La relevancia que tiene cultivar el valor de la generosidad

La generosidad se define como “el hábito de dar o compartir con los demás sin recibir nada a cambio”.

Me sorprende cómo los jóvenes -mujeres y hombres- han respondido ante los sismos en la Ciudad de México y otras muchas ciudades del país. Suelen hacer una larga fila, luego van sacando de una construcción derruida ladrillos y otros muchos objetos, hasta dar con personas muertas o heridas. Y en esa importante labor, se pasan muchas horas. No se sienten héroes, sino que lo consideran como un deber solidario y cívico.

Me llama la atención que el reconocido pedagogo, David Isaacs, en su libro “La Educación en las Virtudes Humanas y su Evaluación” ponga como primer capítulo “La Educación en la Generosidad” y afirme: “Esta virtud actúa en favor de otras personas desinteresadamente, y con alegría, teniendo en cuenta la utilidad y la necesidad de la aportación para esas gentes, aunque cueste esfuerzo.”

Antier en la madrugada me resbalé y caí contra la base metálica del colchón de la cama y me causó bastante dolor. Sin embargo, tenía que salir a dar clases toda la mañana. Me puse una faja en la cintura y fui a cumplir con mi deber. A continuación, acudí a la Cruz Roja y me atendió una Doctora y otros médicos con diversas especialidades, como un traumatólogo, un ortopedista, radiólogos y enfermeras. El hecho es que me tomaron varias radiografías del costado derecho de las costillas. Afortunadamente no hubo fractura ni fisura ni otra complicación. Al poco tiempo me dieron de alta.

Cuando me despedí, a todos los médicos les di las gracias, en especial a la primera Doctora que me recibió, quien me dijo esbozando una amplia sonrisa: “No me dé las gracias es nuestro deber. Lo hacemos con gusto y deseamos servir lo mejor posible al paciente. Y cualquier otra cosa que se le ofrezca, ya lo sabe, estamos aquí para servirle”

Me quedé sumamente agradecido con todo el personal que me atendió. Porque de ordinario no se observa esa manera tan amable y cordial de atender a los pacientes.

Recordé que también a los niños hay que educarlos en el valor de la generosidad desde su infancia. Viene a mi memoria que mi padre, abogado de profesión, solía dedicar algunos sábados en la tarde para atender, orientar, sugerir y resolver los problemas jurídicos que tenían los indígenas en “Pueblo Yaqui”. No le gustaba que le pagaran, pero a modo de agradecimiento, aquellas pobres gentes le regalaban guajolotes o gallinas.

También en la temporada invernal en que caían heladas y el Valle del Yaqui estaba en cero grados o incluso con más frío. Me acuerdo que eran alrededor de las tres de la madrugada, cuando mi papá se asomó a la habitación -envuelto en una manta- donde dormíamos mi hermano Arturo y yo. Nos dijo: “-No puedo dormir”.

¿Por qué papá? ¿Estás mal del estómago? ¿Te duele la cabeza? ”-No, no es nada de eso” -nos contestó.

  • “Pienso en toda esa gente pobre que estará sufriendo tanto debido a estas bajas temperaturas, particularmente en la colonia “Cartonera”. En cuanto amanezca, les quiero pedir que se vayan a una tienda bien surtida y compren 200 cobijas. Luego se encaminan a esa colonia y las distribuyen de casa en casa”. Y eso hicimos. Esos actos de generosidad de mi padre eran lo habitual.

¿Qué era eso de “La Cartonera“? Una colonia ubicada en el norte de Ciudad Obregón, Sonora, hacia el rumbo de Nogales donde llegaban, como aluvión, personas indigentes de otros estados y armaban su vivienda de cualquier modo: con un trozo de lámina como techumbre provisional y el resto eran sólo cartones.

En ese mismo orden de ideas, como mi casa estaba ubicada justo frente al “Hospital Municipal”, que casi no contaba con presupuesto para darles de comer a los enfermos, ni les proporcionan medicinas. En cuanto los daban de alta, muchas personas tocaban a la puerta de mi casa ya que estaban auténticamente “cayéndose del hambre”. Entonces mi madre les preparaba unos tacos de tortillas de harina. Y si venían acompañadas de algún chiquillo, me decía mi mamá:

       “-Sube a tu closet y dale a esta pobre criatura, tu regalo de navidad (o cualquier otro juguete). Naturalmente que a mí eso me costaba. Se trataba de un pequeño cochecito de carreras. Al dárselo al pequeño y observar su rostro de inmensa felicidad, propio de quien no ha recibido ningún regalo en su corta vida, me daba por bien pagado. Porque de inmediato el chiquillo muy contento se ponía a jugar con ese regalo.”

Otras veces los enfermos acudían a mi casa a pedir dinero para poder comprar sus medicinas. Mi padre sacaba la billetera y me decía:

-Dale a ese hombre este billete y pregúntale si con esto le alcanza para adquirir el medicamento.

Eran tan continuos esos edificantes ejemplos que mis padres me fueron inculcando sobre la generosidad, que siempre me pareció como lo más normal.

Otras veces, cuando las mujeres estaban sentadas en la bardita de mi casa, junto a la banqueta, dándoles del pecho a los recién nacidos, mi madre me pedía:

“-Ve y llámales a esas desnutridas mujeres -que me parten el alma- y diles que pasen al comedor porque voy a preparar de comer y, por supuesto, les daré abundante leche.”

Algunas de ellas no sabían español sino sólo el dialecto yaqui, y, desde luego, se mostraban muy agradecidas.

Pienso que para ser generoso se requiere, como se dice coloquialmente, “ponerse en los zapatos de los demás”. Sentir lo que sienten ellos; consolar su llanto y escuchar sus lamentos y penas. Luego, animarlos y darles palabras de aliento y de esperanza. Y como decía aquel sabio pensador: “Nadie lo hará por ti, tan bien como tú, si tú no lo haces”.

10 de mayo, el matrimonio y la felicidad

Ahora que se acerca el 10 de mayo, me parece oportuno escribir sobre el Matrimonio y la Fidelidad. Porque esta virtud es la perseverancia en la palabra dada. Se trata de un compromiso para toda la vida.

La fidelidad en un matrimonio se forja en lo que parece pequeño y en lo grande para enfrentar y solucionar las situaciones difíciles. Caso similar es como cuando se inicia una empresa, o cuando un joven recién egresado de la universidad en una profesión determinada, se enfrentan a situaciones difíciles, problemas, contradicciones. Son, podríamos decir, “la sal de la vida”.

 Las contradicciones enrecian el carácter, se vive un intenso proceso de aprendizaje, se adquiere experiencia. Y al final, se tiene la alegría de haber podido resolver esa situación concreta.

