La alegría profunda de la navidad

“Hoy brillará la luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor” (Is. IX,2). Después del tiempo de preparación, de conversión interior y vigilante espera del Adviento, viene el gran anuncio de que Dios está con nosotros, aquí en la tierra. Y viene para salvar a la humanidad entera, a todos sin excepción.

Escribe el Papa Francisco: “Jesús no se ha limitado a encarnarse o a dedicarnos un poco de tiempo, sino que ha venido para compartir nuestra vida, para acoger nuestros deseos. Porque ha querido, y sigue queriendo, vivir aquí, junto a nosotros y por nosotros” (18-XII-2015).

Es una realidad que llena de contento nuestras vidas. Pero Dios se muestra, en primer lugar, a los humildes de corazón. Cuenta el Evangelista San Lucas que cerca del lugar del establo donde se encontraba el pesebre en que nació el Niño Dios, acompañado de los cuidados y el cariño de Santa María y San José, había unos pastores que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. Se les apareció un ángel y les comunicó: “Vengo a anunciarles una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador…” (II, 8-11).

Siempre me ha llamado la atención, también, que cuando los Reyes Magos vieron la estrella en el sitio exacto donde encontraba recostado el Hijo de Dios Encarnado, “ellos se gozaron con una alegría muy grande” (Mt. II, 10). Me parece que esa admirable reiteración manifiesta los sentimientos de los primeros testigos del trascendental acontecimiento que cambió la historia de la humanidad.

¿Por qué esa alegría y ese gozo tan grandes? Porque antes de la venida del Señor y después del pecado original de Adán y Eva, durante ese largo período -por la magnitud de esa ofensa cometida- las puertas del Cielo se encontraban cerradas. Fue con la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, quien de nuevo restableció el orden querido por Dios y, a partir de ese importante hecho, las personas pueden ir a gozar del Paraíso eternamente.

Celebramos, pues, no una fiesta que se reducen a un mero intercambio de regalos y buenos deseos de fraternidad y concordia, sino que se trata de una realidad profunda en que a partir de la Pascua de Resurrección las mujeres y los hombres de todos los tiempos hemos pasado a la condición de ser hijos de Dios. No siervos ni tampoco amigos, que ya sería mucho, sino ¡hijos de un Padre que nos ama con ternura e infinito amor!

Es aquí donde radica nuestra alegría profunda, el gozo y el buen humor, a pesar de las adversidades y contrariedades que en esta vida habitualmente se presentan. Y esa paz, esa caridad y esa esperanza la hemos de transmitir a quienes nos rodean y con quienes tratamos. Y, por consiguiente, anhelamos tomarnos más en serio la vida cristiana cuyo Modelo es Cristo, para que un día podamos escuchar, también, aquellas palabras: “Alégrate, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor” (Mt. XXV,23).

A todos los lectores y a sus familias les deseo una muy Feliz Navidad y un Año Nuevo lleno de logros y prosperidad.

La Natividad de Nuestro Señor

Hace un par de años un hombre en una entrevista dijo que en sus celebraciones de Navidad pone el árbol, tiene su reunión familiar y con los amigos, con la típica algarabía, ponen villancicos, le encanta dar regalos, le encanta el espíritu alegre de la gente, le gusta ver las multitudes que se aglutinan para hacer compras, considera que este tiempo es una forma agradable de relajarse y pasar tiempo con la familia.

Es quizá una descripción de lo que sucede en estos días previos y durante la Navidad y no habría mayor rareza si no fuera porque el hombre entrevistado era ateo, no fue en absoluto un católico. Como si esto no fuera suficiente, otro ateo fue más allá para decir que la Navidad no era algo exclusivo de cristianos, que todos tenían derecho a celebrar.

Tales palabras son una muestra de cómo se ha mundanizado la celebración que muy pronto ha quedado desprovista de todo carácter cristiano, a grado tal que este ateo no tiene problema en festejarla, no porque esté pensando en convertirse al catolicismo, sino porque la forma en que se celebra no le representa nada cristiano, no le dice… absolutamente nada.

