Lucía Alarcón y la deformada libertad de expresión

“¿Se puede curar de la homosexualidad? Si se admite con humildad que el deseo homosexual es el signo de una herida identitaria y amorosa, si se cree que Dios lo puede todo y que tiene los medios para curar incluso nuestras heridas más profundas, yo pienso que SÍ”. Philippe Ariño

Hace unos días Lucía Alarcón, editora en jefe de la revista de moda Harpers Bazaar México, publicó un tweet que tituló: ¡Jesús cambia vidas!, contenía un video de testimonios de personas que practicaron la homosexualidad y lograron ordenar su vida: “Former LGBTQers Testify: If You No Longer Want to Be Gay or Transgender, You Don’t Have to Be”. La publicación se hizo viral provocando la ira y las reacciones de odio hacia su persona, llegando al linchamiento mediático.

La aplanadora homosexual se le ha ido con todo, así como periodistas y comunicadores. Entre la gente que le increpa se hallan cuentas verdaderamente nauseabundas que le exigen su renuncia y que se “eduque”. Ellos publican -lea bien- videos y fotos de actos homosexuales y orgías, promoción de sitios de servicios sexuales. Twitter no restringe el acceso a estas cuentas, cualquiera puede acceder enseguida a ese contenido y nadie pide su censura, nadie reacciona y todos se escudan en la mal llamada “libertad de expresión”, la cual para ser verdadera debe estar circunscrita dentro de la moral.

Lucía solía publicar sobre el derecho a la vida del no nato, sobre el conflicto en Palestina, algo sobre religión y política, entre otros temas, nada contrario al bien común. Los que publican y promueven el estiércol son los que piden su cabeza a tal grado que ella ha presentado una disculpa diciendo que tomará cursos sobre diversidad y agradece a quienes la han «orientado». Sería sencillo hablar de su falta de firmeza, pero ¿acaso sabemos con qué la han presionado? ¿El cierre de la editorial? ¿Pérdida de empleos además del suyo? Y ¿Cómo podríamos hablar de cobardía cuando muchos no somos capaces de publicar nada sobre los verdaderos valores en nuestras redes sociales?

Comunicadores como Mónica Garza le pidieron reconsiderar su postura, porque “se trata de la vida y la estabilidad emocional de ya demasiadas víctimas”. Sin embargo no la veo exigiendo la suspensión de las cuentas abiertamente pornográficas e inmorales donde se cosifica precisamente a los homosexuales que dice defender. ¿Percibe el insulto a la inteligencia y la hipocresía de nuestros flamantes medios de comunicación? Censuramos a quien promueve el bienestar común, mientras que aquel que promueve el estercolero tiene abierta licencia. Todos hablan de la “plenitud” de la practica homosexual, de que no hay nada que curar, pues bien, veamos que tiene que decir Philippe Ariño:

“Lo que me gustaría es que las personas homosexuales se den cuenta de que la gente que les aplaude no las ama, porque en realidad no las conoce y cierra los ojos ante sus sufrimientos, ante su deseo erótico”.

Por otro lado, estamos a veces tan inmersos en nuestra cotidianeidad y nuestros asuntos -yo la primera- que no vemos lo que sucede a nuestro alrededor; somos muchos a favor de los valores cristianos, pero sucede que los vivimos tan privadamente que apenas se nota que somos católicos; y de las redes sociales, diríase que vivimos eternamente en la burbuja de fantasía mientras la ideología de género avanza a pasos agigantados. Vivimos tan separados unos de otros que al estar dispersos (física, intelectual y espiritualmente) difícilmente lograremos algo que contrarreste a la aplanadora de la ideología de género.

Ellos trabajan día y noche, en las redes sociales, en la vida pública sin la menor vergüenza de lo que promueven; manejan los medios de comunicación, modifican las leyes a su arbitrio logrando atrincherar al primero que se le ocurra decir que alguien que practica la homosexualidad puede cambiar y vivir plenamente. No les importa la disculpa, no les importa la dignidad o la vida de los homosexuales; lo que ellos buscan es imponer una mordaza a todo aquel que disienta del discurso políticamente correcto. La pregunta es ¿Dónde estamos cuando eso ocurre? ¿O acaso usted se traga aquel argumento de “discurso de odio” por parte de Lucía? No le creo tan estulto.