Lo fácil es comenzar, pero lo difícil es ser constante día tras día con la paciencia de un artista o artesano que está concluyendo poco a poco su obra de arte. Es un verdadero gozo enfrentarse a los retos que va deparando la existencia humana porque repercute en la madurez de la persona.

Se trata de un aprendizaje en el espíritu de sacrificio, de completa y cuidadosa entrega a las metas que se haya propuesto o que en la empresa ha fijado. De eso depende el éxito en el presente y en el futuro. Aquí no cabe el desánimo ni el desaliento.

Lo mismo sucede con los cónyuges recién casados en ese proceso de entenderse, comprenderse y disculparse mutuamente. Se aprende a ceder, a decir “no” a los caprichos y egoísmos; a pensar en cómo hacer feliz cotidianamente a la esposa o al esposo. Son detalles, menudencias, pero que proporcionan alegría, optimismo y buen humor en esa inicial convivencia.

Con qué gusto los matrimonios mayores recuerdan sus primeros años de casados. Los apuros económicos por los que tuvieron que pasar: hacer rendir la quincena; eliminar los gastos superfluos. Hasta es motivo de risa y buen humor aquel pequeño cochecito que tenían al principio y que a cada rato iba a dar al taller. También aquel pequeño departamento en que vivieron y con mil privaciones instalaron la cocina, una pequeña sala y demás enseres.

Después ella comenzó a desarrollarse como Ingeniera Química, trabajando en un reconocido laboratorio. “Con el tiempo y un ganchito” -como dice el dicho popular- pudieron ahorrar lo suficiente para cambiarse a un departamento más grande y confortable.

Después tuvieron una noticia que les causó una enorme alegría tanto a los cónyuges como al resto de la familia: el nacimiento del primogénito. Le pusieron por nombre, Francisco, al igual que su papá y le dicen Paquito. Naturalmente los dos estaban como locos de gozo y entusiasmo. Tuvieron que reorganizarse en “tiempos y movimientos” para que aquella criatura estuviera bien atendida. Y por supuesto con la invaluable ayuda de la abuelita. Y los fines de semana con el abuelito y las tías.

Se aprende a crecer en la virtud de la fortaleza ante las habituales contradicciones e imprevistos. También se debe aprovechar bien el tiempo para hacerlo rendir lo mejor posible y cumplir con todas las responsabilidades en el hogar y en el trabajo.

Los esposos van notando que el amor crece entre ellos por su misma convivencia cariñosa, así como en la medida en que vienen los hijos y van creciendo. Lógicamente que tuvieron que contratar a una experimentada empleada del hogar  con la finalidad que atendiera, junto con la abuelita, al pequeño Paquito y a las demás criaturas.

Entre los dos, marido y mujer, aprendieron a cocinar y a limpiar muy bien la casa. No faltó el día en que se le “chamuscó el arroz o los frijoles. O cuando el pastel quedó cocido como si fuera “de piedra”. Es decir, ¡incomestible! Fueron gajes del oficio y un tiempo de aprendizaje. Para resolver esto, tomaron varios cursos. Con el tiempo, el marido resultó un excelente chef y la esposa una experta en repostería. Pero esto costó esfuerzo lograrlo. Y no faltó el comentario de la abuelita: “En mis tiempos, ni soñando ocurría esto. Pero me da gusto que ahora los dos intervengan en el buen funcionamiento de la casa. Los dos aprenden y se complementan bien”.

El Sacramento del Matrimonio une a los bautizados en forma indisoluble. El hombre y la mujer y se comprometen a amarse toda la vida y abrirse a con generosidad a la procreación. Por ello dicen en la boda: “Yo te quiero a ti como legítimo esposo (a) y me entrego a ti. Prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”. La forma del Matrimonio son precisamente estas palabras de los contrayentes dando su consentimiento. De esta manera queda sellado el matrimonio y los cuerpos de los cónyuges son la materia del Sacramento y establecen un contrato de por vida, por ello dicen las Sagradas Escrituras: “Serán como una sola carne”.

“De esta manera, los esposos participan del misterio de unidad y de amor entre Cristo y su Iglesia”, afirma San Juan Pablo II. También decía: “Cada hijo es un reflejo viviente del amor conyugal entre los esposos, signo permanente de la unidad y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre”.  Es decir, un fruto del amor vivo entre los esposos. ¡Cuán cierta es la expresión que dice: “la fidelidad conduce a la felicidad”!

En suma, el futuro depende de las familias; llevan consigo el porvenir mismo de la sociedad y contribuyen eficazmente a un mañana esperanzador para que los esposos transmitan los valores a sus hijos, en una convivencia de amor y de armonía.

La paciencia “todo lo alcanza”

En este mundo nuestro de las innovaciones y del asombroso progreso tecnológico, de las prisas, de no descansar ni un minuto en horas laborales, me parece que nos hemos ido acostumbrando a “la inmediatez”. Como aquel directivo que solía pedir a sus ejecutivos “quiero que este asunto salga cuanto antes y si no lo terminan a las 6;00 de la tarde, por favor, dediquen horas extras hasta realizarlo bien y me avisan esté donde esté, ¿O.K.?”.

O bien, como en la redacción de los periódicos se solía decir, cuando un periodista le preguntaba a su jefe: “Y esta nota de prensa para cuando la necesita”. Y en forma clara y tajante se escuchaba la clásica respuesta “era para ayer”. O sea, cuanto antes, entre más pronto mejor o “mete el acelerador” porque esto urge.

No todas las personas pueden conducirse durante toda su vida con ese vértigo imparable de velocidad laboral, de resultados “contra reloj”.  Como me explicaba una doctora Dermatóloga, a propósito de una reflexión que hacía sobre la sociedad de nuestro tiempo: “Hoy en día, los profesionistas jóvenes viven con demasiadas prisas y presiones, de un modo trepidante, es una espiral que no termina y, naturalmente, eso conduce a enfermedades nerviosas, como la depresión o a dañar su propio organismo como la gastritis, las úlceras, diversos trastornos cardíacos, etc. Cuando era una Doctora joven, nunca viví con semejante estrés y logré realizar mis objetivos. En cambio, esta generación termina por dañar la parte corporal o su salud mental”.