Su reacción es entendible, pues tan solo hay que ver el modo en que muchos católicos la celebran para darse cuenta de que para ellos se trata de algo mundano. Y esto no sucedería si diéramos pleno testimonio de que la Navidad es la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.

El ¡Feliz Navidad! significa para ellos “¡Que te la pases genial!”, piensan que es el día para darnos regalos, que es para saborear una rica cena, que es para estar con la familia, como lo dijo aquel ateo. Pero la Navidad no es en absoluto el día de la familia, de los amigos, de los compadres o el día del intercambio, no, (léase bien, para estar con ellos tenemos el resto del año), la Navidad es el nacimiento de nuestro Salvador a quien debemos dar gloria y hacerlo el centro de nuestra celebración en compañía de nuestra familia, sin perder de vista jamás que Él es lo principal.

No debemos dejarlo todo al último, tenemos una excelente oportunidad para hacerlo debidamente pues iniciamos un nuevo año litúrgico, estamos en Adviento, que son las cuatro semanas que preceden a la Navidad, tiempo de preparación para la llegada de nuestro Salvador, tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados, para nuestra preparación espiritual, aprovechar para la conversión acercándonos a los sacramentos.

Y llegada la Navidad, asistamos a la Santa Misa y comulguemos en estado de gracia. Que antes de la cena, arrullemos y acostemos al Niño Dios en familia, se cante villancicos, se haga el acto penitencial, la lectura del evangelio y en el que el más pequeño de la familia nos lo da a besar.

Que en su llegada, Nuestro Señor no nos encuentre con las manos vacías, riendo en plena celebración mundana y algarabía típica de un partido de fútbol sino preparados espiritualmente.

Que cuando digamos ¡Feliz Navidad! dejemos claro con nuestro actuar que celebramos al Rey de reyes y Señor de Señores, que anunciemos al mundo la llegada de nuestro Salvador.

Y como decía Gilbert Keith Chesterton: “Cualquier agnóstico o ateo que en su niñez haya conocido la auténtica Navidad tendrá siempre, le guste o no, una asociación en su mente entre dos ideas que la mayoría de la humanidad considera muy lejanas entre sí: la idea de un recién nacido y la idea de una fuerza desconocida que sostiene las estrellas. Para esta persona, la sencilla imagen de una madre y un niño tendrá siempre sabor religioso, y a la sola mención del terrible nombre de Dios asociará en seguida los rasgos de la misericordia y la ternura”.

¡Feliz Natividad de Nuestro Señor!

 

Alexa Tovar alexatovar2017@yahoo.com

La muerte: “Un día, la hoja caída serás tú”

Se acerca el día de muertos y viene bien recordar algunas verdades fundamentales en la existencia humana, como es el día preciso en que dejaremos este mundo.

Siempre me han ayudado a reflexionar sobre este tema, las palabras de ese punto del libro “Camino” de San Josemaría Escrivá de Balaguer en que escribe: “¿Has visto, en una tarde triste de otoño, caer las hojas muertas? Así caen cada día las almas en la eternidad: un día, la hoja caída serás tú” (No. 736).

En fecha reciente, un amigo mío, escritor y periodista, falleció de un infarto fulminante mientras daba una clase y sin tener antecedentes de padecimientos cardiacos. También, hace pocas semanas, el hermano de otro amigo mío, médico neurocirujano, tuvo un accidente en la carretera y murió de forma instantánea, cuando se encontraba en plena madurez profesional. En ambos casos, nadie suponía que abandonarían esta vida de modo tan inesperado.

Pero ésa es la realidad a la que cada día nos enfrentamos. “Un día, la hoja caída serás tú”… Y parecería que muchas personas se aferran a esta temporal y breve residencia en la tierra como, ¡si fueran a vivir aquí por una eternidad!

Tengo la impresión de que pocas veces se reflexiona que viviremos eternamente en la Otra Vida, ante la mirada de Dios. El Señor nos ha dado la vida y nos ha concedido un puñado de años para merecer el Cielo y ser felices con Él para siempre.

