Ahora que comienza un nuevo año tan especial

Ciertamente en este 2021, todos los ciudadanos de la tierra tenemos la esperanza de que con las nuevas vacunas contra el COVID ceda esta terrible pandemia. Es el anhelo común de millones y millones de seres humanos en los cinco continentes.

Pero me pregunto si con obtener la salud del planeta es suficiente. Porque desde el punto de vista en la conducta humana no han ocurrido cambios substanciales.

Una de las canciones más emblemáticas de los años sesenta compuesta por el músico y poeta Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura en 2016, se titula “La Respuesta está en el Viento”. En ella filosofa sobre la situación del mundo actual.

Aunque fue compuesta en 1962, a casi 60 años después, siguen siendo válidos los conceptos vertidos en sus reflexiones. Porque también ahora vivimos tiempos de guerras, de crisis, de discriminación racial, de persecución religiosa, de enfrentamientos sociales, de violencia llevaba al extremo, de indiferencia entre las personas y el desamor.

El poeta de nuestro tiempo trae a consideración la urgencia de replantearnos soluciones de paz, de diálogo entre las naciones, entre los hombres; de pensar en los modos pacíficos para evitar las guerras; de cómo podemos tener más entrañas de misericordia hacia nuestros semejantes; de que toda persona goce plenamente su libertad sin coacciones que lo esclavicen ni lo etiqueten negativamente.

Para ello resulta fundamental preguntarse “¿qué es el hombre? ¿cuál es su destino y su trascendencia? ¿cuáles son los valores permanentes que han cimentado nuestra civilización actual?”

“¿Por qué es tan importante promover la paz y la concordia entre los pueblos? ¿Y que del mismo modo exista una apertura franca, leal y noble que conduzca hacia un fructífero diálogo para llegar a acuerdos y enriquecedoras conclusiones?

Para ello hemos de recorrer muchos caminos en busca de soluciones como esas gaviotas que vuelan por el azul del cielo tras recorrer largas distancias entre los mares hasta encontrar un lugar seguro en la arena dónde reposar.

Y el Nobel de Literatura se pregunta: “¿Cuántas veces las balas de cañón deberán aún volar / antes de que sean prohibidas para siempre?” Y se responde: “La Respuesta mi amigo está flotando en el viento” (es decir, está al alcance de todos, basta con que queramos poner por obra la solución).

“¿Cuántos años cierta clase de personas tendrán que existir / antes de que se les permita ser libres?” Porque es evidente que la discriminación racial, socioeconómica y de la libertad religiosa continúan, lo mismo el mal trato a las mujeres, a los discapacitados y esa moderna esclavitud que es una verdadera plaga de nuestra época como es “la trata de personas”.

Y el poeta continúa meditando: “¿Cuántas veces puede un hombre voltear su cabeza hacia otro lado, fingiendo que simplemente no ha vio nada?” Porque la hambruna se ha agudizado y los que carecen hasta de lo fundamental se han multiplicado en medio de esta pandemia; existe mayor desempleo y se ha quebrantado la economía; están los miles de enfermos que solicitan sus medicinas; los tristes que requieren ser consolados porque han perdido a seres queridos y necesitan palabras de aliento y consuelo.

Hay quienes no tienen una vivienda digna, que pasan frío en invierno, ancianos y huérfanos que viven en desamparo y están esperando nuestra mano amiga y fraterna. La Respuesta depende de nosotros, de nuestra generosidad.

El Premio Nobel insiste que el gran problema de la humanidad radica en la indiferencia, en el cerrar los ojos a la realidad dolorosa, pero que conjuntamente hemos de buscar soluciones de fondo, permanentes y mover a muchas otras personas a ser generosas también.

Y el poeta Dylan se plantea el sentido trascendente de la existencia humana, cuando escribe: “¿Cuántas veces debe un hombre mirar hacia el firmamento / antes de que pueda ver el Cielo?”

“¿Cuántos oídos debe tener un hombre / hasta que escuche a la gente llorar?” Porque es una realidad con ese dolor humano con el que nos topamos día con día y hemos de cultivar la suficiente sensibilidad para adelantarnos a servir a los demás y socorrerlos en sus necesidades materiales y espirituales.

Un cuestionamiento de Bob Dylan que me impresionó desde la primera vez que escuché esta melodía fue cuando escribió: “¿Cuántos fallecimientos tendrás que presenciar / hasta persuadirte que todas las personas habremos de morir?” En medio de la sociedad materialista y hedonista como la de los Estados Unidos estaba mal visto o era considerada una falta de educación hablar de la muerte, pero el poeta afronta directamente y sin rodeos esta vital cuestión.

Y concluye con “La Respuesta, mi amigo, está al alcance de tu mano; flota en el viento”. En otras palabras, tú puedes ser el detonador de esa transformación tan esperada.

Me parece que con estas consideraciones del Premio Nobel de Literatura nos da material para meditar y reflexionar acerca de este año 2021 que comienza.

Maradona y los ídolos con pies de barro

«El hombre acaba motivado por los motivos que le dicen tener. Bestia si le dicen que su alma muere con el alma de la bestias; animal avergonzado, por lo menos, si le dicen que tiene alma inmortal.» Nicolás Gómez Dávila

A lo largo de nuestra vida solemos admirar a un sinnúmero de personas, solemos tener ídolos entre los cuales pueden encontrarse actores, políticos, deportistas, cantantes, comediantes, científicos, etcétera. En el caso particular de los deportistas, nuestra admiración viene por sus logros en diferentes competencias, por la representación del país o del club favorito, o bien porque ha logrado que nuestra bandera se enarbole a todo lo alto en una justa olímpica.

Dicha admiración hacia otros no es mala en sí misma, siempre que ésta sea dada en su justa dimensión. Por ejemplo, podemos reconocer cuando un cantante de música pop tiene una agradable voz y a la vez admitir sus limitaciones al estar muy lejos de ser un barítono o un tenor. Podemos reconocer cuando un deportista es excelente en su disciplina y a la vez rechazar –cuando sea necesario- el mal transmitido al externar sus ideas respecto a temas importantes como la vida, la familia o los valores morales; rechazar el mal ejemplo cuando no respeta su matrimonio.

