Meditación del Papa Francisco en la bendición extraordinaria Urbi et Orbi

 27 de marzo, 2020

«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas.

Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente.

En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos. Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús.

Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—.

Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40). Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38).

No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad.

La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.

 Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela y se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa.

No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo.

Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12).

Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás.

Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo.

Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los

antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza.

Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere. El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar.

El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado.

El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad.

En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios.

Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil Señor y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque sabemos que Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).

Noli me tangere (parte I)

«La fe no es, como muchos creen, una confianza emocional; no es la creencia de que algo te va a pasar a ti; no es ni siquiera una voluntad de creer a pesar de las dificultades. Más bien la fe es la aceptación de una verdad por la autoridad de Dios revelador.» Mons. Fulton Sheen

En los primeros años el cristianismo conocía como único modo de dar la Sagrada Eucaristía a los fieles, el depositarla en las manos. Sin embargo, llegaría el tiempo en que sería consciente de una mayor reverencia al profundizar en la verdad del misterio y una mayor humildad, lo cual beneficio el hábito de depositarla en la lengua. En efecto, una costumbre debe ceder ante la profundización de la fe en el Misterio Eucarístico.

En la época reciente, la práctica de administrar la comunión en la mano fue introducida –léase bien- como un abuso litúrgico y teológico hacia el Santísimo Sacramento; se había extendido en países como Alemania, Bélgica, Holanda y Francia, en una clara indisciplina que venía precedida por problemas doctrinales con el misterio de la Sagrada Eucaristía. Ante ello, el Papa Paulo VI, concedió en 1968 un indulto solo a Alemania y Bélgica, el cual estaba sujeto a limitaciones; más tarde, ante las protestas suspendió la concesión ese mismo año.

Al año siguiente la Instrucción Memoriale Domini recogió el resultado de una consulta mundial hecha a los obispos, en el cual la mayoría aplastante se oponía a la introducción de ésta práctica abusiva. Dicha Instrucción no equipará jamás ambas formas de recibir la Sagrada Eucaristía, sino que considera la comunión en la lengua como la forma más apropiada de recepción. Tolera la comunión en la mano dando un indulto solo donde se habían cometido los abusos. Al mismo tiempo la Instrucción indicaba la necesidad de impartir una catequesis que destacara los méritos de recibir la Sagrada Comunión en la boca.

La problemática de dar la Comunión en la mano, no solo es litúrgica, sino también teológica, dado que la Eucaristía es el centro de nuestra religión. Ésta práctica expone al Santísimo a una infinidad de profanaciones; por tanto aludir a un pasado para defender la comunión en la mano es un gravísimo error; se trata de una involución, un retroceso que conlleva las más catastróficas consecuencias.

Entre éstas, se halla el hecho de que se reduce el respeto a la Sagrada Eucaristía, vulgarizando al tomarle como objeto y teniendo un dominio sobre la Sagrada forma, sobrepasando los límites que fija los deberes del culto de latría (que es debido solo a Dios). La caída de fragmentos, la profanación de las especies sagradas va unido a ésta práctica. Por si esto no fuera suficiente, le acompaña la deformada y abusiva costumbre de celebrar la Santa Misa como un banquete de alegría en la que se reúnen amigos; en lugar de celebrarla como lo que es: el sacrificio incruento de Cristo en la Santa Cruz.

Se argumenta en no pocos ambientes católicos o pseudocatólicos que a Dios lo que le importa es lo que tenemos en el corazón, Él ve las intenciones y no unas “anacrónicas” reglas y ritos que “matan” el amor en nosotros. Craso error. Debemos entender que nosotros no solo somos intenciones y sentimientos, sino también sentidos y actos, hablamos del culto externo. Yerra terriblemente quien prescinde de dicho culto pues ello no puede suprimirse jamás.

Hemos de recibir la Sagrada Eucaristía lo más consciente y amorosamente posible, con el debido estado de Gracia; el nuestro debe ser un amor que nos estimule a hacer todo lo posible para honrarlo y nunca un sentimentalismo o necedad que lo vulgariza y produce infinidad de profanaciones.

Así pues, el gesto externo habla de un correcto o deficiente respeto por lo sagrado, de un adecuado entendimiento o no, del Santísimo Sacramento. La Sagrada Eucaristía no es un símbolo, no es una galleta, no es un banquete; es la Presencia Real de Jesucristo, dogma de fe.

El ataque al centro de nuestra religión no es nuevo, los modernistas en su momento habían pedido a San Pío X autorización para comulgar de pie alegando que “Los israelitas comieron de pie el cordero pascual”, el Santo Padre les respondió: «El Cordero Pascual era tipo (símbolo, figura o promesa) de la Eucaristía. Pues bien, los símbolos y promesas se reciben de pie, más la realidad se recibe de rodillas y con amor”.

