Las mamas no pueden llorar

Todo comenzó cuando mi hija menor tenía 2 años. Se encontraba en su recámara y estaba negándose a hacer algo que le pedía yo hiciera. Nos encontrábamos en el baño exactamente y simplemente no quería hacerme caso. Sin llorar, ni patalear, me miraba y me decía que no haría lo que yo le pedía al inicio, y después le ordenaba con insistencia. Hasta que llegué a mi límite y le dije que me iba a poner a llorar, que ya no aguantaba más, que siempre tenía que luchar con ella y con su hermana porque nunca me hacían caso. A lo que ella con mucha seriedad me respondió: “Las mamás no pueden llorar”. Esa frase me hizo olvidar el enojo, mi furia se tornó en reflexión y comencé a filosofar ante la misión que la vida me había encomendado; ser madre de dos hijas sin frustrarme. Bueno así había sonado lo que mi pequeña me acababa de decir en cinco palabras, me había dicho que yo no podía cansarme, enojarme, entristecerme, que no podía estar desarreglada, que no era factible perder la calma. En pocas palabras me había dicho lo que la mayoría de las madres tememos antes de serlo; perder el estilo. Como dirían los fanáticos de James Bond 007. Este héroe detective nunca perdía el estilo, hasta que el buen Daniel Craig lo encarnó y es cuando por fin lo hicieron de carne y hueso; sí se ensucia, sí llora y sí se cansa.

Bueno volviendo a la maternidad y a aquella tarde memorable en mi vida personal, recuerdo que solamente han pasado tres años de aquél incidente y siento que ha sido una eternidad. Mi niña me había revelado lo que los infantes suponen que somos los padres, o por lo menos las madres, somos para ellos súper héroes que no pierden la compostura y que aguantan hasta un misil encima.

No tenemos derecho a dormir, porque nos despiertan cuando quieren ir al baño para que no se los coma el monstruo que vive en su closet, no podemos ir al baño porque cuando nos disponemos a hacer lo propio, justo se pelean entre hermanos, gritan que algo les picó, o algo les pasó, no podemos salir con nuestras amistades porque lloran y se sienten abandonados, y menos podemos besar a nuestro marido porque les da pena que lo hagamos frente a ellos. Con un “guácala” tierno nos expresan su malestar, y claro está con una sonrisa de burla e intriga también. Las mamás no podemos llorar, es un hecho que eso es lo que estos niños suponen y que no termina en la niñez sino que aún en la adolescencia y hasta en la adultez suponen que somos invencibles y que nunca moriremos, que no nos cansamos y que no necesitamos de un espacio para nosotros un rato a solas. 

¿Es en realidad que la maternidad es tan desgastante? ¿Tanto que hasta los chiquitos de apenas dos años exigen que no podemos expresar nuestros sentimientos? ¿Es en realidad un sometimiento a la mujer? o ¿es a caso que el hecho de ser madre implica una vocación y también un encontrarle un sentido a la vida para saber no llorar, saber enfrentar frustrarse y torearse a los hijos?

Ser madre es un trabajo de por vida, es una labor que en un mundo como el que vivimos hoy no es rentable porque todo lo que vale es extrínseco, es decir, sólo lo cuantificable materialmente es valioso. No es costeable lo intrínseco, que por el simple hecho de ser madre, entregada, dedicada y experta en hacer creer que “no lloras” no es suficiente para esta era. Necesitas tener un empleo que genere números para decir que eres importante. Necesitas del reconocimiento de la gente y para ello es imprescindible hacer ver que ocupas un puesto ejemplar y un sueldo envidiable. Si sólo eres mamá y no puedes demostrar lo anterior, te quedarás siendo una madre que no debe de llorar aunque sí lo haga de vez en cuando a escondidas.

Es cuestión de actitud, de prioridades y de autoestima, es según lo que tú decidas ser. Tengo dos amigas, una vive en Estados Unidos, tiene un marido que viaja mucho por el trabajo, cuatro hijos, dos no han dejado los pañales y los otros dos apenas están pasando de ser bebés a ser niños, no tiene una nana que ayude porque las que encuentra se van pronto por el capitalismo que ofrece el “país de la libertad” y no le duran con tanto chiquillo, pero es una mamá que sabe dedicarse a los cuatro con entusiasmo y amor. Tiene un buen matrimonio y sabe reírse de las diabluras, de los berrinches y del desorden.

La otra amiga, vive en México, tiene tres hijos y un puesto, ¡qué digo! Un puestazo en una de las compañías más importantes de nuestro país. La nana se ocupa de los hijos, el marido trabaja en otra empresa importante y los dos tienen mucho dinero, pero cuando llegan a casa están cansados, están tan exhaustos que apenas y se llegan a comunicar entre ellos. Los niños muchas veces ya están dormidos, y a la mañana siguiente el autobús de la escuela pasa por ellos muy temprano, que gran parte de la semana ni se despiden de sus padres.

Dos vidas, dos mundos, dos perspectivas. Las dos madres estoy segura lloran, las dos madres estoy convencida aman a sus hijos, pero una ha olvidado el valor que implica la maternidad y ha preferido llorar por lo material, y la otra ha olvidado el valor de lo extrínseco y ha sabido valorar lo trascendental.

¿Qué mamá eres tú? ¿Qué madre quieres ser tú? Eso lo decides personalmente, porque los hijos independientemente de lo que elijas, saben que eres la mamá que no puede llorar por nada.

Nos leemos pronto para no quedarnos atrás y ver hacia delante.

 

2 comentarios

  • Hola Ale! Yo soy mamá de tiempo completo y me encanta. Mi primer hija nació cuando yo tenía 21, el segundo a los 22 y a los 24 ya tenía la tercera y fíjate que ha habido gente a mi alrededor que me ha criticado pues para ellos soy una persona que no trabajo (como si me tuvieran que mantener)sin saber que si hiciéramos cuentas yo trabajo más que muchos(as) de ellos. Creo que debemos ser respetuosos con todos, yo nunca les he dicho que dejen de trabajar fuera de sus casas para que se dediquen a sus hijos!

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