Su caso pone de manifiesto hasta qué punto hemos deformado el concepto de libertad de expresión; muchos reirán de cómo lograron doblarla, de cómo es que no ha “quedado bien” con nadie. Donde otros ven una derrota yo veo el valor y el mérito de una mujer que promovía los valores siendo una figura pública. Más nos valdría caminar y tropezar que permanecer cómodamente sentados en la tranquilidad de nuestra casa… cobardemente. No le faltaba razón a Juan Donoso Cortés cuando decía que había que unirnos, no para estar juntos, sino para hacer algo juntos. Y entre más tardamos la aplanadora homosexualista y abortera se adueña de todo…

El amor, la guerra gramatical y la homosexualidad

“Ser homosexual significa extender los parámetros del sexo, la sexualidad y la familia, y transformar el tejido mismo de la sociedad” Paula Ettelbrick

El 14 de febrero, el diario de circulación nacional “El Sol de México” publicó varios artículos referentes al día de San Valentín en el que uno de esos artículos hablaba sobre el «amor» entre hombres heterosexuales y «mujeres trans», es decir una relación de hombres con hombres. El hombre que vive como si fuera mujer narraba que «ellas» sufrían porque los hombres con los que se involucraban se avergonzaban de su relación y por tanto, era necesario que la sociedad normalizara las relaciones entre hombres heterosexuales y «mujeres trans» para que «ellas» se sintieran libres de prejuicios y seguras.

¿Qué es lo que está mal? Todo.

El amor no es un sentimiento sino un acto de la voluntad, acorde al amor unitivo entre hombre y mujer. El amor verdadero se da en la complementariedad de los sexos, en la apertura a la vida y las relaciones homosexuales son el repudio físico, emocional y sexual a esa complementariedad. El rechazo de la realidad, la falta de solidez y la consiguiente promiscuidad en que viven limitan también sus relaciones; no tienen la estabilidad propia de un matrimonio.

Un hombre ciego es un ciego, una prostituta es una prostituta y no una sexoservidora. Ahora bien, un hombre vestido de mujer sigue siendo hombre, un hombre con los genitales mutilados sigue siendo un hombre dado que el cambio de sexo no existe, usted nace hombre o mujer y así morirá. Por tanto, no puede hablarse de relación entre hombres heterosexuales y “mujeres trans” cuando es evidente que ambos son del sexo masculino. Dejar de llamar a las cosas por su nombre no solo significa mentir de manera flagrante, el objetivo es transformar todo lo que conocemos mediante las palabras. Estamos en una guerra gramatical en la que se están cambiando los conceptos de la naturaleza humana; todo ello desde el seno mismo de las leyes, hasta un simple artículo dominical.

No falta quien opine que no hay nada de malo en los actos homosexuales. Cabe señalar que ser comprensivos con los demás no implica mentirles sobre las consecuencias que conlleva una conducta desordenada. El argumento recurrente de “solo buscan el amor”, no es verdad. Con el pretexto del “amor” los que impulsan la ideología de género exigen que la sociedad “normalice” las relaciones homosexuales intrínsecamente desordenadas; más tarde demandan el derecho al matrimonio buscando su redefinición y posterior destrucción mediante legislaciones absurdas; después reclaman su “derecho” a formar una familia y como es obvio que no pueden hacerlo de manera natural, exigen tenerla mediante la adopción de niños, la fertilización in vitro y los vientres de alquiler; hablamos de la destrucción total de la familia y la manipulación de la vida humana.

Y todo ello para que se sientan “aceptados”; aluden a un sentimiento destruyéndolo todo. Pero no hace falta más que sentido común: Si un hombre dice que tiene que estar con más mujeres además de su esposa para sentirse pleno ¿Usted va a exigir que se normalice el adulterio? Si un pedófilo dice que para sentirse amado deben dejarle abusar de los niños ¿Usted va a ayudarle a que lo logre? Bien, lo mismo sucede con los que practican la homosexualidad, su bienestar no radica en que se vistan como mujeres, se mutilen los genitales, se les acepte en las competencias deportivas y del espectáculo de mujeres, se le llame matrimonio a sus uniones, etc. Su bienestar radica en aceptar el sexo con el que han nacido, ordenar sus afectos y vivir a plenitud.

