¿Lloraremos después? (Chile y la segunda vuelta)

La verdad es que estamos en uno de esos puntos de inflexión en la historia de un país, del cual depende lo que ocurrirá durante muchas décadas de su futuro; un momento de enorme trascendencia, que podría estar cerrando una etapa, que pese a todo, tiene un balance positivo, y abriendo otra, claramente nociva.

            Hay que decirlo claro: nuestro país no tiene derecho a farrearse todo lo que se ha conseguido desde hace 35 años y cambiarlo por un conjunto de fórmulas trasnochadas, que pretenden que el dios-Estado lo controle todo y nos provea de un conjunto de elementos que debieran ser conseguidos por cada cual (salvo aquellos que se encuentran en la extrema pobreza), fruto de su esfuerzo. No sólo porque la historia ha mostrado sin misericordia que el socialismo puro y duro crea pobreza, sino además, porque ese Estado providente termina transformándose en el peor abusador, pues en el fondo, se convierte en el instrumento de dominación de quienes se apoderan del mismo.

            Ahora bien, parece bastante entendible el malestar de mucha gente con una serie de problemas que hoy nos aquejan, en particular, con una sensación del ciudadano medio de casi completa indefensión ante el aprovechamiento de quienes son más poderosos, que les imponen muchas veces unas condiciones económicas abusivas para los servicios que prestan, pero que al tratarse de necesidades de primer orden, no cabe más que soportar. Por algo en una reciente encuesta, la mayoría de los consultados estimaba que las grandes empresas casi únicamente están movidas por un insaciable ánimo de lucro.

            Si a esto agregamos una ética cada vez más relativista, en que lo bueno y lo malo dependen de las circunstancias de cada cual (donde la Concertación ha tenido un papel crucial en la demolición de la moral tradicional), no es de extrañar que, embelesados por este egocentrismo enfermizo, los más poderosos abusen de quien puedan a sus anchas, pues como dice el refrán, “la ambición rompe el saco”.

            Pero lo anterior no justifica echarlo todo por la borda y volver a tropezar con la misma piedra del estatismo (piedras que han formado ya una auténtica cantera en el mundo), como si a su sombra se solucionaran, por arte de magia, todos los problemas.

            Sin embargo, también hay que reconocer que la Nueva Mayoría ha sabido aprovechar este descontento, auténtico pasto para la demagogia, y encandilar a sus votantes (que ojo, sólo representan a un cuarto del electorado total), para que busquen cambiarlo todo y se pongan las fichas en función de una apuesta estatalista mil veces fracasada.

            Ojalá no estemos llorando en un tiempo más, añorando con nostalgia e incluso rabia lo que podría perderse (sobre todo en el nivel de consumo, que es lo que tanto atrae a la gente y para muchos, es lo único importante), fruto de no valorar seriamente lo que aún tenemos.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

De cara a las elecciones en Chile: «¿Demasiado bueno para durar?»

Da la impresión que nuestros países no supieran apreciar lo que tienen, lo cual parece acentuarse cuando ya han logrado ser satisfechas un cúmulo de necesidades precisamente gracias a lo que tienen. Dicho de otra manera: es como si superado cierto umbral de bienestar, mucha gente olvidara lo que ello ha costado y lo difícil que es mantener dicha situación y, dando casi por descontada su actual estado de cosas (y casi como si tuvieran derecho a conservarla sin más), se lanzara en pos de ideales que ponen en peligro lo alcanzado.

            Esto es lo que puede ocurrir en Chile, tal como se presentan las cosas. Ello, porque pareciera que casi todos los candidatos de la oposición a la presidencia compiten por ver cuál propone un plan de gobierno más antisistémico y reaccionario, que trastoque hasta más no poder, las reglas del juego que, si bien con falencias, han conseguido que Chile sea visto con admiración y hasta con envidia por nuestros vecinos e incluso por países lejanos.

