El ateísmo práctico: un fenomeno social de nuestro tiempo

El acelerado avance la Ciencia y de la Técnica en nuestra época han alterado las relaciones del hombre con Dios. Con la masificación de descubrimientos como la electricidad, las máquinas de vapor, el telégrafo, el teléfono en el siglo antepasado; con el desarrollo vertiginoso de medios de locomoción: el automóvil, la motocicleta, el tren, el aeroplano, el jet, la llegada del hombre a la Luna y, últimamente, los satélites espaciales que han alcanzado a otros planetas; con el desarrollo de la Medicina que puede curar enfermedades que en siglos anteriores no tenían posible remedio; con los asombrosos logros –de las últimas décadas- en materia de la cibernética (internet, telefonía celular, computadoras, nanotecnología, etc.) se ha generado –en un considerable número de personas- una conciencia del hombre como el “gran dominador de la Naturaleza”, el “señor todopoderoso del Universo” y que, por lo tanto, ya no necesita de la ayuda de su Creador.

Es como si pensaran: “Si Dios no entra en mi campo vital cotidiano, puedo prescindir de la Religión y de toda moral. Entonces –erróneamente concluyen-, ‘todo se vale’ ”. Reconocidos psiquiatras y antropólogos afirman que cuando el hombre vive como si Dios no existiera en su vida personal, familiar, profesional, social, se generan diversas actitudes bastante tipificadas, como por ejemplo:

a) el materialismo en lo profesional: la prioritaria ambición se delimita en ganar mucho dinero para concederse todo tipo de lujos y caprichos;

b) el hedonismo: se trata de pasarla bien a costa de lo que sea. En este terreno ya no hay límites. Se buscan sensaciones cada vez más novedosas y excitantes. Lo determinante es permanecer siempre en el círculo del placer inmediato, del hoy y ahora. El amor aparece devaluado con relaciones sexuales fugaces, pasajeras e intrascendentes y, sobre todo, sin correr ninguna responsabilidad;

c) la permisividad: los valores ya no importan; todo queda relegado por el uso que doy a mi libertad. La jerarquización de mis ideales queda supeditada a lo que me parezca conveniente según las circunstancias vivenciales, profesionales; a lo que me apetezca o se me antoje en este momento. Es una especie de nueva ética que sustituye a la verdadera Moral;

d) el relativismo: no hay verdades universales y permanentes porque absolutamente todo es relativo, siempre según mi propia conveniencia;

e) el consumismo: lo importante es adquirir bienes materiales, estar a la moda (no importa a qué costo). Hay una pasajera sensación de bienestar cuando se tienen esos bienes y socialmente se consideran autorrealizados;

f) el escepticismo y el nihilismo: los grandes temas de la humanidad como el sufrimiento, el dolor, la muerte, las preguntas trascendentes “quién soy, de dónde vengo, adónde voy”, o las verdades eternas del Más Allá, se suelen tomar con indiferencia, apatía e incluso repulsión. Prefieren simplemente “vivir al día”, dejarse llevar por el ambiente y no pensar en el mañana;

g) la búsqueda ansiosa de lo festivo o entretenido: en ese contexto resulta clave encontrar personas o situaciones que resulten divertidas, simpáticas, agradables, para que no exista ningún momento de estar a solas y evitar que el hombre se enfrente con su propio yo. Si eso ocurriera, entonces se echa mano de la música, de los videojuegos, de la televisión, de las películas, de la internet, de los juegos de azar, etc. Lo importante –parecen manifestar algunos con su conducta- es evadirse y jamás pensar en temas profundos, sino mantenerse siempre en el entorno de lo frívolo y superficial. Son las llamadas “personas-epidérmicas”.

Son hombres dinámicos –con frecuencia-, con una cuidada apariencia de “exitosos” en todos los aspectos, pero carecen de convicciones firmes; sus ideales no están sólidamente cimentados; su voluntad suele ser débil. No admiten compromisos personales serios, ni menos para toda la vida.

Les importa mucho el “qué dirán o pensarán de mí”. Eso genera un mimetismo por imitar obsesivamente a los demás, por ejemplo, en el modelo del último coche o computadora, en las marcas de las prendas de vestir, y en general, en un estilo de vida que lo presumen públicamente para ser reconocidos socialmente. Muchas veces el costo de este afán de competitividad les lleva a contraer considerables deudas y a vivir en un estado de angustia e insatisfacción permanente.

El gran drama de algunos de estos hombres de nuestro siglo XXI es que van buscando afanosamente la felicidad: en su desarrollo profesional, en el sexo, en el alcohol, en las drogas, en la posesión ilimitada de bienes materiales (casas, coches, aparatos tecnológicos…), en los continuos viajes turísticos de placer, en las interminables fiestas y juergas. Como escribía nuestro Premio Nóbel de Literatura, Octavio Paz, en El Laberinto de la Soledad, es como “una máscara y detrás otras máscaras”, mas en el fondo subyace el vacío, el hastío y la infelicidad.

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