La sociedad no debe normalizar algo que es de suyo desordenado, menos aún presentarlo como lícito so pretexto de tratar en igualdad algo que no lo es. Estimado lector, jamás se atreva a enseñar tales mentiras a un niño porque gran parte de la estupidez mental en que vemos sumidos a no pocos adolescentes y jóvenes que defienden conductas desordenadas proviene de lo que han aprendido en su hogar, en sus aulas, con los amigos, en internet. Tenemos el deber insoslayable de no enseñarles que los actos homosexuales, la pedofilia, la violación, la prostitución, la pornografía, el adulterio y el aborto sean moralmente lícitos y buenos. El amor no está presente en ninguno de esos actos, antes bien, matan, denigran y hieren profundamente al ser humano.

Llamar a las cosas por su nombre es visto como una fobia a algo o a alguien, no lo crea en absoluto. Hable con base a la realidad y a la verdad. Gilbert Keith Chesterton lo advertía el siglo pasado: “Llegará el día en que será preciso desenvainar una espada por afirmar que el pasto es verde”

Henos aquí, deseo que libre usted la mejor de sus batallas…

Nuevamente sobre la educación sexual integral

Mientras todo el mundo está preocupado por los avances de la actual pandemia, el confinamiento forzado al que se nos ha obligado por su causa, o a la grave crisis económica ya presente y sobre todo futura como resultado de todo lo anterior, diversos proyectos de ley, de alto y polémico contenido valórico, siguen avanzando sigilosamente en el Congreso. En este sentido, el actual inmovilismo que afecta a nuestras sociedades, ha venido como anillo al dedo para los partidarios de estos proyectos, puesto que la ciudadanía no puede expresar su malestar como en tiempos normales, o al menos, generar la legítima y pacífica presión que es de la esencia de cualquier verdadera democracia.

            Según se comentaba en nuestra columna anterior, el proyecto de Educación Sexual Integral (ESI) busca que se imponga de manera global y al margen del querer de los padres, una determinada forma de entender la sexualidad a nuestros niños, desde la más tierna infancia. De esta manera, además de sexualizarlos de forma casi patológica, de aprobarse este proyecto, surgirán muchísimos problemas, tanto entre los padres y el Estado por medio de las entidades educacionales, como entre estos padres y sus propios hijos, pues como se ha dicho, se pretende adoctrinarlos de acuerdo a la perspectiva de género, de acuerdo a la cual, la sexualidad es una realidad completamente plástica y cambiable. Y sobre esta base impuesta, se buscará otorgarles una completa libertad y autonomía para llevarla a la práctica.

            Así, solo por poner algunos problemas sobre la mesa, ¿se imagina alguien las consecuencias que podría tener para las próximas generaciones el haber sido empujado a dar rienda suelta con su sexualidad desde párvulo y experimentar con ella a más no poder, probando todas las formas posibles a su respecto? ¿Existe algún estudio que advierta sobre las posibles secuelas que lo anterior podría tener para nuestros niños, secuelas que sin duda los afectarán durante toda su vida? O para mencionar problemas más concretos y medibles, ¿se imagina alguien la proliferación de enfermedades de transmisión sexual que podría producirse, fruto de forzar a ejercer una sexualidad sin límites? ¿O los abusos de que podrían ser objeto los niños, al postular su tempranísima “autonomía progresiva” en este ámbito?

            Lo anterior, sin perjuicio de la delicada pregunta de si el Estado tiene realmente el derecho de imponer su visión en esta materia, haciendo tabula rasa con las concepciones y la libertad de los padres. Ello, pues lo anterior equivale a un auténtico secuestro de nuestros niños, cuya formación pasa a depender casi exclusivamente del Estado. Más, ¿por qué habría que preferir a un funcionario público en vez de la familia natural para la formación de nuestros niños y jóvenes? ¿Es que los padres van a perder la tuición de sus propios hijos si no están de acuerdo con estas políticas? Incluso, ¿tienen los padres alguna función respecto de sus hijos o solo deben comportarse como obedientes borregos en lo que a su formación atañe, según los dictados del Estado?

