La Habilidad de Maravillarse

Actualmente nos dedicamos tanto a aprovechar la tecnología que nos ha invadido a todos, que hemos olvidado las cosas pequeñas que nos hacen disfrutar de las grandezas que hay en esta vida.

Como seres humanos que somos, requerimos maravillarnos, y hoy en día eso es muy difícil puesto que ya nada es extraordinario. Bien lo dijo el Profesor Neil Postman, quien fuera Director del Departamento de Cultura y Comunicación de la Universidad de Nueva York en sus cinco advertencias sobre el cambio tecnológico.

La primera, que siempre pagaríamos un precio por la tecnología incorporada, “cuanto mayor es la tecnología, más grande es el precio”

Segundo, que siempre habría ganadores y perdedores, y que los ganadores siempre intentarían persuadir a los perdedores de que también ellos son ganadores.

Tercero, que incrustada a toda tecnología estaría un prejuicio epistemológico, político o social. Algunas veces, dijo, este prejuicio nos puede favorecer, otras no. “La imprenta aniquiló la tradición oral, el telégrafo aniquiló el espacio, la televisión ha empequeñecido el mundo, las computadoras, quizás acaben degradando la vida comunitaria. Y así todo”.

Cuarto, que el cambio tecnológico no es aditivo, es ecológico, que significa que lo cambia todo a su paso, por lo que es demasiado importante como para dejarlo en las solas manos de Bill Gates.

Y quinto, advirtió que la tecnología tiende a hacerse mítica, esto es, que se percibe como parte del orden natural de las cosas, por lo que tiende a controlar más nuestras vidas de lo que quisiéramos.

Es una realidad que la tecnología desde el punto de vista que sea, médico, de información, ambiental, la tecnología en general, nos ha privado de ese atributo que tenemos los seres humanos desde que nacemos; maravillarnos de las cosas que nos da la naturaleza. Los padres ya no promovemos este sentimiento. Cuando vamos en el auto, les ponemos una película para que se entretengan, en el transporte público les damos un juego de video para que aguanten el largo viaje a casa. Cuando estamos en casa, los ponemos a ver la televisión y dejamos que se entretengan mientras nosotros nos quedamos escribiendo en nuestras computadoras, chateando con alguien que no está presente con nosotros y olvidamos conversar con quien realmente nos acompaña. Leemos el periódico y escuchamos nuestro Ipod, hacemos todo con la tecnología que ya ni vemos porque como mencionaba el Profesor Postman, se vuelve mítica, tanto que la sentimos como natural y no como extraordinaria, ajena a nuestra esencia.

Maravillarse ya no es parte de la educación que les inculcamos los padres a nuestros hijos, sino que nos hemos dedicado a hacer personas pasivas que se adapten a lo que los deje inmóviles, sin esfuerzo, sin sacrificio alguno. ¡Bueno hasta el ejercicio lo hacen en el interior del hogar con los nuevos juegos de video que promueven deporte virtual! La tecnología nos ha ido manchando como una gota de tinta roja en un vaso de agua.

Nos ha servido mucho, pero ¿qué tanto nos ha perjudicado? La balanza aquí me atrevería a decir está inclinada más hacia un lado que al otro, usted ya indague, pero estamos tan acostumbrados a que todo lo tenemos tan a la mano que ni la misma pobreza nos maravilla de horror, ni las atrocidades que se viven a causa del narcotráfico, ni las corrupciones que vemos día con día, puesto que la tecnología de información nos ha bombardeado a tal grado que nuestra mente se ha relajado y ya nada nos impresiona. Y tristemente, hasta hemos olvidado la maravilla de lo que es la vida misma, de lo que es dar vida. Ejemplo de ello sería hablar de las técnicas anticonceptivas, que son otra innovación tecnológica que irrumpió en la humanidad hace unas cuatro décadas y que ha impactado en la intimidad sexual. Ha trastocado nuestro modo de entender los fines de la sexualidad, de la fertilidad e incluso del matrimonio. Nos ha separado de la identidad natural y orgánica de la persona humana, y ha alterado la ecología de las relaciones humanas. Tanto que ha confundido nuestro vocabulario sobre lo que es el amor.

La tecnología que nos invade es muy cómoda, es fascinante pero en muchas ocasiones nos transforma. Porque no somos humanos y la tecnología, sino que somos humanos diferentes. Lo que es muy distinto, y peor aún, somos humanos sin sentimientos, sin ganas de maravillarse. Como madre que soy, consciente del problema, he vivido lo antes mencionado. Lo veo en otras personas y no quiero caer en lo mismo por lo que he experimentado con mis hijas, y las he enseñado a maravillarse de las cosas pequeña. Créanme, funciona, he hecho que no pierdan esa habilidad de impresionarse ante las cosas sencillas, ante las cosas que valen la pena, a sensibilizarse ante la miseria. He enseñado a estas dos creaturas que Dios me encomendó para que encaminara por la vida, a que se sorprendan ante las cosas que nos regala la naturaleza.

Ejemplo de ello, cuando el sol se abre paso en los atardeceres por entre las nubes blancas, y los rayos salen como látigos dorados, y pareciera que Dios se asoma por una ventana del cielo, les he mostrado que esos son regalos que el Todo Poderoso nos manda. A pesar de burlas, y críticas que a veces me han hecho mis allegados, por lo “cursi” que esto les parece, lo he hecho, tanto que mis niñas hoy por hoy, cuando encuentran uno de estos regalos y vamos circulando en el auto, gritan: ¡Mira mamá, un regalo de Dios! ¡Es mío, es mío! – y lo comparten con quienes vamos en el coche. Eso es maravillarse de las cosas pequeñas y que podrían parecer, insignificantes pero que en realidad, si nos ponemos a pensar, son las cosas que nos harán trascender de manera enaltecida cuando nuestra presencia mundana termine.

Este tipo de ejercicios con los pequeños y con nosotros mismos, nos regresarán la sensibilidad ante lo que merece la pena ser admirado, y sobre todo ante lo que merece la pena ser atendido. No solamente cuando haya desastres naturales, acordarse de la gente pobre, de los desfavorecidos, sino que siempre tenemos alguien con necesidad a nuestro alrededor y es imprescindible que siempre compartamos algo de nosotros; nuestro tiempo, bienes materiales, dinero.

Es necesario que contagiemos a los que nos rodean de esa necesidad por maravillarse, para que nunca pierdan la calidad humana que nos caracteriza a todos los hombres desde que nacemos. Finalmente, concluyo con unas palabras del mismísimo profesor Postman, quien refiriéndose al cambio tecnológico, comentó que “en el pasado, experimentábamos la tecnología del cambio a la manera de un sonámbulo.

Nuestro slogan nunca explicitado ha sido «tecnología über alles», y hemos deseado adaptar nuestras vidas para encajar los requisitos tecnológicos, no los requisitos de la cultura. Esto es una forma de estupidez, especialmente en una época de cambios tecnológicos tan profundos. Necesitamos actuar con los ojos bien abiertos para que utilicemos más la tecnología en vez de que sea la tecnología la que nos utilice a nosotros.”

Nos leemos pronto para no quedarnos atrás y ver hacia delante.

 

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