¿Soy sólo mi mente?

Como se sabe, el proyecto de ley de identidad de género ha ido avanzando en el Congreso, no sólo produciendo polémica por su contenido, sino además, por la suma urgencia que el gobierno le impuso hace unos días, impidiendo así que una materia tan delicada y polémica sea debatida como corresponde. Lo menos que puede decirse es que se trata de un apresuramiento injustificado.

Ahora bien, al margen de algunas situaciones francamente dramáticas a las que apunta el proyecto (bien o mal: eso no lo sé), lo que a mi juicio más llama la atención es que su letra y espíritu hace depender todo de lo que la persona que quiera invocar esta ley, piense, perciba o sienta acerca de sí misma, sin importar otros elementos que el sentido común aconseja tener en cuenta.

Es por eso que el proyecto habla de “género”, no de “sexo”, pues el primero apunta a algo construido, subjetivo y hasta cambiante, mientras que el segundo, por el contrario, a un dato de la propia realidad, algo dado y por ello, medible y cuantificable. A fin de cuentas, el “sexo” de cada uno se manifiesta a partir de nuestra configuración genética, que en este aspecto permanece invariable desde la concepción hasta la muerte.

En consecuencia, y según se ha dicho, lo que manda es una especie de “autoconcepto”, sin importar si esta percepción coincide o no con el modo en que los demás ven al sujeto. Es decir, alguien que a todas luces aparenta ser varón podría, de aprobarse este proyecto, legalmente ser mujer y viceversa, lo cual no sólo puede producir confusión, sino varios malentendidos e incluso infracciones legales (por ejemplo, por la edad de jubilación).

Pero además, este proyecto muestra casi un total desprecio por la realidad, al hacer depender todo de la subjetividad. Lo cual no es más que el lógico resultado de la vieja división cartesiana, que escindía el mundo entre el “yo” pensante (la “res cogitans”) y el resto de la realidad, la materia (la “res extensa”), de suyo medible y cuantificable, que abarcaba al propio cuerpo. De esta manera, lo que importaba era la subjetividad, no la realidad, a la cual incluso se la despreciaba; como si esa subjetividad pudiera existir al margen o sin dicha realidad.

Mas, si fuera así, si efectivamente resultara legítimo ignorar la realidad de las cosas, al menos debiera exigirse que quien pretende usar su subjetividad para bancarse esa realidad, fuera una persona madura y responsable. Mal que mal, si se quiere hacer girar el mundo en torno al “yo”, obligando al resto a seguirle el juego, sin importar lo que ellos perciban, esa autopercepción debiera ser firme y largamente meditada. De ahí que llame más aún la atención el hecho que so pretexto de “autonomía progresiva”, se otorgue la posibilidad de cambiar de “género” a adolescentes, que como todo el mundo sabe, están en el proceso de formación de su personalidad. ¿Qué pasa si luego cambian de parecer? Lo anterior sin perjuicio de pasar a llevar seriamente la patria potestad.

Finalmente, si todo depende de nuestra autopercepción, con estos argumentos, ¿qué pasa si alguien se siente de una edad muy diferente a la suya (se considera un niño, por ejemplo)? ¿O llevando el tema al absurdo, está convencido de ser un animal? ¿Tendríamos que tratarlo todos nosotros de esa manera y hacer caso omiso a la realidad?

 

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

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