En el caso particular del futbolista argentino Diego Armando Maradona fallecido en recientes días, sabemos que tuvo una vida profesional destacada, llevando a su selección nacional a ganar el título en el Mundial de Futbol de México 1986 en el que tuvo un gran desempeño, realizando jugadas geniales y levantando polémica al anotar un gol con la mano. Entre los clubes que militó, es sobresaliente su paso por el Nápoles de Italia, obteniendo entre otros logros la Copa UEFA y dos Scudettos.

Pero una simple admiración puede deformarse y convertirse en fanatismo. Valga mencionar que existe la “iglesia maradoniana” que le rinde culto como dios supremo; ha sido homenajeado a través de canciones como “La mano de dios”. En su última estadía en el hospital, se leían frases en diferentes medios como “Siempre vivirás, Dios no quiere competencia”. Justo ahora puede decir que son exageraciones y que usted jamás caerá en ello, pero ¿Se ha percatado con cuánta frecuencia solemos disculpar el que alguien viva una vida profesional exitosa pero plagada de vicios solo porque le da glorias a nuestro país?

Por lo que se refiere a su vida personal fue particularmente caótica con demandas de paternidad, problemas de adicción al alcohol y a las drogas, abuso físico, altercados con periodistas, desfiguros en público, mal hablado, denuncias de pedofilia, etcétera. Muchos dirán que aprovechamos ahora que ya murió para externar nuestro “odio” y “hablar mal de él”; nada más errado. Es preciso que nuestra admiración por tal o cual figura pública sea tomando en cuenta la realidad; solo alguien cegado por fanatismo la negaría.

¿Seguiría admirando a un cantante que tiene una gran canción pero que apoya el asesinato en el vientre materno y la eutanasia?, ¿aplaudiría a su deportista favorito sin importar que apoye las drogas, sea adultero y haya abusado de menores?, ¿seguiría teniendo posters de su actriz favorita si se enterase que aprueba la pedofilia o que incluso la practica? Si la respuesta es sí, comete un gran yerro. Y éste gran yerro consiste en afirmar que lo bueno y lo malo está en igualdad de condiciones; que promover matar bebés es tan valioso como defender la vida; que gustar de los niños y abusar de ellos es otra opción como el matrimonio; que da lo mismo llevar una vida plagada de vicios que llevar una vida virtuosa, etcétera.

Ningún ser humano es perfecto, cometemos errores más de lo que quisiéramos admitir y sabemos lo doloroso que puede resultar el tratar de ordenar la propia vida. Así que cuando decimos que todo es relativo y que cada uno decide lo que está bien y mal, estamos diciendo que da lo mismo una vida viciosa que virtuosa; cuando decimos que cada quien es libre de vivir como le plazca, estamos diciendo que nos importa un bledo si llevan una vida miserable con tal de que llene las arcas de un club deportivo.

Finalmente rematamos con: “¡Que mis ídolos hagan lo que quieran mientras anoten goles, tengan éxitos musicales o ganen un premio nobel!” Pero ¿a qué precio? Poco reparamos en que, al llevar una vida viciosa se daña a los demás y siendo una persona pública el impacto es masivo. Es verdad que no somos quién para juzgar a la persona, pero sí podemos juzgar un acto, máxime cuando millones le siguen alrededor del mundo. Si en verdad admiramos a alguien, siempre nos dolerá verle sumido en una vida tormentosa.

En lugar de crearnos ídolos con pies de barro a los que jamás debemos poner de ejemplo sino antes bien ayudar, deberíamos alegrarnos cuando esa figura pública honra su matrimonio y su familia; deberíamos pedir por la conversión y el alma de aquellos que hacen del error y el vicio su modo de vida y desde luego combatir toda la enseñanza y mal ejemplo que dejan en este mundo. De nada sirve tener una cabeza de oro, un torso de plata, el vientre y muslos de bronce, piernas de hierro, si los pies son de barro cocido. Seremos presa de cualquier vicio cuando nuestra base sea endeble como el barro; de nada sirve tener la gloria del mundo, si nos desmoronaremos con la primer llovizna de la temporada.

He aquí que aparece la caridad cristiana que nos enseña a nunca abandonar a la persona y siempre combatir el vicio…

Dos psiquiatras: la felicidad se construye día con día

Dice el proverbio: “Sonríe y los demás te sonreirán”. Cuando una persona lucha por ver el lado positivo de la vida; es amable, cordial, alegre y deja de lado las visiones trágicas o negativas, lo lógico es que las personas instintivamente acudan a ella porque les hace ver lo divertido de la existencia humana, aún en los detalles más pequeños. Así, por ejemplo, en una reunión social son los más frecuentados porque a todos nos gusta ver caras alegres a nuestro alrededor.

En cambio, los que habitualmente se están quejando de sus enfermedades o de sus problemas; de lo mal que está la situación económica y social; de los pormenores de los avances de esta tremenda pandemia; de la corrupción en la política, etc. y que no aportan ninguna idea constructiva, se convierten en personalidades agotadoras para escuchar por un largo tiempo y de los que, por desgracia, todo el mundo huye.

Tenía un conocido mucho mayor que yo, que ya falleció, y participó en la cruenta Guerra Civil Española (1936-1939). Tanto en el bando republicano como en el nacional ocurrieron numerosos asesinatos a sangre fría, graves injusticias, fusilamientos sumarios, personas ahorcadas y colgadas en los árboles, el terror a los bombardeos aéreos, numerosos templos y conventos incendiados y profanados, etc. Muchos perdieron a sus padres, hermanos, familiares y amigos. En general, causó severas divisiones y odios, así como profundas heridas morales. Generó un fuerte trauma en la mayoría de los ciudadanos.

Y este amigo me contaba que, cuando la Guerra terminó en 1939, cada quien tenía una larga lista de tragedias que había sufrido y presenciado. Así que por “salud mental”, en las reuniones sociales, cuando alguien comenzaba a rememorar sucesos terroríficos de la guerra, enseguida los demás lo frenaban en seco con una frase que se hizo popular: “No me cuentes, que te cuento”. Como diciendo: “Cambia de tema de conversación porque no conduce a ningún lado y a todos nos deprime más”.

