¡Pizza para todos!

La verdad es que no deja de ser preocupante el derrotero que están tomando las democracias en varios países, en atención a las razones (o mejor, los motivos) que cada vez con mayor fuerza determinan el voto de los electores.

En efecto, en una época en que ya se habla por todas partes de la “post-verdad”, pareciera que lo que está influyendo en el electorado son más bien los sentimientos, e incluso los sueños y anhelos más descabellados, que la simple lógica y la razón al momento de dar su apoyo a los diversos candidatos que compiten por su preferencia. De esta manera, se ha comenzado a producir el inquietante fenómeno que quien gana las elecciones no es el aspirante más ponderado, sino el más disparatado, si así pudiera decirse.

Dicho de otra manera: en muchas de nuestras sociedades, pareciera que quien logra tocar las fibras emotivas más profundas de la población tiene el triunfo asegurado. No importa si lo que propone no tenga pies ni cabeza, o que aun siendo razonable o al menos cuerdo, sea imposible de lograr sin generar un descalabro mucho mayor en el funcionamiento global de esa sociedad o peor aún, incluso se encuentre rayano en el terreno de la fantasía. Lo importante es quién ofrece más, sin importar qué, por muy absurda o delirante que sea dicha propuesta.

Quién da más: ¡pizza para todos! Esta pareciera ser la clave el éxito, incluso en sociedades que por su elevado nivel de bienestar y confort, se suponen con mayor cultura y por tanto, más responsables en la toma de sus decisiones. Por lo mismo, casi es cosa que cualquier grupo o incluso grupúsculo se organice y golpee la mesa exigiendo lo que sea, para que esa nueva aspiración se legitime y sea incorporada al pliego infinito de peticiones que la ciudadanía se siente con derecho a exigir y los candidatos seguros de lograr, al menos durante las campañas, agravando aún más esta lamentable situación.

El problema es que la realidad, y por tanto la desagradable lógica y la incómoda razón, son tozudas, y por mucho que queramos ignorarlas, más temprano que tarde reclamarán sus fueros, con todo derecho, dicho sea de paso. Es por eso que lo anterior es como construir un edificio sin cimientos, incluso en el aire, con lo cual inevitablemente se estrellará contra esa realidad cuya omnipresencia se quiere ignorar.

De hecho, a la luz de lo anterior podría hacerse una reflexión mucho más fuerte y obviamente, políticamente incorrecta: ¿tiene sentido la misma democracia con un comportamiento semejante? No solo porque con estas premisas la decisión final, por muy mayoritaria que sea, sigue siendo un absurdo, sino además, porque por este desagraciado camino de ofrecer pizza para todos, dicho sistema político podría devenir fácilmente en una camuflada técnica de dominación, por mucha libertad que sus miembros crean tener.

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

«Gritocracias»

Un fenómeno realmente inquietante de muchas de nuestras actuales sociedades, es que la democracia ha dejado de ser un mecanismo de gobierno en el cual realmente se pueden debatir las ideas, y se ha convertido en un instrumento que permite imponer su parecer a quienes presionan más fuerte, por muy contramayoritarias que sean sus demandas.

En efecto, cada vez más parece ganar el que grita más alto, el sector que amenaza de manera más prepotente o incluso aquel que lisa y llanamente amedrenta a sus opositores o incluso infringe la ley: en una palabra, quien golpea más violentamente la mesa. Así, no es infrecuente que los poderes formales se inclinen ante este (aparente) matón y con tal de no caer mal o para evitar lo que consideran un problema mayor, accedan a sus exigencias, por muy opuestas que resulten para el bien común.

De esta manera, muchas de las decisiones que se adoptan un país se obtienen a punta de amenazas y de presiones, no de verdadero diálogo ni mucho menos un debate racional acerca de los verdaderos problemas (o al menos los más urgentes), ni tampoco sobre los reales recursos con que se cuenta para solucionarlos (ni mucho menos cómo administrarlos), a fin que puedan ser mejor aprovechados.

