Si estamos solos en este asunto…

Durante varios siglos y por diversas razones, se consideró que existía un origen divino del poder, en particular de los reyes –si bien a veces éste pasaba primero por el pueblo–, pues se pensaba que no tenía sentido que la potestad de mandar, y por tanto de encontrarse en un nivel superior al de los súbditos, pudiera surgir de la mera suma del querer de esos mismos obligados. Y al mismo tiempo, existían ciertas reglas dadas (los Mandamientos o la ley natural), que buscaban orientar el ejercicio de ese poder. Por tanto, al estar más arriba que los hombres, se estimaba que sólo Dios podía dar legítimamente este poder, así como algunas pautas objetivas para su uso.

            Obviamente, este origen proveniente de lo alto no tenía por objeto como muchos creen hoy, que la persona o personas ungidas con este poder pudieran hacer con él lo que quisieran, sino todo lo contrario: tratar de evitar los abusos, al recordarle permanentemente a los gobernantes que ellos habían recibido este poder de alguien superior a ellos, ante quien tendrían que responder algún día, como en la parábola de los talentos. Además, existía esta pauta moral objetiva emanada del mismo Dios.

            Luego, se consideró que el poder emanaba de nosotros mismos, de la mera suma del querer de quienes se verían obligados por él. Y también, que habíamos llegado a una madurez suficiente para determinar por nosotros mismos la pauta de conducta a seguir.  Por tanto, luego de desterrar a Dios de la teoría política y ante la ausencia de contenidos objetivos, las únicas formas que se encontraron para controlar este poder fueron la de elegirlo, regularlo y dividirlo, para vigilarlo, ordenarlo y contrapesarlo. Así, al considerarnos seres adultos, de nosotros emanaba y de nosotros dependía contener este poder.

            Sin embargo, y sin olvidar los graves abusos que también se dieron durante la vigencia de la teoría del origen divino del poder, no hay que olvidar que los peores escenarios se han dado precisamente de la mano de las doctrinas “modernas” a su respecto, como muestran los siniestros totalitarismos que han diezmado a la humanidad. Lo cual ha originado nuevos remedios o un replanteamiento de los tradicionales para intentar contenerlo. Mas, como somos el único “protagonista”, siempre es lo mismo: elegir, regular o dividir al poder.

Sin embargo, puesto que el poder es de suyo expansivo, ¿qué pasaría si todos estos remedios terminaran siendo en el fondo dominados por un solo poder incontrastable, al punto de hacer esta elección, esta regulación y esta división ilusorias, incluso una farsa, como de hecho ocurre en varios países? ¿A quién acudir para intentar salir del atolladero?

Lo que queremos indicar, es que como para estas teorías modernas estamos solos en la tarea de controlar al poder, podemos perfectamente terminar en un callejón sin salida, incluso en un camino sin retorno, como por ejemplo, si surgiera un poder incontrastable a nivel nacional o global, que simule una elección, una regulación o una división a su respecto.

De esta manera, al no considerar que exista ninguna instancia ante la cual apelar, hay que darse cuenta que tenemos que ser nosotros mismos quienes debemos estar vigilantes y llegado el caso, actuar. Y cuando digo “nosotros”, me refiero a todos, cada uno desde su posición. Si estamos solos, nadie vendrá a salvarnos. Es el costo de esta independencia que tanto se defiende y de la cual muchos se sienten tan orgullosos.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

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