Cuando nuestra conciencia se adormece…

A lo largo de nuestra existencia conocemos innumerables personas. Es difícil hasta cierto punto darse cuenta cuando podemos aportar algo bueno a los demás o cuando les podemos perjudicar. A veces basta una conversación, un consejo o una pequeña acción para cambiar el curso de una vida.

Y lo cierto es que en cualquier etapa podemos dar un giro inesperado. Lo que define si caemos o no, es si estamos suficientemente formados y somos firmes.

No me refiero a las cuestiones materiales o económicas sino a las del intelecto humano y el juicio que de éste emana. Pareciera que al ser adultos hechos y derechos, es más difícil dejarnos llevar por la emoción de una nueva ideología o la “bondad” de la lucha social como podría ocurrir con un adolescente. Los ejemplos en este sentido son interminables:

Casos de padres de familia que después de haber criado a sus hijos, de pronto se afilien a algún movimiento social, encuentren nuevas amistades y más tarde apoyen por ejemplo la causa homosexualista y el aborto, llevando ideas contrarias al bien común al interior de su familia.

Aquel cónyuge que comienza a frecuentar lugares insanos dejándose llevar por los amigos.

Aquel que al casarse, con el paso del tiempo adquiere las ideas de su cónyuge y ahora apoya el comunismo, la demagogía, el gnosticismo o la libertad ilimitada en todo y para todo.

Se encuentran de pronto envueltos en situaciones que antaño les habrían parecido inauditas. Algo ha sucedido que debiendo rechazar lo que es dañino, ahora es aceptado plenamente. La conciencia, siendo el juicio del intelecto, ya no mueve a la voluntad objetivamente.

El amor, el afecto, la admiración o la simpatía hacia otros, sean cónyuges, amigos o familiares puede ser el golpe de ariete que tumbe la poca oposición que pudiéramos tener respecto a una situación objetivamente mala.

Por el contrario, cuanto bien nos puede hacer la simple conversación de una persona bienintencionada, la conferencia o el libro de alguien que domina el tema, la amistad que nos enriquece profundamente y más importante aún, la dirección espiritual de un sacerdote bien formado.

A cualquier edad estamos expuestos a caer cuando menos lo pensemos, pero siempre tenemos la oportunidad de levantarnos y corregir el camino. De ser para otros no la piedra de tropiezo sino la piedra sobre la cual apoyarse para continuar en el difícil camino hacia Dios.

“En lo más profundo de su conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal… El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (Gaudium et Spes 16).

Alexa Tovar alexatovar2017@hotmail.com

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