Maradona y los ídolos con pies de barro

«El hombre acaba motivado por los motivos que le dicen tener. Bestia si le dicen que su alma muere con el alma de la bestias; animal avergonzado, por lo menos, si le dicen que tiene alma inmortal.» Nicolás Gómez Dávila

A lo largo de nuestra vida solemos admirar a un sinnúmero de personas, solemos tener ídolos entre los cuales pueden encontrarse actores, políticos, deportistas, cantantes, comediantes, científicos, etcétera. En el caso particular de los deportistas, nuestra admiración viene por sus logros en diferentes competencias, por la representación del país o del club favorito, o bien porque ha logrado que nuestra bandera se enarbole a todo lo alto en una justa olímpica.

Dicha admiración hacia otros no es mala en sí misma, siempre que ésta sea dada en su justa dimensión. Por ejemplo, podemos reconocer cuando un cantante de música pop tiene una agradable voz y a la vez admitir sus limitaciones al estar muy lejos de ser un barítono o un tenor. Podemos reconocer cuando un deportista es excelente en su disciplina y a la vez rechazar –cuando sea necesario- el mal transmitido al externar sus ideas respecto a temas importantes como la vida, la familia o los valores morales; rechazar el mal ejemplo cuando no respeta su matrimonio.

En el caso particular del futbolista argentino Diego Armando Maradona fallecido en recientes días, sabemos que tuvo una vida profesional destacada, llevando a su selección nacional a ganar el título en el Mundial de Futbol de México 1986 en el que tuvo un gran desempeño, realizando jugadas geniales y levantando polémica al anotar un gol con la mano. Entre los clubes que militó, es sobresaliente su paso por el Nápoles de Italia, obteniendo entre otros logros la Copa UEFA y dos Scudettos.

Pero una simple admiración puede deformarse y convertirse en fanatismo. Valga mencionar que existe la “iglesia maradoniana” que le rinde culto como dios supremo; ha sido homenajeado a través de canciones como “La mano de dios”. En su última estadía en el hospital, se leían frases en diferentes medios como “Siempre vivirás, Dios no quiere competencia”. Justo ahora puede decir que son exageraciones y que usted jamás caerá en ello, pero ¿Se ha percatado con cuánta frecuencia solemos disculpar el que alguien viva una vida profesional exitosa pero plagada de vicios solo porque le da glorias a nuestro país?

Por lo que se refiere a su vida personal fue particularmente caótica con demandas de paternidad, problemas de adicción al alcohol y a las drogas, abuso físico, altercados con periodistas, desfiguros en público, mal hablado, denuncias de pedofilia, etcétera. Muchos dirán que aprovechamos ahora que ya murió para externar nuestro “odio” y “hablar mal de él”; nada más errado. Es preciso que nuestra admiración por tal o cual figura pública sea tomando en cuenta la realidad; solo alguien cegado por fanatismo la negaría.

¿Seguiría admirando a un cantante que tiene una gran canción pero que apoya el asesinato en el vientre materno y la eutanasia?, ¿aplaudiría a su deportista favorito sin importar que apoye las drogas, sea adultero y haya abusado de menores?, ¿seguiría teniendo posters de su actriz favorita si se enterase que aprueba la pedofilia o que incluso la practica? Si la respuesta es sí, comete un gran yerro. Y éste gran yerro consiste en afirmar que lo bueno y lo malo está en igualdad de condiciones; que promover matar bebés es tan valioso como defender la vida; que gustar de los niños y abusar de ellos es otra opción como el matrimonio; que da lo mismo llevar una vida plagada de vicios que llevar una vida virtuosa, etcétera.

Ningún ser humano es perfecto, cometemos errores más de lo que quisiéramos admitir y sabemos lo doloroso que puede resultar el tratar de ordenar la propia vida. Así que cuando decimos que todo es relativo y que cada uno decide lo que está bien y mal, estamos diciendo que da lo mismo una vida viciosa que virtuosa; cuando decimos que cada quien es libre de vivir como le plazca, estamos diciendo que nos importa un bledo si llevan una vida miserable con tal de que llene las arcas de un club deportivo.

Finalmente rematamos con: “¡Que mis ídolos hagan lo que quieran mientras anoten goles, tengan éxitos musicales o ganen un premio nobel!” Pero ¿a qué precio? Poco reparamos en que, al llevar una vida viciosa se daña a los demás y siendo una persona pública el impacto es masivo. Es verdad que no somos quién para juzgar a la persona, pero sí podemos juzgar un acto, máxime cuando millones le siguen alrededor del mundo. Si en verdad admiramos a alguien, siempre nos dolerá verle sumido en una vida tormentosa.

En lugar de crearnos ídolos con pies de barro a los que jamás debemos poner de ejemplo sino antes bien ayudar, deberíamos alegrarnos cuando esa figura pública honra su matrimonio y su familia; deberíamos pedir por la conversión y el alma de aquellos que hacen del error y el vicio su modo de vida y desde luego combatir toda la enseñanza y mal ejemplo que dejan en este mundo. De nada sirve tener una cabeza de oro, un torso de plata, el vientre y muslos de bronce, piernas de hierro, si los pies son de barro cocido. Seremos presa de cualquier vicio cuando nuestra base sea endeble como el barro; de nada sirve tener la gloria del mundo, si nos desmoronaremos con la primer llovizna de la temporada.

He aquí que aparece la caridad cristiana que nos enseña a nunca abandonar a la persona y siempre combatir el vicio…

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