Pero no hay que perder de vista que quienes viven de espaldas a la Ley de Dios, corren el peligro de condenarse; de ser juzgados por Jesucristo e ir al infierno con el demonio y sus ángeles caídos.

A muchas personas les cuesta aceptar que siendo Dios infinitamente bueno pueda destinar a las almas -que le ofendieron gravemente en esta tierra- a un lugar de tormentos y suplicios sin término, como es el infierno. Sin duda, el mayor dolor que puede experimentar una persona es no tener la esperanza de poder ver el Rostro del Señor y de gozar de la felicidad sin límites. Pero, por otra parte, no hay que olvidar que Dios es infinitamente Justo. Y concede a cada uno el premio o el castigo según sus obras y de su actuación como cristiano.

No faltan quienes imaginan que hablar de estos temas son una especie de cuentos fantasiosos, que ya nadie cree, y que se relatan por las noches para atemorizar a algunos niños miedosos. “Son cosas de tiempos pasados; todo eso está ya superado”-suelen decir.

Lo cierto es que como dice ese pensamiento: “El hombre tiene su tiempo, y Dios su eternidad”. No hay nada realizado por cada ser humano que escape a su mirada y entendimiento.

Pero no es cristiano temerle a Dios. Ante todo, Él es nuestro Padre y quiere lo mejor para nosotros. Comprende las miserias y debilidades de las personas, pero pide a cambio que cada hombre o mujer luche por corregirse a lo largo de su existencia y ponga su esfuerzo en mejorar cada día un poco más con la finalidad de imitar a ese Modelo que es Jesucristo.

Porque si se vive conforme al querer de Dios, la muerte será una buena amiga que nos facilitará el camino para ese encuentro eterno. Me vienen a la memoria, aquellas inolvidables palabras de San Juan Pablo II, poco antes de morir, quien decía en tono de súplica en su agonía y ante tantos procedimientos médicos que le aplicaban: “Déjenme ir ya a la casa de mi Padre Celestial”.

En efecto, así mueren los hombres santos, con esa confianza de estar siempre en las manos del Señor, con esa paz y serenidad, esperando el abrazo amoroso del Padre Eterno.

Peregrinaciones y deporte

Recuerdo que hace algunos años venía en la carretera de Puebla a la Cd. De México, y todo un carril estaba ocupado por peregrinos que iban a la Basílica de Guadalupe. De caseta a caseta, caminando, corriendo, en bicicleta, unos 100 kms.

En todo el mundo a hay lugares de peregrinación que son muy visitados: Santiago de Compostela, San Juan de los Lagos, Lourdes, etc. Y no necesariamente del cristianismo. Basta pensar en la Meca o Jerusalén (para los judíos), el Chardham Yatra.

Ya 3,000 años antes de Cristo encontramos vestigios de peregrinaciones, basta pensar en la ciudad o santuario de Ebla.

Es sin lugar a dudas, una de las manifestaciones de la fe más hermosa que une la espiritualidad y el deporte o el ejercicios físico.

Eso nos hace ver como en el fondo del corazón del hombre hay una unión natural entre la espiritualidad y el deporte, el ejercicios físico. Uno invita a lo otro.

Una de las experiencia más comunes entre los peregrinos es que a medida que avanzan en la camino su experiencia espiritual se va haciendo más profunda. Al inicio se habla mucho, pero poco a poco se va necesitando más tiempo de oración.

Las peregrinaciones se han convertido en uno de los medios para eficaces y profundos para Evangelizar o para crecer en la fe, en la propia espiritualidad.

Y nos ayuda a descubrir que el deporte y la espiritualidad son un complemento natural que el hombre vive en lo más profundo de su corazón.

«Cuando nos conformamos con el lodo»

En nuestros días está muy difundido alcanzar el bienestar personal, ese estado de armonía que anhela tenerse en la vida cotidiana, acompañado de un supuesto tipo de espiritualidad que nos haga sentir bien.

Con frecuencia vemos publicaciones de no pocos católicos respecto a mensajes muy espirituales de personalidades que son tan parte del pensamiento católico como lo sería el agua y el aceite.

