La primera etapa de la revelación de Dios en el Antiguo Testamento.

Manuel Ocampo Ponce

Universidad Panamericana, Guadalajara.

El aspecto religioso más importante y característico del Antiguo Testamento es el hecho de que Dios interviene en la historia de Israel. Se trata de un encuentro personal de Dios con el hombre por una iniciativa gratuita de Dios, en la que el mismo Dios, muestra al hombre su personalidad y su Plan de salvación. Un aspecto muy importante para reconocer que lo que está en la Sagrada Escritura viene de Dios, es la diferencia que hay de Israel respecto a los pueblos vecinos. En el caso del pueblo de Israel este es consciente de haber sido elegido por Dios para salvarlo. Experimenta la acción de Dios en su vida percatándose de las modificaciones que Dios hace al curso de su historia participándole su Plan de salvación. La Palabra de Dios en el Antiguo Testamento promueve una historia que inicia con la Palabra en la creación y que alcanza su culminación con la Palabra de Dios hecha carne.

La diferencia entre el Pueblo de Israel y los pueblos orientales paganos radica en que, a pesar de que en el Antiguo Testamento se utilizan técnicas de adivinación, sueños, etc., Israel las depura de toda connotación politeísta o mágica. (Lv 19,26; Dt 18,10; 1 S, 15, 23). Se observa una distancia entre los sueños que Dios envía a los auténticos profetas de los que tienen los adivinos que circundaban en esa época. Otra diferencia es que, en el Antiguo Testamento la revelación de Dios aparece como Palabra de Dios dirigida al hombre y no como una visión que el hombre tiene de Dios.

Por otra parte, es importante considerar que, aunque la primera palabra de Dios que aparece en el Antiguo Testamento es la palabra creación, Israel ya había conocido a Dios en la historia, porque Dios eligió a sus padres e hizo una alianza en el desierto antes de que se escribiera nada.

La historia de Abraham descubre al hombre la prehistoria del pueblo de Israel en la que su fe en Dios fundamenta su existencia. Abraham, que era un pastor y que vivió en el siglo XIX a.C., fue elegido por Dios para romper su silencio. Abraham cumplía normalmente con su religión politeísta y se dedicaba a pastorear los rebaños por la Mesopotamia antigua. Pero Dios salió a su encuentro poniéndose en su camino y le dijo:

“Abraham, Abraham, sal de tu tierra y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y servirá de bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo” (Gen. 12, 1-3).

Dios le llama a salir a una tierra nueva dejando la seguridad de sus pastos y de la tierra en la que Abraham tenía sus raíces. Abraham confía en Dios y le obedece haciéndose peregrino en una tierra que él desconoce, pero en la confianza de la palabra que Dios le dio (Hb 11, 8). Se trata de la fe en Dios que se presenta como amigo y salvador. La vocación de Abraham le hizo pasar del sedentarismo al nomadismo, “sal de tu casa y de tu tierra”, y poner su esperanza que pasaría a la historia a tal punto que su pueblo sería llamado el pueblo de la esperanza. Y es que, si analizamos un poco más, esa revelación es una promesa ante la cual el hombre no tiene cómo responder más que mediante la fe y la obediencia. Esa promesa hacia un futuro en el que la fe produce confianza en lo que Dios ha prometido. Abraham se apoyó en Dios y en su palabra. (Gn 15, 6; Ex 14,31). La fe del Antiguo Testamento consiste en fundamentar en Dios la existencia humana. Se trata de un encuentro que pide confianza y abandono. Abraham abandona su tierra y su entorno familiar y confía en la promesa. Parte hacia lo desconocido con su esperanza puesta en la promesa de Dios. Sin embargo, su fe no es una fe ciega. Porque Dios le da una señal para confirmar su fe. Dios le promete un hijo que nacerá de su esposa estéril y que le dará una descendencia más grande al número de las estrellas del cielo. Y Abraham cree con lo que queda como amigo de Dios (Is 41, 8; Dn 3, 35). Dios le promete ser su Dios y el Dios de su pueblo. (Gn 17, 2-8). Por eso Dios cambia el nombre de Abrán a Abraham, que significa padre de una multitud de pueblos (Gn, 17,5).

Pero cuando todo parece marchar sin novedad, Dios pone a Abraham una segunda prueba que es el sacrificio de su hijo Isaac que había nacido de su esposa estéril llamada Sara (Gn 22, 1-14). Y en esta prueba, Abraham sigue confiando en Dios con lo que se confirma como padre de los que confían en Dios hasta el fin, a pesar de las adversidades. Esa es la razón por la que conocemos a Abraham como el padre de la fe (Hb 11, 17-19). Con la irrupción de Dios y la fe de Abraham, el pueblo de Israel pasa a ser históricamente el pueblo de Dios constituyéndose la primera etapa de la revelación que viene de Dios que se manifiesta obrando dentro de la historia. Lo esencial de esta intervención es la promesa y el cumplimiento; la palabra eficaz que cumple con la salvación prometida. Reflexionar estos hechos es muy importante en la vida de todas las personas.

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