            En fin, las preguntas e inquietudes pueden seguir acumulándose hasta el infinito. Sin embargo, un aspecto que pocas veces se señala, es que parece absolutamente contradictoria una legislación totalitaria como esta, dentro de un sistema democrático. De ahí que surjan razonables dudas de si realmente seguimos viviendo en un régimen semejante.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

El Super Bowl y la ideología de género

Cada año se lleva a cabo en los EEUU el Super Bowl, es decir la final de la NFL (Liga Nacional de Futbol) entre los ganadores de la conferencia nacional y conferencia americana. Un espectáculo por demás esperado por la afición internacional. Este año se enfrentaron los Carneros de Los Ángeles contra los Patriotas de Nueva Inglaterra, resultando ganadores éstos últimos.

Es costumbre que haya espectáculo musical y que ambos equipos lleven a sus respectivas porras. Esta edición no ha sido la excepción, contando con una novedad: dos hombres formaron parte de las porristas de los Carneros de Los Ángeles: Quinton Peron y Napoleon Jinnies.

Durante el proceso de audiciones, ambos bailan con una mujer al lado, misma rutina. Si bien sonríen y en efecto son perfectamente capaces de hacer los mismos movimientos, la audición muestra las diferencias entre un hombre y una mujer. La gracia, delicadeza y belleza propia de las féminas es algo que nunca podrá ser igualado por un hombre.

Quinton Peron en entrevista dijo: “Me preguntaba ¿por qué no puedo estar ahí? He hecho coreografías para mujeres que bailan para equipos profesionales. He bailado con mujeres en varios equipos profesionales.”

Cabe mencionar en este punto que la ideología de género asegura que las diferencias entre hombre y mujer son producto de una construcción social, cultural y psicológica y nunca por cuestiones biológicas. Argumentan que el “género” es diferente del sexo y que el primero se elige. Su inmediata consecuencia es la justificación del homosexualismo, la promiscuidad, el “cambio de sexo” que no es otra cosa que la mutilación de genitales, la anticoncepción, el aborto, la fecundación in vitro, los vientres de alquiler; no hay límites y se han asegurado de respaldarlo legalmente con leyes mordaza y leyes protectoras de derechos inventados. La ideología de género tiene por objetivo la destrucción de la sociedad imponiendo una visión deformada de la naturaleza humana.

Ese “¿por qué no?” de Quinton Peron es justo el lugar donde ataca la ideología de género: no existen límites. La NFL incluso se aseguró de que fueran dos hombres negros los que ingresaran a la porra; si usted disiente de lo sucedido, será tachado no solo de retrograda, sino también de racista, ¿lo ve ahora? mordazas por todos lados. Esta guerra contra la naturaleza humana y la familia viene dándose con bastante éxito y agresividad particularmente en los últimos años, ejemplos sobran: un hombre vestido de mujer participando en el concurso de belleza Miss Universo, un hombre llamado “mujer transgénero” que lesionó gravemente a una mujer en una lucha de artes marciales mixtas; niños que han iniciado su “tratamiento hormonal” porque dicen ser del “género” opuesto; unión de un hombre que se cree mujer y una mujer que se cree hombre; un hombre que “se embaraza” cuando es evidente que se trata de una mujer, étcetera.

Todo lo anterior junto con el lema de “igualdad” es mostrado continuamente por los medios de comunicación con tal eficacia que la gente ya ni siquiera discierne lo que ve, es incapaz de identificar el absurdo y el insulto a la inteligencia. No se dan cuenta de que la “igualdad” y la “inclusión” son la bandera bajo la cual la familia y la sociedad están siendo destruidas. La ideología de género a través de Los Carneros de Los Ángeles y de los organizadores de la NFL han querido mostrar lo incluyentes que son, que un hombre puede ser porrista como una mujer, aunque si usted es observador, muestra precisamente lo contrario: que un hombre no podrá ser jamás una mujer y viceversa, no importa cuánto se obstinen en ello.

Hombre y mujer son diferentes y complementarios, fundamentos de la familia.

Depende de usted el dejarse engañar, recuerde que de por medio esta su familia, sus hijos, ambos son el principal blanco en esta guerra.