¿Cuántas veces no habremos dado like a frases “bonitas de paz y amor” del Dalai Lama ignorando que éste apoya el aborto en ciertas situaciones?

¿Cuántos libros no se habrán leído de Paulo Coelho ignorando o teniendo total conocimiento de que es un autor de la nueva era, incompatible con la religión católica?

¿Cuántas veces se han compartido en las redes sociales publicaciones del budismo, hinduismo, gnosticismo, mantras, pero se detienen antes de publicar algo sobre la religión católica?

Todo lo anterior quizá esté bien para muchos pero no para el católico. Alguien dirá que no hay nada de malo en tomar lo que vale la pena de tal o cual religión, de tal o cual escritor, de tal o cual pensamiento, porque finalmente somos humanos, la cuestión es que alimentarse del pensamiento del mundo antes que nutrirse del pensamiento y razonamiento católico hace caer en un sincretismo galopante, trae consigo el desarrollo de cierta estulticia y en casos más delicados el paulatino alejamiento de la fe católica. Y cuando hablo de ello, no necesariamente me refiero al abandono de la religión, pues, los hay perfectamente capaces de continuar asistiendo a misa pero que han dejado de creer en la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en la Sagrada Eucaristía, asisten a cursos bíblicos pero practican el reiki, son catequistas pero creen en la angeologia, de tal suerte que hablamos de algo que no hay que tomar a la ligera.

Esto, por desgracia no es privativo de simples publicaciones en las redes sociales, una situación similar se presenta en librerías católicas plagadas de literatura de la nueva era, de yoga, reiki, niños índigo, de autores como Dalai Lama, Antonio de Mello, Paulo Coelho, Ansel Grün, Dan Brown. ¿Qué hace un católico con semejante literatura en sus manos? ¿Qué sucedió con la sana lectura de vida y obra de los santos? La espiritualidad en la Iglesia Católica no es la que llama a sentir bonito mientras no molestemos al prójimo, es la que llama a una conversión a Dios ordenando la propia vida mediante la oración, práctica de las virtudes cristianas y por supuesto la práctica de los sacramentos particularmente la Sagrada Eucaristía, teniendo como objetivo llegar a ser santos.

Como católicos estamos en el deber de discernir lo que leemos, lo que vemos en la pantalla lo que escuchamos y lo que compartimos en las redes sociales. Nunca es tarde para empezar, para fortalecer nuestra fe católica, nadie es perfecto, pero todos somos perfectibles. La Iglesia Católica tiene en su haber 33 doctores con vastas obras, entre los que se encuentran San Agustín, San Ambrosio, Santo Tomás de Aquino, tiene obras de pensadores católicos como Hilaire Belloc, Gilberth Keith Chesterton, Louis Veuillot, entre otros.

Así que para fortuna nuestra, la Iglesia Católica siempre ha tenido el remedio que evita el impresionarnos con tan poco barro… o lodo.

 

Alexa Tovar

alexatovar2017@yahoo.com

¿Ha visto usted a Dios alguna vez?

El catedrático e investigador francés, Michel Eugéne Chevreul, fue un hombre que gozó de gran prestigio en Francia y en otros países europeos por sus descubrimientos científicos y eruditos conocimientos. Cuando contaba con más de noventa años, al concluir una conferencia ante un grupo de universitarios en la que había hecho mención de la existencia de Dios, tuvo que escuchar una pregunta que le dirigió -con cierta sorna- un joven incrédulo:

-¿Usted cree en Dios? ¿Lo ha visto alguna vez?

-Claro que sí, yo he visto a Dios; no en sí mismo, porque es puro espíritu, sino en sus obras. En efecto, yo he visto su omnipotencia en la magnitud de los astros y en su rápido movimiento. He visto su inteligencia y sabiduría en el orden admirable que reina en el universo. He visto su bondad infinita en los innumerables beneficios de que me ha colmado. ¿Usted no ha visto todo eso? ¿No ve al pintor divino en el magnífico cuadro de la Creación? ¿No ve al artista en su obra?

