¿Se nos viene una crisis alimentaria?

Diversos medios de comunicación y multitud de analistas están advirtiendo de una crisis alimentaria de proporciones en ciernes, que podría colocar en serios aprietos nuestra forma de vida. Particularmente llamativa a este respecto es la última portada de “The Economist”, en la que luego de hablar del “desastre alimentario que se avecina”, se muestran tres espigas de trigo que en vez de granos, poseen diminutas calaveras.

            Esperemos en Dios que estas fatalistas predicciones estén equivocadas y nos libremos de tan dramático flagelo. Sin embargo, resultaría imprudente no prestarle atención a esta advertencia, dados los acontecimientos de los dos últimos años, fruto de las draconianas restricciones de todo tipo adoptadas a nivel global con motivo del Covid 19. En este sentido, resulta demasiado simplista culpar de esta situación sólo a la actual guerra ruso-ucraniana.

            En efecto, ya al comienzo de esta crisis sanitaria, advertíamos en este mismo medio de los peligros bastante mayores que podía significar adoptar tan drásticas medidas, pues en estricto rigor, implicaban detener a la fuerza y de manera artificial, la maquinaria económica del mundo. Y si durante dos años toda esta actividad ha estado al menos deprimida, no podemos extrañarnos ahora que surjan las lógicas consecuencias de un proceder semejante.

            Lo anterior se agrava más aún en un mundo como el nuestro, absolutamente globalizado. Ello, pues de manera creciente, hemos ido construyendo una realidad en la cual al estar tan interconectados, todos dependemos de todos de una manera mucho más profunda de lo que a primera vista parece.

            Ahora, de funcionar bien, esta mutua dependencia permite lograr resultados muy superiores a los que se conseguirían si cada parte actuara por separado o muy poco relacionada con las demás. Es más o menos lo que ocurre con un “sistema”, que podríamos definir aquí como un “conjunto de partes o piezas, relacionadas y jerarquizadas entre sí, con un fin o propósito común y que logra su tarea de modo autosuficiente”.

            De esta manera, puesto que “la unión hace la fuerza”, el resultado final del sistema es, según se ha dicho, infinitamente superior al que lograría cada pieza por separado, aunque se sumaran los aportes de todas ellas, pues la sinergia mutua produce una mejora exponencial.

            Pero como todo en la vida, posee un punto débil, y a decir verdad, muy débil: que puesto que cada uno de los componentes depende para su labor de lo que realicen los demás, la falla o la ausencia de cualquiera de ellos afecta al todo; en el mejor de los casos, dejando “cojo” al sistema, y en el peor, incluso paralizándolo por completo, aun si el resto de los componentes está intacto.

            Y eso es lo que mutatis mutandis, pareciera estar pasando en nuestro mundo globalizado y sistémico: en que las diversas limitaciones a las actividades de todo tipo, en particular la económica, producida con motivo del Covid 19 -y que en parte continúan-, nos estaría pasando la cuenta, pues tal como todo tiene una causa, todo produce algún efecto.

            Habrá pues, que estar muy atentos al devenir de las próximas semanas, tanto a nivel particular como gubernamental, a fin de tomar las medidas adecuadas, de ser necesarias, para enfrentar este posible flagelo. Esperemos así que el remedio adoptado con motivo de la pandemia, no haya sido peor que la enfermedad.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

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