Por ello, el Psiquiatra Enrique Rojas escribe que “una persona que no puede cerrar sus heridas, puede convertirse en una persona agria, amargada, resentida y echada a perder”. Es decir, su mente está como intoxicada y vuelve una y otra vez a sus rencores y resentimientos y es incapaz de ser nuevamente feliz”.

Debido a esto, el especialista recomienda vivamente, en el sentido positivo y sano de la expresión, “tener mala memoria”, porque sólo así se cierran las heridas internas (Leer: “Todo lo que tienes que saber sobre la vida”, Espasa Libros, 2020).

También sugiere el sacar experiencia de los golpes duros que la vida proporciona y verlos como un aprendizaje, como “un capítulo de mi vida que me dejó esta o aquella lección”.

Su hija, Marian Rojas, también es Psiquiatra y, en fecha reciente publicó un exitoso libro, titulado: “Cómo hacer que te pasen cosas buenas” (Editorial Diana, 2019). Ella subraya este concepto: “La felicidad consiste en vivir instalado de forma sana en el presente, habiendo superado las heridas del pasado y mirando con ilusión al futuro. (…) La felicidad no es lo que nos pasa, sino cómo interpretamos lo que nos pasa”.

Insiste mucho en que los pacientes maduran bastante cuando son generosos y se ocupan en servir y ayudar a los demás. Una persona obtiene más felicidad cuando se da así misma que cuando recibe.

Es importante vencer los miedos, las angustias e inseguridades y que las personas confíen en sí mismas. ¿Y si vienen los fracasos ante una decisión determinada? Serán aprendizajes con la finalidad de buscar la solución en otra dirección.

Los Psiquiatras norteamericanos afirman que la mejor forma de perder los miedos es “Exposure”, o sea, tomar una firme determinación, actuar y correr con las consecuencias. De esta manera, esa angustia infundada desaparece, se desvanece.

También recomienda que nos enfoquemos –mientras descansamos o antes de dormir- en algo alegre, positivo, que nos haya pasado o que nos haga sonreír. Introducir mucha ilusión en cada actividad que realizamos. Es provechoso pensar en que al día siguiente ocurrirá algo que nos traerá alegría y optimismo.

Dicho en otras palabras, Marian Rojas está proporcionando al lector la clave para mantener lejos cualquier pensamiento autodestructivo, que produzca angustia, ansiedad o estrés. Esto último es causa de innumerables enfermedades orgánicas o mentales. En cambio, si se sabe disfrutar del “hoy y ahora” –aunque sea lo más cotidiano de la realidad- recuperaremos la capacidad de asombro que tienen los niños, con interés, con los ojos nuevos.

Hay que saborear el tiempo presente. ¿Qué es lo que a cada uno le gusta? ¿La música? ¿Las buenas películas? ¿Los libros interesantes? ¿algún deporte? Pues hay que hacerlos (“Just do it”!, como se dice en inglés).  Sin miedo a “hacer el ridículo” o por temor a lo que piensen los demás. Marian Rojas concluye que hay que aprender a tomar las riendas de la vida, con empuje y entusiasmo. El resultado lógico será que se tenga una vida plena y feliz que compartiremos con nuestros seres queridos.

Deportividad, constancia y fortaleza

En los últimos fines de semana, he estado yendo a caminar alrededor del Lago de Chapultepec (segunda sección) un promedio de una hora. Tenía tiempo de no hacerlo y he observado notables mejorías materiales que se han hecho en toda esta área.

En primer lugar, prácticamente se han cerrado los accesos para automóviles                    –abriendo numerosos estacionamientos- y dejando esa amplia zona en un lugar privilegiado para correr, caminar, circular en bicicletas (de todos los tamaños), y con amplios jardines para que los niños y las familias convivan cordialmente y en paz. Me parece una acertada determinación de las autoridades.

En segundo lugar, la tradicional pista para correr a mayor velocidad, popularmente denominada “El Sope”, también ha sido remozada con luz eléctrica, arreglo de la gran pista a la que se da mantenimiento periódicamente, mejor vigilancia, sistema de drenaje en los carriles de la pista, etc.

Me da un gusto enorme observar cómo los niños y adolescentes se han animado a practicar más el deporte y el atletismo. Hoy veía a una niña de escasos 8 años que, vestida con tenis y pants, corría a buena velocidad por una pista; otras chicas de 13, 14 y 15 años me daban ejemplo de empeño y dedicación de correr con ánimo y sin desfallecer.

Por supuesto que los jóvenes son mayoría tanto en las bicicletas como en las carreras. Pero también, personas mayores –de ambos sexos- corren con la misma ilusión. Se ha vencido el temor a “hacer el ridículo” como se pensaba antes, cuando una señora obesa decidía practicar este ejercicio y reducir su peso.

Paseando a lo largo del Lago se aprenden numerosos valores de la gente. Por ejemplo, miraba a un entrenador que llamaba la atención a un corredor que se había “desinflado”, interrumpió su carrera y se sentó entre un nutrido grupo de jóvenes.

El entrenador la daba la siguiente lección:

“-¡Jamás detengas tu carrera! Tienes que ejercitar la fuerza de voluntad y fortaleza para llegar a la meta que nos hemos trazado. Ese es el lema en los maratones: “Nunca hay que detenerse. Hay que continuar, cueste lo que cueste”.

Y a continuación le dijo enfáticamente:

  • ¡Ánimo, ponte de pie! Vamos a continuar corriendo aunque estés algo cansado. Esto no lo olvides.

En otras partes observaba a padres de familia enseñando a sus niños a andar en bicicleta o en patines. Si se caían, de inmediato, venían las palabras de aliento para la chiquilla o el niño que querían comenzar a llorar:

“-¡Ves, no te pasó nada! Levántate y síguele dando a tus patines (o a la bici).

También pensaba que son recuerdos imborrables en las mentes infantiles porque nunca olvidarán que aprendieron a andar en bicicleta con la ayuda de sus papás.