Por el contrario, me quedé pensando en los grandes filósofos, artistas y literatos de la cultura grecolatina quienes dedicaron mucho tiempo para realizar sus obras maestras, por ejemplo, Aristóteles y Platón. También en la Edad Media, Santo Tomás de Aquino para escribir la “Suma Teológica”, la “Suma contra Gentiles”, libros de profundas disquisiciones sobre Filosofía y Teología. O bien, en el Renacimiento italiano, “La Piedad” de Miguel Ángel Buonarroti, que me parece una genialidad, lo mismo que “El Moisés”, que al concluir esta maravillosa obra escultórica se dice que el artista le dio un leve golpe con el martillo en su rodilla y le dijo al Moisés: “¡Habla!”. Del mismo modo, Dante Alighieri quien escribió su monumental obra: “La Divina Comedia”, que ha quedado para la posteridad como una obra clásica.

Recuerdo ahora los célebres versos de Santa Teresa de Jesús sobre la paciencia:

Nada te turbe, /

Nada te espante; /

todo se pasa, /

Dios no se muda; /

La paciencia todo lo alcanza. /

Quien a Dios tiene nada le falta. /

Fue una persona que sufrió muchas incomprensiones, persecuciones y una tremenda pobreza, pero nada ni nadie le impidió fundar conventos por toda España. Tenía un tremendo empuje y una vigorosa determinación. Cuando se empañaba en cumplir un objetivo, vencía todos los obstáculos lo lograba porque era una mujer fuerte y paciente.

La paciencia está muy ligada a la fortaleza. Cuando se posee esta última virtud se tiene la capacidad de acometer una acción, pero también de resistir todo tipo de sufrimientos y penalidades.

Por ello se dice que una persona es fuerte porque es paciente ante las enfermedades, las adversidades, las numerosas dificultades que se encuentra en el camino, los problemas económicos, pero sale adelante. Es más, tiene la capacidad de llevar con buen ánimo todas estas pruebas por las que pasa y ningún suceso lo desanima. Puede sentir miedo ante una adversidad, pero lo vence con audacia y valentía. Cuando todos los de su equipo se desalientan, él pone el ejemplo de nunca desistir y perseverar en el intento con alegría.

Recuerdo a algunos generales y soldados que combatieron en la Segunda Guerra Mundial, que cuando un periodista los entrevistaba ante una hazaña conseguida en combate, solían preguntarles: “-¿Llegaron a tener miedo?” y la respuesta inmediata era: “-¡Por supuesto! Pero había que vencerlo, dar buen ejemplo a los demás soldados y mantener en alto el ánimo del todo el ejército”.

Como afirmaba el filósofo francés, Jean Jacques Rousseau (1712-1778) en una acertada frase: “La paciencia es amarga, pero sus frutos son dulces”.

Durante quince años di clases en “Educar, A. C.”, Ixtapaluca, Estado de México, tanto en la Primaria como en la Secundaria y con frecuencia acudían a mí padres y madres de familia con la queja de que sus hijos no les obedecían en temas, como: el orden, el aprovechamiento del tiempo, la puntualidad para comenzar con sus tareas escolares y concluirlas bien; responsabilidad para estudiar, aunque no estuvieran ellos presentes; una vez que terminara el hijo mayor con sus obligaciones, ayudar a sus hermanos más pequeños con sus tareas escolares. Me decían: “Ya le hemos dicho a nuestro hijo mayor muchas veces, pero no nos obedece”. Entonces empleaba una comparación en aquellos lugares rodeados de sembradíos: “Ven aquella plantita que apenas se va desarrollando”. “Sí la vemos”- me respondían. “Pues sus hijos van creciendo poco a poco. Y como a esa plantita no se le puede forzar a que crezca más deprisa porque y se rompería ya sea del tallo, de las hojas o se le sacaría de la tierra con todo y raíz. Por lo tanto, se requiere paciencia un año y otro año. Poco a poco sus hijos comenzarán a vivir esos valores que ustedes les están inculcando. Así que ¡paciencia, mucha paciencia!”. Y de este modo concluía mi conversación con aquellos padres de familia.

Las buenas lecturas y sus considerables beneficios

Nunca agradeceremos bastante el hecho de que nuestros padres, y luego los profesores, nos animaran a cultivar la afición por las buenas lecturas.

En un principio nos presentaron las obras de Julio Verne y Emilio Salgari, autores que nos hacían transportarnos a fascinantes e imaginarios mundos. Ahora viene a mi memoria “La Isla Misteriosa” de Julio Verne, que es una novela de innumerables aventuras, pero también de profundas reflexiones. Aquel puñado de náufragos que han llegado a una isla –aparentemente solitaria- en medio del Océano Pacífico, nunca pierden la esperanza y el optimismo de ser rescatados algún día.

Después nos introdujeron en los libros clásicos de la Literatura para adolescentes, y, además, en libros de Historia, Geografía, Ciencia y otras disciplinas. Nos compraron diversas y enriquecedoras enciclopedias. Recuerdo a los grandes inventores, a los más reconocidos científicos, a las biografías de personajes admirables, a esas atrayentes descripciones de las batallas de Napoleón, o bien, de la Primera o la Segunda Guerra Mundial.

Todo ese bagaje cultural me ha servido para tener como una plataforma de conocimientos y despertar mi curiosidad por acudir a otras lecturas.

Mi hermano Arturo y yo solíamos tener competencias sobre los generales más destacados en la II Guerra Mundial, sus combates y sus numerosas hazañas. Él admiraba mucho al general y estratega militar, Erwin Rommel, el llamado “Zorro del Desierto” por su valentía y audacia

¿Por qué relato esto? Porque los libros, con sus profundos conceptos, son el alimento del conocimiento. Además, las buenas lecturas nos ayudan a acudir a libros de consulta o al Diccionario de la Real Academia Española.

Las lecturas nos despiertan el interés por abordar otras áreas del saber humano. Nos desarrolla la imaginación. Nos aumenta la capacidad de concentrarnos y deducir conclusiones lógicas. Ellas nos permiten conocer, descubrir y explorar nuevos mundos.

Se mejora la sintaxis, el vocabulario, la ortografía y nos podemos expresar con propiedad. Facilita la comunicación con nuestros familiares y amistades al relatar y recomendar aquellos libros que más nos gustaron.

Nos ayuda a aprovechar el tiempo y a permanecer activos durante el día. Nos hay tiempo para la ociosidad y para los buenos lectores no existe el aburrimiento.

Activa a las neuronas cerebrales y se incrementa la inteligencia. Es un eficaz modo de sano entretenimiento, incluso para salir del estrés, según afirman los psicólogos.

Sin duda, nos ayuda a mantener una buena conversación, a socializar y a cultivar nuevas amistades.

Así se explica que cuando los profesores nos dejaban de tarea en el fin de semana de escribir un relato con un tema libre para que nosotros eligiéramos. Ese encargo nos fue ayudando a mejorar nuestra capacidad narrativa. También, en los concursos de Oratoria nos permitía abordar temas de actualidad para exponer en esos eventos.