            Dicho de otra manera: ¿para qué experimentar con otros modelos y con modificaciones de muy grueso calibre (como por ejemplo, una nueva Constitución, lo que viene a ser un cheque en blanco), siguiendo en muchos casos ideas y modelos adoptados por nuestros vecinos, que han demostrado de sobra ser un completo fracaso? A fin de cuentas, la mejor prueba de que las cosas funcionan es verlas en la práctica, y Chile claramente se encuentra en una situación de privilegio en el continente, que recuerda el sitial de preminencia que tuvo en el siglo XIX.

            Sin embargo, tal como en ese entonces, las malas decisiones echaron por tierra lo que se había conseguido con tanto esfuerzo, relegando a nuestro país a un papel absolutamente mediocre durante la mayor parte del siglo XX. Y hoy podríamos estar ad portas de un giro semejante. En efecto, si han sido la libertad y la iniciativa las principales fuerzas que han hecho progresar al país, ¿para qué queremos más Estado y un intervencionismo (en educación, en la familia, en impuestos, etc.) que da un poder inusitado a los gobernantes?

            De ahí que resulte imposible no concluir que existen sectores que no toleran que el país progrese y que se enfocan con una mirada casi enfermiza, solo en lo negativo, proponiendo reformas descomunales que amenazan con echarlo todo por tierra, tanto en lo valórico como en lo económico. Y por supuesto, todo lo que no haya salido de sus propias manos (incluyendo el modelo económico que han mantenido a su pesar) es ahora considerado el peor de los males. Parece así que ha sido demasiado bueno para durar.

            Chile se encuentra así en un momento decisivo de su historia: entre seguir con su actual modelo, si bien éste requiera ajustes, o dar un auténtico salto al vacío. Y esto no es una política del terror: es simplemente objetividad. ¿Sabremos apreciar lo que aún tenemos?

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

El recuerdo del recuerdo

Muchos se extrañan hoy que las cosas “no funcionen como antes”, por decirlo de algún modo. Así, por poner sólo algunos ejemplos simples –y de menos a más–, hoy existe un notable decaimiento de los modales, del espíritu de sacrificio, del cumplimiento de los compromisos, del respeto a la autoridad, de la honestidad en los negocios, la confianza mutua, e incluso existen diferencias radicales en la actitud ante la vida y la familia. Todo esto es materia de amplia disputa, fruto de haber puesto en duda nuestra real posibilidad de descubrir el bien y el mal, lo que nos ha ido convirtiendo mutuamente en extraños.

Ahora bien, la gran pregunta es si la convivencia puede mantenerse si cada cual anda “a su aire”, como se dice, no sólo fruto de un notable y creciente aislamiento, sino incluso de un preocupante solipsismo, que hace que cada uno casi “invente” su propia realidad.

Así, ¿cuánto tiempo puede continuar su camino una sociedad que va perdiendo sus concepciones comunes? ¿Es posible mantener una mínima cohesión si cada uno se considera completamente libre a fin de hacer lo que desee, con la más amplia discrecionalidad para afectar a sus semejantes (si es que los considera como tales), pero exigiendo eso sí, un completo respeto por sus planes de vida?

Más aún: muchos dicen que cualquier orientación que el Estado o la autoridad  pretenda sugerir para la libertad humana, sería una especie de “perfeccionismo” o “paternalismo”, que al preferir un estilo de vida sobre otros, resultaría incompatible con la libertad y dignidad humanas. Lo cual incluso impediría a los padres inculcar valores a sus propios hijos.

También suele afirmarse que todas las opciones valdrían lo mismo. Lo cual parece curioso, porque no parecen equiparables, por ejemplo, el sujeto que voluntariamente se entrega a los excesos sin medida y termina siendo una carga para la sociedad (que debe financiar su convalecencia o incluso sus vicios), a aquel que por el contrario, se esfuerza por adquirir una mejor situación mediante el trabajo, o a quien se niega cosas para criar y educar a sus hijos. No es lógico ni justo no comparar y preferir estas últimas alternativas.

Es por eso que postular la imposibilidad de llegar a una verdad tiene unos costos que muchos parecen no haber calibrado adecuadamente. Si bien en un principio le permite al sujeto hacer lo que quiera (pues con estas premisas, nadie tiene razón en materia moral, con lo cual nadie puede criticar a nadie), atenta de manera fatal contra las bases mismas de la convivencia, aunque este proceso lleve tiempo.

