El católico progresista: entre el capitalismo y comunismo

“Al rechazar los progresistas la civilización cristiana, rechazan los derechos de la Realeza de Cristo sobre el orden temporal de la vida pública; es decir, sobre las familias, los grupos sociales, los sindicatos, las empresas, las naciones y el mundo internacional. Derecho de la Realeza de Cristo, a que el orden temporal se conforme a las enseñanzas y a la legislación de la enseñanza cristiana. Al rechazar la necesidad de trabajar para la implantación de un orden social cristiano, los progresistas verse obligados a aceptar la ciudad laicista, liberal, socialista o comunista, de la civilización moderna. Aquí radica el verdadero error y desviación del progresismo cristiano, en buscar la alianza de la Iglesia con el mundo moderno”. (Pbro. Julio Meinvielle)

 

No pocos basan la superioridad de una nación en la cuestión material, en el avance tecnológico, el poder armamentista, el nivel educativo promedio, la baja tasa de natalidad; la riqueza musical, gastronómica y cultural, etcétera. Suele pensarse que el país en que nacemos es el mejor de todos, ya sea porque lo vemos con una mirada sentimental o porque en verdad lo creemos, aunque sepamos que se halle en desventaja cuando se manejan los estándares anteriores. Sin embargo al observar la realidad, lo que se esperaría es que seamos capaces de reconocer las limitaciones o ventajas de la nación en que nacemos y crecemos; ello incluye el pasado.

Lo anterior viene a colación después de ver la opinión cada vez más común, -especialmente entre católicos- respecto a las “ventajas” del Capitalismo sobre el Comunismo; de lo bien que estamos en el Capitalismo, contrario a los que viven en el Comunismo; otros más refiriendo lo prospero de las naciones protestantes a diferencia de las naciones católicas. Hacen bien en señalarlo, pero sin olvidar una sencilla causa: la usura. Ésta si bien no es reciente y ha sido ejercida especialmente por judíos; fue algo que en las naciones protestantes se practicó asiduamente, produjo el capitalismo industrial que aunado a la banca usurera fueron los pilares de la civilización protestante. Mientras tanto, en las naciones católicas la usura estaba restringida por ser en sí misma un mal.

Ahora bien, la aplicación de principios económicos liberales resulto en la degradación de la condición de vida de la clase obrera. He aquí que a mediados del siglo XIX aparecería el manifiesto comunista cuyas tácticas intentaron implantarse en naciones como Francia, Alemania, Austria, Italia y desde luego, Rusia; todo ello sin éxito. Llegado el siglo XX ésta ideología totalitaria vería su gran momento en el que martillaría naciones enteras bajo el nombre de Comunismo. Fue presentado como la solución al Capitalismo; proclamando que acabaría con la pobreza, pero destruyendo a la familia y la propiedad privada; fue el autor de millones de asesinatos; se expandió en varias naciones aplastándolas. Todo ello sucedió frente a los ojos del Capitalismo y peor aún, con el consentimiento de éste.

El católico debe entender que el Capitalismo es la opresión sin violencia y el Comunismo es la opresión conseguida violentamente. Ambos fracturan las estructuras en el ámbito social, político, económico, alcanzando el terreno moral y religioso. Para aquellos que aseguran la superioridad de Estados Unidos, no deben olvidar que su Declaración de Independencia tiene la marca del Enciclopedismo (que proclamo la superioridad de la razón frente a la tradición y la fe), así como la huella de la Ilustración (la descristianización a través de la “autonomía del pensamiento”, separándola de la fe católica). Desde su fundación hasta nuestros días, Estados Unidos ha sido el lugar donde anida y es lanzado al mundo todo aquello que combate a Dios y a la civilización cristiana: protestantismo, masonería, liberalismo, capitalismo y comunismo.

La Iglesia Católica consciente del peligro ha denunciado a cada momento la calamidad que significó el aplicar principios liberales en la economía. El mundo vería la luz de nuestra madre Iglesia con la aparición de encíclicas como Rerum Novaraum, Libertas praestantissimum (SS León XIII), Quadragesimo anno (SS Pío IX), Centesimus annus (San Juan Pablo II), Caritas in Veritate (SS Benedicto XVI). Por tanto es incongruente la posición de muchos católicos liberales, progresistas o con un pasado protestante (del cual no logran desprenderse), al combatir el comunismo y sentirse orgullosos del capitalismo en que viven; alabar naciones en términos de “libertad, justicia y materialismo”, desconociendo aquello sobre lo que fueron fundadas.

Y resulta absurdo cuando es evidente la incompatibilidad de ambas ideologías totalitarias con la visión cristiana respecto a la economía que la Iglesia Católica ha manifestado siempre; ambos sistemas esclavizan al hombre despojándolo de toda dignidad. La globalización por medio de ellos pasa por encima de cada nación y su soberanía, por cuanto olvidan la búsqueda del bien individual y común en los términos de Dios. Capitalismo y Comunismo son las cabezas de un mismo monstruo diseñado desde el principio para dominar el mundo.

El ataque al reinado social de Cristo que hoy padecemos, es el más letal que se haya visto jamás, de tal magnitud que ha obnubilado la fe y la razón de muchos católicos. La cura se halla en el retorno a la doctrina católica tan vilipendiada hoy en día; pero aún no es tarde…

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