Cuando el pragmatismo enloda el pensamiento católico

Es por demás sabido que la ideología de género busca la destrucción del ser humano, diríase que es el monstruo de mil cabezas, cada una destinada a atacar una parte del ser humano. Nada está dejado al azar

Muchos en la actualidad le combaten en alguno o en varios frentes: en la defensa de la vida en el vientre materno, en la defensa del matrimonio natural, en los derechos de los niños a tener padre y madre, otros más luchando contra el feminismo radical, la injusticia social.

Sin embargo esta lucha presenta sus fracturas cuando la conciencia moral está afectada por la ignorancia o la negligencia en la formación, o simplemente cuando el pragmatismo le pasa por encima a nuestra visión católica dando como resultado un juicio errado de una situación en particular. Hace poco un activo luchador contra la ideología de género decía lo siguiente:

“El Estado no puede ni debe prohibir que personas del mismo sexo formen pareja” y “Lo que cada quien haga con su sexualidad es un tema íntimo en el que nadie puede intervenir”

Tales palabras son de lo más endeble y progresista que he escuchado en boca de un católico, por decir lo menos, son de las favoritas del feminismo radical que alega derechos para hacer lo que sea. Si bien la lucha de varios es loable, siendo católicos debemos promover el bien común en las instancias en las que estemos. Todos sabemos que el Estado hará cuanto sea para imponer leyes contrarias al bien común, pero es deber del católico instarlo en todo momento a legislar para proteger la dignidad del ser humano, a saber que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y que el Estado esta en el deber de no legalizar conductas sexuales de suyo dañinas. Instar a los padres de familia a formar a sus hijos en la castidad. Nuestro catolicismo jamás debe ser pragmático.

Algunas de las fracturas en el pensamiento católico actual son:

-Defender la vida en el vientre materno y al mismo tiempo defender que los jóvenes ejerzan su sexualidad libremente bajo el concepto del mundo

-Pensar que no se es responsable por el prójimo, por tanto no corregirlo jamás so pretexto de respetar la libertad ajena

-Ser próvida pero pensar que los métodos anticonceptivos son la solución, que la fecundación in vitro es una solución aceptable para tener hijos

-Estar en contra de la adopción de niños por parte de parejas del mismo sexo pero aprobar el mal llamado “matrimonio” homosexual

-Luchar por los migrantes, los animales, el medio ambiente, dejando de lado la defensa de la vida en el vientre materno

-Pensar que seguir la doctrina de la Iglesia Católica es intolerancia y que deberíamos ser más prácticos al ajustarnos a los tiempos

En todos los ejemplos citados, el católico comete el garrafal error de defender solo aquello que a su endeble juicio considera importante, desechando todo lo demás, excusándose así de la responsabilidad que tiene de promover el bien común en todos los aspectos, que sólo puede resultar de llevar una vida ordenada, acorde a los valores morales y vida sacramental, como lo pide nuestra Madre Iglesia desde siempre.

Si bien es cierto que los hay quienes actúan sin dolo, es deber formarse en la conciencia moral a la luz del Magisterio de la Iglesia Católica (a quien se le ha encomendado el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios) y jamás manejarse bajo la sombra del relativismo. Basta con que leamos un poco para saber que las enseñanzas del Magisterio velan por la dignidad del ser humano.

Nadie es perfecto pero todos somos perfectibles dentro del plan del Padre. Tarde o temprano nos daremos cuenta de lo que Gilbert Keith Chesterton decía:

“No necesito una iglesia que me diga que estoy equivocado cuando ya sé que estoy equivocado; necesito una Iglesia que me diga que estoy equivocado cuando yo creo que estoy en lo correcto.»

Alexa Tovar alexatovar2017@yahoo.com

¿Soy sólo mi mente?

Como se sabe, el proyecto de ley de identidad de género ha ido avanzando en el Congreso, no sólo produciendo polémica por su contenido, sino además, por la suma urgencia que el gobierno le impuso hace unos días, impidiendo así que una materia tan delicada y polémica sea debatida como corresponde. Lo menos que puede decirse es que se trata de un apresuramiento injustificado.

