Sin puntos de referencia

En un congreso internacional al cual me tocó asistir hace poco en Perú, un amigo argentino me comentaba que en su país se está tramitando un proyecto de ley que pretende abolir de su Código Penal el delito de “corrupción de menores”. Ante mi sorprendida pregunta por los motivos de tan extraña y peligrosa propuesta –cuesta pensar que existan verdaderas razones–, me contestó con cierta resignación, que en atención a los rápidos cambios culturales del día de hoy, para algunos ya no existirían parámetros de lo que es “normal” y “corrupto”. En consecuencia, no sería posible saber a ciencia cierta cuándo se estaría realmente desvirtuando o dañando a un menor, lo cual justificaría para sus promotores, el aludido proyecto de ley.

            Ahora bien, más allá de lo exagerado o incluso irreal de los fundamentos de una iniciativa semejante, no deja de ser cierto, sin embargo, que los drásticos y acelerados cambios culturales que estamos sufriendo en los últimos años, sobre todo en Occidente, están desdibujando notablemente ciertos parámetros que se creían fijos o incluso inamovibles hasta sólo unos pocos años atrás. Y no me refiero únicamente a aspectos morales o a la lo que los antiguos llamaban “realidad práctica” (la concepción de familia o la sacralidad de la vida, para traer a colación temas contingentes), sino también en el ámbito más amplio de lo que las cosas son, o si se prefiere, de la “realidad teórica”, para volver al lenguaje de los antiguos. Piénsese por ejemplo en los avances de la genética, que permiten la alteración de plantas y animales a fin de cambiarles o añadirles ciertas propiedades; en la hibridación o mezcla que se pretende hacer entre diferentes especies (incluido el mismo ser humano); el transhumanismo, que busca superar la propia naturaleza humana; el surgimiento de nuevos, sorprendentes y hasta imposibles materiales; la inteligencia artificial; o la robótica humanoide, por mencionar solo algunos de los sorprendentes fenómenos de nuestro mundo.

            Aunque no nos demos suficientemente cuenta de ello, todo esto y mucho más está haciendo que los parámetros sobre los cuales construimos nuestra percepción de la realidad y nuestra concepción de lo correcto y lo incorrecto, hayan ido desdibujándose cada vez más. Fenómeno complejo, al privarnos de puntos de referencia firmes para generar un proyecto de vida determinado, salvo, por contraste, agotar la existencia en una constante adaptación al permanente cambio (mas ¿desde qué punto de apoyo?); o si se prefiere, transformarnos en un perpetuo fluir dentro de esta realidad líquida, cuyo devenir cuesta cada vez más anticipar.

            El problema, sin embargo, es que el proceso no puede seguir “ad infinitum”, pues al vernos directamente afectados por él, es más, reducidos nosotros mismos a la categoría de cambio permanente, se pierde no solo la posibilidad de tratar de controlar o manejar de alguna manera este proceso, sino incluso la posibilidad de comprenderlo. En suma, al no tener puntos de referencia, podemos perder el contacto y hasta la noción de lo que es verdaderamente real.

            Por eso, el devenir por el solo devenir no es suficiente para justificar este proceso, no solo por privarlo de una dirección auténticamente humana, sino sobre todo, porque puede acabar haciéndonos olvidar o incluso hacer imposible saber quiénes somos en realidad. ¿Seremos capaces de no diluirnos en nuestro propio devenir?

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Director de Carrera
Universidad San Sebastián

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