Nuevamente sobre la educación sexual integral

Mientras todo el mundo está preocupado por los avances de la actual pandemia, el confinamiento forzado al que se nos ha obligado por su causa, o a la grave crisis económica ya presente y sobre todo futura como resultado de todo lo anterior, diversos proyectos de ley, de alto y polémico contenido valórico, siguen avanzando sigilosamente en el Congreso. En este sentido, el actual inmovilismo que afecta a nuestras sociedades, ha venido como anillo al dedo para los partidarios de estos proyectos, puesto que la ciudadanía no puede expresar su malestar como en tiempos normales, o al menos, generar la legítima y pacífica presión que es de la esencia de cualquier verdadera democracia.

            Según se comentaba en nuestra columna anterior, el proyecto de Educación Sexual Integral (ESI) busca que se imponga de manera global y al margen del querer de los padres, una determinada forma de entender la sexualidad a nuestros niños, desde la más tierna infancia. De esta manera, además de sexualizarlos de forma casi patológica, de aprobarse este proyecto, surgirán muchísimos problemas, tanto entre los padres y el Estado por medio de las entidades educacionales, como entre estos padres y sus propios hijos, pues como se ha dicho, se pretende adoctrinarlos de acuerdo a la perspectiva de género, de acuerdo a la cual, la sexualidad es una realidad completamente plástica y cambiable. Y sobre esta base impuesta, se buscará otorgarles una completa libertad y autonomía para llevarla a la práctica.

            Así, solo por poner algunos problemas sobre la mesa, ¿se imagina alguien las consecuencias que podría tener para las próximas generaciones el haber sido empujado a dar rienda suelta con su sexualidad desde párvulo y experimentar con ella a más no poder, probando todas las formas posibles a su respecto? ¿Existe algún estudio que advierta sobre las posibles secuelas que lo anterior podría tener para nuestros niños, secuelas que sin duda los afectarán durante toda su vida? O para mencionar problemas más concretos y medibles, ¿se imagina alguien la proliferación de enfermedades de transmisión sexual que podría producirse, fruto de forzar a ejercer una sexualidad sin límites? ¿O los abusos de que podrían ser objeto los niños, al postular su tempranísima “autonomía progresiva” en este ámbito?

            Lo anterior, sin perjuicio de la delicada pregunta de si el Estado tiene realmente el derecho de imponer su visión en esta materia, haciendo tabula rasa con las concepciones y la libertad de los padres. Ello, pues lo anterior equivale a un auténtico secuestro de nuestros niños, cuya formación pasa a depender casi exclusivamente del Estado. Más, ¿por qué habría que preferir a un funcionario público en vez de la familia natural para la formación de nuestros niños y jóvenes? ¿Es que los padres van a perder la tuición de sus propios hijos si no están de acuerdo con estas políticas? Incluso, ¿tienen los padres alguna función respecto de sus hijos o solo deben comportarse como obedientes borregos en lo que a su formación atañe, según los dictados del Estado?

            En fin, las preguntas e inquietudes pueden seguir acumulándose hasta el infinito. Sin embargo, un aspecto que pocas veces se señala, es que parece absolutamente contradictoria una legislación totalitaria como esta, dentro de un sistema democrático. De ahí que surjan razonables dudas de si realmente seguimos viviendo en un régimen semejante.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

Los medios de comunicación, la libertad y el discernimiento

“Ningún hombre sano y constructivo puede aceptar que la verdad y el error sean indiferentes y tengan iguales derechos” Alfonso Junco

El cine, la televisión y la radio son poderosos medios de comunicación. A través de ellos se hace llegar a las masas un mensaje y la propaganda que deseemos.

Si bien hoy tenemos una amplia gama de opciones tales como los portales en internet de películas y música, conectarnos a una inmensa cantidad de emisoras en todo el mundo; la televisión, el cine y la radio convencionales, siguen teniendo su impacto en la vida hogareña. Si el mensaje que se transmite es todo menos limpio, los medios deberán manipular la forma en que lo presentan para que permeé en nosotros.

Llegamos a un punto importante: en la difusión de series, películas, programas y música, se alega la libertad de expresión para justificar el que una producción lleve consigo un mensaje dañino. Programas tipo “Como dice el dicho” no solo promociona el estilo de vida homosexual, también promociona las relaciones sexuales fuera del matrimonio o el adulterio. Programas que no hubiéramos pensado que verían la luz del día, hoy son transmitidos en horario familiar. ¿Qué deberíamos hacer? ¿Bastaría con cambiarle de canal?

