Contradicciones del día del niño

Día del niño

Por un verdadero regalo de Dios, pertenezco a una familia numerosa tanto en la rama paterna como en la materna. Cuando era, por ejemplo, santo de mi abuelo, en su casa  nos reuníamos mis once tíos, hermanos de mi mamá, muchos primos, sobrinos, parientes…. Y se tenía por costumbre preparar comida norteña en una pequeña ciudad al sur del estado de Sonora con: carne machaca, carnitas de cerdo, frijoles con chorizo y queso, tortillas de harina, dulces típicos regionales, etc. y se organizaba un ambiente muy agradable, entre la algarabía de la chiquillería que se entretenían con diversos juegos infantiles en un gran patio.

Pero, sin duda, el suceso que más gozábamos mis familiares y yo era el nacimiento de un nuevo hermanito o primo. Nosotros fuimos siete hermanos y en cuanto nos llegaba la invitación para ir a conocerlo, íbamos a toda prisa al sanatorio -que estaba como a siete cuadras de mi casa- y, era tanta la emoción, que no esperábamos a que llegara un coche a recogernos para trasladarnos, sino que  nos encantaba ir corriendo hasta llegar jadeantes al hospital. Era todo un día de fiesta el ir a verlo, hacerle caricias, tocar sus manitas, tratar de hacerle sonreír, preguntar a quién se parecía y observar la enorme felicidad de mis padres…

Por eso me parece estupendo que se celebre el “Día del Niño” y que se les organicen fiestas y se sientan muy queridos y atendidos por sus padres.

Pero, últimamente, cuando llega el 30 de abril, me acuerdo primero de todos esos niños no nacidos que aún se encuentran en el vientre de sus madres. Allí están indefensos, recibiendo alimentación y oxígeno de la madre, formándose en especie de “cunita” protectora y esperando el momento en que puedan ver la luz del día y recibir el abrazo y afecto de sus padres, hermanos y familiares.

Y es que desde el óvulo es fecundado se inicia una nueva vida, única e irrepetible. Tiene ya su individualidad y es un embrión en desarrollo que crecerá hasta formar un ser humano completo.

Desde que el ser humano es un cigoto –una sola célula fecundada- ya se pueden conocer muchas sus características: sexo, enfermedades genéticas, color de la piel, estatura aproximada, etc.

En unas cuantas y rápidas pinceladas, podríamos decir sobre su crecimiento lo siguiente: en la tercera semana del embarazo se comienzan a formar la columna vertebral y el sistema nervioso; lo mismo que el hígado y los riñones; en la quinta semana comienza el desarrollo de los ojos, pies y manos; en la sexta semana ya son detectables las ondas cerebrales. Se pueden observar la boca, los labios, las uñas; en la séptima semana se forman los párpados y los dedos de los pies. El bebé puede dar pataditas y nadar; en la octava semana cada órgano está en su lugar y se comienzan a formar las huellas digitales. Comienza a escuchar los sonidos externos; en las siguientes semanas el bebé puede girar su cabeza y sus dientes están en plena formación; en la onceava semana puede tomar objetos con sus manitas,  está en operación su sistema circulatorio y ya tiene la estructura  ósea y la de sus nervios.

En el cuarto mes, el niño mide entre 8 y 10 pulgadas. En la semana veinte, puede reconocer la voz de su madre y soñar. Siente y sufre el pequeño si su madre está angustiada, o por el contrario, se siente tranquilo y con paz, si su madre está serena o alegre.

Y me pregunto, ¿no es una verdadera maravilla que partiendo de un óvulo fecundado, nueve meses después nazca una criatura completa? ¿y que desde el seno materno se le pueda tomar la presión arterial, escuchar los latidos de su corazón, la posibilidad de ser curarlo de alguna enfermedad o también observarlo desde el ultrasonido?

Después del parto, el bebé va a continuar desarrollándose, física y neurológicamente, y comenzará recorrer las etapas de la niñez, luego la adolescencia, la juventud, la madurez, la vejez en una línea de continuidad y coherencia tan perfecta como asombrosa.