Ahora bien, al margen de algunas situaciones francamente dramáticas a las que apunta el proyecto (bien o mal: eso no lo sé), lo que a mi juicio más llama la atención es que su letra y espíritu hace depender todo de lo que la persona que quiera invocar esta ley, piense, perciba o sienta acerca de sí misma, sin importar otros elementos que el sentido común aconseja tener en cuenta.

Es por eso que el proyecto habla de “género”, no de “sexo”, pues el primero apunta a algo construido, subjetivo y hasta cambiante, mientras que el segundo, por el contrario, a un dato de la propia realidad, algo dado y por ello, medible y cuantificable. A fin de cuentas, el “sexo” de cada uno se manifiesta a partir de nuestra configuración genética, que en este aspecto permanece invariable desde la concepción hasta la muerte.

En consecuencia, y según se ha dicho, lo que manda es una especie de “autoconcepto”, sin importar si esta percepción coincide o no con el modo en que los demás ven al sujeto. Es decir, alguien que a todas luces aparenta ser varón podría, de aprobarse este proyecto, legalmente ser mujer y viceversa, lo cual no sólo puede producir confusión, sino varios malentendidos e incluso infracciones legales (por ejemplo, por la edad de jubilación).

Pero además, este proyecto muestra casi un total desprecio por la realidad, al hacer depender todo de la subjetividad. Lo cual no es más que el lógico resultado de la vieja división cartesiana, que escindía el mundo entre el “yo” pensante (la “res cogitans”) y el resto de la realidad, la materia (la “res extensa”), de suyo medible y cuantificable, que abarcaba al propio cuerpo. De esta manera, lo que importaba era la subjetividad, no la realidad, a la cual incluso se la despreciaba; como si esa subjetividad pudiera existir al margen o sin dicha realidad.

Mas, si fuera así, si efectivamente resultara legítimo ignorar la realidad de las cosas, al menos debiera exigirse que quien pretende usar su subjetividad para bancarse esa realidad, fuera una persona madura y responsable. Mal que mal, si se quiere hacer girar el mundo en torno al “yo”, obligando al resto a seguirle el juego, sin importar lo que ellos perciban, esa autopercepción debiera ser firme y largamente meditada. De ahí que llame más aún la atención el hecho que so pretexto de “autonomía progresiva”, se otorgue la posibilidad de cambiar de “género” a adolescentes, que como todo el mundo sabe, están en el proceso de formación de su personalidad. ¿Qué pasa si luego cambian de parecer? Lo anterior sin perjuicio de pasar a llevar seriamente la patria potestad.

Finalmente, si todo depende de nuestra autopercepción, con estos argumentos, ¿qué pasa si alguien se siente de una edad muy diferente a la suya (se considera un niño, por ejemplo)? ¿O llevando el tema al absurdo, está convencido de ser un animal? ¿Tendríamos que tratarlo todos nosotros de esa manera y hacer caso omiso a la realidad?

 

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

“Autonomía progresiva”

La creciente incursión del Estado en la vida privada de las personas en nombre de los “derechos humanos”, está avanzando a pasos agigantados en diversas partes del mundo y Chile no es la excepción.

En efecto, cada vez es más común que se le encomiende al Estado una mayor participación en la promoción, puesta en práctica y tutela de los “derechos humanos”, que pretenden afectar a todas las esferas de la vida. De este modo, se da la paradoja que hoy por hoy, muchos de los actuales “derechos humanos”, lejos de ser una defensa contra la intromisión del Estado, se están convirtiendo en la excusa para darle más y más facultades y poderes sobre los ciudadanos, apoyado y azuzado por diversas instancias internacionales.

Uno de los muchos ejemplos de lo que venimos diciendo es la notable evolución que han tenido en los últimos veinte años los derechos de la niñez. Antes, se consideraba que por su estado de desarrollo, resultaba evidente la necesidad de protegerlos (apoyado sobre todo en el principio del “interés superior del niño”), precisamente porque dado su nivel de madurez, no estaban preparado todavía para ser independientes. Y dentro de esta labor de protección y por razones evidentes, los padres tenían un papel protagónico.

Ahora, por el contrario, y amparado en la Convención de los Derechos del Niño y sobre todo en los dictámenes de su Comité, se ha ido abriendo paso de manera inquietante el concepto de “autonomía progresiva”. Según él, el menor debiera tratar de igual a igual con los adultos a una edad muy temprana, a fin de tomar sus propias decisiones y no ser influenciado por otros, quienes vendrían a quitarle libertad y no lo estarían tratando como un titular de sus propios derechos.

En realidad, resulta evidente que el menor tiene sus opiniones, más maduras a medida que crece y que su punto de vista debe ser tomado en cuenta, de acuerdo a las circunstancias de su desarrollo, en muchas materias importantes, como en juicios de familia, por ejemplo.

Pero una cosa muy distinta es pretender, so pretexto de “autonomía progresiva”, separar a los hijos de sus padres, privando además a estos últimos de su derecho fundamental a criarlos y educarlos de acuerdo a sus propias convicciones. Y es aquí precisamente donde la intromisión del Estado se hace intolerable, al pretender imponer su visión de las cosas.

Además, las relaciones familiares son concebidas aquí de acuerdo a la vieja dialéctica marxista de oprimidos y opresores. Sólo ello explica que esta “autonomía progresiva” pretenda que los menores puedan, como literalmente señalan sus promotores, “protegerse del poder de la familia”, de la “dependencia y subordinación de los padres”, “liberarse de los valores socialmente hegemónicos” propios de un “orden biopolítico opresor” que los condena a “la servidumbre de la repetición”, y varias otras impactantes frases por el estilo. En consecuencia, para esta visión, el logro de esta “liberación” debiera ser un objetivo del Estado, lo que justificaría su creciente intervención.

Ahora bien, la gran pregunta que surge es: si efectivamente la familia fuera una entidad “opresora”, ¿cómo evitar que “liberados” de ella, los menores no caigan en las garras del Estado? O si se prefiere: si se los “libera” de la “maldita familia”, ¿quedarán por ese solo hecho protegidos o liberados de otras influencias verdaderamente nefastas?

 

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

Como dos imanes que se repelen

Según hemos dicho muchas veces, las ideas –buenas o malas, acertadas o desastrosas– son lo más poderoso que existe en el ser humano, ya que si ellas logran convencer a muchos, son capaces de transformar el mundo para adaptarlo a esas ideas. Es cosa de ver nuestra organización política o económica para darse cuenta de ello.

De ahí entonces que sea de vital importancia saber cuáles son las ideas que hoy están circulando y se encuentran asentadas en grupos importantes de la población, lo cual no impide que ellas sigan luchando por expandirse y ganar más adeptos para su causa. Se equivocan rotundamente, pues, quienes consideran que ellas son un tema demasiado etéreo, teórico, inútil o baladí. Por eso se ha dicho que no hay nada más práctico que una buena teoría.

Ahora bien, dentro del cúmulo de ideas que hoy luchan por la hegemonía, el autodenominado “progresismo” se encuentra en una auténtica lucha sin cuartel por cambiarlo todo, el menos en Occidente, pretendiendo así dejar su impronta profunda en nuestras sociedades en un cúmulo de materias.

Así, sólo por mencionar las más llamativas, se pretende afectar a la vida (control de la natalidad, aborto, eutanasia, procreación artificial, manipulación genética, hibridación, transhumanismo); la familia (intento del Estado por sustituir a los padres en la formación de sus hijos, uniones civiles, matrimonio homosexual con adopción incluida, “matrimonio con uno mismo”, poligamia e incluso incesto); la ecología (consideración del ser humano como un animal más, “derechos” de los animales, atribuirles la calidad de persona, cambios en los hábitos alimenticios); la sexualidad (educación sexual, anticoncepción, la ideología de género, con sus cada vez más orientaciones u opciones sexuales –el conglomerado LGBTTTI y suma y sigue–, los derechos sexuales y reproductivos); la libertad de conciencia y de expresión (al existir un cúmulo de “verdades oficiales”, como las recién señaladas, contra las cuales está vedado oponerse, so pena de ser juzgado por discriminador o intolerante) y el gelatinoso concepto de derechos humanos (elevados a la categoría de religión y que cada vez abarcan más y más aspiraciones, por descabelladas, injustas o imposibles que sean).

La lista es larga y obviamente hay muchas otras materias no mencionadas aquí. Mas lo que nos interesa recalcar, es que esta verdadera “cruzada progresista” no tiene ninguna intención de detenerse, pues siempre abogará por nuevos cambios, por inimaginables que sean. Se equivocan rotundamente quienes creen que cediendo por aquí o por allá, lograrán aplacar su sed de reformas, pues a fin de cuentas, quieren cambiarlo todo, precisamente, para hacerlo calzar con estas ideas “progre” que buscan transformar de raíz nuestras sociedades.

En realidad, quien cede en algún punto, creyendo que con eso podrá “abuenarse” con el adversario, sólo logra que este último dé un paso más, “corriendo el cerco” más lejos, si así pudiera decirse, pues su “leit motiv” es siempre estar en la vanguardia de los cambios, siempre “progresar”, nunca detenerse ni estancarse como si la misión estuviera en parte ya cumplida. En suma, son como dos imanes que se repelen, de tal suerte que si se mueve uno, el otro inevitablemente se aleja. Esa es, en verdad, nuestra actual situación.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

En nombre de los «derechos humanos»

Actualmente asistimos a lo que parece ser una abierta contradicción: por un lado, todos creemos y somos fervientes defensores de los derechos humanos –al constatar su sentido común y utilidad– y al mismo tiempo, muchas veces nos vemos empujados, cuando no coaccionados, a actuar de manera contraria a nuestras convicciones más profundas (o las más de las veces, a no actuar de acuerdo a ellas), curiosamente, también en nombre de estos mismos derechos humanos. ¿Cómo es esto posible?

En efecto, realidades tan cruciales y vitales tanto para la propia persona como para cualquier sociedad democrática como la objeción de conciencia y la libertad de expresión se están viendo cada vez más amenazadas y cercenadas en nombre de los “derechos humanos”. Basta ver lo que está ocurriendo hoy con el proyecto de ley de aborto, que restringe cada vez más la objeción de conciencia de quienes se oponen a él por considerarlo un crimen, o con la creciente presión de lobby LGBTI (se siguen agregando letras…), contra el cual, se pretende que ni siquiera se pueda pestañear. Y todo, se insiste, en nombre de los “derechos humanos”. ¿Cómo hemos llegado a esto?

La respuesta es mucho más imple de lo que parece: desprovistos de todo referente objetivo (en el fondo, de una ley natural), los “derechos humanos” hoy son –y mañana serán– cualquier cosa. Se equivocan quienes creen que los “derechos humanos” que hoy defiende el establisment de lo políticamente correcto son los derechos consagrados por la Declaración Universal de 1948.

De esta manera, los “derechos humanos” han sido asaltados por las ideologías de turno. Y entre otras, en ellos hoy campean a sus anchas la ideología de género (sobre todo por medio de los llamados “derechos sexuales y reproductivos”) y –al servirles como instrumento para imponerse– las ideas de no discriminación y de tolerancia. Así, se han convertido en el contenido esencial de los actuales “derechos humanos”, más aún, en el centro de tablero de todos los restantes derechos, cambiando completamente su jerarquía (primando incluso sobre el derecho a la vida o la libertad de conciencia) y también el modo normal de entenderlos, a fin de hacerlos tributarios para su causa.

De esta manera, los derechos sexuales y reproductivos, como punta de lanza de la ideología de género, y la no discriminación (puesto que todo lo que se oponga a dicha ideología es considerado discriminatorio) se están convirtiendo en las tenazas que pretenden sojuzgar a nuestras sociedades a fin no sólo que toleremos su particular modo de pensar y de actuar (de ahí la mencionada anulación de la objeción de conciencia), sino que de manera más profunda, nos convirtamos en dóciles seguidores, cuando no en convencidos activistas de su causa.

Y todo esto se realiza en nombre de los nuevos “derechos humanos”, que al ser revestidos con esta etiqueta, adquieren una preferencia absoluta para imponerse ante todo y sobre todos (en efecto: ¿quién podría ser tan desalmado para oponerse a los “derechos humanos”?), pretendiendo así adquirir un dogmatismo, legitimidad e irresistibilidad (perdón por el neologismo) dignos de un Estado totalitario. Pero esta vez, con la peligrosa agravante de hacerse en nombre de estos “derechos humanos”.

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

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