Parecida respuesta le daba un sabio árabe del desierto a un misionero:

-Creo en Dios. Cuando percibo las huellas de unos pasos en la arena, me digo: alguien ha pasado por aquí. De la misma manera, cuando veo las maravillas de la naturaleza, me digo: una gran inteligencia ha pasado por aquí, y esa inteligencia infinita es Dios”.

El Cardenal Albino Luciani, futuro Papa Juan Pablo I, en su ameno libro Ilustrísimos Señores, cuestionaba sobre si se suprimiera a Dios de la civilización, ¿qué es lo que quedaba? ¿en qué se convierten los hombres? Y recordaba aquel pensamiento del filósofo y jurista, el Barón de Montesquieu, quien tenía la convicción de que sin una sólida fe difícilmente se sostiene una norma moral: “El hombre sin religión es un animal salvaje, que no siente su fuerza sino cuando muerde y devora”. Todavía resulta más fuerte, la frase atribuida a Napoleón: “Sin religión, los hombres se degollarían por cualquier insignificancia”.

Algo semejante expresa uno de los personajes de la célebre novela del escritor ruso Fiódor M. Dostoievski, Los Hermanos Karamazov, cuando se planteaba: “Si Dios no existe, todo está permitido”. En efecto, si falta el apoyo de un sentido profundo de la existencia humana, se pierde el Norte, se desarticula toda norma moral; y ya nadie se preocupa de tener que dar cuenta de nada a nadie. Es “el lobo estepario” de Herman Hesse.

A lo largo de los siglos, el ser humano ha experimentado un hondo anhelo de encontrarse con la Trascendencia y, con frecuencia, en el ocaso de su vida, percibe interiormente una creciente sed de Dios. Esto lo expresa magistralmente el poeta de Castilla, Antonio Machado, con sus versos: “Yo voy soñando caminos / de la tarde. ¡Las colinas / doradas, los verdes pinos, / las polvorientas encinas!… / ¿Adónde el camino irá? / Yo voy cantando, viajero, / a lo largo del sendero… / -la tarde cayendo está-.“ En forma más dramática lo expresa en los últimos versos de este poema: “Así voy yo, borracho melancólico, / guitarrista lunático, poeta, / y pobre hombre en sueños, / siempre buscando a Dios entre la niebla” (“En una tarde cenicienta y mustia”).

Lo cierto es que si observamos con detenimiento el universo entero tanto en su macrocosmos como en su microcosmos; la naturaleza misma con sus variadísimas plantas y animales marinos y terrestres; ya sean pequeños o grandes, desde el bello y majestuoso vuelo de un águila sobre las altas cumbres de las montañas hasta el ágil y gracioso colibrí en un florido jardín, concluimos que todo es producto de una Inteligencia creadora, de un Ser Supremo que puso orden y concierto en todo lo que miramos y palpamos. Llegamos entonces a considerar que la Creación no es sino una admirable y maravillosa manifestación del poder y la bondad de Dios hacia los hombres.

¿Por qué el hombre está llamado a vivir en la verdad?

El hombre tiene una necesidad imperiosa de vivir en la verdad. Es parte de la conciencia bien formada, sentir un natural rechazo y aversión por la mentira y el engaño. Pero hablamos de una verdad que es universal y absoluta; que es para todos, en todo lugar y en todo los tiempos.

Una vida que se funda sobre la duda –afirmaba San Juan Pablo II-, sobre la incertidumbre o la falsedad, es una existencia continuamente amenazada por el miedo y la angustia. “Se puede definir, pues, al hombre como aquél que busca la verdad”. O como se autodefinían algunos filósofos griegos: como pensadores en un permanente estado de seguimiento de la verdad.

“Toda persona –señala el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica- está llamada a la sinceridad y a la veracidad en el hacer y en el hablar. Cada uno tiene el deber de buscar la verdad y adherirse a ella, ordenando la propia vida según las exigencias de la verdad. En Jesucristo, la verdad de Dios se ha manifestado íntegramente: Él es la Verdad. Quien le sigue vive en el Espíritu de la verdad, y rechaza la doblez, la simulación y la hipocresía.