Así sea…

Ochenta aniversario de la publicación del libro “camino”

Era el verano de 1968, mi hermana Yoli me ofreció la lectura del libro, titulado: “Camino”. Interiormente tuve un rechazo inicial porque pensé que se trataba de un libro demasiado espiritual, una de esas publicaciones que yo no estaba acostumbrado a leer. “¡De seguro que me aburrirá!” –pensé. Lo abrí en su primer capítulo, titulado: “Carácter”, Punto 1, y me impactó profundamente su inicial reflexión:

“Que tu vida
no sea una vida estéril.

—Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe
y de tu amor. (…)

—Y enciende
todos los caminos
de la tierra
con el fuego de Cristo que llevas en el corazón”.

Así que le dije a mi hermana de inmediato: “Préstamelo, me parece un libro interesante, original y novedoso”.

“-¡Pero me lo regresas! Porque a mis amigas y a mí nos ha hecho mucho bien espiritual”-me solicitó.

Este año se cumplen ochenta años en que fue dado a conocer este best seller de espiritualidad, del que se han publicado más de 5,000,000 de ejemplares distribuidos en 43 idiomas y es conocido por los cinco continentes. El autor de “Camino”, san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundó el Opus Dei, un 2 de octubre de 1928, en Madrid. Afirma Dios le hizo “ver” que fundara esta institución universal de la Iglesia y sostiene que en ningún momento fue “ocurrencia suya”, sino que él sólo se ha concretado a divulgar ese mensaje divino consistente en que cualquier actividad honrada puede ser un encuentro personal con Dios. Y se refiere a que los quehaceres honrados ordinarios y más comunes de cada día, los que realizan, por ejemplo: los profesionales, las amas de casa, las que están en el taller, en investigaciones científicas, los educadores y catedráticos, los taxistas, los campesinos, los obreros, los empleados de un comercio, los vendedores, etc. (www.opusdei.org/es-mx ). El 6 de octubre de 2002, el Papa san Juan Pablo II canonizó a san Josemaría en la Plaza del Vaticano y le llamó “el santo de lo ordinario”.

Tenemos otro ejemplo más reciente y vinculado a nuestro país, el pasado 18 de mayo, la Doctora en Ciencias Químicas, catedrática y Premio Nacional de Investigación Juan de la Cierva (1965), Guadalupe Ortiz de Landázuri, fue proclamada beata por el Papa Francisco. Anteriormente, en marzo de 1950, había iniciado las labores apostólicas del Opus Dei con mujeres en México, entre personas de todas las clases y condiciones sociales. Inició una escuela para campesinas en Jonacatepec, Morelos, y han sido abundantes los frutos espirituales y apostólicos por toda esa zona morelense. También en varias ciudades de España, Italia y México con universitarias, amas de casa, intelectuales, catedráticas y profesionales, etc. Por ello escribía san Josemaría en “Camino”: “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides- dependen muchas cosas grandes” (Punto 755).

¿Qué significa realmente la Semana Santa?

Para algunos ciudadanos la Semana Santa se reduce simplemente a un tiempo de descanso, incluso hay quienes la denominan “Vacaciones de primavera” con la finalidad de erradicar cualquier asomo de cristianismo.

¿Cuál es el significado profundo de este tiempo en que tradicionalmente se le ha denominado también como “La Semana Mayor” o “Los Días Santos”?

La Semana Santa se centra en la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Dicen los Papas Francisco y el Papa Emérito, Benedicto XVI, que algunos desearían “un cristianismo sin cruz” o “un cristianismo a la carta”, similar a como ocurre en un restaurante, en que el comensal que está leyendo los platillos que se ofrecen, se decide por uno o dos. Así podría suceder con los Diez Mandamientos y que alguno comentara: “Bueno, esto de amar a Dios (Primer Mandamiento) me parece bien, muy bonito; pero estos que dicen: “No robarás”, “No desearás a la mujer de tu prójimo”, “No mentirás”, o “No cometerás actos impuros” -es decir, serios desórdenes en materia de sexualidad-, como que ya no me gustan o no me convencen…”.

La actitud más dolorosa y dramática de los hombres de nuestro tiempo, es que han perdido la noción de “pecado”. Tanto si constituye una ofensa grave (pecado mortal) o una falta leve (pecado venial). En cualquier caso, lo que se recomienda en estos días, es aprovechar para acudir al Sacramento de la Reconciliación y hacer una buena confesión para recibir las gracias necesarias que nos convierten de nuevo en amigos de Dios.

El Jueves Santo, Jesús se reunió con sus Apóstoles para celebrar “La Última Cena”, que tuvo una enorme importancia porque constituyó la Primera Misa donde el Salvador se entregó a la humanidad ofreciendo el pan y el vino con estas inolvidables palabras: “Tomen y coman todos de Él, porque esto es mi Cuerpo…”. Y luego con el cáliz en sus manos, dijo: “Tomen y beban todos de Él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, (…) que será derramada por ustedes y muchos hombres para el perdón de los pecados”. En ese momento, aquel trozo de pan y aquella porción de vino se convirtieron en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. En esa solemne ocasión llamó a sus Apóstoles “amigos” y externó su gran afecto por cada uno de ellos, que en ese momento representaban a la humanidad entera.

Al día siguiente, Viernes Santo, sufrió todo tipo de insultos, malos tratos, burlas, fue condenado a la muerte más dolorosa e ignominiosa: cargar una cruz y ser clavado en ella a la vista de todo el pueblo como se acostumbraba castigar a los peores malhechores en esa época. Muchos teólogos afirman que hubiese bastando con que Jesús realizara algún acto de penitencia para consumarse la Redención del género humano. Pero Él quiso mostrar el inmenso e infinito amor que nos tiene a cada uno de nosotros derramando hasta la última gota de su Sangre, como escribió San Pablo: “(Dios) me amó y se entregó (hasta la muerte) por mí” (Gálatas 2,20).

El Domingo de Pascua, Jesús venció a la muerte mediante su Resurrección gloriosa. Se había consumado entonces la obra de la Redención. Ya nos podríamos llamar “hijos queridísmos de Dios”.

Por ello, se recomienda también aprovechar estos días para meditar reposadamente los Santos Evangelios que abordan dichos pasajes. De la misma manera, rezar el tradicional del Vía Crucis que contempla -paso a paso- el camino de la Cruz. Es tiempo, pues, de oración y de pequeñas privaciones voluntarias (penitencia) como correspondencia a tanto Amor que recibimos.

Sin duda, ha sido el hecho más trascendental que ha ocurrido desde que existen personas sobre la faz de la tierra. ¿Por qué? Porque como se lee en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis (XXI, 4-7) en el que habla Jesucristo y afirma: “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. (…) El que venciere poseerá todas estas cosas (el Reino Celestial), y yo seré su Dios y él será mi hijo”.

Cuando el católico se convierte en el Caballo de Troya…

Es por todos conocida la historia del Caballo de Troya que según la Eneída, era un gran caballo de madera que los griegos dejaron ante Troya, después de diez años de asedio. En él se habían escondido los guerreros griegos. Los troyanos engañados por la trampa, introdujeron el caballo en la ciudad, rompiendo para ello parte de la muralla. Durante la noche, los griegos salieron de su escondite y atacaron, destruyendo la ciudad.

En nuestros días vemos a infinidad de personas preocupadas por tal o cual tema, luchando contra las injusticias del mundo. Lo anterior es loable, sin embargo hemos de ser lo bastante precavidos para advertir cuando nuestra lucha o intención puede desviarse del camino. En el caso del movimiento provida y profamilia es un ejemplo sobre el desempeño tan importante del católico.

Un católico es provida, (entiéndase un católico que conoce su fe), pero un provida no es necesariamente católico. Es la razón por la que el movimiento provida y profamilia tiene fisuras en su lucha: hay en su interior católicos liberales o estultos, ateos, gnósticos, sectarios cristianos, luteranos, budistas, musulmanes, judíos, que creen firmemente que los métodos anticonceptivos son la solución al aborto y los promueven, que la fecundación in vitro y los vientres de alquiler están justificados por ser un medio “válido” para traer vidas a este mundo, aceptan la unión civil homosexual so pretexto de que cada quien tiene derecho a vivir su vida como le plazca; todo lo anterior es visto como parte de un respeto humano.

Se entiende este pensamiento en los demás, ya que su pensamiento está mal desde la raíz, pero en el caso de los católicos no debemos decir que respetamos una conducta errada, porque en tal caso, siendo errada ha de corregirse para vivir como es debido. Lo que está mal, está mal y no puede pasar por bueno, no importa cuán conciliadores queramos parecer. Se respeta a la persona pero no la acción.

Incluso uno escucha a católicos decir: “¡No debemos imponer nuestra moral a los demás porque nos pareceremos a los izquierdistas o a los pro ideología de género! ¡No! Hay que ser respetuosos de las vidas ajenas”. Y procuran poner mucho énfasis en ello, para que el mundo no les tome por fariseos o intolerantes, penoso. Y si quieren recurrir al argumento de la caridad para acallar la realidad, recordemos que la primer condición de la caridad es no traicionar jamás a la verdad.

Cierto es que un católico en la vida pública, un político o un activista por ejemplo, no esperamos que dé una plática sobre catequesis o un tratado sobre apologética en cada aparición pública (seamos serios en esto), pero tampoco debe difundir y defender los derechos humanos en forma contraria a la doctrina de la Iglesia Católica.