Por eso, si las cosas se mantienen aún, es porque como señalaron hace años Etienne Gilson y Martin Kriele, estamos viviendo “el recuerdo del recuerdo”, esto es, la inercia (preponderantemente cristiana) que aún mantiene algunos cánones comunes de conducta. Mas, ¿qué pasará cuando esto se haya olvidado?

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

El peor abusador

Para muchos, el Estado es una especie de dios: un sumo protector que gracias a su poder, provee de lo necesario para vivir y evita las injusticias y los abusos.

Esta verdadera obsesión por Papá-Estado suele tener como premisa la dogmática concepción según la cual, quienes estiman que el Estado debiera ser bastante más pequeño a fin de permitir la libre iniciativa (identificados por regla general con los empleadores), son unos codiciosos insaciables y abusadores sin escrúpulos. Ello explicaría que para los explotados, no quedara más remedio que buscar la protección de este Estado justiciero.

Sin embargo, esta maniquea y simplista visión olvida, curiosamente, que las instituciones de ese Estado en el cual se han puesto todas las esperanzas, están constituidas por personas, con las mismas virtudes y defectos que las demás. Así, al no tener en cuenta este dato crucial, se atribuye cándidamente a sus actuaciones una bondad a toda prueba.

Ahora bien, para seguir con esta burda representación, imaginemos por un momento que quienes no desean un Estado todopoderoso fueran de verdad la peor calaña posible de seres humanos. Ante este escenario, todo se limitaría a un problema de poder y de opresión, sea de estos desalmados o del Estado, con lo que la pregunta de fondo se reduciría a saber cuál poder y opresión resulta más soportable, el privado o el público.

Así las cosas, y aún llevado a este extremo, nos parece que prácticamente cualquier situación es mejor que un Estado todopoderoso. En efecto, el poder privado rara vez es tan fuerte como el estatal, siendo su posibilidad de obligar infinitamente menor, ya que debe recordarse que el Estado (y los sujetos que encarnan sus organismos) posee el poder coactivo para imponer sus decisiones.

En segundo lugar, por muy abusador que sea un poder privado (un empleador, por ejemplo), las potenciales víctimas (porque, de hecho, las hay) podrían por regla general, cambiar de trabajo y encontrar un patrón menos malo, lo que en el caso del poder estatal es imposible, pues todos quedan a merced del mismo. La única solución es emigrar, si se puede (y si se lo permiten) a otro país.

Finalmente, un tercer problema es que en el ámbito privado suele existir creación de riqueza, lo que no ocurre o es mucho menor cuando el Estado lo controla todo, tal como demuestra la historia. Por tanto, al menos el abuso de privados genera riqueza, mientras que el abuso del poder público no, perpetuando no sólo la pobreza –y de paso, convenientemente, la dependencia de los débiles– sino por regla general, la corrupción y la permanencia en el poder. De este modo, al menos la libre iniciativa permitiría a algunos subir dentro de la escala social.

Es por eso que aún en el peor de los casos, el poder privado resulta menos malo que el poder estatal, que es de lejos, el peor abusador.

*Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

El aborto terapéutico

Chile tiene el índice de mortalidad materna más baja, inclusive que EUA y tiene el aborto terapéutico prohibido.

Como era de esperar, el caso de Belén sigue levantando polémica, pese a que ella ha decidido tener a su bebé. Con todo, da la impresión que para algunos, sólo se ejerce la libertad si se decide eliminar al no nacido, la otra víctima, completamente inocente, de este lamentable hecho.

Este asunto tiene muchas aristas, lo que obliga hablar sólo de algunas de ellas, todas no religiosas, por cierto:

En primer lugar, se ha dicho que el cuerpo de Belén no estaría preparado para dar a luz. Con todo, se olvida que Chile tiene el segundo índice de mortalidad materna más bajo de América (incluso sobre Estados Unidos, superado sólo por Canadá), el cual ha disminuido sobre todo desde la derogación del aborto terapéutico en 1989, según demuestra un notable estudio del Dr. Koch y otros, de hace un par de años, entre otras cosas, porque el aborto es un procedimiento peligroso también para la mujer.