Podríamos decir que una vez encontrada la verdad, ésta es exigente, ya que pide al hombre ser coherente en su propia existencia y en el actuar hasta en las cosas más menudas. No puede haber rupturas o dobles vidas, como esos casos psicológicos de personalidades esquizofrénicas.

Otra dimensión de la verdad es la confianza en quien nos brinda el testimonio. El hombre del siglo XXI cree en los avances tecnológicos: si se sube a un avión jet, confía en que en relativamente poco tiempo será trasladado a otra ciudad; si se mete a internet, con anotar correctamente el nombre del portal, sabe que puede obtener de forma rápida videos y noticias que se están generando en otros países o continentes; con marcar el número del celular, está convencido que se comunicará, por ejemplo, con el director de la sucursal de una empresa al otro lado del mundo, etc.

Lo mismo ocurre en el terreno de la fe, los católicos creemos por el testimonio mismo de Cristo y lo que con el paso de las generaciones nos han transmitido los Apóstoles y sus sucesores en el gobierno de la Iglesia a lo largo de estos XXI siglos de cristianismo. “El hombre, ser que busca la verdad, es pues también aquél que vive de creencias”, escribía San Juan Pablo II en su Encíclica Fides et Ratio (No. 31).

Cuando el hombre se autoproclama como la medida de la verdad y pretende sustituir el papel de Dios, es precisamente cuando acontecen graves descomposiciones en la vida personal o entre las naciones. El progreso técnico no puede llevar al hombre a pensar que es el “centro y motor del universo” sino que su actividad intelectual es una participación, un chispazo de esa Infinita Inteligencia Divina y lo debe conducir a una actitud de profunda humildad ante la grandeza de la Creación y la Redención.

La Templanza, una virtud de capital importancia

La virtud de la templanza forma -junto con la prudencia, la justicia y la fortaleza- las cuatro virtudes esenciales para el desarrollo de una personalidad madura.

La templanza se traduce en el dominio de nosotros mismos; en ser señores de nuestras propias pasiones y aprender a controlarlas y encauzarlas bien. Porque, por ejemplo, una persona que tiene un carácter fuerte y determinado, si lima las aristas, puede ser una característica clave para ejercer un liderazgo.

San Josemaría Escrivá de Balaguer escribe: “No todo lo que experimentamos en el cuerpo y en el alma ha de resolverse a rienda suelta. No todo lo que se puede, se debe hacer”. Porque vivimos imbuidos en una sociedad de consumo y tanto la publicidad, como el cine, las series de televisión, los anuncios de los medios de comunicación y los aparadores de las tiendas comerciales nos empujan a consumir en forma compulsiva, como si la felicidad estuviese fincada en la adquisición desenfrenada de bienes materiales.

Una persona madura sabe que -si tiene buen criterio para juzgar y decidir sobre esos cientos de invitaciones para comprar y consumir- puede controlar sus impulsos. Esa actitud no supone una limitación, sino grandeza de ánimo y firmeza de carácter.

Hay numerosos aspectos cotidianos donde podemos poner en práctica esta virtud de la templanza. Por ejemplo, en el beber con moderación. Algunos tienen el concepto equivocado de que al asistir a una fiesta, para estar alegre y de buen humor, necesariamente requieren estar “pasado de copas” o en franca borrachera. Lo cierto es que se disfrutan mejor los convivios familiares o sociales si se toma con medida.

Otro ejemplo erróneo, es considerar que para gozar más de los aperitivos y alimentos de un restaurante, hay que pedir lo que aparece como más caro en la carta. Cuando resulta que, si se pide con inteligencia -sin caer en los caprichos- se pueden consumir unos sabrosos platillos sin necesidad de hacer un desembolso extraordinario.

En este mismo sentido, en la actualidad, prácticamente cada mes nos muestran “el último grito de la moda” en materia de celulares, computadoras, ipads, tablets, relojes, etc. Y la verdad de las cosas es que -en muchas ocasiones- esa última novedad presenta mínimas mejorías o avances tecnológicos o cibernéticos en comparación con la computadora que tenemos, por ejemplo. Allí interviene la virtud de la templanza para reflexionar y preguntarnos: ¿Realmente necesito comprar este nuevo celular que anuncian, o por el contrario, el que ahora uso me brinda un servicio satisfactorio y no necesito adquirir otro?