Y no obstante estas evidencias científicas que nos muestran claramente los más recientes avances de la Biología, la Genética, la Perinatología, la Bioética, etc., año con año y haciendo cuentas globales, en el Distrito Federal y sumándose a muchos  otros países de los cinco continentes, se cometen millones  de abortos y se arranca brutalmente la vida a estos seres inocentes desde el vientre de sus madres, con el pretexto de bajar los índices de la natalidad que ordenan ciertos organismos internacionales con el apoyo y financiamiento de algunos países que paradójicamente se denominan “desarrollados”.

Aunque el 28 de agosto de 2008, la Suprema Corte de Justicia de  la Nación emitió sus ocho votos a favor y tres en contra,  declarando así mayoritariamente que la despenalización del aborto en el Distrito Federal es Constitucional. Ante este hecho, me parece que hay que tener muy en claro que no toda ley -por el hecho de ser aprobada por los legisladores y confirmada por la Suprema Corte de Justicia- resulta siempre  justa y en beneficio de la sociedad. Por ejemplo, en Holanda se ha legalizado, desde hace años, la eutanasia y -bajo ciertas condiciones- a los ancianos y enfermos terminales se les quita la vida mediante una inyección letal. En otras naciones se han legalizado las drogas y han causado un serio daño, principalmente en los adolescentes. Los ciudadanos tienen el legítimo derecho de oponerse a las leyes injustas que tan devastadoras consecuencias tienen. Es lo que se denomina la objeción de conciencia. En el Distrito Federal a un médico no se le puede obligar o forzar a que practique un aborto y tiene el derecho de  manifestarse que no está dispuesto a destruir la vida de un ser no nacido. Es decir, no obstante que sea “legal” el aborto en la Ciudad de México, no deja de ser un acto criminal.

¿Por qué? Porque no hemos de perder de vista que el derecho a la vida humana es el derecho prioritario de todo ser humano y, por tanto, el bebé no nacido debe ser siempre respetado, protegido y cuidado por todas las legislaciones de los Estados civilizados. Si se niega este derecho, fácilmente se pueden negar todos los demás derechos, caer en verdaderas aberraciones aparentemente “legales” y volver a las épocas represoras de tantos crueles e inhumanos dictadores y gobiernos  a lo largo de la Historia,  basta con citar a Adolfo Hitler y a José Stalin.

Paralelamente a esto,  se ha descubierto otra mezquina realidad: el aborto, en sí mismo considerado, es un lucrativo negocio en el que tanto los médicos como las demás personas e instituciones involucradas, se llenan sus bolsillos de “dinero sucio”. De manera que, en su conjunto, podríamos afirmar que detrás de este odio y afán por destruir a millones de seres no nacidos, se debe  fuertes presiones políticas y a poderosos intereses económicos mezclados con siniestras complicidades.

Por ello, utilizando una imagen simbólica que me viene a la mente a modo de síntesis,  algunos gobernantes, médicos, enfermeras, intelectuales, catedráticos, profesionistas, legisladores que promueven el aborto, parecería que cada 30 de abril levantan una mano con una copa de vino, gritando a voz en cuello: “¡Qué vivan los niños de todo el mundo  porque son el futuro de nuestra humanidad!” Y con la otra mano,  clavando un filoso  cuchillo, que atraviesa el vientre de la madre,  aniquilando al bebé en su seno. Me pregunto, ¿no hay en esto una gravísima contradicción con estas actitudes? O mejor dicho, ¿no estamos presenciando una esquizofrenia de muchos que viven una doble vida y que, con su deplorable conducta, merecen ser juzgados  como  esos criminales de guerra nazis, quienes eliminaron a millones de judíos, ancianos, discapacitados y enfermos terminales con inyecciones letales y en los campos de concentración? O bien, que en muchos otros casos donde se observa una marcada obsesión por buscar la destrucción del mayor número de seres humanos no nacidos que raya en lo patológico,  ¿no deberían de ser recluidos en una clínica psiquiátrica para que reciban su adecuada terapia? Porque humanamente no es explicable tanta aversión y tanto odio cuando lo normal es alegrarse ante el nacimiento de una vida humana.

Desde el momento mismo de la concepción, en que –a las pocas semanas, el ginecólogo confirmaba a nuestra madre que estaba embarazada- y de inmediato ella nos daba la feliz noticia que pronto tendríamos a un hermanito más y a  todas sus amistades les comunicaba con una gran alegría y emoción, aquella bella frase –que entonces se acostumbraba mucho decir-  y que tanto me gusta por su hondo significado: “¡Estoy en estado de buena esperanza!”

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