El poeta chileno Pablo Neruda, Premio Nobel de Literatura en 1971, escribió al respecto: “Los libros que más te ayudan son aquellos que te hacen pensar. Un gran libro de un gran pensador es un buque de pensamiento, cargado de belleza y verdad”. El célebre escritor, Fulton J. Sheen, también afirmó: “Cualquier libro que nos inspire a llevar una vida mejor, es un buen libro”.

Ahora bien, es verdad que actualmente existen videojuegos increíbles que divierten mucho, pero son sólo eso: entretenimientos. Es decir, no contribuyen a desarrollar todas las maravillosas facultades del cerebro que he mencionado antes. Por ello, hay que animar a los niños y a los adolescentes a que se planteen acudir a las buenas lecturas.

En mi caso, es probable que al estar en contacto con esas lecturas se fue desarrollando en mí el interés por las Humanidades. Ya que además de la carrera de Comunicación, estudié Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM en la que profundicé sobre el desarrollo histórico de la lengua española, así como en la literatura mexicana, española y latinoamericana. En esta carrera se nos enseñó el análisis teórico, lingüístico y crítico de la creación literaria. Fue una experiencia enriquecedora que me abrió amplios horizontes acerca de nuestra rica Lengua Española.

Por ejemplo, ahí descubrí el valor literario de la obra del poeta Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura en 1990. Me deslumbró su poema “Piedra de Sol” similar, por su universalidad, al poema “La Tierra Baldía” del poeta inglés Thomas S. Eliot, considerado uno de los poemas más importantes de la Literatura Inglesa del siglo XX, también Premio Nobel de Literatura en 1948 por sus novedosas aportaciones ya que revolucionó el arte del verso.

A los niños y a los jóvenes se les puede alentar a leer un sencillo artículo de una cuartilla y, poco a poco, que se les anime a leer un folleto y, a continuación, un pequeño libro. Y preguntarles por las áreas del saber que más les agradan. De tal modo que gradualmente vayan adquiriendo ese interés por las buenas lecturas.

Valores y virtudes para aprender de los atletas olímpicos

Siempre que veo por internet o televisión a los atletas en los juegos Olímpicos, estoy casi seguro que son personas con muchos valores. Naturalmente, habrá sus excepciones.

Considero en el gran número de tiempo que han dedicado a sus respectivas especialidades para lograr tener un papel destacado.

Observando, por ejemplo, el patinaje artístico y a sus competidores de las recientes Olimpíadas de Invierno, tengo la impresión de que todos podrían haber sido campeones por su calidad y profesionalismo. Aunque los jueces determinen quiénes lo hicieron mejor mediante la puntuación. Un cronista de la TV comentaba que ese patinaje por parejas o individual es una conjunción de arte, ballet y gimnasia con una coreografía y música bien seleccionadas.

Recuerdo la alta puntuación que alcanzaron Olga Korbut en Munich (1972), Nadia Comaneci en Montreal (1976) con calificación ¡de100 puntos cerrados!, Svetlana Khorkina en Atlanta (1996) dentro de la gimnasia olímpica. Ellas aún siguen siendo leyenda y están presentes en la memoria de los seguidores de ese deporte.

Svetlana decía -en una entrevista de prensa- que al mirar en Atlanta el enorme estadio completamente lleno, con personas de muy diversos países, lenguas y una gran cantidad de medios de comunicación sintió vértigo porque ella contaba con escasos 15 años -casi una niña- y habitualmente trataba a pocas personas ya que era originaria de una población pequeña. Su rutina era desplazarse desde su departamento al gimnasio donde entrenaba y luego regresar a su casa. Pero de pronto, el enfrentarse a tanto bullicio de toda aquella multitud se desconcertó. Tuvo que hacer acopio de sus fuerzas mentales para no desconcentrarse en medio de ese barullo y, finalmente, obtener su presea de oro.

Previo a la competición, ellas y ellos tuvieron que vencer infinidad de obstáculos para ser seleccionados en las rondas eliminatorias de sus países o regionales y poder competir en las Olimpíadas. Cuando obtuvieron las medallas comentan –con emoción- que aquellos sueños que tenían desde su infancia o adolescencia se convirtieron en realidad. Su alegría aumenta cuando ven izarse las banderas, escuchar los himnos de sus respectivas naciones y considerar el gozo que tendrían –en ese momento- sus familiares, amistades y paisanos.

El lema de los atletas suele ser: no decepcionarse o desanimarse ante los fallos o equivocaciones, obedecer a sus entrenadores y no perder la esperanza de ganar en las diversas competiciones. Saben que el fracaso es parte del aprendizaje y que jamás se debe abandonar la lucha.

Se suelen lastimar sus músculos, tendones y ligamentos y esperar con paciencia su restablecimiento. A veces se avanza un poco y otras, tienen la impresión que retroceden.

Es cuando entra en juego el espíritu deportivo para levantarse y recomenzar cuantas veces haga falta. Como escribía Winston Churchill: “En el combate; resolución; ver la derrota como un desafío; en la victoria, magnanimidad; en la paz, buena voluntad”.

O también, aquella conocida frase: “El carácter se manifiesta en los grandes momentos, pero se construye en los pequeños”. Es decir, los grandes logros se obtienen a base de cosas pequeñas, como lo comentan los atletas con sus entrenamientos diarios. En las importantes competiciones confiesan que se suele experimentar miedo, pero hay que aprender a autocontrolarse.

Y hay unas palabras muy inspiradoras de Churchill para los que suelen competir y, en general, un buen consejo para enfrentar las dificultades de la vida: “Nunca te rindas, nunca, nunca, nunca, en nada grande o pequeño, largo o corto, nunca cedas ante tus convicciones de honor y sentido común. Nunca te rindas ante la fuerza, nunca sucumbas ante el poder aparentemente abrumador del enemigo”. Estas consideraciones las pronunció por la radio para animar a los ciudadanos ingleses a resistir mientras las fuerzas alemanas destrozaban la ciudad de Londres.

Entre septiembre de 1940 y mayo de 1941 el ejército nazi desarrolló una campaña de bombardeo sistemático contra Inglaterra, conocida como “Blitz” (relámpago”). Murieron cerca de 43,000 civiles. Ese dramático episodio histórico, Gran Bretaña se encontraba sola, sin el apoyo militar de los Aliados, para enfrentarse a Adolfo Hitler, pero gracias a la firme determinación, el liderazgo y la valentía de Churchill, la ciudadanía conservó la calma y la esperanza.

El atleta Usain Bolt, corredor de los 100 y 200 metros planos obtuvo numerosas medallas de oro en los juegos Olímpicos de Beijing, Londres y Río de Janeiro. Perseveró en su afán por romper récords mundiales y lo logró con creces. La velocidad que alcanzaba en las pistas era asombrosa.

Anteriormente, en la década de los ochenta, el atleta Karl Lewis destacó por sus triunfos en esas mismas pruebas, más la del salto de longitud. También fue impresionante la cantidad de combates de box que tuvo que sostener José “Mantequilla” Nápoles para obtener el campeonato mundial de Peso Welter, no se obstante que no se le permitía luchar contra el campeón por diversas razones, pero no se desanimó y fue constante en sus deseos de triunfar. Por otra parte, la mujer más veloz del mundo es la jamaicana Elaine Thompson, con 3 medallas de oro obtenidas en la pasada Olimpíada de Tokio, al superar a Shelly-Ann Fraser-Pryce. Y así podríamos seguir relatando numerosos valores y virtudes de los atletas.

En el matrimonio: “El amor siempre gana”

En cierta ocasión miré un gran anuncio publicitario en una transitada avenida de la Ciudad de México en el que se promocionaba un determinado producto y en la parte final hacía énfasis en esta idea: “El Amor Siempre Gana”.

Un concepto que me pareció provechoso para abordar el tema que quiero tratar con ocasión del ya cercano 14 de febrero, “Día del Amor y la Amistad”. Tradicionalmente se enfoca al noviazgo, pero considero importante también encuadrarlo dentro del matrimonio.

¿Por qué? Porque esa unión del marido y la esposa es para siempre. Me encanta observar esas grandes fotografías, normalmente colocadas en una pared, en la que están los abuelos ya mayores, los hijos, los muchos nietos y algunos bisnietos.

Cuando les pregunto a los abuelos por los nombres de los hijos y las hijas me responden con orgullo que cada uno tiene una profesión, algunos son Ingenieros, oros médicos, otros administradores, otras dentistas o abogadas. Y entre los nietos hay quienes tienen bien determinada la carrera universitaria que quieren cursar.

Después, con toda naturalidad se orienta la conversación hacia el inicio de su matrimonio. Desde los apuros económicos que tuvieron que pasar para sostener a una familia numerosa, luego comprar una casa propia o aquel primer coche que tuvieron. La infinidad de anécdotas divertidas que han ocurrido a lo largo de 50 o 60 años de casados.

Es evidente que el mayor orgullo de los abuelos son sus propios hijos y nietos. Relatan con gusto los logros profesionales del hijo que es médico neurocirujano, la hija especializada en Endodoncia, o bien, que el administrador, con maestría en dirección de empresas, consiguió un importante trabajo directivo en un corporativo de Estados Unidos.

Y es hermoso ver cómo esos esposos se siguen tratando con cariño y afecto, como cuando eran novios, cuidando el uno para el otro, mil detalles de servicio y deferencia. No se han dejado llevar por la rutina, el cansancio o la monotonía con el paso de los años y cada nieto o bisnieto es una ocasión de enorme alegría.

Resulta un testimonio elocuente la anécdota que se cuenta del estadista y canciller de Alemania, Otto Von Bismark (1815-1898) y una de las figuras clave de las relaciones internacionales durante la segunda mitad del siglo XIX.

Bismarck estaba casado con una mujer procedente de un modesto pueblo de Alemania y ella no pertenecía a la aristocracia.

Bismarck viajaba con mucha frecuencia y se entrevistaba con importantes personalidades, de ambos sexos, del mundo de la política, de la realeza, de la diplomacia, de la cultura…

En muchas ocasiones, ella no podía acompañarle en esos viajes. Un día le externó, por carta, un temor que tenía:

“ – ¿No te olvidarás de mí que soy una provincianita, en medio de tus princesas y embajadoras?”

Él respondió de modo contundente:

 “ – Olvidas que me he desposado contigo para amarte?”

Es decir, Bismarck le dijo que se había casado con ella no porque la amaba cuando eran novios o de recién casados, sino que le comunicó lo que pensaba sobre esa unión matrimonial, en el tiempo presente y mirando hacia el futuro: “me he casado contigo para amarte por siempre”.

El amor debe ser una decisión para toda la vida. Al formar un hogar y una familia se consolida una comunidad de vida en la que los esposos se comunican los anhelos, las ilusiones, los ideales; en definitiva, la totalidad del ser y la existencia.

No caben las desconfianzas ni los recelos. Tampoco se deben dar cabida a los resentimientos ni rencores. Todo ser humano tiene defectos y equivocaciones. Uno de los cónyuges puede pasar por un mal rato en su carácter o un estado de ánimo menos amable. Pero se impone siempre la inmensa capacidad de perdonar, comprender y disculpar, si surgieran esos naturales roces que genera toda convivencia.

La fidelidad de los cónyuges es lo que más los llena de alegría, lo mismo que los hijos y los nietos. Paladean todos esos años que vivieron juntos, desde que se conocieron. Luego cuando se pusieron de novios e iban a fiestas y bailes.

La vida misma les enseñó a apreciar otras realidades que habitualmente no aparecen en los anuncios publicitarios. Por ejemplo, que la felicidad está en cuidar los pequeños detalles de afecto, en las manifestaciones de cariño cotidiano, en procurar la paz y armonía en el hogar, en tener un mismo corazón y un mismo espíritu para sacar adelante a la familia y juntos compartir alegrías y tristezas. Porque los esposos están llamados a sumar sus capacidades, ayudarse en sus limitaciones y armonizar sus esfuerzos.

Es en los momentos difíciles cuando se consolida y acrisola ese amor conyugal. Es entonces cuando se arraigan en los corazones la entrega mutua y el cariño, porque el verdadero amor no busca su propio provecho de manera egoísta, sino que se orienta siempre al bien de la persona amada. Como escribía el literato francés, Antoine de Saint-Exupéry: “Amar es mirar juntos en la misma dirección”.

La esperanza: una actitud positiva frente al futuro

La esperanza es la positiva apertura hacia el futuro que está impregnada por el deseo de alcanzar los bienes anhelados y la ilusión por lograrlos.

Siempre me ha sorprendido la visión esperanzada y alegre de los jóvenes. ¿Qué esperan? Culminar sus estudios universitarios y de posgrado. Contraer matrimonio y fundar una familia. Conseguir un mejor trabajo y obtener mayores ingresos.

Posteriormente, tener una casa propia y ocuparse de la educación responsable de sus hijos. Confían en que sus planes se concretarán satisfactoriamente. Tienen un entusiasmo vital para enfrentarse a los posibles obstáculos que saben aparecerán en sus caminos, la esperanza puesta en que los resolverán y nada ni nadie podrá eliminar esa inconmensurable alegría que experimentan.

Saben que sus metas las lograrán con paciencia y buen humor y son inasequibles al desaliento porque viven con mucha fe en el futuro. Vencen cualquier actitud pusilánime o pesimista. Por ello, me gusta convivir con la gente joven porque tienen un entusiasmo contagioso e invariablemente salgo rejuvenecido cuando converso con ellos. Son divertidos y comparten el lado agradable de la existencia humana.

Por el contrario, he observado la actitud de algunas personas mayores que comentan entre ellos acerca de esta realidad: “Espérate a que pasen los años y que se topen con grandes problemas. Entonces se acabarán sus ideales”. Nunca he estado de acuerdo con esta visión tan cruda y desencarnada.

El “espíritu joven” se puede llevar siempre en el corazón. Me viene a la memoria aquel relato de Raymundo, un empresario de edad avanzada, que me comentaba muy entusiasmado: “Estamos iniciando un desarrollo inmobiliario en “Los Cabos”. En cinco años esperamos vender los departamentos construidos. Y luego nos lanzaremos a invertir más dinero para construir el doble de departamentos porque están viniendo muchas personas jubiladas de Estados Unidos y Europa. Me admira cómo se interesan por adquirirlos. En diez años haremos otros planes todavía más ambiciosos. En veinte… En ese momento, titubeó y me dijo con objetividad y humildad: Bueno, a esa edad ya no llegaré. ¡Pero continuarán mis hijos y mis nietos con esos desarrollos!”-concluyó sonriendo. Y pensé en mi interior, este buen amigo tiene el corazón joven no obstante su avanzada edad.

Relato esta anécdota porque ciertas personas mayores –desde luego no todas- a medida que van envejeciendo se obsesionan demasiado con sus enfermedades y achaques propios de la edad. Pierden casi toda ilusión por vivir. Prácticamente nada les llama la atención. Con frecuencia conversan de épocas anteriores. Me recuerda aquella popular canción del grupo español “Mecano”, cuya letra dice: “Ay, qué pesado, qué pesado. / Siempre pensando en el pasado. / No te lo pienses demasiado. / Que la vida está esperando”.

En efecto, la vida nos está esperando para continuar haciendo planes y proyectos. Por ejemplo, hay muchas personas de la Tercera Edad que toman clases de computación, de música, inglés, etc. Cada vez, es más frecuente que personas en esa misma edad culminen sus estudios universitarios, o incluso, ¡de Posgrado!

Tengo algunos conocidos míos a los que visito con frecuencia que sufren un cáncer en fase avanzada. No pierden la alegría y se esfuerzan por sonreír. Sé que están acudiendo con su Oncólogo y les inyectan y les dan a tomar medicamentos que los debilitan demasiado y pierden el apetito por unos días. Lo asombroso es que nunca he escuchado una palabra de queja de parte de ellos. ¿Por qué? Porque han aprendido que el dolor y la alegría son compatibles. Aunque esto suene a un disparate. Ellos continúan, en la medida de sus posibilidades, sacando adelante su trabajo. No es que escondan sus males. Simplemente han aprendido a ubicar sus dolencias en un lugar adecuado, sin dramatizar.

Como escribía el Psiquiatra vienés Dr. Viktor Frankl: “Cuando el hombre aprende a dar un sentido trascendente a sus enfermedades y a otros problemas comprende que todo tiene un “para qué”, entonces descubre su profundo significado.

Recuerdo a un célebre pensador, que se encontraba con graves dolencias y en su diario del último año que vivió, escribió: “Ningún día sin dolor y siempre con alegría”. No le tenía miedo ni a la enfermedad ni a la muerte. Murió como un hombre valiente y siempre he sentido gran admiración por él.

Todas estas reflexiones vienen con ocasión de que se nos acerca el fin de año. Muchas personas elaboran proyectos ambiciosos y metas para el año venidero. Otros más, hacen un balance de sus actos y elaboran propósitos concretos de superación para ser mejores personas.

Se trata de calar en lo profundo de nuestras vidas para no caer en la banalidad. Es todo un proceso de transformación para visualizar dónde nos encontramos y plantearnos con audacia un nuevo modo de vivir cara al futuro. También, hay que aceptar los cambios que ocurren alrededor. Muchas personas se dejan llevar por ciertas barreras como las malas experiencias pasadas, la tristeza, el pesimismo o la visión trágica de la existencia. Depende de cada uno de nosotros el aprender a pasarlas por alto y no darles excesiva importancia. Hace falta determinación para vencer esos miedos e inseguridades que todo el mundo experimenta. “Y tratar de poner lo espiritual y el amor por encima de todo”, como escribe la Psicóloga y Pedagoga Alicia Dellepiane, autora del libro “Camino de la Alegría”.

Sonríe y los demás la gozarán contigo

Considero que ante la actual situación económica y social por la que atraviesa el país, me parece oportuno exponer este animante y valioso tema.

Cuando una persona rebosa de buen humor, optimismo y alegría de ordinario suele tener personas a su alrededor porque sabe compartir ese gozo de vivir y resulta como un poderoso imán que atrae a los demás.

¿Por qué? Por la sencilla razón de que todos queremos ser felices y si alguien tiene gracia para contar chistes o ve la vida con una perspectiva amable, graciosa y ocurrente inevitablemente los amigos y conocidos lo buscarán porque resulta muy divertido y reconfortante el estar con personas con ese agradable carácter.

Desde luego, no me refiero a tener humor para burlarse de los demás ni para hacer pasar un mal rato a otra persona haciendo escarnio de ella, con la finalidad de conseguir de forma grotesca la risa de los demás. Ésas son conductas muy poco solidarias con el prójimo.

El verdadero sentido de humor es el que une a todos los familiares, colegas, amigos y conocidos en una grata convivencia. Y, por supuesto, estrecha más los lazos de amistad. Incluso el aprender a reírse de sí mismo resulta muy sano, cuando las circunstancias lo ameriten.

Se requiere de ingenio, creatividad y chispa para mover a la risa a los que nos rodean. Los médicos recomiendan el aprender a divertirse sanamente porque resulta muy beneficioso para la salud.

En muchas ocasiones nos encontramos con amigos o colegas en el trabajo que son obsesivos ante los problemas normales y terminan agotándose. Es cuando el doctor le recomienda “cambiar de aires”, pasar unos días en la playa o en el lugar que más le descanse y así se olvide de sus preocupaciones.

Hay enfermedades que son catalogadas como “psicosomáticas” por esa estrecha conexión del cuerpo con la mente. Y así podemos observar a personas que ante el exceso de trabajo -con sus lógicas dificultades- sufren de infartos, úlceras, insomnios crónicos, problemas con la vesícula biliar u otro vital órgano, infartos cerebrales, etc. O bien, en su sistema nervioso sufren de depresión y otros trastornos emocionales.

La risa es contagiosa. Ayuda a eliminar el estrés; mejora la autoestima; contribuye a mejorar la imaginación; se redimensionan los problemas que parecían como irresolubles o que se habían agigantado para darles su justa dimensión. A través de la risa las personas exteriorizan sus emociones y sentimientos; se establecen mejores relaciones sociales; se logran vencer miedos e inseguridades y proporcionan una sensación de bienestar. Todo ello es altamente provechoso para la salud de la mente y del cuerpo (cfr.efisioterapia.net).

El filósofo Henri Bergson tiene un magnífico ensayo, titulado: “La risa. Ensayo sobre el significado de la comicidad” (1) (2). Entre otros aspectos destaca los hechos que resultan como “disparadores” de la comicidad, como:

La confusión; Lo inesperado. Lo ridículo. Lo ilógico. El cariz psicológico. Lo exagerado. La imitación.

Paso a paso, este pensador va exponiendo con maestría y hondura el resultado de sus investigaciones. Es un ensayo que vale la pena leer con calma y meditarlo para nuestro propio provecho.

El Psicólogo Jesús Garanto Alós afirma: “El humor es un gran médico. Su eficacia terapéutica se debe al hecho de que constituye el clima psicológico ideal para que el sistema nervioso -que es la clave de la salud- pueda realizar su trabajo regulador en las mejores condiciones de facilidad, de buena circulación vital y de relajamiento. Posibilita que la vida tenga sentido en cualquier circunstancia”.

Reír siempre será la mejor terapia para el espíritu. Si nuestra disposición interior es positiva en todo momento, existirán suficientes motivos para ver el lado divertido de las cosas.

El deseo de hacer felices a los demás es el verdadero y profundo motor que mueve a poner siempre una nota simpática en nuestro diario actuar.

Pienso, por ejemplo, en los casos en que un familiar o amigo hayan perdido a un ser querido; o bien, que se encuentren con graves dificultades en su trabajo; cuando les aparezca una grave enfermedad; o en el caso de que una persona haya tenido una gran desilusión y necesite unas palabras de ánimo. El hecho de acompañarles en su dolor y pena, consolar al que sufre, ayudarles a visualizar la existencia humana con un sentido trascendente son, sin duda, apoyos de bastante ayuda.

Es muy importante aprender a ser felices en esta Tierra. Recordar que la vida es sólo una. Por ello, ¡vale la pena vivir con alegría, optimismo y buen humor! Es la mejor herencia que dejaremos a los demás.

  • Bergson, Henri, “La risa. Ensayo sobre el significado de la comicidad”: Buenos Aires, Editorial Espasa Calpe, 2011.
  • Espinoza Aguilera Raúl, “Si quieres, puedes ser feliz”, “Panorama Editorial”, México, 2019. Capítulo 14.
  • Garanto Alós, Jesús, Paidología del humor, Barcelona, Editorial Herder, 1983.

Para que el trabajo profesional sea fecundo y eficaz

Con cierta frecuencia nos encontramos con personas que nos dicen que en su trabajo cotidiano experimentan aburrimiento, monotonía, rutina, pereza y ante un resfriado, un ligero desajuste estomacal o una pequeña desvelada dejan de ponerle intensidad a su actividad y comentan que no saben cómo superar esos obstáculos.

Conviene recordar que la personalidad humana posee razón y fuerza de voluntad al igual que los sentimientos. Es verdad que los estados de ánimo pueden ser volubles y tener altas y bajas, pero la fuerza de voluntad es la que debe imperar para vencer dichas dificultades. Por ello, hay que decidirse a enfrentar esa pasajera desgana con fortaleza y determinación, porque como dice el proverbio chino: “son meros tigres de papel”.

El célebre político inglés, Winston Churchill toda su vida padeció de una fuerte depresión nerviosa a la que denominó “su perro negro”. Pero comenta que en cuanto comenzaba a escribir un discurso o a redactar un artículo para la prensa o un nuevo capítulo para su próximo libro, recobraba la ilusión y terminaba bien su día. Satisfecho se decía así mismo: “Hoy he vencido a mi perro negro”.

Los trabajos que nos parecen arduos para poder realizarlos y que imaginamos que son como una especie de montaña, en cuanto nos concentramos en irlos resolviendo uno a uno, con paciencia y serenidad, nos damos cuenta que no son tan difíciles de resolver como inicialmente no daba esa impresión.

Al comenzar el día, conviene trazar un pequeño plan de los quehaceres prioritarios a realizar porque hoy en día es muy fácil evadirlos con tanto distractor, como el celular o las redes sociales, y se cae en el peligro de avocarse en asuntos secundarios, cuando lo importante -como se dice en términos taurinos- es “entrarle al toro por los cuernos”. Si no se sabe enfrentar lo que es prioritario y se pospone lo importante un día y otro día, de poco habrán servido esas jornadas.

¿Y los asuntos muy urgentes? Lo muy urgente debe de esperar porque una decisión precipitada puede llevarnos fácilmente a equivocarnos y podría tener serias consecuencias para la institución donde se labora. Dicho en otras palabras, esos asuntos conviene estudiarlos con calma para proponer la solución más acertada.

También en el trabajo debemos de ponernos metas realistas y optimistas porque caminar sin metas es como “tirar golpes al aire”. Una meta es un camino trazado, pensado y bien reflexionado.

Es interesante el ejemplo de Cristóbal Colón que buscando una ruta marítima hacia las Indias Orientales (Filipinas, China, India) encontró algo mucho mejor: el descubrimiento del Continente Americano. Tuvo una travesía muy accidentada en la que perdió el rumbo, pero luego lo recuperó. Por momentos los de la tripulación querían amotinarse, adueñarse de la nave y regresar a España. Colón los persuadió que ya estaban cerca de tierra firme y eso les animó.

A los pocos días, con aquel inolvidable grito del marinero Rodrigo de Triana: “¡Tierra a la vista!”, llegaron a la primera isla perteneciente a Santo Domingo y Haití que Colón le puso el nombre de “La Española”. Ahí los nativos le informaron que más adelante encontrarían la tierra firme del inmenso continente recién descubierto.

El ejemplo que nos dio Colón fue que siempre siguió adelante con optimismo, sin desánimos y, desde luego, su esfuerzo valió mucho la pena. Regresó con los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, para notificarles de su importante hallazgo y que era importante organizar nuevas expediciones para conocer la dimensión de los nuevos territorios.