Más adelante, se aprecian a niños dándoles de comer trozos de “galletas de animalitos” a los peces dentro del agua, en compañía de sus padres. Por las caras de asombro y de gozo de algunos pequeñines se intuía que era la primera vez que lo hacían.

Por todo el Lago se observan a familias unidas, conversando, riéndose, ya sea en las bancas o debajo de la sobra de los abundantes árboles, dispuestos a realizar un picnic comiendo sus tortas y, luego, a jugar voleibol o una “cascarita” de futbol en la que participa toda la familia.

En las pistas aledañas jovencitas y jóvenes corrían varios kilómetros con constancia y esfuerzo. Hace poco escuchaba en la pista de “El Sope” que algunos atletas han llegado a ser seleccionados para los Juegos Panamericanos. Incluso comentaban de algunos que estaban ahí que ganaron algunas medallas.

Tengo un amigo, profesor, que -junto con otros profesionistas-, todos los días corren de madrugada en esta pista un par de horas y se van preparando para el Maratón de la Ciudad de México de agosto. Han logrado importantes récords personales, no obstante que ya pasan de los 40 años. Y, por si fuera poco, los fines de semana, suben a montañas circundantes de la capital. Me decía el líder de este grupo de amigos: “Querer es poder. Porque muchas veces no se tienen ganas o tienes un músculo algo adolorido, o bien, está lloviendo y hace frío, pero el vencer esas adversidades templa bastante el carácter y así se animan otros a ser más deportistas.

Y concluía:

-Es que haciendo deporte es donde más amigos he hecho porque te das cuenta cuando las personas tienen afán de superación, manifiestan deseos de mejorar en valores y virtudes.

-Luego, como soy profesor, les planteo darles breves charlas sobre valores humanos como fortaleza, constancia, superación personal, sobriedad, templanza, perseverancia en las metas, el crecer en la fuerza de voluntad, etc. y aceptan de buena gana.

En conclusión, podríamos decir que con el espíritu deportivo se incrementan esos valores como la fortaleza y la constancia y se logran magníficos resultados en la vida personal y familiar de cada persona.

La formación de valores en los hijos

Un error frecuente que recuerdo en mi adolescencia, cuando algún niño o joven, no tenía buena conducta, era que los mayores de inmediato preguntaban: “-¿En qué escuela estudia?”

Pienso que hay que remontarse a la formación que los chicos han recibido de sus padres, en su propio hogar.

La moderna Pedagogía habla de la “Formación Integral de los hijos”. Es decir, señala que debe de abarcar no sólo el aspecto académico para que obtengan buenas calificaciones sino, también y sobre todo, el inculcarles buenos hábitos, como por ejemplo: el orden, el aprovechamiento del tiempo, la sobriedad y la sinceridad, el esfuerzo en el estudio y el trabajo, la generosidad y la justicia, la obediencia y el compañerismo, la responsabilidad, la alegría y el optimismo, etc.

La familia es la primera y principal escuela de virtudes y valores. En la familia se consigue que los hijos crezcan en esos valores porque están motivados por el verdadero amor. Dicho en otras palabras, no crecen en esas virtudes por un mero “voluntarismo” como “cumplir el deber por el deber mismo”. Porque llega el momento en que el niño o el adolescente se hartan de que se le exijan cumplir algo que no entienden ni comprenden. De ahí la importancia de enseñarles a razonar. Que sepan que, por ejemplo, crecer en la virtud del orden redunda en su propio beneficio.

Recuerdo que cuando estaba en la Primaria, con la ayuda y asesoría de mis padres, procuraba hacer las tareas bien. Un día tras otro. En las materias de Geografía, Historia y Gramática, mi madre me ayudaba. Pero en los difíciles problemas de Matemáticas, esperaba a que llegara mi padre, un poco más tarde, para resolverlos acertadamente. Ya después en la Secundaria me valía por mí mismo porque se me había fomentado el hábito del estudio.

Otra norma o costumbre, era que mis seis hermanos y yo debíamos hacer, en primer lugar, las tareas escolares y después podríamos hacer un rato de deporte con los amigos o ver nuestro programa favorito en la televisión.

Cuando venía la temporada de exámenes trimestrales o finales, nos animaban a poner un particular esfuerzo para obtener buenas notas. Recuerdo la alegría que nos daba el pasar con buenas calificaciones al siguiente año escolar. Era la consecuencia lógica de ese esfuerzo mantenido.

Algunas veces recibíamos preceptoría académica de los profesores y, en otras ocasiones, conversaban privadamente con nuestros padres. De esta manera, se establecía un puente de comunicación “escuela-familia” para ayudarnos a mejorar también en la parte humana, además de la académica.

Otro aspecto fundamental es la formación en la fuerza de voluntad para conseguir las metas que se aspiran. Me refiero, por ejemplo, si una hija o un hijo quieren aprender a tocar un instrumento musical, practicar más un deporte para lograr incorporarse a la selección escolar o animarse a participar en un concurso de matemáticas, oratoria o poesía. La ayuda y el apoyo de los padres resultaba clave.

Me viene a la mente, cuando el hijo de un amigo mío mostró que tenía buen oído y particular habilidad para tocar el piano. Se le inscribió en una academia musical y, posteriormente, fue admitido en la orquesta del colegio. Esta orquesta de niños viajó por varias ciudades de Estados Unidos para dar conciertos. Tanto los padres como el hijo mostraban un gran gozo y satisfacción, además de que se crece en la virtud de la solidaridad y el compañerismo.

Todo ser humano está llamado a ser feliz. La superación personal, la autoestima, la alegría y la felicidad de las metas logradas forman un estrecho entramado que conducen a la autorrealización como personas.

Otro concepto fundamental es que los hijos deben sentirse queridos en cualquiera de las etapas de la vida en que se encuentren. A menudo ocurre que las manifestaciones de afecto se prodigan en la infancia, pero al llegar a la adolescencia, particularmente los padres, tienden a volverse más fríos y secos con sus hijos varones y eso es fuente de innumerable de traumas y resentimientos. Me contaba un amigo que no recordaba la última vez que su padre le había dicho que lo quería, sino cuando estaba agonizando. Y esto me lo contaba con lágrimas de dolor.