En una palabra, gana el “quienvive”: el que golpea primero, el que muestra mejor sus afilados dientes, aunque sean de utilería; en suma, el que menos democrático y tolerante se muestra –aunque diga lo contrario– y se retira satisfecho luego de cumplido su reclamo, al menos por un tiempo, por muy estrambótico que sea y por muchas situaciones bastante más necesarias y urgentes que vayan quedando en el camino sin solución, fruto de su matonaje.

Y es por eso que varios problemas verdaderamente importantes e incluso dramáticos se ven continuamente relegados, empeorando cada vez más, puesto que pese a su mayor valía, no cuentan con el prepotente andamiaje de otros; a menos que una situación llegue a niveles inverosímiles y alguien del “stablishment” considere que podría profitar de la misma para sus propios intereses, luego de lo cual, vuelve a relegarlo en el olvido.

La consecuencia natural de lo anterior es que estos permanentes postergados –por regla general, el grueso de la población– se desencanten del sistema, lo cual no hace sino empeorar este círculo vicioso. De ahí que esta “democracia” tenga cada vez menos raigambre popular y dependa de más o menos poderosas pero muy bien organizadas minorías.

Todo esto, por tanto, está haciendo que nuestras democracias estén siendo sustituidas por “gritocracias”, situación que no puede ser más opuesta y dañina para su verdadero ideario y razón de ser.

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

¿Hacia el populismo? – El caso de Chile

Chile se encuentra hoy en uno de los momentos más delicados de su historia, y si no se tiene una visión generosa y con altura de miras, el daño podría ser considerable.

Ello, porque el prestigio de nuestra clase política está casi exangüe, lo cual para varios, pone en tela de juicio su continuidad para los próximos años, al menos de buena parte de ella. Todo esto puede hacer que nuestro futuro llegue a ser bastante más complejo de lo que muchos creen o incluso podrían prever solo semanas atrás.

En efecto, los diferentes escándalos que han sacudido primero a la oposición y después al gobierno, así como las continuas reyertas y descalificaciones emanadas de este último, están llevando a buena parte de la población a un peligroso hastío, o en el mejor de los casos, indiferencia respecto a quienes tienen la responsabilidad de dirigir los destinos del país.

A lo anterior han contribuido también el reiterado azuzamiento del descontento –pese a tener la mejor situación económica e institucional de Sud y Centro América–, y de la odiosidad que se ha levantado por todo lo que se ha construido en estos últimos cuarenta años, fruto de un verdadero afán refundacional. Ello, porque cuando las rencillas superan un cierto límite, no solo terminan afectando al adversario, sino que también ponen en peligro la estructura misma que permite existir a quien hace la crítica.

Todo lo dicho ocasiona un flaco favor a la política y a la democracia chilenas, pues es el caldo de cultivo ideal para los populismos, de los cuales ya está plagada América Latina. No solo porque estos verdaderos caudillos terminan apropiándose del Estado, convirtiendo en un espejismo la separación de poderes y la primacía y la igualdad ante la ley, sino porque a fuer de sepultar más abierta o disimuladamente cualquier oposición o resistencia a su ideario, se mantienen en el poder tanto mediante la corrupción, como dando migajas a los más desposeídos a fin de secuestrar su voto.

De ahí al afán de perpetuarse en el poder no hay más que un paso, de lo cual también ya tenemos claros ejemplos, como la pretensión de Rafael Correa, en Ecuador, de lograr para sí la reelección indefinida. ¿Puede haber una práctica más antidemocrática que ésta? Más que república democrática, se asemeja a una monarquía supuestamente popular.

Es por eso que hoy nos encontramos ante una situación tan delicada: porque se están dando las bases para un futuro gobierno populista. Estamos cerca que un vivaracho capitalice el descontento y el hastío existentes, y a punta de demagogia, obtenga un poder total, personalista y que por ello pretenderá hacer irreversible.

*Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

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