Es así como por ejemplo, hace algunos años hubo un caso de una mujer muy pequeñita (una “enanita”, se diría de forma vulgar), que quedó embarazada y se vaticinaron todo tipo de males –produciéndose una polémica parecida a la actual, aunque menos intensa–, aconsejándose el aborto. Al final, tuvo a su bebé y como si fuera poco, ¡a los pocos años tuvo otro más!

Desde otra perspectiva –y es algo que se ha dicho poco–, si se permite el aborto en caso de violación, se puede dar el trágico hecho que el violador obligue a su víctima a abortar, con lo cual no sólo quedaría en la impunidad, sino que podría continuar perpetrando su abuso indefinidamente. La prohibición del aborto facilita así descubrir al delincuente.

Con todo, uno de los aspectos fundamentales que hay que tener en cuenta en todo esto, es que para muchos, cualquier aborto es “terapéutico”, pues el concepto de “salud” de la madre se hace omnicomprensivo, y en el fondo, el no nacido es tratado, aunque cueste creerlo, como una enfermedad de transmisión sexual. Igualmente, debe tenerse en cuenta que a nivel internacional se está produciendo una peligrosa ampliación de lo que se entiende por “violación”.

También existen múltiples estudios que prueban los nefastos efectos del “síndrome post-aborto”, lo que sólo viene a empeorar la situación de la madre víctima, que ya tiene bastante con superar el trauma de la violación.

Por último –a mi juicio lo más importante–, entre otros argumentos, debe recordarse que la “solución” que se pretende es matar a un ser humano, el no nacido, quien no tiene culpa alguna de nada de lo ocurrido y seguramente es el más inocente en toda esta situación. Lo mínimo que se puede exigir es que se lo respete y se lo deje vivir. Ya verá la madre si lo cría ella o lo entrega en adopción.

En fin, hay varias razones más para defender la vida del no nacido, ninguna de ellas “religiosa”, como muchos dicen.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

Escapar de nosotros mismos

El sentido común más elemental nos indica que cualquier cosa (piedras, árboles, animales o personas), por el sólo hecho de existir, posee un diseño o estructura que permite no sólo identificarlo como tal, sino también captar sus limitaciones y necesidades. Limitaciones, porque hay un cúmulo de eventos que ese ente no puede soportar o superar y significarían su destrucción (como quemar un árbol); y necesidades, porque para que se mantenga como tal, requiere de ciertas condiciones y, si además se trata de un ser vivo, de determinadas conductas.

El hombre no escapa a esta regla (sea uno creyente o no), máxime hoy, cuando muchos tienden a reducir la realidad a lo meramente físico. De hecho, no deja de ser paradójico que habiendo exacerbado actualmente nuestra corporeidad, no nos demos cuenta que por el sólo hecho de tener materia –nuestro cuerpo–, ella nos condiciona notablemente, pues necesitamos alimentarlo y protegerlo de un cúmulo de peligros. Y como además no somos autosuficientes, requerimos de nuestros semejantes (no de animales) para vivir y satisfacer nuestras necesidades.

Así las cosas, ¿cómo entender este tozudo empeño de muchos por saltarse todas las reglas, por no tener parámetros de conducta, por no considerar la realidad más preclara del ser humano a fin de guiar sus propias vidas o intentar establecer un sistema político? Ante esta completa cerrazón a la verdad más elemental (nuestra mortalidad, que nos necesitamos unos de otros, que somos sexuados, que las sociedades las conforman las sucesivas generaciones, etc.), ¿cómo se tiene la más mínima esperanza de tener éxito?

Algunos dicen que se debe esquivar la verdad para ser más libres en nuestro actuar. Y por el rumbo que van tomando los acontecimientos (por ejemplo, quienes pretenden que casi cualquier cosa pueda ser una “familia”, o aquellos que conciben la vida como un cúmulo de derechos y libertades que el Estado tiene que satisfacer nadie sabe bien cómo ni con qué recursos, al haberse evaporado los deberes), todo indica que su empeño por eludir esta verdad ha tenido notable éxito.

Pero por mucho que queramos, no podemos escapar a nuestra realidad, de lo que somos. Es por eso que como todo tiene una estructura o diseño, no tomarlo en cuenta no puede llevar a nada bueno. Es algo parecido a la Ley de Lavoisier (“nada se crea, nada se destruye, todo se transforma”): no podemos prescindir de nuestra corporeidad, con todas sus limitaciones, aunque por cierto, no seamos sólo cuerpo.

Es por esta negación de lo evidente que el mundo actual parece haberse vuelto loco, estableciendo muchos derechos disparatados, sin fundamento en la realidad y sostenidos por una enorme arbitrariedad y ansias de poder, lo que a nada bueno puede conducir.

Ello, porque a fin de cuentas, no podemos escapar de nosotros mismos.

*Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Una forma de esclavitud

El reciente escándalo ocasionado por los falsos exonerados políticos (que de seguir las versiones más extremas, serían la gran mayoría), no sólo amenaza, si la investigación llega al fondo del asunto, con ocasionar un terremoto político como pocos, sino que podría influir notablemente en las próximas elecciones presidenciales y parlamentarias, pues sería el mayor desfalco realizado contra el Estado de Chile. Y de paso, es una muy buena oportunidad para reflexionar sobre algunos de los graves daños que ocasionan prácticas como ésta.

En efecto, de ser ciertos los hechos denunciados, se ha generado un auténtico clientelismo político. Así, al ir aumentando el número de personas que reciben estos recursos injustamente (de hecho, se señala que ello ocurría precisamente en períodos pre electorales), este “mecenas público” se asegura su fidelidad política perpetua, no sólo porque está comprando sus votos –mientras el beneficio persista, por cierto–, sino además, porque con esta medida, el elector queda atrapado en esta red de corrupción, perdiendo su libertad de elegir, lo que no puede ser más dañino para el sistema democrático.

Sin embargo, el efecto es más nocivo todavía, puesto que la práctica de vivir a costa del Estado esclaviza a quienes se benefician de ella de un modo más profundo. Ello, porque al acostumbrarse a esta ayuda, se acaba desincentivando el esfuerzo por progresar y salir adelante, pues a fin de cuentas, la necesidad crea el órgano. O si se prefiere, un problema endémico que acaban produciendo aquellos que desean que el Estado lo controle todo, es que por este medio, se perpetúa la pobreza, pues tal como leía en una entrevista realizada al actual Papa Francisco antes de ser elegido, a los pobres, más que “entregarles pescado”, hay que “enseñarles a pescar”.

Y parece muy cierto: para combatir la pobreza, hay que esforzarse y romper con sus causas, yendo a su raíz. En cambio, con estas dádivas de papá-Estado, en el fondo se perpetúa dicha pobreza, porque estas ayudas se convierten en un modus vivendi, que al igual que una droga adictiva, aletargan a sus beneficiarios, con lo cual no sólo dejan de esforzarse para salir del círculo de la pobreza, sino que en el fondo, se hacen clientes seguros y totalmente dependientes de estas ayudas, con lo cual, su “mecenas” los tiene atrapados política y económicamente.

Es por eso que resultan tan nocivas estas prácticas de “chorreo fiscal”, pues perpetúan en la pobreza y esclavizan a sus ¿beneficiarios? en provecho de quien los subvenciona. Lo cual es más perverso todavía, porque al mantenerlos así perpetuamente en la pobreza, nunca tendrán otra opción que votar por quien en el fondo, en parte es responsable de perpetuar sus males, aunque se presente a sus ojos –curiosa y astuta ironía– como su mayor benefactor.

*Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

Un negocio redondo

Siempre se ha dicho que el sexo es un muy buen negocio. Mas ¿cuáles serían las ganancias involucradas? Intentando reconstruir esta cadena lucrativa, se puede hacer el siguiente cuadro:

Lo primero es la educación sexual, la cual depende obviamente, de la concepción de hombre que se tenga. Así, en no pocos casos, es el punto de inicio de una vida sexualmente muy activa, y en el fondo, de los clientes de este notable negocio. Seguramente esto explica en parte la notable manía de muchos por convertir a nuestros niños y jóvenes en asiduos consumidores de sexo, lo que tendrá efecto para el resto de sus vidas (y por cierto, también para las de otros). En sí, esto no debe generar muchas ganancias, pero en el fondo, se trata de una inversión para el futuro.

Luego está toda la industria pornográfica cuyo modus operandi y efectos son de sobra conocidos.

A lo anterior se añade la industria anticonceptiva, sea por vías mecánicas o químicas (muchas de las cuales son también abortivas). De esta manera, mientras antes se inicie la vida sexual, mejor, pues la demanda por esta necesidad comenzará más temprano.

Posteriormente vienen las enfermedades de transmisión sexual, que permiten generar un cúmulo de fármacos necesarios para combatirlas. A este respecto, conviene recordar que mientras hoy la mayoría de enfermedades contagiosas retroceden, las de transmisión sexual se expanden casi sin control.

Avanzando en la lógica de este negocio, el aborto se presenta como una ‘solución final’ ante esta concepción lúdica de la sexualidad, puesto que aunque casi no se reconozca, los anticonceptivos fallan. Así, ante la promesa de no tener las molestias de un ‘hijo no deseado’, el aborto acaba transformándose en una vía más de control de la natalidad. Aquí también se dividen las aguas entre aborto quirúrgico y –cada vez más– el aborto químico, sea a través de sustancias que pueden ser también anticonceptivas (como la píldora del día después) u otras meramente abortivas (como la RU486), sin perjuicio de otros productos que se han ido sumando a este genocidio silencioso.

Por supuesto, también hay que contar las intervenciones quirúrgicas para lograr la esterilidad, aunque se trata de un camino en parte opuesto a los anteriores, al hacerlos innecesarios.

Luego tenemos los desechos orgánicos de los abortos quirúrgicos (y de las fecundaciones in vitro), y no es infrecuente escuchar noticias acerca de su utilización para la elaboración de cosméticos, otros utensilios similares y quién sabe qué más, pues resulta indudable que esta práctica no se publicita.

Si a todo esto se añaden los sex-shops, la prostitución, la trata de blancas, los ‘paraísos sexuales’, y quién sabe qué más, se ve que se trata de un negocio redondo.

La gran pregunta, no obstante, es si este es un buen negocio para el bienestar global de cualquier sociedad.

*Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

Se defiende lo que se quiere

Leía hace poco que en realidad, resulta sorprendente cómo la idea del matrimonio homosexual ha ido expandiéndose en parte, fruto de una notable apatía por defender lo que hoy se llama “matrimonio tradicional”. Y el comentario parece tener razón.

En efecto, si se analiza esta cuestión, y dada la importancia del tema –ni más ni menos, la conformación de lo que entiende por “familia”, con todas las consecuencias que ello conlleva–, salvo algunas excepciones, por regla general, la defensa del matrimonio tradicional, si bien heroica en la generalidad de los casos, ha sido débil, tanto por su ímpetu, como por el número de personas que realmente se han comprometido con dicha causa. Mas, ¿por qué se ha dado este fenómeno?

La razón fundamental, me parece, es el continuo desgaste que esta institución ha sufrido en las últimas décadas, fruto de un conjunto de ideas y políticas que han buscado hasta la saciedad tal resultado. Así, la anticoncepción, producida en masa y expandida casi como un mandamiento nuevo de nuestros tiempos, ha tornado al matrimonio en una antigualla que debe ser demolida para vastos sectores; y lo mismo puede decirse respecto de la educación sexual, la espiral divorcista que parece no tener límites, la reglamentación de las uniones de hecho, la notable disminución de la importancia de la figura del menor en el Derecho de Familia, y en general, diversos ideales de vida, fuertemente individualistas. Todo esto ha hecho que para muchos, el matrimonio –tradicional– no sea una prioridad, lo que explica su débil defensa, pues a fin de cuentas, se defiende lo que se quiere.

Lo anterior explica también por qué ha costado tan poco ir modificando su concepto. Sin embargo, si se trata de una realidad tan venida a menos, sobre todo para los sectores autodenominados “progresistas”, ¿por qué se aboga –también por sectores “progresistas”– tan decididamente por el matrimonio homosexual?

En efecto, ante una realidad tan menguada, ¿por qué tanto interés en reivindicarla para sí? En verdad, resulta casi paradójico que se luche a brazo partido por alcanzar el estatus de una institución contra la cual se ha hecho todo lo posible por demoler. Si realmente se valorara el matrimonio, no existiría esta dicotomía patente: que por un lado se lo reivindique como una gran conquista, como un derecho, y por otro, se intente destruirlo.

Por eso no parece tener sentido que al mismo tiempo exista una rabiosa batalla por quienes abogan por el matrimonio homosexual, a fin de verse legitimados en su relación, y por otro, una también rabiosa demolición de dicha forma de legitimación. Así, lo que para unos es una gran conquista, para otros es apenas una pieza de museo.
Lo anterior, a menos que la lucha por el matrimonio homosexual pretenda ser el último asalto para destruir esta institución.

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián
Chile

La pieza olvidada

Una cosa que puede observarse en las diferentes disputas que hoy afectan a la institución familiar (divorcio, anticoncepción, aborto, parejas del mismo sexo, tuición compartida, etc.) es que por regla muy general, el gran ausente en todas las consideraciones de quienes pretenden modificarlo todo, son los menores, esto es, los niños y jóvenes que dependen de dicha institución y que en el fondo, han sido el principal leit motiv de su configuración tradicional.

En efecto, si con el paso de los siglos hubo que regular mediante la institución matrimonial la relación natural entre hombre y mujer, ello se debió, entre otras cosas, sobre todo al interés de otorgar a los menores un ambiente mínimamente idóneo para su desarrollo, al radicar en ellos el futuro de cualquier sociedad.

Mas en la actualidad, en que los niños han dejado de ser el centro fundamental de los que abogan por las nuevas formas de familia, e incluso se han convertido en una realidad prescindible a voluntad, no es de extrañar que la institución familiar se haga cada vez más extraña, al punto de poder llegar a tornarse irreconocible; lo cual es lógico, pues la expulsión de los menores de su horizonte equivale a quitarle su núcleo esencial, a una desnucleización, con lo cual, la carcaza queda vacía y se transforma, en el fondo, en otra cosa.

En efecto, el nuevo “núcleo” que ha sustituido poco a poco al bien de los menores dentro de esta verdadera cruzada contra la familia tradicional, es la afectividad de tipo sexual que pueda existir entre quienes quieren formar una “familia”. De este modo, todo el andamiaje existente ha sido poco a poco modificado para colocar a este nuevo “núcleo” como pieza fundamental.

Es por eso que se equivocan quienes creen que las modificaciones terminarían, por ejemplo, si el matrimonio homosexual lograra imponerse en todas partes. Con las actuales premisas, mucho antes que ello ocurriera, ya existiría un insistente movimiento que abogaría, por ejemplo, por los “matrimonios múltiples”, sea coetánea o sucesivamente. En efecto, si la clave es sólo el placer sexual, ¿por qué impedir un “matrimonio” entre dos hombres y una mujer o dos mujeres y un hombre? Y por supuesto, como los hijos no cuentan, la facultad de desecharlos debiera ser irrestricta, incluso con la posibilidad de establecer el infanticidio como “derecho”.

Por análogas razones, al ser una especie de “agregado”, el menor sería una opción para cualquiera que quisiera “tenerlo” (como ya está ocurriendo), o puede ser llevado de allá para acá, casi como un objeto, mediante una tuición compartida, pues se insiste, ha dejado de ser el centro de gravedad de la institución familiar, convirtiéndose en un apéndice prescindible.

Son sólo algunos de los problemas que ocurren cuando se vacía a una institución de su contenido fundamental.

*Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

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