Otro aspecto destacado en el trabajo consiste en aprovechar bien el tiempo, viviendo en primer lugar la puntualidad para rendir al máximo. Conocí al Dr. Carlos Llano Cifuentes, fundador del IPADE y la UP. Me llamaba mucho la atención que cada año publicara un nuevo libro. Un día le pregunté que cómo se organizaba para lograr ese importante logro en medio de tanto quehacer que tenía. Me respondió que evitaba perder su tiempo en internet, y que, si lo usaba, iba directo a encontrar la información que requería. Vivía el mismo criterio con respecto a las revistas y periódicos.

Me comentaba que los capítulos de sus libros los iba elaborando cuando los fines de semana subía los montes circundantes a la Ciudad de México –que era su gran afición- y al volver de regreso a su casa, anotaba las ideas centrales sobre lo que había reflexionado. De esta manera iba desarrollando y madurando su nuevo libro. Después elaboraba un borrador general de su publicación y finalmente se lo entregaba a un corrector de estilo.

Por otra parte, nos encontramos con “minutos heroicos” que debemos de vivir durante el día. Tanto al momento de iniciar la jornada como al concluir a tiempo para atender a la propia familia, que es otro importante trabajo que tenemos entre manos para dedicar el tiempo necesario a la esposa y a la atención de los hijos. Con ella, escucharla y cambiar las impresiones del día; ayudar a los hijos en sus tareas escolares; contribuir en las labores cotidianas del hogar. Otro “minuto heroico” es aprender a ir a descansar a la hora conveniente, de tal manera que se duerma el tiempo necesario para comenzar el día siguiente con nuevos bríos. En medio de todo, imprimir alegría y buen humor a nuestra labor diaria, de tal manera que se desee retornar con ilusión para sacar adelante las metas planeadas y contagiar de esa visión positiva a los colegas de la oficina. Con este enfoque, el trabajo jamás se considerará como un “peso insoportable” que hay que cumplir, sino como un gustoso quehacer que nos llena de entusiasmo y satisfacción.

De olimpiadas y patriotismo

«Haced de cada hogar una escuela de patriotismo, sin que os importe el tener o no fortuna; tenéis el patrimonio espiritual, y ese basta; porque no importa nada que los caballeros sean mendigos, con tal de que los mendigos sean caballeros». Juan Vázquez de Mella

La estrategia de la Federación Mexicana de Softbol de reclutar jugadoras en el país donde se juega el mejor softbol del mundo daría frutos a nuestro país cuando clasificaron por primera vez a unos Juegos Olímpicos y se metieron a la pelea por el bronce. El 27 de julio la selección mexicana obtuvo un maravilloso 4º lugar en las Olimpiadas de Tokyo sucumbiendo ante la selección canadiense que se llevaría el bronce. Dicha selección mexicana está conformada casi en su totalidad por jugadoras nacidas en suelo estadounidense pero de origen mexicano. Los aplausos por el evidente logro no se hicieron esperar.

La polémica se desataría dos días después cuando las boxeadoras mexicanas Brianda Cruz y Esmeralda Falcón publicaron en redes sociales que la selección de dicha disciplina había tirado a la basura uniformes de gala, además de playeras y tenis. El presidente del Comité Olímpico Mexicano pidió una sanción ejemplar que incluya el veto de la selección y el caso esta bajo investigación. Por su parte el presidente de la Federación Mexicana de Softbol argumentó exceso de equipaje, razón por la cual se vieron en la necesidad de dejar los uniformes, sin embargo salió a la luz que optaron por llevarse sabanas y almohadas de la Villa Olímpica.

Un hecho desafortunado, una evidente falta de respeto de las jugadoras al haber tirado  sus uniformes a la basura; no hay modo alguno en que se pueda justificar y/o defender tal acción. Si bien es cierto que todos cometemos errores, minimizarlo o deformarlo sería un error. Y digo esto a partir de los argumentos que varios comunicadores, analistas deportivos y aficionados han puesto sobre la mesa en defensa de las jugadoras:

*Bien, un uniforme de seleccionado no es solo una tela o un trapo el cual podemos tirar cuando mejor nos parezca; el uniforme lleva la bandera del país al cual se representa en la mayor justa deportiva del mundo, es irrepetible. No, no existe un contrato donde diga que deba conservarse, lo dice la educación, el respeto y el amor a la patria que se mama desde el seno del hogar.

*Criticar su acción no es una actitud machista o misógina (aquí hace su aparición el feminismo lacerante que aprovecha la ocasión para llevar agua a su molino), toda vez que la crítica objetiva per se carece de odio y sesgo. No se les llama la atención porque sean mujeres, ni porque se les odie sino porque independientemente de su sexo, su acción es reprobable.

*Aludir a la xenofobia es otro error garrafal ya que no se les desprecia en modo alguno, menos aún por haber nacido en Estados Unidos, por tener apellidos anglosajones o por hablar solo ingles; de ser así no habrían formado parte del seleccionado mexicano en ninguna disciplina; no, repito, se critica su actuar carente sentido común y de todo respeto a su país.

*Tanto aquel que gana la presea dorada, el 4º lugar o es último en su prueba no tiene disculpa ante una acción de esa naturaleza. ¿La entrega en la competencia disculpa o le da derecho a un deportista a tirar los uniformes a la basura? No. La entrega en competencia se espera de cualquiera que asiste a Juegos Olímpicos; el respeto y amor a su país es parte de esa entrega, no están disociados.

Y el caso es que justamente ese respeto y amor no se manifiesta en el presente caso, porque la historia no empezó el día del escándalo sino cuando omitieron el logotipo y la bandera de México en el uniforme de competencia. ¿Y quién es el insensato que osaría decir que no hay ofensa cuando alguien hace tales desprecios a través de acciones concretas? Se ha dicho que las jugadoras vienen de una cultura de desechar todo, muy propia de Estados Unidos, pero sabemos también que ellos aprovechan cualquier oportunidad para ensalzar a su patria, sea en el deporte, en espectáculos, películas, etcétera.

Ahora bien, después de enfocarnos en las jugadoras de softbol que sin duda alguna se llevaran un gran aprendizaje de esta situación, aprovechemos nosotros para recordar lo que es el amor a la patria y no cometamos la insensatez de confundirlo con patrioterismo barato, nacionalismo o xenofobia. Nos daremos cuenta de que el amor a la patria no se puede imponer jamás, no se compra y no tiene precio alguno; puesto que a diferencia del nacionalismo que es una ideología, el patriotismo es una virtud que se cultiva en la familia desde el día en que nacemos; es un afecto natural que halla su arraigo en el alma, que trae a la memoria la tierra de nuestros padres y que, tarde o temprano se refleja en nuestro actuar: en el aula, en la sociedad o en la mayor justa deportiva del mundo…

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