Templanza, también, para luchar internamente contra tendencias personales, como: el mal carácter, la irritabilidad excesiva, la fatua vanidad, la pereza de ir siempre por el camino más fácil, buscando “la ley del menor esfuerzo”. Alguien podría argumentar a su favor: “Es que yo siempre he sido así, ni modo”. La respuesta es que con empeño y constancia se puede mejorar paulatinamente en alguno de estos defectos dominantes.

Otras veces consistirá la templanza en comer con moderación, en comprar sólo la ropa necesaria o hacer un uso prudente y mesurado de la lengua y así en tantos ejemplos más.
En definitiva, ¿a qué nos conduce esta importante virtud? A considerar los bienes materiales, no como fines en sí mismos, sino como medios que tenemos que utilizar para nuestro desarrollo profesional, personal o familiar y para ponerlos en servicio de los demás. Y, sobre todo, esta virtud contribuye de modo decisivo a forjarnos una personalidad madura, cimentada sobre bases firmes y perdurables.

Con la sonrisa de la Virgen de Guadalupe

En el mes de mayo suelo frecuentar Santuarios dedicados a la Virgen María para visitarla y rezar el Rosario acompañado de familiares y amigos. El pasado domingo estuve en la Villa de Guadalupe y conmigo iban un colega de profesión, acompañado de su hijo adolescente.

No cabe duda que visitar la Villa es ocasión de encontrarse siempre con agradables sorpresas. Mientras esperaba a mi amigo y a su hijo, estaba de pie junto a la estatua de San Juan Pablo II. A pocos metros observaba a un padre en cuclillas y muy joven -quizá de unos 28 años- que en el atrio enseñaba a persignarse a su pequeño con gran paciencia y afecto.

Era un día luminoso, soleado, algo caluroso como corresponde a los días primaverales. Entraban caminando en procesión y cantando numerosos grupos de personas de diversas clases y condiciones sociales. En un costado, había una larga cola de papás con sus bebés en brazos que esperaban fueran bautizados.

Divisaba a muchas familias que, antes de entrar al atrio, compraban flores para ofrecérselas a la Virgen María. Había un ambiente como de fiesta porque la gente estaba contenta y alegre. Finalmente llegaron mis acompañantes y entramos en el Santuario Guadalupano para rezar el Rosario.

El sacerdote celebraba la Misa a un numeroso grupo de niños que iban a hacer su Primera Comunión. Les pedía el presbítero a aquellos infantes que nunca olvidaran ese día, en que Jesús quiso habitar en sus corazones. Y recordaba aquel buen hombre de Dios que justo el día de su Primera Comunión -hacía más de 60 años- fue cuando vio claramente su vocación al sacerdocio, por ello le resultaba una fecha particularmente entrañable.

A mí me vino a la memoria el recuerdo de un amigo extranjero, profesional brillante, de unos 45 años. Su empresa lo había destinado a trabajar en México sólo por unos meses. Aparentemente parecía que la vida le sonreía porque ganaba buen dinero, pero pasaba por una situación de crisis existencial: había perdido su fe en Dios, su matrimonio parecía resquebrajarse, no tenía buena comunicación con sus padres y menos con sus hijos…

Así las cosas, un día recibí un correo electrónico de su piadosa madre en el que me pedía que lo acercara a Dios, o al menos, que lo llevara a conocer la Villa de Guadalupe. Como era de esperarse, traté de ayudarle pero me respondió de un modo drástico y tajante, con frases como: “la religión es una farsa”; “el matrimonio no tiene ningún sentido”; “la familia es un mero convencionalismo social”… Conversamos en repetidas ocasiones, pero parecía tomar una postura radical e inflexible. Le dije que lo que teníamos en común era que habíamos entablado buena amistad y eso era lo importante. Si el opinaba de otra manera, yo respetaba sus puntos de vista. