anterior equivale a un auténtico secuestro de nuestros niños, cuya formación pasa a depender casi exclusivamente del Estado. Más, ¿por qué habría que preferir a un funcionario público en vez de la familia natural para la formación de nuestros niños y jóvenes? ¿Es que los padres van a perder la tuición de sus propios hijos si no están de acuerdo con estas políticas? Incluso, ¿tienen los padres alguna función respecto de sus hijos o solo deben comportarse como obedientes borregos en lo que a su formación atañe, según los dictados del Estado?

            En fin, las preguntas e inquietudes pueden seguir acumulándose hasta el infinito. Sin embargo, un aspecto que pocas veces se señala, es que parece absolutamente contradictoria una legislación totalitaria como esta, dentro de un sistema democrático. De ahí que surjan razonables dudas de si realmente seguimos viviendo en un régimen semejante.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

El Super Bowl y la ideología de género

Cada año se lleva a cabo en los EEUU el Super Bowl, es decir la final de la NFL (Liga Nacional de Futbol) entre los ganadores de la conferencia nacional y conferencia americana. Un espectáculo por demás esperado por la afición internacional. Este año se enfrentaron los Carneros de Los Ángeles contra los Patriotas de Nueva Inglaterra, resultando ganadores éstos últimos.

Es costumbre que haya espectáculo musical y que ambos equipos lleven a sus respectivas porras. Esta edición no ha sido la excepción, contando con una novedad: dos hombres formaron parte de las porristas de los Carneros de Los Ángeles: Quinton Peron y Napoleon Jinnies.

Durante el proceso de audiciones, ambos bailan con una mujer al lado, misma rutina. Si bien sonríen y en efecto son perfectamente capaces de hacer los mismos movimientos, la audición muestra las diferencias entre un hombre y una mujer. La gracia, delicadeza y belleza propia de las féminas es algo que nunca podrá ser igualado por un hombre.

Quinton Peron en entrevista dijo: “Me preguntaba ¿por qué no puedo estar ahí? He hecho coreografías para mujeres que bailan para equipos profesionales. He bailado con mujeres en varios equipos profesionales.”

Cabe mencionar en este punto que la ideología de género asegura que las diferencias entre hombre y mujer son producto de una construcción social, cultural y psicológica y nunca por cuestiones biológicas. Argumentan que el “género” es diferente del sexo y que el primero se elige. Su inmediata consecuencia es la justificación del homosexualismo, la promiscuidad, el “cambio de sexo” que no es otra cosa que la mutilación de genitales, la anticoncepción, el aborto, la fecundación in vitro, los vientres de alquiler; no hay límites y se han asegurado de respaldarlo legalmente con leyes mordaza y leyes protectoras de derechos inventados. La ideología de género tiene por objetivo la destrucción de la sociedad imponiendo una visión deformada de la naturaleza humana.

Ese “¿por qué no?” de Quinton Peron es justo el lugar donde ataca la ideología de género: no existen límites. La NFL incluso se aseguró de que fueran dos hombres negros los que ingresaran a la porra; si usted disiente de lo sucedido, será tachado no solo de retrograda, sino también de racista, ¿lo ve ahora? mordazas por todos lados. Esta guerra contra la naturaleza humana y la familia viene dándose con bastante éxito y agresividad particularmente en los últimos años, ejemplos sobran: un hombre vestido de mujer participando en el concurso de belleza Miss Universo, un hombre llamado “mujer transgénero” que lesionó gravemente a una mujer en una lucha de artes marciales mixtas; niños que han iniciado su “tratamiento hormonal” porque dicen ser del “género” opuesto; unión de un hombre que se cree mujer y una mujer que se cree hombre; un hombre que “se embaraza” cuando es evidente que se trata de una mujer, étcetera.

Todo lo anterior junto con el lema de “igualdad” es mostrado continuamente por los medios de comunicación con tal eficacia que la gente ya ni siquiera discierne lo que ve, es incapaz de identificar el absurdo y el insulto a la inteligencia. No se dan cuenta de que la “igualdad” y la “inclusión” son la bandera bajo la cual la familia y la sociedad están siendo destruidas. La ideología de género a través de Los Carneros de Los Ángeles y de los organizadores de la NFL han querido mostrar lo incluyentes que son, que un hombre puede ser porrista como una mujer, aunque si usted es observador, muestra precisamente lo contrario: que un hombre no podrá ser jamás una mujer y viceversa, no importa cuánto se obstinen en ello.

Hombre y mujer son diferentes y complementarios, fundamentos de la familia.

Depende de usted el dejarse engañar, recuerde que de por medio esta su familia, sus hijos, ambos son el principal blanco en esta guerra.

Cuando el pragmatismo enloda el pensamiento católico

Es por demás sabido que la ideología de género busca la destrucción del ser humano, diríase que es el monstruo de mil cabezas, cada una destinada a atacar una parte del ser humano. Nada está dejado al azar

Muchos en la actualidad le combaten en alguno o en varios frentes: en la defensa de la vida en el vientre materno, en la defensa del matrimonio natural, en los derechos de los niños a tener padre y madre, otros más luchando contra el feminismo radical, la injusticia social.

Sin embargo esta lucha presenta sus fracturas cuando la conciencia moral está afectada por la ignorancia o la negligencia en la formación, o simplemente cuando el pragmatismo le pasa por encima a nuestra visión católica dando como resultado un juicio errado de una situación en particular. Hace poco un activo luchador contra la ideología de género decía lo siguiente:

“El Estado no puede ni debe prohibir que personas del mismo sexo formen pareja” y “Lo que cada quien haga con su sexualidad es un tema íntimo en el que nadie puede intervenir”

Tales palabras son de lo más endeble y progresista que he escuchado en boca de un católico, por decir lo menos, son de las favoritas del feminismo radical que alega derechos para hacer lo que sea. Si bien la lucha de varios es loable, siendo católicos debemos promover el bien común en las instancias en las que estemos. Todos sabemos que el Estado hará cuanto sea para imponer leyes contrarias al bien común, pero es deber del católico instarlo en todo momento a legislar para proteger la dignidad del ser humano, a saber que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y que el Estado esta en el deber de no legalizar conductas sexuales de suyo dañinas. Instar a los padres de familia a formar a sus hijos en la castidad. Nuestro catolicismo jamás debe ser pragmático.

Algunas de las fracturas en el pensamiento católico actual son:

-Defender la vida en el vientre materno y al mismo tiempo defender que los jóvenes ejerzan su sexualidad libremente bajo el concepto del mundo

-Pensar que no se es responsable por el prójimo, por tanto no corregirlo jamás so pretexto de respetar la libertad ajena

-Ser próvida pero pensar que los métodos anticonceptivos son la solución, que la fecundación in vitro es una solución aceptable para tener hijos

-Estar en contra de la adopción de niños por parte de parejas del mismo sexo pero aprobar el mal llamado “matrimonio” homosexual

-Luchar por los migrantes, los animales, el medio ambiente, dejando de lado la defensa de la vida en el vientre materno

-Pensar que seguir la doctrina de la Iglesia Católica es intolerancia y que deberíamos ser más prácticos al ajustarnos a los tiempos

En todos los ejemplos citados, el católico comete el garrafal error de defender solo aquello que a su endeble juicio considera importante, desechando todo lo demás, excusándose así de la responsabilidad que tiene de promover el bien común en todos los aspectos, que sólo puede resultar de llevar una vida ordenada, acorde a los valores morales y vida sacramental, como lo pide nuestra Madre Iglesia desde siempre.

Si bien es cierto que los hay quienes actúan sin dolo, es deber formarse en la conciencia moral a la luz del Magisterio de la Iglesia Católica (a quien se le ha encomendado el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios) y jamás manejarse bajo la sombra del relativismo. Basta con que leamos un poco para saber que las enseñanzas del Magisterio velan por la dignidad del ser humano.

Nadie es perfecto pero todos somos perfectibles dentro del plan del Padre. Tarde o temprano nos daremos cuenta de lo que Gilbert Keith Chesterton decía:

“No necesito una iglesia que me diga que estoy equivocado cuando ya sé que estoy equivocado; necesito una Iglesia que me diga que estoy equivocado cuando yo creo que estoy en lo correcto.»

Alexa Tovar alexatovar2017@yahoo.com

¿Soy sólo mi mente?

Como se sabe, el proyecto de ley de identidad de género ha ido avanzando en el Congreso, no sólo produciendo polémica por su contenido, sino además, por la suma urgencia que el gobierno le impuso hace unos días, impidiendo así que una materia tan delicada y polémica sea debatida como corresponde. Lo menos que puede decirse es que se trata de un apresuramiento injustificado.

Ahora bien, al margen de algunas situaciones francamente dramáticas a las que apunta el proyecto (bien o mal: eso no lo sé), lo que a mi juicio más llama la atención es que su letra y espíritu hace depender todo de lo que la persona que quiera invocar esta ley, piense, perciba o sienta acerca de sí misma, sin importar otros elementos que el sentido común aconseja tener en cuenta.

Es por eso que el proyecto habla de “género”, no de “sexo”, pues el primero apunta a algo construido, subjetivo y hasta cambiante, mientras que el segundo, por el contrario, a un dato de la propia realidad, algo dado y por ello, medible y cuantificable. A fin de cuentas, el “sexo” de cada uno se manifiesta a partir de nuestra configuración genética, que en este aspecto permanece invariable desde la concepción hasta la muerte.

En consecuencia, y según se ha dicho, lo que manda es una especie de “autoconcepto”, sin importar si esta percepción coincide o no con el modo en que los demás ven al sujeto. Es decir, alguien que a todas luces aparenta ser varón podría, de aprobarse este proyecto, legalmente ser mujer y viceversa, lo cual no sólo puede producir confusión, sino varios malentendidos e incluso infracciones legales (por ejemplo, por la edad de jubilación).

Pero además, este proyecto muestra casi un total desprecio por la realidad, al hacer depender todo de la subjetividad. Lo cual no es más que el lógico resultado de la vieja división cartesiana, que escindía el mundo entre el “yo” pensante (la “res cogitans”) y el resto de la realidad, la materia (la “res extensa”), de suyo medible y cuantificable, que abarcaba al propio cuerpo. De esta manera, lo que importaba era la subjetividad, no la realidad, a la cual incluso se la despreciaba; como si esa subjetividad pudiera existir al margen o sin dicha realidad.

Mas, si fuera así, si efectivamente resultara legítimo ignorar la realidad de las cosas, al menos debiera exigirse que quien pretende usar su subjetividad para bancarse esa realidad, fuera una persona madura y responsable. Mal que mal, si se quiere hacer girar el mundo en torno al “yo”, obligando al resto a seguirle el juego, sin importar lo que ellos perciban, esa autopercepción debiera ser firme y largamente meditada. De ahí que llame más aún la atención el hecho que so pretexto de “autonomía progresiva”, se otorgue la posibilidad de cambiar de “género” a adolescentes, que como todo el mundo sabe, están en el proceso de formación de su personalidad. ¿Qué pasa si luego cambian de parecer? Lo anterior sin perjuicio de pasar a llevar seriamente la patria potestad.

Finalmente, si todo depende de nuestra autopercepción, con estos argumentos, ¿qué pasa si alguien se siente de una edad muy diferente a la suya (se considera un niño, por ejemplo)? ¿O llevando el tema al absurdo, está convencido de ser un animal? ¿Tendríamos que tratarlo todos nosotros de esa manera y hacer caso omiso a la realidad?

 

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

“Autonomía progresiva”

La creciente incursión del Estado en la vida privada de las personas en nombre de los “derechos humanos”, está avanzando a pasos agigantados en diversas partes del mundo y Chile no es la excepción.

En efecto, cada vez es más común que se le encomiende al Estado una mayor participación en la promoción, puesta en práctica y tutela de los “derechos humanos”, que pretenden afectar a todas las esferas de la vida. De este modo, se da la paradoja que hoy por hoy, muchos de los actuales “derechos humanos”, lejos de ser una defensa contra la intromisión del Estado, se están convirtiendo en la excusa para darle más y más facultades y poderes sobre los ciudadanos, apoyado y azuzado por diversas instancias internacionales.

Uno de los muchos ejemplos de lo que venimos diciendo es la notable evolución que han tenido en los últimos veinte años los derechos de la niñez. Antes, se consideraba que por su estado de desarrollo, resultaba evidente la necesidad de protegerlos (apoyado sobre todo en el principio del “interés superior del niño”), precisamente porque dado su nivel de madurez, no estaban preparado todavía para ser independientes. Y dentro de esta labor de protección y por razones evidentes, los padres tenían un papel protagónico.

Ahora, por el contrario, y amparado en la Convención de los Derechos del Niño y sobre todo en los dictámenes de su Comité, se ha ido abriendo paso de manera inquietante el concepto de “autonomía progresiva”. Según él, el menor debiera tratar de igual a igual con los adultos a una edad muy temprana, a fin de tomar sus propias decisiones y no ser influenciado por otros, quienes vendrían a quitarle libertad y no lo estarían tratando como un titular de sus propios derechos.

En realidad, resulta evidente que el menor tiene sus opiniones, más maduras a medida que crece y que su punto de vista debe ser tomado en cuenta, de acuerdo a las circunstancias de su desarrollo, en muchas materias importantes, como en juicios de familia, por ejemplo.

Pero una cosa muy distinta es pretender, so pretexto de “autonomía progresiva”, separar a los hijos de sus padres, privando además a estos últimos de su derecho fundamental a criarlos y educarlos de acuerdo a sus propias convicciones. Y es aquí precisamente donde la intromisión del Estado se hace intolerable, al pretender imponer su visión de las cosas.

Además, las relaciones familiares son concebidas aquí de acuerdo a la vieja dialéctica marxista de oprimidos y opresores. Sólo ello explica que esta “autonomía progresiva” pretenda que los menores puedan, como literalmente señalan sus promotores, “protegerse del poder de la familia”, de la “dependencia y subordinación de los padres”, “liberarse de los valores socialmente hegemónicos” propios de un “orden biopolítico opresor” que los condena a “la servidumbre de la repetición”, y varias otras impactantes frases por el estilo. En consecuencia, para esta visión, el logro de esta “liberación” debiera ser un objetivo del Estado, lo que justificaría su creciente intervención.

Ahora bien, la gran pregunta que surge es: si efectivamente la familia fuera una entidad “opresora”, ¿cómo evitar que “liberados” de ella, los menores no caigan en las garras del Estado? O si se prefiere: si se los “libera” de la “maldita familia”, ¿quedarán por ese solo hecho protegidos o liberados de otras influencias verdaderamente nefastas?

 

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

Como dos imanes que se repelen

Según hemos dicho muchas veces, las ideas –buenas o malas, acertadas o desastrosas– son lo más poderoso que existe en el ser humano, ya que si ellas logran convencer a muchos, son capaces de transformar el mundo para adaptarlo a esas ideas. Es cosa de ver nuestra organización política o económica para darse cuenta de ello.

De ahí entonces que sea de vital importancia saber cuáles son las ideas que hoy están circulando y se encuentran asentadas en grupos importantes de la población, lo cual no impide que ellas sigan luchando por expandirse y ganar más adeptos para su causa. Se equivocan rotundamente, pues, quienes consideran que ellas son un tema demasiado etéreo, teórico, inútil o baladí. Por eso se ha dicho que no hay nada más práctico que una buena teoría.

Ahora bien, dentro del cúmulo de ideas que hoy luchan por la hegemonía, el autodenominado “progresismo” se encuentra en una auténtica lucha sin cuartel por cambiarlo todo, el menos en Occidente, pretendiendo así dejar su impronta profunda en nuestras sociedades en un cúmulo de materias.

Así, sólo por mencionar las más llamativas, se pretende afectar a la vida (control de la natalidad, aborto, eutanasia, procreación artificial, manipulación genética, hibridación, transhumanismo); la familia (intento del Estado por sustituir a los padres en la formación de sus hijos, uniones civiles, matrimonio homosexual con adopción incluida, “matrimonio con uno mismo”, poligamia e incluso incesto); la ecología (consideración del ser humano como un animal más, “derechos” de los animales, atribuirles la calidad de persona, cambios en los hábitos alimenticios); la sexualidad (educación sexual, anticoncepción, la ideología de género, con sus cada vez más orientaciones u opciones sexuales –el conglomerado LGBTTTI y suma y sigue–, los derechos sexuales y reproductivos); la libertad de conciencia y de expresión (al existir un cúmulo de “verdades oficiales”, como las recién señaladas, contra las cuales está vedado oponerse, so pena de ser juzgado por discriminador o intolerante) y el gelatinoso concepto de derechos humanos (elevados a la categoría de religión y que cada vez abarcan más y más aspiraciones, por descabelladas, injustas o imposibles que sean).

La lista es larga y obviamente hay muchas otras materias no mencionadas aquí. Mas lo que nos interesa recalcar, es que esta verdadera “cruzada progresista” no tiene ninguna intención de detenerse, pues siempre abogará por nuevos cambios, por inimaginables que sean. Se equivocan rotundamente quienes creen que cediendo por aquí o por allá, lograrán aplacar su sed de reformas, pues a fin de cuentas, quieren cambiarlo todo, precisamente, para hacerlo calzar con estas ideas “progre” que buscan transformar de raíz nuestras sociedades.

En realidad, quien cede en algún punto, creyendo que con eso podrá “abuenarse” con el adversario, sólo logra que este último dé un paso más, “corriendo el cerco” más lejos, si así pudiera decirse, pues su “leit motiv” es siempre estar en la vanguardia de los cambios, siempre “progresar”, nunca detenerse ni estancarse como si la misión estuviera en parte ya cumplida. En suma, son como dos imanes que se repelen, de tal suerte que si se mueve uno, el otro inevitablemente se aleja. Esa es, en verdad, nuestra actual situación.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

En nombre de los «derechos humanos»

Actualmente asistimos a lo que parece ser una abierta contradicción: por un lado, todos creemos y somos fervientes defensores de los derechos humanos –al constatar su sentido común y utilidad– y al mismo tiempo, muchas veces nos vemos empujados, cuando no coaccionados, a actuar de manera contraria a nuestras convicciones más profundas (o las más de las veces, a no actuar de acuerdo a ellas), curiosamente, también en nombre de estos mismos derechos humanos. ¿Cómo es esto posible?

En efecto, realidades tan cruciales y vitales tanto para la propia persona como para cualquier sociedad democrática como la objeción de conciencia y la libertad de expresión se están viendo cada vez más amenazadas y cercenadas en nombre de los “derechos humanos”. Basta ver lo que está ocurriendo hoy con el proyecto de ley de aborto, que restringe cada vez más la objeción de conciencia de quienes se oponen a él por considerarlo un crimen, o con la creciente presión de lobby LGBTI (se siguen agregando letras…), contra el cual, se pretende que ni siquiera se pueda pestañear. Y todo, se insiste, en nombre de los “derechos humanos”. ¿Cómo hemos llegado a esto?

La respuesta es mucho más imple de lo que parece: desprovistos de todo referente objetivo (en el fondo, de una ley natural), los “derechos humanos” hoy son –y mañana serán– cualquier cosa. Se equivocan quienes creen que los “derechos humanos” que hoy defiende el establisment de lo políticamente correcto son los derechos consagrados por la Declaración Universal de 1948.

De esta manera, los “derechos humanos” han sido asaltados por las ideologías de turno. Y entre otras, en ellos hoy campean a sus anchas la ideología de género (sobre todo por medio de los llamados “derechos sexuales y reproductivos”) y –al servirles como instrumento para imponerse– las ideas de no discriminación y de tolerancia. Así, se han convertido en el contenido esencial de los actuales “derechos humanos”, más aún, en el centro de tablero de todos los restantes derechos, cambiando completamente su jerarquía (primando incluso sobre el derecho a la vida o la libertad de conciencia) y también el modo normal de entenderlos, a fin de hacerlos tributarios para su causa.

De esta manera, los derechos sexuales y reproductivos, como punta de lanza de la ideología de género, y la no discriminación (puesto que todo lo que se oponga a dicha ideología es considerado discriminatorio) se están convirtiendo en las tenazas que pretenden sojuzgar a nuestras sociedades a fin no sólo que toleremos su particular modo de pensar y de actuar (de ahí la mencionada anulación de la objeción de conciencia), sino que de manera más profunda, nos convirtamos en dóciles seguidores, cuando no en convencidos activistas de su causa.

Y todo esto se realiza en nombre de los nuevos “derechos humanos”, que al ser revestidos con esta etiqueta, adquieren una preferencia absoluta para imponerse ante todo y sobre todos (en efecto: ¿quién podría ser tan desalmado para oponerse a los “derechos humanos”?), pretendiendo así adquirir un dogmatismo, legitimidad e irresistibilidad (perdón por el neologismo) dignos de un Estado totalitario. Pero esta vez, con la peligrosa agravante de hacerse en nombre de estos “derechos humanos”.

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

Un mundo cada vez más dogmático

Como hemos dicho muchas veces –por algo será–, vivimos en una época que se ufana de manera casi enfermiza de su notable espíritu de tolerancia y libertad para pensar casi cualquier cosa que se quiera, y que mira con desdén, cuando no con profundo desprecio, épocas pasadas, calificándolas de “dogmáticas”.

Sin embargo, y como también no nos cansamos de denunciar, lo anterior cada vez se contradice más con los hechos y las actitudes de muchos que dicen tener este espíritu, mostrando así, de manera opuesta a lo que tanto proclaman, que los verdaderamente dogmáticos son ellos.

En efecto, tal vez como nunca, en la actualidad lo “políticamente correcto” está adquiriendo de manera creciente el carácter de dogma y en consecuencia, oponerse a ello resulta altamente peligroso. Lo anterior se demuestra muy a las claras no solo con los cada vez más gruesos epítetos que se lanzan contra los que no están alineados con lo “políticamente correcto”, sino además, porque día a día se hacen más frecuentes todo tipo de amenazas en su contra: desde el linchamiento mediático hasta las demandas en tribunales.

Siendo esto así, ¿dónde ha quedado la tolerancia y libertad que dicen defender los que atacan de este modo? Y de manera más profunda: ¿no son esas actitudes de matonaje una muestra clarísima no solo de esta ausencia de tolerancia sino también de la falta de argumentación de sus postulados? Si de verdad se pretende debatir las ideas y no imponerlas, es altamente contradictorio erizar la postura que se tenga con todo tipo de advertencias y amenazas, al punto que podría concluirse que el nivel de dichas advertencias y amenazas es inversamente proporcional a la solidez de los argumentos que se tienen.

De esta manera, vivimos en una sociedad en que el debate está siendo sustituido por este matonaje e intolerancia de una postura que descalifica de un plumazo a todo y a todos quienes no compartan su particular modo de ver las cosas, lo cual no puede estar más lejos del verdadero espíritu democrático.