Sin duda, la mejor herencia que se puede dejar en los hijos es que tengan una mentalidad optimista y alegres frente al mundo y a la vida porque el ejemplo de los padres ayuda a educar bien. En cuanto a la generosidad, tengo muy grabado el recuerdo de un buen amigo mío que hacia el mes de noviembre, les decía a sus hijos:

“-En diciembre –como todos los años- vamos a repartir ropa, buenos juguetes y dulces a los niños huérfanos. Vayan separando todo lo que piensen que se podría regalar, pero ¡qué esté en buen estado! Y despréndase de algún juguete que les guste especialmente porque eso les ayudará mucho a ustedes y a todos. Efectivamente, llegando la fecha acordada y que sus hijos veían los rostros llenos de alegría de los pequeños huérfanos, comentaban:

-“¡Qué feliz me siento! –comentaba la más pequeña- porque entregué esa muñeca que tanto me gusta a una niñita”. Y otro hijo decía: “¡Regalé un buen balón de futbol a un pequeño que noté que nunca le habían regalado algo parecido y con su cara de felicidad me sentí más contento yo que él!”

En conclusión, la formación de los hijos es una tarea que no termina nunca y los frutos se aprecian y aquilatan a la vuelta de los años.

¿Qué es la unidad de vida?

Recuerdo aquel inolvidable sismo del jueves 19 de septiembre de 1985 en que la CDMX resultó seriamente afectada porque muchas edificaciones se colapsaron. Es decir, las estructuras no resistieron la magnitud de aquel terremoto de 8.1 y las estructuras se fracturaron y muchos edificios se vinieron abajo.

A mí me sorprendió en un octavo piso de la colonia Polanco, los cimientos crujían y algunos cristales se rompieron. Pero, por fortuna, no pasó a mayores. Mi oficina de prensa se encontraba en la calle Viena, en la Zona Rosa. Hacia el mediodía, la dueña del inmueble me llamó para decirme que por favor sacáramos objetos de valor como la fotocopiadora, archiveros, máquinas de escribir ya que se había caído toda una pared lateral y probablemente sería saqueada en poco tiempo. A primera hora de la tarde fui a recoger esos instrumentos de trabajo y en las edificaciones de alrededor el espectáculo era dantesco.

Recorrí algunas cuadras y me encontré a la actriz María Félix llorando desconsoladamente, dentro de un convertible blanco, porque su edificio se había aplastado “como un acordeón”. Y así muchos otros en algunas colonias circundantes, como la Roma, la Condesa, la Cuauhtémoc, etc.

En cambio, otros edificios soportaron el embate del temblor y prácticamente no sufrieron daños.

Pensaba que éste es un buen ejemplo para explicar la unidad de vida. Me refiero a que para conseguir la plena madurez de la personalidad humana se requiere ser coherente o congruente con los propios principios o metas de vida. En todos los ámbitos: en la vida familiar, en el trabajo, en las relaciones sociales, etc.

Dan pena esas personas que en una iglesia o con su familia se comportan de una manera y, con sus amigos, al calor de las copas, realizan actos de los que luego se arrepienten, o bien, en el medio laboral a sus subalternos los tratan mal, les retrasan su salario o no viven la justicia social.

Este importante valor nos habla de que mujeres y hombres –sean adolescentes o mayores-, se encuentren solos o acompañados, mantengan sus principios vitales y tengan la valentía de decirles a quienes los pretenden arrastrar por otros equivocados caminos: “Esto que me proponen no va de acuerdo con mis convicciones”. Es decir, sin importar en absoluto el qué dirán ni los respetos humanos.

Un ejemplo concreto es la fidelidad conyugal. Es relativamente fácil ser infiel sin que la esposa –de momento- se entere, pero todo en esta vida se acaba sabiendo. Se trata de perseverar en el amor a la mujer a la que un día se prometió entregar la vida entera y a los hijos que se han procreado.

En otro sector no menos importante, en el trabajo profesional de debe de vivir la honradez, la eficacia, el realizar el quehacer profesional bien hecho, con sentido profesional, sin presentarlo defectuoso o de manera tramposa porque tarde o temprano el jefe se enterará y no vendrán las esperadas promociones dentro del mismo trabajo, los aumentos de sueldo, etc.

En cambio, cuando alguien tiene prestigio profesional se le suele invitar a laborar en otros trabajos mejor remunerados, incluso en corporativos de empresas multinacionales.

Algo semejante ocurre en las relaciones sociales con ocasión de amistad o del trato con colegas de la empresa. En la milicia se suele escuchar un dicho para referirse a una persona congruente, con principios bien determinados, y que no se dejan llevar ante el ofrecimiento de actos de corrupción y se suele decir: “Este es un hombre de una sola pieza”.

Dicho en otras palabras, que no se “quiebran” ante “cañonazos de $50,000 pesos”, como en los años veinte solía decir el General Álvaro Obregón.

A este tipo de personas “de una sola pieza” se le suelen confiar puestos de alta responsabilidad, en los que se deposita información confidencial y se requiere que sean personas probadas, con criterio y prudentes.

Me vienen a la mente personalidades del mundo de las Letras que resistieron a los embates del marxismo-leninismo, como: Aleksandr Solzhenitsyn quien por sus ideas contrarias al totalitarismo de izquierda fue enviado por varios años a una temida cárcel en Siberia. Sufrió toda clase de privaciones: frío, malos tratos, poquísima alimentación y todo tipo de vejaciones, pero al final permaneció fiel a sus principios y en 1970 se le concedió el Premio Nobel de Literatura, después de enviar sus obras través de amigos comunes y, una vez publicadas, sus obras fueron aclamadas por la crítica mundial en los países occidentales.

Otro caso muy conocido es el del escritor cubano, Armando Valladares, quien por su oposición al régimen de Fidel Castro pasó 22 años en prisión. Entre sus obras más conocidas, se encuentra: “Contra toda Esperanza” en la que nos muestra a un intelectual decidido a no ceder en sus convicciones, aunque pasara el resto de sus días en prisión.

La pregunta final es, ¿de dónde han sacado fuerza moral estas celebridades? De sus principios sólidos y firmemente arraigados porque el amor a la verdad –en estos casos- ha sido más poderoso que las amenazas de muerte.

El cine y la sexualización de los niños

“A fuerza de verlo todo, se termina por soportarlo todo. A fuerza de soportarlo todo, se termina por tolerarlo todo. A fuerza de tolerarlo todo, terminas aceptándolo todo. A fuerza de aceptarlo todo, finalmente lo aprobamos todo”. San Agustín de Hipona

Los niños cuya edad era de 3 a 5 años, se hallaban “peleando por amor”, un par besándose en la boca y hablando como adultos; alguno por ahí desvistiéndose mientras bailaba y otros lo veían; la mayoría usando únicamente pañales con enormes seguros, haciendo poses sugerentes. Todo ello fue filmado, no hubo escándalo en los medios de comunicación, no hubo demandados, ni mujeres feministas desgarrándose las vestiduras; no. Esto sucedió, ante los mirada impávida de la sociedad hace 88 años: se estrenaba en EEUU la saga de ocho capítulos llamada “Baby burlesque” protagonizada por la pequeña Shirley Temple con otros infantes.

No ha faltado quien se queja de que veamos con ojos “actuales” un programa hecho hace casi un siglo. No es paranoia, no es exageración; la pedofilia y la podredumbre ha existido desde hace mucho tiempo. Resulta obvio por tanto, que la industria cinematográfica dirija producciones a ese tipo de público. Tal abuso con la pequeña actriz siguió en sus largometrajes donde es coestrella siempre al lado de hombres con los que sostiene un trato muy cercano y sugerente. Aquellos fueron también los años de la caricatura “Betty Boop” con características abiertamente sexuales y que se vendió en nuestro país como si fuera para niños, cuando resultaba obvio que estaba dirigida a adultos.

Es probable que si la sociedad de hace un siglo hubiese alzado la voz y exigido que “Baby burlesque” se suspendiera, se habría detenido de algún modo el abuso de esos infantes y el posterior abuso a Sherley Temple. Se habría quizá evitado ver  la sexualización de Natalie Portman y Jodie Foster en películas como “León: el profesional” y “Taxi driver” respectivamente; se habrían evitado  producciones en las que hombres sostienen relaciones “amorosas” y sexuales con menores de edad, tratando de normalizar al mismo tiempo la homosexualidad y la pedofilia/pederastia a los ojos del público.

El objetivo es precisamente sexualizar a los niños, la destrucción del ser humano desde la más temprana edad, disfrazar de amor algo que no lo es y pedir tolerancia. Debemos cuidar a los hijos, lo que ven, lo que hacen, con quién están, los lugares que frecuentan, las amistades que forjan, los maestros que les imparten enseñanza, los familiares que están cerca de ellos, etcétera. Para ello es necesario que los adultos y padres se tomen en serio su papel protectores de la familia.  No podemos darnos el lujo de parpadear cuando se trata del cuidado de los hijos.

Pero ayer como hoy, no presentamos la resistencia que deberíamos a todo aquello que nos llega a través de la televisión, el cine, el internet, los portales de películas y los medios impresos. Y cada concesión que hacemos es una batalla que se pierde; nos tienen arrinconados con aquello de la “libertad de expresión” para que traguemos toda la podredumbre que antes debía permanecer en la clandestinidad pero hoy es puesta en la comodidad de nuestra sala sin que apenas nos demos cuenta, ya sea por indiferencia, negligencia o estupidez.

¿Y usted qué tipo de producciones permite que vean en su casa?

El tiempo de la vida es breve

El tiempo es un tesoro que se posee, pero es sumamente fugaz. Se nos escapa como agua entre las manos; transcurre de una manera casi imperceptible. Escribía el poeta Gustavo Adolfo Bécquer: “Al brillar un relámpago, nacemos y aún dura su fulgor, cuando morimos: ¡Tan corto es el vivir!”

Esta reflexión me venía con ocasión que hemos entrado en el último trimestre del año. Sin duda, un año especial por la pandemia.

Cuando miramos las fotografías de nuestra infancia y adolescencia con compañeros de la escuela y la universidad, notamos el paso irreversible del tiempo. Y tenemos que aceptar la edad con todas sus consecuencias.

Esto no lo digo para poner una nota dramática o negativa sobre esta realidad, sino para asumir plenamente este hecho y llegar a una conclusión: aprender a aprovechar bien el tiempo y sacaremos frutos jugosos.

Decía sabiamente el filósofo Séneca: “Apresúrate a vivir bien y piensa que cada día es, por sí solo, una vida”.  En este mismo sentido el pensador Gregorio Marañón escribía: “La vida es nueva cada día”.

Dicho en otras palabras, es importante aprender a vivir con optimismo y ojos llenos de ilusión cada día que vivimos. Siempre existen asuntos interesantes qué aprender, metas valiosas para ponernos y luchar cada día por mejorar, aunque sea en puntos concretos y pequeños.

El inolvidable Presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, quien lanzó el “New Deal” (“El Nuevo Trato”) una serie de medidas muy específicas para buscar soluciones viables frente a la tremenda crisis económica, después de la caída de la bolsa de 1929, Además, tenía una aprovechable convicción personal: “En la vida hay algo peor que el fracaso: el no haber intentado nada”. Y fue un Mandatario que se enfrentó a muchas incomprensiones y críticas, pero él siguió adelante. Le tocó la difícil decisión de que su país entrara en la Segunda Guerra Mundial a pesar de la frontal oposición ciudadana y de muchos otros políticos.

Recuerdo que tenía a un maestro en la Universidad de Navarra que habitualmente estaba de buen humor, además de ser un erudito en su especialidad, era amiguero, extrovertido y practicaba el excursionismo y otros deportes. Con frecuencia me decía: “Vivir es algo maravilloso; no te la crees de tantas posibilidades que tenemos para ser muy felices”. Y ésta fue siempre su norma de vida.