Aún los bien intencionados podrán afirmar con vehemencia, una y otra vez que cada quien es “libre de ver lo que quiera”, que no somos nadie para imponer a otros nuestras creencias y gustos, etc. Esa forma de pensar es lo que más desean los medios que promueven el homosexualismo, la ideología de género y el aborto en el mundo: que cerremos la boca y volteemos hacia otro lado para que el producto llegué a las masas. Solo así seremos considerados como “amables y respetuosos”.

Pero usted simplemente no se quedaría tranquilo si alguien le ofreciera a un niño un plato con estiércol a la derecha y un plato con ensalada de frutas a la izquierda. Entonces ¿por qué mirar hacia otro lado cuando les presentan a su hijo y a los hijos de otros, conductas desordenadas como si fueran buenas? Afirmar que el estilo de vida homosexual es dañino al individuo como a la sociedad en su conjunto no es intolerancia u homofobia, es un hecho.

Los productores de tales programas no solamente pretenden que aceptemos los actos homosexuales, sino que los respaldemos, so pena de acusarnos de intolerantes u homofóbicos; irónicamente ellos no toleran ningún disenso. Entonces ¿dónde está la supuesta libertad de la que hablan? Es inexistente; hablamos de una dictadura del relativismo. Y caemos en un relativismo moral al pensar que aquello que está bien y mal es algo que cada persona determina por sí misma.

Tenga presente que lo que hace que un programa sea bueno o malo no es la opinión de la gente; lo hace bueno o malo si promueve los valores, o si por el contrario, los vulnera. Nuestro deber es sin duda alguna, denunciar tales programas a la execración común, no por odio –como algunos fautores argumentaran- sino por el bien común. Sencillamente no se le puede enseñar a nadie –especialmente a niños y adolescentes- que los actos homosexuales sean moralmente lícitos.

Desde luego ha de respetarse a aquellos que practican la homosexualidad, haciéndoles ver las consecuencias de tales actos que niegan la diferencia y complementariedad existente entre un hombre y una mujer. En ese orden, la difusión de programas mostrando la practica homosexual como algo bueno y plausible es el mayor timo a la sociedad. Conformarse con cambiar de canal solo es aplicable entre programas limpios, sean de su agrado o no, pero jamás entre programas que promueven los valores y otros que promueven conductas desordenadas. 

Pretender buscar el bien común opinando al mismo tiempo que cada quien haga lo que quiera en aras de una libertad mal entendida, no es en absoluto querer el bien de otros, sino asumir una actitud cómoda cuando vemos cómo se intenta derrumbar a la familia. La razón por la que la ideología de género ha avasallado es precisamente porque hemos guardado silencio y lo hemos hecho tan bien que aseguramos que lo bueno y lo malo tiene el mismo derecho y deber de exhibirse ante la sociedad.

Pero uno simplemente no aseguraría jamás que da lo mismo comer una ensalada de frutas que estiércol… ¿no le parece?

ESI: Educación sexual integral

Casi como impulsado por un frenesí obsesivo, ha seguido avanzando en el congreso el polémico proyecto de Ley de Educación Sexual Integral (ESI), que busca, como su nombre indica, incluir este tema en la formación de nuestros niños desde la más tierna infancia.

            Además de darse a momentos la impresión que para sus promotores, esta fuera la primera y más urgente necesidad de los menores –a una edad en que están claramente interesados en otras cosas–, lo que produce verdadera indignación, es el sentido u orientación que pretende darse a esta mal llamada “educación”, al punto que en no pocos casos, podría hablarse directamente de corrupción de menores.

            En efecto, incentivar a la fuerza la sexualidad en nuestros niños y niñas casi desde que abren los ojos a este mundo, no sólo busca adelantar artificialmente un proceso que despertará años después, sino además, implica, literalmente, robarles su niñez e inocencia.

            Por otro lado, se habla insistentemente que gracias a esta nefasta legislación, los menores estarían en condiciones de reclamar “sus” derechos “sexuales y reproductivos”, lo cual no puede menos que llamar la atención, ya que hasta donde todo el mundo sabe, antes de la pubertad, los niños y niñas no pueden reproducirse.

            Pero además, el proyecto ESI va de la mano de otras ideas, como el controvertido concepto de “autonomía progresiva”, que en el fondo, pretende privar a los padres de su legítimo e irrenunciable derecho a criar y educar a sus hijos de acuerdo a sus propias convicciones. Por tanto, todo este proceso equivale a una especie de “expropiación” de nuestros niños. Sin embargo, de manera más profunda, muestra que algunos legisladores confían más en el Estado que en los padres, y estiman que a través de sus funcionarios, organismos y reglas, este Estado cuidará mejor a los menores que sus propios progenitores.

            De esta manera, se pretende que los menores tengan una autonomía absoluta en relación a su sexualidad (autonomía que curiosamente, no les permite impedir ser adoctrinados de forma dictatorial por el Estado en esta materia), lo que incide, entre otras polémicas y peligrosas cosas, en la edad necesaria para el consentimiento sexual. Así, se busca por vía legal, homologar en este asunto a menores y adultos, con lo cual no hay que ser demasiado suspicaz para darse cuenta del enorme campo que surge para el abuso a su respecto. Ello, pues por mucho que la ley pretenda imponer una ficción (es decir, algo que no es cierto), en este caso, la madurez del menor en esta materia, los adultos tendrán una enorme ventaja en este escenario. Incluso abre las puertas a la pedofilia, justificada aquí por la decisión supuestamente libre y madura del menor.

            Evidentemente, siempre pueden sacarse a colación ejemplos dramáticos de progenitores desalmados y de menores en situaciones inaceptables. Mas, si se van a buscar casos límite para justificar esta inadmisible ley, convendría indagar en cómo le ha ido a las instituciones del Estado en su labor subsidiaria de formar a nuestros niños, las que como se sabe, se encuentran en un proceso de profunda revisión, dado el verdadero infierno que se vivía en su interior. Por tanto, llegado el momento de comparar, el Estado sale perdiendo sin apelación posible. ¿Le entregaremos así algo tan preciado como nuestros niños?

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

Sus hijos no le pertenecen, el PIN parental y la mujer

“El amor entre padres e hijos en España es uno de los grandes poemas de la Cristiandad; como una joya desconcertante, tiene cien facetas hermosas, y sobre todo esta faceta hermosa sobre todas: que es un puñetazo en el ojo a ese viejo pedante malpensado de Freud» (Gilbert Keith Chesterton)

En recientes días la Ministra de Educación en España, Isabel Celaá ha dicho: “Los hijos no pertenecen a los padres”. Lo anterior viene a colación después de una medida presentada por el partido Vox llamada “PIN parental”, la cual busca que se solicite a los padres autorización para que sus hijos asistan a actividades, especialmente en temas de sexualidad, modelos de familia e ideología de género en los centros educativos. Desde luego esta medida ha sido calificada de “censura educativa” y la “vulneración absoluta del derecho a la educación de niños y niñas”.

Los progres arguyen el derecho que tienen los niños de recibir una educación. Pero yerran en un punto fundamental: dicha medida del “PIN parental” no vulnera tal derecho, se trata de un intento de proteger a los niños del adoctrinamiento en la cuestión sexual e ideología de género. A quien dude de ello, habrá que recordarle que en abril de 2019 la Comunidad de Madrid aprobó el Decreto 32/2019 que establece un marco regulador de convivencia en los colegios que introduce la obligatoriedad de la ideología de género y LGBT; establece incluso una especie de “comisarios políticos” a quienes no cumplan con ello.

Llama la atención la hipocresía con que la ministra de educación y la ministra de igualdad hablan sobre el derecho de los niños. Y para ello se han ido sobre los padres y su derecho fundamental a educarlos; pero si no pertenecen a los padres ¿a quién pertenecen los hijos? La respuesta tácita es: pertenecen al Estado. ¿Recuerda haber escuchado algo similar? ¡Exacto! El Manifiesto Comunista habla sobre la abolición de la familia, la cual junto a la propiedad privada, desaparecerían al desaparecer el capital; en esa transformación, los hijos serían liberados del “yugo” de los padres.

España es solo uno de los varios ejemplos que podemos ver sobre la intromisión del Estado en la destrucción de la familia: desde la Organización de Pioneros de Lenin en la Unión Soviética, el maoísmo en la China comunista, la imposición de la ideología de género en Canadá y EEUU, hasta los Kibutz de Israel donde la vida familiar fue suplantada por una vida comunal y cuyo modelo ha resucitado en los últimos años. Capitalismo y comunismo trabajan por la destrucción de la familia mediante el aborto, la eutanasia, la homosexualización de la sociedad, el homomonio, la imposición de la ideología de género, el libertinaje sexual, el ateísmo-laicismo, entre otros.