Así, por poner solo algunos ejemplos, quien sostiene que el ser humano no es un simple animal es un soberbio insensible; el que critica la ideología de género es un retrógrado; aquel que no está de acuerdo con todas y cada una de las exigencias del matrimonio homosexual es un homofóbico; el que no es “progre” es un conservador miserable; el que es creyente es un intolerante; la persona que no es de izquierdas es un fascista; quien cree en el mercado, un miserable explotador, y así podríamos seguir por un buen rato.

En todos estos y muchos otros casos, se pretende excluir de un plumazo, según se ha dicho, a quienes no se muevan dentro de las coordenadas de lo “políticamente correcto”, y de manera preocupante, se están empleando de manera creciente otros medios abiertamente coactivos para amedrentar o incluso neutralizar a quienes osen salirse de sus fronteras. De esta manera, existe un grupo no mayoritario, pero que aparenta serlo, gracias a sus influencias y acceso a los medios de comunicación, que sencillamente no está dispuesto a tolerar ideas que no sean las suyas.

Así las cosas, ¿quiénes son realmente los dogmáticos e intolerantes?

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

Un Estado confesional.

Se supone que de acuerdo a la mentalidad dominante en muchos sectores, el Estado debiera ser neutral en cuanto a lo que considera correcto, no pudiendo imponer ninguna “visión del mundo” a sus ciudadanos y debiendo, por el contrario, otorgar el marco jurídico para permitir que cada cual “desarrolle libremente su personalidad”, como suele decirse, dado el politeísmo valórico que impera en nuestras sociedades. En consecuencia, optar por alguna de las concepciones de sus ciudadanos sería discriminatorio respecto de las restantes.

Ahora bien, al margen de la imposibilidad real de una completa neutralidad del Estado (ya que de existir no podría tomarse prácticamente ninguna decisión, al requerir de elecciones basadas en valoraciones), lo que hoy está ocurriendo en muchos países dista mucho de este ideal, lo que de paso viene a demostrar su imposibilidad.

En efecto, dentro de las variadas funciones que el Estado ha ido asumiendo a lo largo del último siglo, actualmente una tarea que se considera esencial es la efectiva tutela de los derechos humanos, a fin de permitir una convivencia civilizada en que nadie imponga por la fuerza su “visión del mundo” a otros, y propiciar el diálogo y la tolerancia como elementos esenciales de cualquier sociedad democrática.

Sin embargo, es precisamente en esta labor de defensa y promoción de los derechos humanos que el Estado ha ido perdiendo su neutralidad (o mejor, ahora se nota más que no lo es, pues ella nunca existió), en particular en su defensa de los llamados “derechos sexuales y reproductivos”.

Lo anterior resulta ineludible, al margen de los derechos que se quieran defender, pues es inevitable que surjan conflictos de derechos, sobre todo si se los concibe en un contexto de “todo o nada”, es decir, que para que prime uno debe eliminarse por completo el otro. De esta manera, ante estos nuevos derechos, hoy por hoy todos los demás comienzan a ceder, gracias al aparato coactivo del Estado, que los defiende a brazo partido mediante sentencias o leyes, precisamente por considerarlos “correctos”.

Mas, desde este momento, el Estado ya no puede alegar una pretendida neutralidad (que nunca ha existido, se insiste), al estar optando de manera tan clara por estos derechos, que considera más importantes que otros, como la vida del no nacido, la libertad religiosa, de conciencia y de opinión, o el derecho preferente de los padres de educar a sus hijos.

Resulta evidente así que estamos en presencia de un Estado confesional (e incluso podría llegar a decirse que en presencia de una comunidad internacional confesional), en que los “derechos sexuales y reproductivos” han sido elevados a la categoría de verdadera religión secular, con sus dogmas, sacerdotes y por supuesto, herejes.

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

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