Que la gente hará lo que le plazca a puerta cerrada es un hecho, sin embargo esa no es excusa para decir por ejemplo que «los homosexuales tienen derecho a hacer lo que les plazca» (como no se diría de un adultero o de cualquier otro pecador). El homosexual, el promiscuo, el adultero y cualquier otra persona que no se encuentre en estado de gracia, esta llamado a la conversión. Eso es catequesis básica. Hablamos no solo de salud pública, del bienestar común de nuestra sociedad, sino particularmente de la salvación de las almas.

El católico vacilante, ambiguo o pragmático es absorbido por el pensamiento liberal del mundo convirtiéndose en el Caballo de Troya perfecto al interior del movimiento provida y profamilia, en el grupo de catequesis parroquial, en el clero o en su propia familia. Van a las marchas a favor de la familia pero en las elecciones presidenciales votaron por el partido más radical y abortista que se haya visto en el país, se les encuentra muy dispuestos a subestimar una campaña de oración, dispuestos a usar la defensa en el vientre materno como moneda de cambio a la primera oportunidad: un puesto político en el gabinete actual, la economía nacional, los migrantes, la infraestructura, las becas, la ayuda económica a ancianos, etc.

Ser provida no es prueba alguna de catolicismo, así que no nos preocupemos por ser muy providas o profamilia, preocupémonos por ser primero católicos coherentes conocedores de su fe y doctrina católica, lo demás vendrá por añadidura, porque a la postre, podemos llegar a ser garantía de una defensa sólida de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, hacer una promoción verdadera de la familia, combatiendo cada frente del monstruoso liberalismo que se ha esparcido como un cáncer dentro de muchos católicos. Seamos cautos respecto católicos liberales que son activistas pues tarde o temprano nos veremos siguiendo pasos errados. Debemos tener perfectamente claro que el liberalismo (que no pocos católicos promueve hoy en día), no es ni será jamás la solución a los males que aquejan a nuestra sociedad

Nadie es infalible ni perfecto, pero todos somos perfectibles dentro del plan de Dios. Recordemos siempre las palabras del Papa Pio IX:

«El liberalismo católico «es un pie en la Verdad y un pie en el error, un pie en la Iglesia y un pie en el siglo, un pie conmigo y un pie con mis enemigos».

¿En dónde estamos ahora?…

La primera etapa de la revelación de Dios en el Antiguo Testamento.

Manuel Ocampo Ponce

Universidad Panamericana, Guadalajara.

El aspecto religioso más importante y característico del Antiguo Testamento es el hecho de que Dios interviene en la historia de Israel. Se trata de un encuentro personal de Dios con el hombre por una iniciativa gratuita de Dios, en la que el mismo Dios, muestra al hombre su personalidad y su Plan de salvación. Un aspecto muy importante para reconocer que lo que está en la Sagrada Escritura viene de Dios, es la diferencia que hay de Israel respecto a los pueblos vecinos. En el caso del pueblo de Israel este es consciente de haber sido elegido por Dios para salvarlo. Experimenta la acción de Dios en su vida percatándose de las modificaciones que Dios hace al curso de su historia participándole su Plan de salvación. La Palabra de Dios en el Antiguo Testamento promueve una historia que inicia con la Palabra en la creación y que alcanza su culminación con la Palabra de Dios hecha carne.

La diferencia entre el Pueblo de Israel y los pueblos orientales paganos radica en que, a pesar de que en el Antiguo Testamento se utilizan técnicas de adivinación, sueños, etc., Israel las depura de toda connotación politeísta o mágica. (Lv 19,26; Dt 18,10; 1 S, 15, 23). Se observa una distancia entre los sueños que Dios envía a los auténticos profetas de los que tienen los adivinos que circundaban en esa época. Otra diferencia es que, en el Antiguo Testamento la revelación de Dios aparece como Palabra de Dios dirigida al hombre y no como una visión que el hombre tiene de Dios.

Por otra parte, es importante considerar que, aunque la primera palabra de Dios que aparece en el Antiguo Testamento es la palabra creación, Israel ya había conocido a Dios en la historia, porque Dios eligió a sus padres e hizo una alianza en el desierto antes de que se escribiera nada.

La historia de Abraham descubre al hombre la prehistoria del pueblo de Israel en la que su fe en Dios fundamenta su existencia. Abraham, que era un pastor y que vivió en el siglo XIX a.C., fue elegido por Dios para romper su silencio. Abraham cumplía normalmente con su religión politeísta y se dedicaba a pastorear los rebaños por la Mesopotamia antigua. Pero Dios salió a su encuentro poniéndose en su camino y le dijo:

“Abraham, Abraham, sal de tu tierra y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y servirá de bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo” (Gen. 12, 1-3).

Dios le llama a salir a una tierra nueva dejando la seguridad de sus pastos y de la tierra en la que Abraham tenía sus raíces. Abraham confía en Dios y le obedece haciéndose peregrino en una tierra que él desconoce, pero en la confianza de la palabra que Dios le dio (Hb 11, 8). Se trata de la fe en Dios que se presenta como amigo y salvador. La vocación de Abraham le hizo pasar del sedentarismo al nomadismo, “sal de tu casa y de tu tierra”, y poner su esperanza que pasaría a la historia a tal punto que su pueblo sería llamado el pueblo de la esperanza. Y es que, si analizamos un poco más, esa revelación es una promesa ante la cual el hombre no tiene cómo responder más que mediante la fe y la obediencia. Esa promesa hacia un futuro en el que la fe produce confianza en lo que Dios ha prometido. Abraham se apoyó en Dios y en su palabra. (Gn 15, 6; Ex 14,31). La fe del Antiguo Testamento consiste en fundamentar en Dios la existencia humana. Se trata de un encuentro que pide confianza y abandono. Abraham abandona su tierra y su entorno familiar y confía en la promesa. Parte hacia lo desconocido con su esperanza puesta en la promesa de Dios. Sin embargo, su fe no es una fe ciega. Porque Dios le da una señal para confirmar su fe. Dios le promete un hijo que nacerá de su esposa estéril y que le dará una descendencia más grande al número de las estrellas del cielo. Y Abraham cree con lo que queda como amigo de Dios (Is 41, 8; Dn 3, 35). Dios le promete ser su Dios y el Dios de su pueblo. (Gn 17, 2-8). Por eso Dios cambia el nombre de Abrán a Abraham, que significa padre de una multitud de pueblos (Gn, 17,5).

Pero cuando todo parece marchar sin novedad, Dios pone a Abraham una segunda prueba que es el sacrificio de su hijo Isaac que había nacido de su esposa estéril llamada Sara (Gn 22, 1-14). Y en esta prueba, Abraham sigue confiando en Dios con lo que se confirma como padre de los que confían en Dios hasta el fin, a pesar de las adversidades. Esa es la razón por la que conocemos a Abraham como el padre de la fe (Hb 11, 17-19). Con la irrupción de Dios y la fe de Abraham, el pueblo de Israel pasa a ser históricamente el pueblo de Dios constituyéndose la primera etapa de la revelación que viene de Dios que se manifiesta obrando dentro de la historia. Lo esencial de esta intervención es la promesa y el cumplimiento; la palabra eficaz que cumple con la salvación prometida. Reflexionar estos hechos es muy importante en la vida de todas las personas.

Lo que hay que saber sobre la revelación de Dios en la historia.

Manuel Ocampo Ponce
Universidad Panamericana, Guadalajara.

En el cristianismo, Dios tiene un plan de salvación para el hombre que ha manifestado en Cristo y que es dado a conocer a las naciones por medio de la predicación de la Iglesia. Es una verdad de la fe cristiana, que el hombre no puede acceder al plan de salvación de Dios si no es por la revelación. Por eso es fundamental para los cristianos, saber bien que el cristianismo es la religión revelada por Dios. El cristiano debe comprender que Cristo es Dios mismo en persona que se revela al hombre. Porque eso coloca al cristianismo en un lugar único en el contexto de las religiones. Es muy importante para los cristianos saber que la religión cristiana es la única religión cuya revelación se encarna en una Persona que se presenta como nuestro Salvador. (Hech 4, 12).

El cristiano ha de tener muy claro que Cristo no es un simple fundador de una religión más entre muchas, sino Dios mismo que se revela. El problema es que el hombre actual es un hombre que ha caído en la apostasía o negación de la fe, en el ateísmo, en la indiferencia, en la ignorancia y en la confusión. Es lo que se ha denominado el hombre pos-cristiano, que por eso ha caído en el vacío y en el sinsentido. El hombre pos-cristiano no quiere pensar para no enfrentarse a su vacío y se llena de cosas, de metas y de actividades para tapar su vacío. No tiene tiempo para saber de Dios ni para escucharlo.

Sin embargo, aunque el hombre no quiera verlo, es un hecho que sólo en Cristo, el hombre puede encontrar la plenitud y el sentido venciendo el mal y la muerte. Cristo es la única respuesta que puede sanar al hombre de su vacío existencial. Y es que, aunque todas las religiones surgen de la religiosidad intrínseca que forma parte del hombre, porque el ser humano naturalmente busca al Dios trascendente; el cristianismo no es una religión más, porque sólo el cristianismo es fruto de la intervención de Dios que sale al encuentro del hombre para salvarlo. Cristo libra al hombre del pecado y de la muerte y le otorga la filiación divina. Por eso sólo en Cristo el nombre puede encontrar la plenitud de su existencia.

De modo que, el cristiano debe saber que la revelación cristiana es histórica y progresiva y tiene su punto culminante en la encarnación del Verbo. Se trata de la historia de Dios que interviene para salvar y va expresando al hombre su designio de salvación. (Concilio Vaticano II DV 2). La revelación se hace a través de los testigos que son los profetas, Cristo y los apóstoles conectando íntimamente los hechos y las palabras que explican el sentido salvífico de los mismos hechos. (DV 2). Por eso se trata de una revelación progresiva, que comienza cuando Dios rompe el silencio con la elección de Abraham y culmina en Cristo (Hb 1,1). El cristiano debe tener muy claro que Cristo es la plenitud de la revelación de modo que la revelación es el misterio de Dios que se comunica al hombre en Cristo. De aquí que, dentro de la formación cristiana, el cristiano debe conocer dos cosas: el misterio de la salvación y la credibilidad de la intervención de Dios en la historia. O sea:

   1. La revelación en sí misma, considerando su contendido, sus etapas y sus modalidades, es decir, la naturaleza de la comunicación de Dios al hombre, que consiste en la teología de la palabra de Dios que se encuentra en las fuentes de la revelación, que son: la Sangrada Escritura y la Tradición tal como la Iglesia la presenta.

    2. La credibilidad de esa revelación que consiste en establecer y demostrar, antes que nada, que Cristo es el Hijo de Dios y fundador de la Iglesia que nos presenta el dogma y decreta los libros que son inspirados.

Como vemos estas dos cosas que el cristiano debe conocer, son una dogmática y otra apologética y, por lo tanto, requieren dos metodologías distintas. La primera que es la dogmática consiste en profundizar en la revelación, tal y como aparece en la Tradición y en la Sagrada Escritura interpretadas por la Iglesia (Esta presupone la fe en Cristo y en la Iglesia). Y la segunda, analiza la credibilidad de la revelación en Cristo y la fundación de la Iglesia desde una perspectiva histórico-crítica que prescinde de la fe y que funda la fe a partir de la razón histórica. O dicho de modo más sencillo, esta segunda, demuestra que Dios es el que ha revelado y por eso el cristiano cree en todo eso que ha revelado.

De modo que la fe es un don de Dios que se recibe por la gracia. Pero no se trata de una fe irracional, sino de una fe fundada en que la Iglesia demuestra que Dios es el Autor de la revelación. Y de ese modo, los cristianos creemos en todo lo que Dios ha revelado porque recibimos el don de la fe y porque sabemos que es el mismo Dios el que lo revela.

El reto de la felicidad en una sociedad apóstata.

Manuel Ocampo Ponce
Universidad Panamericana, Guadalajara.

Es un hecho que el hombre experimenta una tendencia interna a la felicidad. Pero si somos observadores, la felicidad que ha buscado a lo largo de la historia, conlleva una tendencia hacia lo Infinito. Basta con ver cómo se comporta respecto a sus planes y proyectos en los que invierte grandes esfuerzos con el fin de alcanzar la plenitud de la paz. Pero pronto advierte, que una vez alcanzadas sus metas, su sed de felicidad no termina con lo que se ve obligado a buscar otras metas e ilusiones. Tarde o temprano, el hombre reflexivo cae en la cuenta de que no hay logro humano que le alcance el descanso total. Por eso, el hombre que vive de esas ilusiones siempre ha acabado experimentando una insatisfacción constante que le conduce a reflexionar en términos de algo más trascendente. Es así como el mundo pagano estuvo en adviento de recibir la fe.

El problema es que el hombre de hoy ya no es pagano sino en muchos casos hereje, apóstata y ha organizado las estructuras del mundo, bajo el engaño de que el ser humano es capaz de comprar la felicidad. Y de ese modo vemos proliferar los centros comerciales, los bares, los lugares de juego y diversión, las redes sociales, etc. Pero a medida que se ha ido llenando, de todas esas cosas, ha ido experimentando, un vacío interior que sólo puede sofocar consumiendo más. Lo que caracteriza al hombre actual es no querer pensar para no enfrentarse a los grandes cuestionamientos que debe enfrentar sobre todo en lo que se refiere al sentido último de la vida, por eso vive aturdiéndose con todo lo que tiene a su alcance.

Pero ha llegado al punto en que las dos grandes formas de organización secularista que son el comunismo y el capitalismo han fracasado y ya no se puede negar que el hombre actual es pragmático, superficial, permisivista e indiferente. Está vacío de sentido y su concepto de Dios y de lo trascendente es completamente ecléctico, sincrético y subjetivista. En pocas palabras nos encontramos con una humanidad inundada de relativismo con una religiosidad pervertida; en un mundo en gran medida ateo, pero, además, en muchos de los casos, apóstata porque habiendo recibido la fe, la ha rechazado o la ha ajustado a su medida. Se trata de un hombre que busca placer y bienestar, pero con otra peculiaridad que consiste en el triunfo profesional por el que es capaz de hacer cualquier cosa y que al final se queda solo.

A la par de este proceso vemos como proliferan fracasos matrimoniales, familiares y personales que han ido conduciendo al hombre a un vacío existencial que nada puede llenar. Nos encontramos con un hombre evasivo y adicto al éxito, a las compras, a las redes sociales a la vida y las relaciones virtuales y a toda clase de vicios con que lo único que hace es evadir su vacío interior. El problema de fondo es que el hombre se ha organizado pretendiendo una rectitud de vida al margen de Dios o con un dios construido a la medida; y ese modo de organización en la que está atrapada la humanidad, ha fracasado. Pero, además, se trata de un hombre que, en muchos casos, se siente recto porque según él no roba, no mata y no daña a nadie pero que está lleno de soberbia, de envidia, de pereza, de avaricia y de sinsentido.

Como prueba de esto tenemos las legislaciones que autorizan drogas, abortos, eutanasias, etc., y en cuestión de sexo pareciera que el mayor mal que hay que evitar es la enfermedad y el embarazo no deseado. La libertad se ha vuelto un fin en sí misma en lugar de ubicarse como un medio para alcanzar la unidad, la verdad, el bien y la belleza, todo se reduce a caprichos y este hombre que se siente bueno, desarrollado y tecnificado ha acabado justificando y legalizando infinidad de cosas que le destruyen y destruyen todo lo que le rodea.

Por todo esto veo importante volver a insistir en que al margen de Dios y de una visión trascendente de la vida humana resulta imposible fundamentar una moral y una vida de paz, justicia y felicidad. Porque reducidos a materia el único fin es nuestro deseo y nuestro capricho. De ahí que nos encontremos en un mundo vicioso al que le aterra el terrorismo, pero realiza millones de abortos al año sin sentir el más mínimo remordimiento. Nadie que reflexione un poco puede negar que el hombre al margen de Dios ha perdido la dimensión sagrada de su dignidad y ha quedado atado al mal, al vicio y al pecado. Por eso el problema de la muerte es totalmente evadido porque la muerte para el hombre apóstata y desacralizado no es más que el más rotundo fracaso que no puede enfrentar. Con la pérdida del carácter sagrado del hombre y de la vida, se ha perdido la sacralidad de la muerte y por eso ese tema se evade totalmente.

Para concluir esta breve reflexión y fundado en la esperanza cristiana, que nunca debemos perder, he pensado que uno de los caminos que podríamos seguir es volver a intentar hacerle ver al hombre apóstata, que la razón humana es capaz de demostrar que tiene un alma inmortal y que como compuesto de cuerpo y alma espiritual es portador de una dignidad sagrada que deber respetar absolutamente. Y si se abre un poco, también podríamos otorgarle los elementos para demostrar racionalmente la existencia de Dios. Para que una vez demostrado esto, se abra también la posibilidad de hacerle consciente de la cantidad de interrogantes que se derivan de los alcances de la razón humana y de este modo quede nuevamente a las puertas de la fe, para que, por medio de la gracia, sea capaz de volver a la necesidad de escuchar y aceptar lo que Dios le ha revelado. Otro recurso que creo importante recalcar, es no dejar de orar y participar en los sacramentos para mediante nuestra conversión constante podamos dar buen testimonio y no impedir que la gracia actúe para la conversión de la humanidad.

El año nuevo y los propósitos

Siempre que inicia un año la gente procura fijarse metas, propósitos, algo bueno a llevar a cabo. Hacemos una lista mental o escrita sobre lo que queremos, motivados por cumplir la mayoría de ellos, desde los referentes a la salud, como dejar de beber, dejar de fumar, hacer ejercicio, aprender natación, hasta los que tienen que ver con las cuestiones materiales como comprar un auto, pagar deudas, ahorrar, ir de vacaciones a ese hermoso lugar con el que soñamos siempre. Nuestra lista, corta o larga tiene que ver siempre con aquello que nos haga felices, más sanos y mejores personas.

Esto último es lo que más puede llamar la atención, ser mejores personas, buenas. Pero ¿qué significa para el mundo ser buena persona? Probablemente alguien con un buen trato, educado, generoso, gentil, responsable y que no molesta a nadie.

Sin embargo, la creencia de ser buena persona ha socavado tanto la fe de gente católica que no es de extrañar ver a un sinnúmero asistir a Misa pero no comulgar, en otros casos comulgar pero no haberse confesado en muchos años, como si el comulgar fuese un premio que hay que tomar cada fin de año, para “cerrar bien”, los hay quienes piensan que confesarse solo con Dios basta (entiéndase en una conversación “directa”).

Se cree que mientras no robemos, matemos, droguemos, no molestemos a nadie y hagamos algo bueno por alguien, ya con eso bastara. Con el pasar del tiempo vamos haciéndonos una religión ajustada a nosotros, mezclándola con otras creencias, somos sincretistas como el que más y pronto nos encontraremos viviendo en ese estado vegetativo por años.

Pues bien, erramos totalmente.

El católico no debe aspirar a ser buena persona pues un ateo, un agnóstico, un judío, un luterano o un budista puede ser buena persona, no, un católico debe aspirar a ser santo.

Sí, sé que a muchos les puede resultar risible, o quizá poco creíble, se piensa que lo de ser santos es para seres extraordinarios, perfectos, cuando serlo está al alcance de todos.

El propósito de nuestras vidas es llegar a ser santos. (Léelo varias veces)

En los propósitos de año nuevo deberíamos tener en primer lugar esto. Podemos empezar por tomar en serio nuestra relación con Dios. Acercarse a los sacramentos es siempre ineludible. Pedir perdón Dios por todo aquello en lo que le hemos ofendido, pues buscamos frecuentemente la salud corporal pero rara vez nos ocupamos de la salud de nuestra alma, decimos amarle pero olvidamos que todo amor verdadero lleva consigo el compromiso: amémosle practicando los sacramentos, los mandamientos, las virtudes cristianas, orando, asistiendo a Misa con la debida disposición y comulgando siempre que estemos en estado de gracia. Alimentemos nuestra fe católica. (Pongo especial énfasis en ello porque no tienen idea de la cantidad de católicos que lo “olvidamos” convenientemente más de una vez en la vida).

Nunca pensemos que el ser buena o una mejor persona es suficiente (eso está bien para los hombres de este mundo), el católico no es de este mundo, su patria es el cielo.

Iniciemos el año bien, con nuevos bríos, con metas, con ilusión, pero siempre y antes que nada, iniciemos este año y todos los demás con Dios Nuestro Señor y Nuestra Madre Santísima. Sabiamente decía Gilbert Keith Chesterton: “El objetivo de año nuevo no es que tengamos un nuevo año, es que debemos tener un alma nueva”

Y tenemos otra oportunidad para llevarlo a cabo… aprovechémosla.

Alexa Tovar alexatovar2017@yahoo.com

La alegría profunda de la navidad

“Hoy brillará la luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor” (Is. IX,2). Después del tiempo de preparación, de conversión interior y vigilante espera del Adviento, viene el gran anuncio de que Dios está con nosotros, aquí en la tierra. Y viene para salvar a la humanidad entera, a todos sin excepción.

Escribe el Papa Francisco: “Jesús no se ha limitado a encarnarse o a dedicarnos un poco de tiempo, sino que ha venido para compartir nuestra vida, para acoger nuestros deseos. Porque ha querido, y sigue queriendo, vivir aquí, junto a nosotros y por nosotros” (18-XII-2015).

Es una realidad que llena de contento nuestras vidas. Pero Dios se muestra, en primer lugar, a los humildes de corazón. Cuenta el Evangelista San Lucas que cerca del lugar del establo donde se encontraba el pesebre en que nació el Niño Dios, acompañado de los cuidados y el cariño de Santa María y San José, había unos pastores que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. Se les apareció un ángel y les comunicó: “Vengo a anunciarles una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador…” (II, 8-11).

Siempre me ha llamado la atención, también, que cuando los Reyes Magos vieron la estrella en el sitio exacto donde encontraba recostado el Hijo de Dios Encarnado, “ellos se gozaron con una alegría muy grande” (Mt. II, 10). Me parece que esa admirable reiteración manifiesta los sentimientos de los primeros testigos del trascendental acontecimiento que cambió la historia de la humanidad.

¿Por qué esa alegría y ese gozo tan grandes? Porque antes de la venida del Señor y después del pecado original de Adán y Eva, durante ese largo período -por la magnitud de esa ofensa cometida- las puertas del Cielo se encontraban cerradas. Fue con la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, quien de nuevo restableció el orden querido por Dios y, a partir de ese importante hecho, las personas pueden ir a gozar del Paraíso eternamente.

Celebramos, pues, no una fiesta que se reducen a un mero intercambio de regalos y buenos deseos de fraternidad y concordia, sino que se trata de una realidad profunda en que a partir de la Pascua de Resurrección las mujeres y los hombres de todos los tiempos hemos pasado a la condición de ser hijos de Dios. No siervos ni tampoco amigos, que ya sería mucho, sino ¡hijos de un Padre que nos ama con ternura e infinito amor!

Es aquí donde radica nuestra alegría profunda, el gozo y el buen humor, a pesar de las adversidades y contrariedades que en esta vida habitualmente se presentan. Y esa paz, esa caridad y esa esperanza la hemos de transmitir a quienes nos rodean y con quienes tratamos. Y, por consiguiente, anhelamos tomarnos más en serio la vida cristiana cuyo Modelo es Cristo, para que un día podamos escuchar, también, aquellas palabras: “Alégrate, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor” (Mt. XXV,23).

A todos los lectores y a sus familias les deseo una muy Feliz Navidad y un Año Nuevo lleno de logros y prosperidad.

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