Lenin decía: “Sin las mujeres es imposible arrastrar las masas en política”. Bebeb exhortaba a promover en la mujer el sentido de la revolución comunista afirmando: “En la lucha social de nuestros días, vencerá el contendiente por quien luche la mujer”. Por ello la corrupción de la mujer puede arrastrar no solo a los hijos, al esposo, a su familia; es capaz de arrastrar a una nación al declive moral. Los políticos en España lo saben, por tanto, no es casualidad ver en primera fila a mujeres luchando por causas deleznables.

¿Estarían dispuestos a entregar a sus hijos al Estado? ¿No? Excelente respuesta. Ahora trabajen arduamente para formar a sus hijos en los verdaderos valores, involúcrese en aquello que le enseñan en el colegio; de lo contrario, le serán arrebatados frente a sus ojos, sin apenas esfuerzo. Ayer y hoy el Estado ha encontrado un enemigo natural al envilecimiento de la sociedad: la familia, siendo los padres el primer obstáculo a sus pretensiones. Procure ser un muro infranqueable y no un infeliz puente por el cual corrompan a sus hijos…

Acoso sexual

El tema del acoso sexual a mujeres ha adquirido un protagonismo difícil de vaticinar hace sólo unas pocas semanas y viene a mostrar un profundo y fundado malestar de sexo femenino ante la inaceptable cosificación de la cual ha sido objeto por muchos varones desde hace demasiado tiempo. Y si bien pueden discutirse los medios que se están utilizando para ponerle fin, obedece a una situación demasiado real que no puede continuar.

Sin embargo, creemos que este problema es sólo la punta del iceberg. En efecto, a nuestro juicio, es una más de las varias y lamentables consecuencias que ha tenido para nuestras sociedades, la revolución sexual de hace cincuenta años, pues como resulta evidente, todo tiene una causa. De esta manera, si fruto de dicha revolución el sexo se convirtió sin tapujos en el fin de la existencia para vastos sectores (sobre todo hombres), no es de extrañar que hoy carguemos con estas y otras nefastas consecuencias.

Dicho de otra manera: si estamos viviendo en una sociedad cada vez más erotizada, en que los mensajes de tipo sexual, tanto implícitos como explícitos nos salen a cada paso, no es de extrañar que algunos de quienes más se exponen o menos se protegen de los mismos (sobre todo varones), se vean influenciados por ellos. Por tanto, si un sujeto ha hecho del sexo la única o la más importante razón de su existencia, resulta obvio que buscará satisfacer sus pulsiones de la manera que sea y con quien sea.

En consecuencia, el tema del acoso sexual debiera llevarnos no sólo a generar un conjunto de mecanismos para evitarlo y sancionarlo llegado el caso, sino también a revisar las causas de este fenómeno. Ello, porque mientras no se ataquen sus raíces, las medidas paliativas serán útiles, pero claramente insuficientes.

De esta manera, debiera pasarse revista a una serie de conductas que hoy se tienen por normales, necesarias o incluso como auténticas conquistas, que se quiera o no, han alentado el acoso sexual. Lo anterior es evidente, puesto que los estímulos generan consecuencias y es más fructífero intervenir los primeros que castigar los segundos. Lo anterior no significa que los solos estímulos generen las conductas consecuentes, ni que sin dichos estímulos ellas desaparezcan. Mas, es de Perogrullo, como muy bien saben los publicistas, que algún grado de influencia –y no poco– existe entre unos y otras.

Así, por poner sólo algunos ejemplos, no parece que una educación sexual que incentiva iniciar cuanto antes y con quienes más se pueda la vida sexual, sea el mejor camino para al menos disminuir el acoso; o que la pornografía a destajo no haga aumentar este fenómeno. Por otro lado, revisar los mensajes directos o subliminales que transmiten la publicidad, el cine o la moda, podría también ayudar a paliar este lamentable fenómeno.

Lo que no puede ocurrir, ya que es como arar en el agua, es que pretendamos no cambiar en nada nuestro modo de vivir y que el problema del acoso se solucione sólo con protocolos y sanciones, porque como se ha dicho, este último es una consecuencia de causas más profundas. De ahí que sea una buena oportunidad para revisar qué estamos haciendo mal, pues hay que ser demasiado soberbio para creer que todo lo que hacemos hoy es, por ese solo hecho, mejor que lo que hacíamos ayer.

 

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián