Meditación del Papa Francisco en la bendición extraordinaria Urbi et Orbi

 27 de marzo, 2020

«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas.

Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente.

En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos. Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús.

Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—.

Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40). Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38).

No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad.

La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.

 Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela y se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa.

No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo.

Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12).

Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás.

Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo.

Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los

antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza.

Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere. El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar.

El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado.

El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad.

En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios.

Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil Señor y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque sabemos que Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).

Ochenta aniversario de la publicación del libro “camino”

Era el verano de 1968, mi hermana Yoli me ofreció la lectura del libro, titulado: “Camino”. Interiormente tuve un rechazo inicial porque pensé que se trataba de un libro demasiado espiritual, una de esas publicaciones que yo no estaba acostumbrado a leer. “¡De seguro que me aburrirá!” –pensé. Lo abrí en su primer capítulo, titulado: “Carácter”, Punto 1, y me impactó profundamente su inicial reflexión:

“Que tu vida
no sea una vida estéril.

—Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe
y de tu amor. (…)

—Y enciende
todos los caminos
de la tierra
con el fuego de Cristo que llevas en el corazón”.

Así que le dije a mi hermana de inmediato: “Préstamelo, me parece un libro interesante, original y novedoso”.

“-¡Pero me lo regresas! Porque a mis amigas y a mí nos ha hecho mucho bien espiritual”-me solicitó.

Este año se cumplen ochenta años en que fue dado a conocer este best seller de espiritualidad, del que se han publicado más de 5,000,000 de ejemplares distribuidos en 43 idiomas y es conocido por los cinco continentes. El autor de “Camino”, san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundó el Opus Dei, un 2 de octubre de 1928, en Madrid. Afirma Dios le hizo “ver” que fundara esta institución universal de la Iglesia y sostiene que en ningún momento fue “ocurrencia suya”, sino que él sólo se ha concretado a divulgar ese mensaje divino consistente en que cualquier actividad honrada puede ser un encuentro personal con Dios. Y se refiere a que los quehaceres honrados ordinarios y más comunes de cada día, los que realizan, por ejemplo: los profesionales, las amas de casa, las que están en el taller, en investigaciones científicas, los educadores y catedráticos, los taxistas, los campesinos, los obreros, los empleados de un comercio, los vendedores, etc. (www.opusdei.org/es-mx ). El 6 de octubre de 2002, el Papa san Juan Pablo II canonizó a san Josemaría en la Plaza del Vaticano y le llamó “el santo de lo ordinario”.

Tenemos otro ejemplo más reciente y vinculado a nuestro país, el pasado 18 de mayo, la Doctora en Ciencias Químicas, catedrática y Premio Nacional de Investigación Juan de la Cierva (1965), Guadalupe Ortiz de Landázuri, fue proclamada beata por el Papa Francisco. Anteriormente, en marzo de 1950, había iniciado las labores apostólicas del Opus Dei con mujeres en México, entre personas de todas las clases y condiciones sociales. Inició una escuela para campesinas en Jonacatepec, Morelos, y han sido abundantes los frutos espirituales y apostólicos por toda esa zona morelense. También en varias ciudades de España, Italia y México con universitarias, amas de casa, intelectuales, catedráticas y profesionales, etc. Por ello escribía san Josemaría en “Camino”: “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides- dependen muchas cosas grandes” (Punto 755).

“Diálogo de Carmelitas”

Hace varios años, navegando en internet, daba con un vídeo muy corto titulado “Diálogo de Carmelitas”, el momento justo en que monjas Carmelitas van hacia el martirio, siendo guillotinadas en la plaza pública, durante la Revolución Francesa. El vídeo me pareció tan dramático que no pude evitar conmoverme.

La película francesa “Diálogo de Carmelitas” fue realizada en 1960 bajo la dirección de Raymond Leopold Bruckberger y Philippe Agostini. Relata  el martirio de las monjas Carmelitas de Compiégne que se negaron a dejar la vida monástica durante la persecución desatada en la Revolución Francesa contra la Iglesia Católica. En dicha persecución se destruyeron centenares de conventos y dieron muerte a muchos religiosos, aunado al genocidio de La Vendée. León XIII las declaró venerables el 16 de diciembre de 1902 y Pio X las beatífico el 13 de mayo de  1905.

La película inicia con el ingreso de la joven Blanca de la Force al  convento de la orden Carmelita como un medio para protegerse de la persecución contra católicos durante la Revolución Francesa. Adopta el nombre de Sor Blanca de la Agonía de Cristo. Con el tiempo confiesa su debilidad, un temor hacia la vida y muerte. Las monjas reciben repetidas visitas del comisario local: recoger el listado de los bienes del convento, el registro minucioso del convento para buscar a un fugitivo. Después una muchedumbre que enarbola la bandera de la Revolución ataca dicho convento. Se les ordena cambiar de ropas, se les prohíbe toda vida de comunidad, el contacto con sacerdotes refractarios, entre otras cosas. Ante ello, las monjas Carmelitas pronuncian sus votos de martirio antes de abandonar el convento. Una vez afuera a Sor Blanca de la Force se rehusa a estar con sus hermanas. En posterior “juicio” condenan a muerte a las monjas; son llevadas al cadalso. Sor Blanca las ve pasar; recogiendo unas flores del suelo, se acerca temerosa, enjuga sus lágrimas y acompaña a sus hermanas al martirio, venciendo todos sus temores.

Los diálogos son una verdadera joya, de una belleza que quizá pasa inadvertida la primera vez que se le ve, pero que a la siguiente, uno percibe el alto contenido evangelizador:

-“Al régimen que pretende suprimir la religión y dispersar las comunidades, creo que todas nosotras debemos responder pronunciando solemnemente el voto de martirio. Porque Francia siga siendo cristiana las hijas del Carmelo solo pueden ofrecer su sangre”. Con frecuencia conciliamos la verdad y el error que menospreciamos o ignoramos el sacrificio que no pocos mártires y Santos han hecho a lo largo de la historia por amor a Dios y a la salvación de las almas, manteniéndose fieles a la Verdad.

-“Es verdad que no creo poder vencer mi angustia, no, ya no lo espero. Pero esta casa es el único lugar en el mundo donde todavía puedo ofrecérsela a Nuestro Señor, como un enfermo sus llagas vergonzosas. Porque al fin y al cabo, Dios permite que sea cobarde, como permite que otras sean valientes o mediocres”. Dios nos ama con todas nuestras imperfecciones, debilidades y virtudes, Él espera pacientemente nuestra conversión. ¿Cuántas veces rehuimos su llamado a lo largo de nuestra vida?

-“En los asuntos del mundo, cuando toda esperanza de conciliación se ha perdido, la fuerza es el supremo recurso. En los asuntos de Dios el supremo recurso está en el sacrificio de las almas consagradas”. Muchos no comprenden que si el mundo actual sigue sosteniéndose es por la oración, particularmente de los consagrados.

A lo largo de la película podemos escuchar cantos como Vexilla Regis, una joya que habla sobre la realeza de Cristo. Si bien las monjas Carmelitas antes de morir cantaron el Miseres, la Salve Regina, el Te Deum y el Veni Creator, en la película solo se aprecia éste último himno mientras las monjas caminan hacia el cadalso donde se halla la guillotina. Dicho himno fue compuesto en el siglo IX, invoca al Espíritu Santo, se canta en la elección de Papas, en el  Breviario Romano se asigna este himno a las Vísperas y a la Tercia de Pentecostés, en la celebración de sínodos, en la ordenación de sacerdotes y cuando un aspirante recibe su distintivo en la Adoración Nocturna. No es un secreto que actualmente haya católicos que menosprecian el latín so pretexto de que no le entienden o que es anquilosado, lo que en la mayoría de las veces no es más que pereza o ignorancia, ambas vencibles con un poco de esfuerzo y dedicación para aprender las oraciones más básicas en la lengua oficial de la Iglesia. Una vez que se le conoce, se le ama.

Según testimonios de lo sucedido el 17 de julio de 1794, me doy cuenta de lo que me había sacudido fuertemente en su momento: cantando el Veni Creator, las monjas Carmelitas se habían dirigido al cadalso llenas de gozo ante el asombro de la muchedumbre, en fidelidad total a Dios.

Si bien existen muchas películas sobre santos y mártires, en lo personal considero “Diálogo de Carmelitas” como la segunda mejor película evangelizadora (solo superada por “La Pasión” de Mel Gibson). Una maravillosa producción cinematográfica que me recuerda las dramáticas palabras del fallecido Cardenal Francis George:

“Soy el último obispo de Chicago que morirá en la cama. Mi sucesor morirá en prisión y su sucesor será martirizado en la plaza pública. Y su sucesor recogerá los pedazos de una sociedad en ruinas y lentamente ayudará a reconstruir la civilización, como ha hecho la Iglesia tan a menudo en la historia”…

Cuando el católico se convierte en el Caballo de Troya…

Es por todos conocida la historia del Caballo de Troya que según la Eneída, era un gran caballo de madera que los griegos dejaron ante Troya, después de diez años de asedio. En él se habían escondido los guerreros griegos. Los troyanos engañados por la trampa, introdujeron el caballo en la ciudad, rompiendo para ello parte de la muralla. Durante la noche, los griegos salieron de su escondite y atacaron, destruyendo la ciudad.

En nuestros días vemos a infinidad de personas preocupadas por tal o cual tema, luchando contra las injusticias del mundo. Lo anterior es loable, sin embargo hemos de ser lo bastante precavidos para advertir cuando nuestra lucha o intención puede desviarse del camino. En el caso del movimiento provida y profamilia es un ejemplo sobre el desempeño tan importante del católico.

Un católico es provida, (entiéndase un católico que conoce su fe), pero un provida no es necesariamente católico. Es la razón por la que el movimiento provida y profamilia tiene fisuras en su lucha: hay en su interior católicos liberales o estultos, ateos, gnósticos, sectarios cristianos, luteranos, budistas, musulmanes, judíos, que creen firmemente que los métodos anticonceptivos son la solución al aborto y los promueven, que la fecundación in vitro y los vientres de alquiler están justificados por ser un medio “válido” para traer vidas a este mundo, aceptan la unión civil homosexual so pretexto de que cada quien tiene derecho a vivir su vida como le plazca; todo lo anterior es visto como parte de un respeto humano.

Se entiende este pensamiento en los demás, ya que su pensamiento está mal desde la raíz, pero en el caso de los católicos no debemos decir que respetamos una conducta errada, porque en tal caso, siendo errada ha de corregirse para vivir como es debido. Lo que está mal, está mal y no puede pasar por bueno, no importa cuán conciliadores queramos parecer. Se respeta a la persona pero no la acción.

Incluso uno escucha a católicos decir: “¡No debemos imponer nuestra moral a los demás porque nos pareceremos a los izquierdistas o a los pro ideología de género! ¡No! Hay que ser respetuosos de las vidas ajenas”. Y procuran poner mucho énfasis en ello, para que el mundo no les tome por fariseos o intolerantes, penoso. Y si quieren recurrir al argumento de la caridad para acallar la realidad, recordemos que la primer condición de la caridad es no traicionar jamás a la verdad.

Cierto es que un católico en la vida pública, un político o un activista por ejemplo, no esperamos que dé una plática sobre catequesis o un tratado sobre apologética en cada aparición pública (seamos serios en esto), pero tampoco debe difundir y defender los derechos humanos en forma contraria a la doctrina de la Iglesia Católica.

Que la gente hará lo que le plazca a puerta cerrada es un hecho, sin embargo esa no es excusa para decir por ejemplo que «los homosexuales tienen derecho a hacer lo que les plazca» (como no se diría de un adultero o de cualquier otro pecador). El homosexual, el promiscuo, el adultero y cualquier otra persona que no se encuentre en estado de gracia, esta llamado a la conversión. Eso es catequesis básica. Hablamos no solo de salud pública, del bienestar común de nuestra sociedad, sino particularmente de la salvación de las almas.

El católico vacilante, ambiguo o pragmático es absorbido por el pensamiento liberal del mundo convirtiéndose en el Caballo de Troya perfecto al interior del movimiento provida y profamilia, en el grupo de catequesis parroquial, en el clero o en su propia familia. Van a las marchas a favor de la familia pero en las elecciones presidenciales votaron por el partido más radical y abortista que se haya visto en el país, se les encuentra muy dispuestos a subestimar una campaña de oración, dispuestos a usar la defensa en el vientre materno como moneda de cambio a la primera oportunidad: un puesto político en el gabinete actual, la economía nacional, los migrantes, la infraestructura, las becas, la ayuda económica a ancianos, etc.

Ser provida no es prueba alguna de catolicismo, así que no nos preocupemos por ser muy providas o profamilia, preocupémonos por ser primero católicos coherentes conocedores de su fe y doctrina católica, lo demás vendrá por añadidura, porque a la postre, podemos llegar a ser garantía de una defensa sólida de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, hacer una promoción verdadera de la familia, combatiendo cada frente del monstruoso liberalismo que se ha esparcido como un cáncer dentro de muchos católicos. Seamos cautos respecto católicos liberales que son activistas pues tarde o temprano nos veremos siguiendo pasos errados. Debemos tener perfectamente claro que el liberalismo (que no pocos católicos promueve hoy en día), no es ni será jamás la solución a los males que aquejan a nuestra sociedad

Nadie es infalible ni perfecto, pero todos somos perfectibles dentro del plan de Dios. Recordemos siempre las palabras del Papa Pio IX:

«El liberalismo católico «es un pie en la Verdad y un pie en el error, un pie en la Iglesia y un pie en el siglo, un pie conmigo y un pie con mis enemigos».

¿En dónde estamos ahora?…

¿Superará la Iglesia esta crisis actual?

En las últimas semanas, los medios se han enfocado en las acusaciones de un cardenal hacia el Papa. Se supondría que esta dura crisis debería debilitar profundamente a la Iglesia; pero, por el contrario, la gran mayoría de obispos y de fieles han manifestado su adhesión al Pontífice. ¿Qué elementos de juicio no se están tomando en cuenta?

1. Panorama. El informe de Pennsylvania sobre abusos sexuales cometidos por clérigos desató la crisis actual. El Papa Francisco manifestó la vergüenza que esto produce en la Iglesia. Y en vísperas del viaje apostólico a Irlanda, el país que más ha resentido esta situación, el card. Viganó inculpó falsamente al Santo Padre de haber encubierto a un cardenal estadounidense acusado de abusos sexuales.

¿Por qué la Iglesia sigue en pie? Cualquier institución, empresa o grupo social se vendría abajo después de una situación así, pues la confianza de sus miembros se perdería. Decir que es por fanatismo, no es respuesta. En cambio, todo apunta a que los factores sobrenaturales, que creemos por fe, hoy parecen tener mucho sentido.

2. Primer factor. Los fieles católicos creemos que Jesús mismo, con su poder divino, escogió a Simón Pedro y lo nombró Roca donde se fundaría la Iglesia (Mateo 16,18). Y Jesús ahí mismo le prometió que “el poder del infierno no derrotará” a la Iglesia.

Durante una dura crisis de la Iglesia en el siglo V, afectada tanto por la herejía pelagiana como por las invasiones bárbaras, San Agustín comentaba: “La Iglesia vacilará si su fundamento vacila, pero ¿podrá vacilar Cristo? Mientras Cristo no vacile, la Iglesia no flaqueará jamás hasta el fin de los tiempos” (Comentario al Salmo 103).

3. Segundo factor. Los medios de información suelen dividir a priori a la Iglesia según categorías sociológica, sólo válidas para la política: conservadores y progresistas. De acuerdo a esta visión, la supuesta ala conservadora atacaría al Papa Francisco porque el Pontífice se estaría separando de la doctrina tradicional.

Y aquí entra el otro factor sobrenatural, que explica el crecimiento de la Iglesia en la comprensión de la doctrina, que permite exponer el Misterio de Cristo a los hombres de hoy, en continuidad con la tradición bimilenaria. Se trata de la asistencia del Espíritu Santo al Magisterio.

El Catecismo de la Iglesia Católica explica que hay un crecimiento en la comprensión de la fe (cfr. n. 94). La encíclica “Lumen fidei”, preparada por Benedicto XVI y publicada por Francisco (29 jun. 2013), enseña que la luz de la fe “crece para iluminar todo el cosmos y toda la historia” (n. 48).

Por eso, el Papa Francisco ha buscado iluminar desde la fe aspectos que hoy son urgentes, como la atención a los migrantes y desplazados, la misericordia hacia los divorciados, la comprensión hacia las personas homosexuales o el cuidado de la creación. Y esto no es abandonar lo tradicional, sino iluminar lo actual desde la tradición viva de la Iglesia.

Epílogo. En general, es complicado explicar el carácter sobrenatural de la Iglesia a la opinión pública, compuesta de personas de muy diversas creencias. Sin embargo, la crisis misma por la que hoy atraviesa la Iglesia muestra que ésta está compuesta por “algo más” que la mera organización humana.

La permanencia de la Iglesia, inexplicable para quienes no comparten la fe, para los creyentes resulta ser una manifestación de la voluntad de Cristo y de la ayuda continua del Espíritu Santo. Al final, la presencia ininterrumpida de la Iglesia es un reto a la razón y una invitación a creer.

@FeyRazon lfvaldes@gmail.com
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La Alianza de Dios con Moisés.

Manuel Ocampo Ponce
Universidad Panamericana, Guadalajara.

Después de la llamada de Dios a Abraham, vino una nueva intervención divina con el fin de consolidar su descendencia como pueblo elegido. Esto fue por medio de una alianza que, en esa ocasión, se constituyó con todo el pueblo. Recordemos que los descendientes de Abraham tuvieron que emigrar a Egipto empujados por el hambre y la sequía. Emigraron a la tierra fértil del Nilo en donde se establecieron. El problema fue que su vocación les impidió asimilar las costumbres egipcias y acabaron sometidos a la realización de trabajos forzados que les produjeron grandes dolores físicos y espirituales. De hecho, fueron los esclavos que construyeron las ciudades de Pitón y Ramsés (Ex 1,1). La situación de injusticia y de dolor llegó a tal grado que, durante el reinado de Ramsés II (1290-1223 a.C.), lo que vivían clamaba al cielo. Es en ese contexto que Dios llamó a Moisés para salvar a su pueblo.

Recordemos que Moisés había sido recogido del río Nilo y para ese entonces gozaba de una situación privilegiada en la corte de Egipto. Pero esto no duró mucho porque, no tuvo otra salida que matar a un capataz que estaba tratando muy mal a los israelitas, y no le quedó más remedio que huir al desierto en donde sucedió un hecho insólito: Dios se le presentó como el Dios de sus padres (Ex 2, 4-6) y le reveló su nombre: El que es. “Dirás: Yo Soy me envía a vosotros” (Ex 3, 14-15). De modo que el nombre que Dios reveló a Moisés significa: Él es.

Respecto a ese nombre, en la tradición de los setenta intérpretes, se ha subrayado la trascendencia del Ser absoluto de Dios. Se trata de alguien que no se puede definir porque no puede ser delimitado por la mente humana. Sin embargo, algo que nos puede ayudar a comprenderlo mejor su nombre, es el hecho de que en otros pasajes bíblicos Dios se había presentado como “yo digo lo que digo” (Ez 12, 25); yo hago gracia a quién hago gracia (Ex 33, 19), que también exaltan la soberanía y la independencia de Dios. Si leemos detenidamente los pasajes bíblicos, Dios también nos hace ver la necesidad de considerar la eficacia de su existencia en sus obras (Ex 7, 5; 9, 14; 14, 4). Dios revela su nombre que significa que es el Ser Absoluto, es decir, el único Dios; pero también el único Salvador que siempre estará presente porque ha elegido a Israel como su aliado.

Es hermoso reflexionar en el texto donde Yahvé dice a Moisés: “El clamor de los israelitas ha llegado hasta mí y he visto además la opresión con que los egipcios los oprimen. Ahora, pues, ve; yo te envío al faraón para que saque a mi pueblo (los israelitas) de Egipto” (Ex 3, 9-10). “Yo estaré contigo” (Ex 3, 12). La belleza de la reflexión radica en la promesa que Dios hace de ayudar a sus enviados para que superen todas sus adversidades sin abandonarlos jamás.

Durante el éxodo del pueblo de Israel, después del enfrentamiento de Moisés al faraón, las diez plagas acreditaron a Moisés como el enviado de Dios. Esa acreditación consistió en la forma, duración e intensidad en que se presentaron las plagas y los acontecimientos. Los milagros fueron tan portentosos que tanto el faraón como los egipcios y, aun los mismos israelitas, quedaron convencidos de la obra que Yahvé estaba realizando a través de Moisés (Ex 14, 31). El acto culminante fue el paso por el Mar Rojo que, aunque al igual que las plagas coincidió con fenómenos naturales de la región, la forma milagrosa como se presentó provocó la consolidación de la religión yavhista. A nadie quedó duda de que hubo una intervención sobrenatural de Yahvé.

Lo importante que nosotros hemos de recoger de esta reflexión, es que la revelación divina se realiza como una acción a partir de palabras y obras, que se realizan en la historia. Es por eso que los acontecimientos son recordados siempre en el culto que expresa, reitera el hecho y lo exalta, otorgando fundamento y soporte a la fe del pueblo de Israel. Se trata de una garantía de la ayuda salvífica de Yahvé que se va renovando en el presente y hacia el futuro. Dios obró por medio de pruebas, señales, prodigios y guerra, con mano fuerte y tenso brazo, por grandes terrores (Dt 4,34). En el pueblo de Israel, el milagro es invocado durante toda la historia del profetismo, para distinguir los verdaderos de los falsos profetas. Como ejemplo podemos ver el relato de Elías que resucita al hijo de la viuda Sarepta (1 Re 18, 37-39).

En suma, Dios, Señor de la naturaleza y de la historia habla a su pueblo por medio de los profetas y confirma sus palabras por medio de signos, de modo que el primer credo de Israel es una confesión de las grandes maravillas que Dios ha realizado en su historia (Dt 26, 5-9). Como podemos ver, este mensaje es de suma importancia para la vida interior de todo cristiano, porque nos muestra quién es Dios y su modo de obrar en la historia.

Cuando nuestra conciencia se adormece…

A lo largo de nuestra existencia conocemos innumerables personas. Es difícil hasta cierto punto darse cuenta cuando podemos aportar algo bueno a los demás o cuando les podemos perjudicar. A veces basta una conversación, un consejo o una pequeña acción para cambiar el curso de una vida.

Y lo cierto es que en cualquier etapa podemos dar un giro inesperado. Lo que define si caemos o no, es si estamos suficientemente formados y somos firmes.

No me refiero a las cuestiones materiales o económicas sino a las del intelecto humano y el juicio que de éste emana. Pareciera que al ser adultos hechos y derechos, es más difícil dejarnos llevar por la emoción de una nueva ideología o la “bondad” de la lucha social como podría ocurrir con un adolescente. Los ejemplos en este sentido son interminables:

Casos de padres de familia que después de haber criado a sus hijos, de pronto se afilien a algún movimiento social, encuentren nuevas amistades y más tarde apoyen por ejemplo la causa homosexualista y el aborto, llevando ideas contrarias al bien común al interior de su familia.

Aquel cónyuge que comienza a frecuentar lugares insanos dejándose llevar por los amigos.

Aquel que al casarse, con el paso del tiempo adquiere las ideas de su cónyuge y ahora apoya el comunismo, la demagogía, el gnosticismo o la libertad ilimitada en todo y para todo.

Se encuentran de pronto envueltos en situaciones que antaño les habrían parecido inauditas. Algo ha sucedido que debiendo rechazar lo que es dañino, ahora es aceptado plenamente. La conciencia, siendo el juicio del intelecto, ya no mueve a la voluntad objetivamente.

El amor, el afecto, la admiración o la simpatía hacia otros, sean cónyuges, amigos o familiares puede ser el golpe de ariete que tumbe la poca oposición que pudiéramos tener respecto a una situación objetivamente mala.

Por el contrario, cuanto bien nos puede hacer la simple conversación de una persona bienintencionada, la conferencia o el libro de alguien que domina el tema, la amistad que nos enriquece profundamente y más importante aún, la dirección espiritual de un sacerdote bien formado.

A cualquier edad estamos expuestos a caer cuando menos lo pensemos, pero siempre tenemos la oportunidad de levantarnos y corregir el camino. De ser para otros no la piedra de tropiezo sino la piedra sobre la cual apoyarse para continuar en el difícil camino hacia Dios.

“En lo más profundo de su conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal… El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (Gaudium et Spes 16).

Alexa Tovar alexatovar2017@hotmail.com

La búsqueda de Dios: una faceta ignorada de Octavio Paz

El próximo 19 de abril, se cumplirá el vigésimo aniversario del fallecimiento del poeta y ensayista mexicano, Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura en 1990. Su legado a las Letras y al pensamiento han sido de una riqueza inconmensurable. Por ello, me parece de justicia revalorar su obra literaria, cuya calidad -de manera indiscutible- se agiganta con el paso del tiempo, y por otra parte, considero necesario revelar a los lectores una faceta poco conocida en este escritor: su apasionada búsqueda de Dios.

Más de alguno se preguntará, no sin cierta sorpresa: ¿Pero Octavio Paz no fue un ateo o agnóstico? Por increíble que parezca, nuestro Premio Nobel siguió un largo y tortuoso itinerario ideológico. Desde su infancia, recibió formación católica. Al llegar la juventud entró en una crisis religiosa y abrazó la doctrina del marxismo-leninismo, al punto que –durante la Guerra Civil Española- decidió ir al país ibero para apoyar la causa republicana.

Pero, en septiembre de 1939, al inicio de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (U.R.S.S.) y Alemania decidieron repartirse como botín de guerra el territorio de Polonia. Paz se convenció que José Stalin era tan dictador como Adolfo Hitler y que todo ese discurso del dirigente ruso de trabajar “por el bien de las causas del proletariado y de las aspiraciones obreras” no era más que demagogia. Sus reflexiones se recogen en un espléndido libro titulado El Ogro Filantrópico, que constituye una dura crítica al sistema comunista. Y demuestra, con sólidos argumentos, cómo históricamente esta utopía socialista ha engañado a millones de sus seguidores.

Como consecuencia de su desencanto por el Comunismo, el ilustre poeta mexicano inició un prolongado “camino de búsquedas”, como solía decir, dentro de las corrientes de pensamiento vanguardistas de su época. En su libro Itinerario –de carácter autobiográfico- manifestó que no le agradaba que lo etiquetaran de “ateo” ni de “agnóstico”, porque él se consideraba un hombre abierto a lo Trascendente, “a la Otredad”.

En los años sesenta, fue designado Embajador de México en la India. En ese país oriental conoció de cerca la religión Budista. Hizo un notable esfuerzo por adentrarse en ella y entrar en comunión con esa creencia, pero relata que en ella no descubrió a Dios, sino “una especial vacuidad”, la nada; un angustioso vacío que le producía vértigo…

Tiempo después comentaba: “Descubrí que de oriente me separa algo más hondo que el cristianismo: no creo en la reencarnación. Creo que aquí nos la jugamos del todo, no hay otras vidas”.

En una célebre entrevista que le hizo el reconocido político y periodista, Carlos Castillo Peraza, el Nobel de Literatura le confió que en la India tuvo un nuevo acercamiento hacia el cristianismo. Relata que, cierto día, entró en una iglesia católica y un sacerdote estaba celebrando Misa. Con sencillez reconoce: “La escuché con fervor. Lloré. (…) Sentí la presencia de eso que han dado en llamar la “Otredad”. Mi ser ‘otro’ dentro de una cultura que no era la mía. Mi identidad histórica”. Y concluía: “Dialogo con esa parte de mí mismo que es más que el hombre que soy porque está abierta al infinito. (…) Hay en los hombres una parte abierta hacia el infinito, hacia la “Otredad”.

El ser humano -añadía- no es el resultado de la ciega casualidad. Y consideraba que el hombre de nuestro tiempo había caído en una profunda crisis espiritual al haberse dejado arrastrar por el relativismo, el agnosticismo y el materialismo hedonista.

Es reveladora esta declaración en el ocaso de su vida: “Voy a cumplir ochenta años. (…) A esta hora Don Quijote se resigna a ser Alonso Quijano y se dispone a poner en orden su alma”.

En uno de sus últimos y más bellos poemas, titulado “Hermandad”, escribió: “Soy hombre: duro poco/ y es enorme la noche. / Pero miro hacia arriba: / las estrellas me escriben. / Sin entender comprendo: / también soy escritura / y en ese mismo instante / alguien me deletrea”.

Finalmente, Paz comprendía que pertenecía a un Dios Creador, más cercano a él de lo que imaginaba y que, además, buscaba comunicarse íntimamente con el poeta. El Nobel de manifestaba un hondo gozo, como quien descubre un tesoro largamente buscado, su finalidad última, con ese cristalino y significativo verso: “alguien me deletrea”. El escritor J.M. Cohen afirma que: “La búsqueda de Paz es en esencia religiosa”.

“Paz no soslaya -comenta Rafael Jiménez Cataño, especialista en este poeta- la parte escatológica de la Otra Vida. Pienso que podemos decir con cierta confianza que el ansia de felicidad es también ansia de inmortalidad. Queremos ser felices para siempre”.

Después de una apasionada búsqueda, como en círculos concéntricos, Octavio Paz descubre a un Dios que es Eterno, y por tanto, no tiene principio ni final. Además, es fuente de la Felicidad Última. Sin duda, este descubrimiento suyo se revela como de gran actualidad y vigencia para el hombre de nuestro tiempo.

La primera etapa de la revelación de Dios en el Antiguo Testamento.

Manuel Ocampo Ponce

Universidad Panamericana, Guadalajara.

El aspecto religioso más importante y característico del Antiguo Testamento es el hecho de que Dios interviene en la historia de Israel. Se trata de un encuentro personal de Dios con el hombre por una iniciativa gratuita de Dios, en la que el mismo Dios, muestra al hombre su personalidad y su Plan de salvación. Un aspecto muy importante para reconocer que lo que está en la Sagrada Escritura viene de Dios, es la diferencia que hay de Israel respecto a los pueblos vecinos. En el caso del pueblo de Israel este es consciente de haber sido elegido por Dios para salvarlo. Experimenta la acción de Dios en su vida percatándose de las modificaciones que Dios hace al curso de su historia participándole su Plan de salvación. La Palabra de Dios en el Antiguo Testamento promueve una historia que inicia con la Palabra en la creación y que alcanza su culminación con la Palabra de Dios hecha carne.

La diferencia entre el Pueblo de Israel y los pueblos orientales paganos radica en que, a pesar de que en el Antiguo Testamento se utilizan técnicas de adivinación, sueños, etc., Israel las depura de toda connotación politeísta o mágica. (Lv 19,26; Dt 18,10; 1 S, 15, 23). Se observa una distancia entre los sueños que Dios envía a los auténticos profetas de los que tienen los adivinos que circundaban en esa época. Otra diferencia es que, en el Antiguo Testamento la revelación de Dios aparece como Palabra de Dios dirigida al hombre y no como una visión que el hombre tiene de Dios.

Por otra parte, es importante considerar que, aunque la primera palabra de Dios que aparece en el Antiguo Testamento es la palabra creación, Israel ya había conocido a Dios en la historia, porque Dios eligió a sus padres e hizo una alianza en el desierto antes de que se escribiera nada.

La historia de Abraham descubre al hombre la prehistoria del pueblo de Israel en la que su fe en Dios fundamenta su existencia. Abraham, que era un pastor y que vivió en el siglo XIX a.C., fue elegido por Dios para romper su silencio. Abraham cumplía normalmente con su religión politeísta y se dedicaba a pastorear los rebaños por la Mesopotamia antigua. Pero Dios salió a su encuentro poniéndose en su camino y le dijo:

“Abraham, Abraham, sal de tu tierra y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y servirá de bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo” (Gen. 12, 1-3).

Dios le llama a salir a una tierra nueva dejando la seguridad de sus pastos y de la tierra en la que Abraham tenía sus raíces. Abraham confía en Dios y le obedece haciéndose peregrino en una tierra que él desconoce, pero en la confianza de la palabra que Dios le dio (Hb 11, 8). Se trata de la fe en Dios que se presenta como amigo y salvador. La vocación de Abraham le hizo pasar del sedentarismo al nomadismo, “sal de tu casa y de tu tierra”, y poner su esperanza que pasaría a la historia a tal punto que su pueblo sería llamado el pueblo de la esperanza. Y es que, si analizamos un poco más, esa revelación es una promesa ante la cual el hombre no tiene cómo responder más que mediante la fe y la obediencia. Esa promesa hacia un futuro en el que la fe produce confianza en lo que Dios ha prometido. Abraham se apoyó en Dios y en su palabra. (Gn 15, 6; Ex 14,31). La fe del Antiguo Testamento consiste en fundamentar en Dios la existencia humana. Se trata de un encuentro que pide confianza y abandono. Abraham abandona su tierra y su entorno familiar y confía en la promesa. Parte hacia lo desconocido con su esperanza puesta en la promesa de Dios. Sin embargo, su fe no es una fe ciega. Porque Dios le da una señal para confirmar su fe. Dios le promete un hijo que nacerá de su esposa estéril y que le dará una descendencia más grande al número de las estrellas del cielo. Y Abraham cree con lo que queda como amigo de Dios (Is 41, 8; Dn 3, 35). Dios le promete ser su Dios y el Dios de su pueblo. (Gn 17, 2-8). Por eso Dios cambia el nombre de Abrán a Abraham, que significa padre de una multitud de pueblos (Gn, 17,5).

Pero cuando todo parece marchar sin novedad, Dios pone a Abraham una segunda prueba que es el sacrificio de su hijo Isaac que había nacido de su esposa estéril llamada Sara (Gn 22, 1-14). Y en esta prueba, Abraham sigue confiando en Dios con lo que se confirma como padre de los que confían en Dios hasta el fin, a pesar de las adversidades. Esa es la razón por la que conocemos a Abraham como el padre de la fe (Hb 11, 17-19). Con la irrupción de Dios y la fe de Abraham, el pueblo de Israel pasa a ser históricamente el pueblo de Dios constituyéndose la primera etapa de la revelación que viene de Dios que se manifiesta obrando dentro de la historia. Lo esencial de esta intervención es la promesa y el cumplimiento; la palabra eficaz que cumple con la salvación prometida. Reflexionar estos hechos es muy importante en la vida de todas las personas.

El año nuevo y los propósitos

Siempre que inicia un año la gente procura fijarse metas, propósitos, algo bueno a llevar a cabo. Hacemos una lista mental o escrita sobre lo que queremos, motivados por cumplir la mayoría de ellos, desde los referentes a la salud, como dejar de beber, dejar de fumar, hacer ejercicio, aprender natación, hasta los que tienen que ver con las cuestiones materiales como comprar un auto, pagar deudas, ahorrar, ir de vacaciones a ese hermoso lugar con el que soñamos siempre. Nuestra lista, corta o larga tiene que ver siempre con aquello que nos haga felices, más sanos y mejores personas.

Esto último es lo que más puede llamar la atención, ser mejores personas, buenas. Pero ¿qué significa para el mundo ser buena persona? Probablemente alguien con un buen trato, educado, generoso, gentil, responsable y que no molesta a nadie.

Sin embargo, la creencia de ser buena persona ha socavado tanto la fe de gente católica que no es de extrañar ver a un sinnúmero asistir a Misa pero no comulgar, en otros casos comulgar pero no haberse confesado en muchos años, como si el comulgar fuese un premio que hay que tomar cada fin de año, para “cerrar bien”, los hay quienes piensan que confesarse solo con Dios basta (entiéndase en una conversación “directa”).

Se cree que mientras no robemos, matemos, droguemos, no molestemos a nadie y hagamos algo bueno por alguien, ya con eso bastara. Con el pasar del tiempo vamos haciéndonos una religión ajustada a nosotros, mezclándola con otras creencias, somos sincretistas como el que más y pronto nos encontraremos viviendo en ese estado vegetativo por años.

Pues bien, erramos totalmente.

El católico no debe aspirar a ser buena persona pues un ateo, un agnóstico, un judío, un luterano o un budista puede ser buena persona, no, un católico debe aspirar a ser santo.

Sí, sé que a muchos les puede resultar risible, o quizá poco creíble, se piensa que lo de ser santos es para seres extraordinarios, perfectos, cuando serlo está al alcance de todos.

El propósito de nuestras vidas es llegar a ser santos. (Léelo varias veces)

En los propósitos de año nuevo deberíamos tener en primer lugar esto. Podemos empezar por tomar en serio nuestra relación con Dios. Acercarse a los sacramentos es siempre ineludible. Pedir perdón Dios por todo aquello en lo que le hemos ofendido, pues buscamos frecuentemente la salud corporal pero rara vez nos ocupamos de la salud de nuestra alma, decimos amarle pero olvidamos que todo amor verdadero lleva consigo el compromiso: amémosle practicando los sacramentos, los mandamientos, las virtudes cristianas, orando, asistiendo a Misa con la debida disposición y comulgando siempre que estemos en estado de gracia. Alimentemos nuestra fe católica. (Pongo especial énfasis en ello porque no tienen idea de la cantidad de católicos que lo “olvidamos” convenientemente más de una vez en la vida).

Nunca pensemos que el ser buena o una mejor persona es suficiente (eso está bien para los hombres de este mundo), el católico no es de este mundo, su patria es el cielo.

Iniciemos el año bien, con nuevos bríos, con metas, con ilusión, pero siempre y antes que nada, iniciemos este año y todos los demás con Dios Nuestro Señor y Nuestra Madre Santísima. Sabiamente decía Gilbert Keith Chesterton: “El objetivo de año nuevo no es que tengamos un nuevo año, es que debemos tener un alma nueva”

Y tenemos otra oportunidad para llevarlo a cabo… aprovechémosla.

Alexa Tovar alexatovar2017@yahoo.com

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