La iconografía cristiana y la Natividad

La iconografía cristiana transcribe mediante la imagen el mensaje evangélico que la Sagrada Escritura transcribe mediante la palabra. Imagen y Palabra se esclarecen mutuamente» (Catecismo de la Iglesia Católica. II parte; Celebración del Misterio Cristiano; Sección 1160)

Quien haya visto la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro, ícono del bizantino, se da cuenta de que está llena de símbolos. Todas las letras son griegas e identifican a la Virgen María, al Niño Jesús, a los arcángeles San Miguel y San Gabriel. Todo tiene un significado: la túnica roja era portada por las vírgenes, el manto azul era usado por las madres en aquella época; la posición de las manos del Niño Jesús en las de la Virgen María; los arcángeles portando los instrumentos de la Cruz, mostrándoselos a Jesús. Cuando el católico mira la imagen, pueden hallar en ella un significado profundo de nuestra fe católica.

En el tiempo de Navidad es tradición colocar el Belén en las iglesias. Toda casa que se precie de ser cristiana lo coloca con especial alegría y con la debida antelación al 25 de diciembre. Se cuidan las piezas, se desenvuelven con cautela, se colocan las luces, el musgo y el heno. El Niño Dios es llevado a la Misa de Navidad para que sea bendecido y más tarde, en familia, arrullarlo y acostarlo en el pesebre.

En nuestra era cibernética y de redes sociales, se ha vuelto común el uso de imágenes “cómicas” del Niño Dios y del Nacimiento. Vemos como se comparten los vídeos del Niño Dios tomándose la selfie con los cuates del barrio; vídeos donde aparece bailando algún ritmo musical; imágenes donde todos los “integrantes” del Nacimiento posan como cualquier vulgar equipo de fútbol. Desde luego el lugar central del Niño Dios es nulificado. Y cuando digo central no me refiero necesariamente al centro geométrico en la imagen sino en el aspecto sagrado: se le usa de forma corriente y vulgar.

Que nuestro Señor nos acompaña en las actividades cotidianas es algo que el cristiano sabe desde la antigüedad hasta nuestros días. Tomar las figuras del Niño Dios, la Santísima Virgen y San José para vulgarizarlos en poses no apropiadas a su augusta imagen so pretexto de que queremos “sentirlos más cerca” es un error cada vez más frecuente en el católico.

Que el cristiano ha de vivir con alegría la Buena Nueva es innegable; sin embargo ninguna generación antes de la nuestra había necesitado banalizar las imágenes otrora intocables y luego, hacer chistes, reírse a costa de lo sagrado y considerarlo como aceptable en la evangelización. Naturalmente, ante ello, el vulgo no encuentra un límite a su “creatividad”; lo que comienza como una broma “inocente” termina en parodia y burla.

El punto es, habiendo tantas cosas de la cuales reírse en la vida cotidiana y estar de buen humor, viviendo en la época de los llamados “memes”, ¿por qué necesitamos reírnos también a costa de lo sacro, de las augustas imágenes del Niño Dios, de la Santísima Virgen, de San José? Esto no se trata de hasta dónde podemos reírnos sin ofender nuestra fe católica, sino en no banalizar, ni caricaturizar nunca. Argüir que muchos jóvenes abandonan la religión porque se aburren o porque les pedimos que estén serios y “solo en los rezos” es por decir lo menos, un absurdo. Todo aquel que abandona su fe católica es porque no llego a conocerla realmente y nadie puede amar lo que no conoce.

Valdría la pena preguntarnos: ¿Es para entretenernos y para distraernos o para glorificar a Dios que la iconografía cristiana debe usarse? Nunca es tarde para aprender sobre el decoro, la devoción y la alegría de las generaciones precedentes al evangelizar y dar testimonio de su fe, guardando el debido respeto a lo sagrado.

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