Me viene a la memoria aquella célebre frase del pensador norteamericano Ralph W. Emerson: “Graben esto en su corazón: cada día es el mejor del año”. Considero que no le faltaba razón.

Tenía un tío de mediana edad -que ya falleció-, mientras que yo era un adolescente, me decía muy convencido:

-¡Ya verás cómo se te pasa la vida! Primero te parecen largas las semanas y los meses. Años después, te parecerá que las semanas se deslizan como un cuchillo sobre la mantequilla; los meses y los años como un puñado de días. Luego te das cuenta que la vida se te fue.

Y yo le decía:

-Con todo respeto, tío, ¿no estarás exagerando o dramatizando?

Me respondía:

–Ya lo comprobarás por ti mismo. Sólo deja que pasen algunas décadas. ¿Cuánto tiempo hace que me casé con tu tía? Y ahora todas tus primas se han casado o están por casarse y pronto seré abuelo. ¡Me parece increíble!

Cuando estudié Literatura y, dentro del Siglo de Oro Español, estudiamos los textos de Calderón de la Barca, en su conocida obra de teatro: “La Vida es Sueño”, me parecía desmesurado su planteamiento de considerar la existencia humana como una ilusión, una fantasía, un efímero sueño. Pero con el paso de los años le ido concediendo la razón.

El libro del Eclesiastés afirma con claridad, en Lengua Latina: “Tempus breve est” (“El tiempo es breve”). Y esta realidad nos ayuda a espolearnos y escudriñar bien el tiempo para sacarle el mejor provecho. Y concluyo con esta frase de un conocido pensador de nuestros días: “Nadie lo hará tan bien como tú, si tú no lo haces”.

El hombre vulgar, la mirada y las palabras

“Siempre que uno desea algo fuera de orden, inmediatamente pierde la tranquilidad del alma.
De manera que la paz verdadera del alma no se consigue cediendo a las pasiones, sino resistiéndoles. Por eso, no está en paz el alma del hombre carnal, ni tampoco la del hombre entregado a las cosas exteriores; pero sí está la del hombre fervoroso y espiritual».  Beato Tomás de Kempis

Hace algunos años leía el testimonio de una mujer al hablar sobre el impacto que había tenido en su vida el darse cuenta a corta edad, de que su padre veía pornografía; lo sensible que se ella se había vuelto para percibir incluso las miradas que él dirigía a otras mujeres en la calle; cuánto esfuerzo le había llevado confiar en un hombre y lograr que su matrimonio funcionara. Un testimonio doloroso sin duda, pero ella había logrado superarlo.

He escuchado a más de un hombre decir que la mirada es natural, refiriéndose al hecho de ver a una mujer cuando va por la calle. Pero ¿Es esto cierto? ¿Cuándo deja de ser natural la mirada para convertirse en lasciva o intimidatoria? ¿Cuántos hombres han dirigido miradas insanas a una mujer? La excusa será el hecho de que ella es atractiva. Sin embargo, esto no se sostiene cuando hay hombres que miran insistentemente desde pre-adolescentes hasta mujeres maduras; y esto es algo doloroso e indignante: hombres de 30-40-50 años mirando sin tapujos a niñas de 13-16 años. O aquellos que al ir en compañía de su novia o esposa, voltean a hurtadillas para ver a otra mujer como si en ello les fuera la vida. Esto sin duda es característico del hombre vulgar.

Cabe aclarar que no me refiero a los hombres en general, solo a los hombres vulgares que cada día se encuentran por doquier, con novia, esposa y/o familia; hombres que no sabiendo controlar sus sentidos y sus pasiones, tienen como algo natural ver maliciosamente a una mujer so pretexto de que a nadie hacen daño. No basta que una relación esté ordenada al sexo complementario de ambos, hombre-mujer; el orden abarca también la edad y desde luego las intenciones limpias. Si ahondamos un poco, no es difícil darse cuenta de las costumbres adquiridas a lo largo de su vida: lecturas sensuales, revistas pornográficas, visitar lugares insanos, portar imágenes de desnudos en el teléfono celular, vocabulario vulgar, poca o nula vida interior, etcétera.

Algo similar sucede con las palabras. Varios parecen no darse cuenta del modo en que se relacionan,  por ejemplo: no saben (o no quieren) dirigirse con propiedad a una mujer de mayor rango en el trabajo, buscando con ello nulificar la distancia propia de puestos de diferente jerarquía en el ámbito laboral; ser incapaces de mostrar respeto cuando ven a una mujer en la calle, murmurando o a viva voz diciendo bajezas; enviar mensajes privados fuera de lugar vía red social o mediante aplicaciones de mensajería, etcétera. Y tales hombres no hacen distinciones: lo han dirigido por igual a pre adolescentes, a la mujer joven o madura, guapa o no, arreglada o no.

El vulgar es capaz de enlodar desde un simple saludo hasta las palabras más dulces. Pocos reparan en lo nauseabundo que resulta el que un varón así pronuncie siquiera el nombre, porque la mala intención se percibe tan sólo con el tono usado. No importa si el hombre en cuestión tiene un nivel educativo alto; si habla varios idiomas; si posee una fortuna; si es un simple trabajador, último en la jerarquía de una empresa; si es guapo o no: la vulgaridad y la actitud nauseabunda siempre es propia del aquel que no ha sabido y no ha querido dominarse a sí mismo. Y contrario a lo que afirman algunos justificándose en que la mujer dice que “si el hombre es guapo es halago y si es feo es acoso sexual”, noticia: a infinidad de mujeres nos produce la misma repulsión venga de quien venga.

Estimado varón, es probable que nadie te  haya enseñado modales, que tus padres jamás te hayan hablado del respeto propio y a la mujer, que alguna fémina te haya tratado mal o te haya rechazado con poco tacto, que solo tengas amistades vulgares y podridas, que nadie te haya dicho jamás todo lo bueno que puedes ser. Tratando de entender dicha situación y ante tales circunstancias, podemos decir que lo vivido afecta nuestro modo de ser, pero en nuestras manos está cambiar aquello que nos lacera. Has de decidirte y dar los pasos para cambiar; tan solo puedo esbozarte algunas acciones:

Respeta las jerarquías y dirígete con propiedad y la debida distancia a tus iguales y superiores, sean hombres o mujeres, sea en el trabajo o en la vida social. Nada hay tan repulsivo como aquel varón que se toma libertades que no se le han permitido e intenta traspasar límites al entrar en contacto particularmente con mujeres.

Limpia tu pensamiento, al hacerlo se limpiara tu mirada y tu rostro será otro. Ten por seguro que los actos pueden engañar; puedes fingir ser un hombre de bien, pero la mirada y los gestos reflejan nuestras intenciones. Las emociones, pensamientos y acciones moldean nuestras facciones, así que vigila que todo lo que veas, oigas y hagas sea bello, bueno y verdadero. Los ojos son el espejo del alma.

Sostén conversaciones limpias ya sea con tus familiares, compañeros de trabajo o amigos. Nada hay tan dañino como la conversación nauseabunda y materialista; del mismo modo, nada hay tan reparador y que ayude a la superación como la conversación limpia, profunda y ordenada hacia Dios. Busca personas que te ayuden a mejorar; rompe o al menos limita el trato con los que no aportan nada bueno a tu vida.

Frecuenta lecturas que nutran tu inteligencia, adquiere libros con contenido sólido (desde luego evita autores liberales y obscenos), mira películas con un mensaje no solo positivo sino ante todo moral y esperanzador. Procura ver los testimonios de varones que lograron cambiar una vida de aparente éxito pero miserable a una vida llena de Dios mediante la vida interior y la vida sacramental.

Los malos hábitos adquiridos desde temprana edad y jamás combatidos, son los más difíciles de erradicar en la edad adulta. Será más denigrante y doloroso para ti y para aquellos que te rodean cuanto más te obstines en una conducta propia de un animal y no de un hombre verdadero. ¿Te parece difícil? En efecto lo es, porque todo aquello que vale la pena requiere sacrificios.

Y puedes estar seguro de que vale la pena ser el hombre que todo padre desea para su hija…

Simplemente Bella…

“Conocer tus heridas me permite ayudarte con todo lo que yo soy. Dar mi vida por ti significa orar por ti para ayudarte a llegar al Cielo”. (Anónimo)

José es cocinero en el restaurante de su hermano Manny. De cuando en cuando le asaltan los recuerdos de un suceso doloroso de su vida. Una mañana, su hermano despide a una de las empleadas llamada Nina debido a faltas recurrentes; José la sigue y ella le confiesa que está embarazada. En un gesto de empatía y percibiendo que necesita desahogarse, se ofrece a escucharla además de invitarla a la playa. En el trayecto Nina le dice que el padre de su hijo la ha dejado sola y ninguno de los dos quiere que éste nazca, así que piensa abortar. José la escucha atentamente y le plantea opciones de vida, a lo que ella contesta agriamente.

Al llegar a casa de sus padres, le muestra a Nina su antiguo auto y le confía aquel suceso doloroso que cambio su prometedora vida de futbolista para siempre: el haber atropellado a una pequeña niña quitándole la vida, motivo por el cual fue condenado a prisión por cuatro años. Todo cambiaría a partir de entonces pues viviría con el dolor de haber cegado una vida. Por su parte, conviviendo aquella tarde con su familia, Nina se da cuenta de lo importante que es tener un respaldo ante las dificultades de la vida, algo de lo que ella careció desde su infancia. Al hablar de sus heridas, ambos encuentran un bálsamo y el camino para restaurarlas mientras una nueva vida llega a este mundo.

Ganadora del Premio del Público en la XXXI edición del Festival Internacional de Cine de Toronto considerado el máximo galardón. Alejandro Monteverde y Eduardo Verástegui lograron una película simplemente excepcional y maravillosa que contiene un profundo mensaje provida. El eje principal sin duda es la defensa de la vida en el vientre materno, una verdadera osadía en una industria cinematográfica que se ha empeñado en destruir  la familia y la vida del no nato. Muestra que es posible realizar una película con valores, respetando la dignidad del ser humano.

Es menester señalar lo sencillo que habría sido para José el haber recurrido al suicidio, tal como hizo Ben Thomas en “Siete almas” creyendo “redimirse” cuando dicho acto es realmente una confesión de impotencia para soportar los dolores, amarguras y yerros de la vida; se afirma con ello que no existe la misericordia, ni el perdón y por ende la salvación. ¿Puede ahora ver la diferencia abismal? José no regala una casa, ni dona sus corneas o su corazón; no manipula a un amigo para participar en su suicidio; no, José enfrenta una condena y sigue adelante tratando de vivir con el dolor de sus heridas.

Cuando la oportunidad se presenta, escucha a Nina, le ofrece su hombro y ello tiene un impacto tan profundo que no lo solo evita que ella aborte, sino que le hace ver que siempre hay esperanza y todavía puede cambiar de vida; es decir, salva ambas vidas y la suya propia. Cuán sencillo hubiera sido aconsejar apoyar a Nina para que abortase. He aquí el poderoso mensaje de Bella: desde la concepción hasta la muerte natural, hombres o mujeres, gente virtuosa o no; toda vida importa.

Poco advertimos  lo reparador que puede ser una simple conversación en la que nuestros semejantes hallen un bálsamo a sus heridas, consuelo y esperanza  para seguir adelante. Cuan sencillo puede ser aconsejar a alguien matar a su propio hijo, so pretexto de “ayudar”. En ese orden, se ha preguntado alguna vez respecto a las conversaciones que ha sostenido a lo largo de su vida: ¿Cuántas fueron edificantes? ¿Cuántas ayudaron sinceramente? ¿Cuántas salvaron a otros del abismo en el que se encontraban? ¿Cuántas lograron una conversión? … ¿Cuántas salvaron una vida?

Trabajamos cada día –querámoslo o no- para destruir todo a nuestro paso o bien para restaurarlo todo en Cristo. Porque ciertamente no se trata de salvarnos a nosotros mismos, sino en conjunto; no se trata únicamente de salvar vidas, sino de cambiar vidas; no solo se trata de salvar la vida material, sino ante todo salvar el alma para Dios…

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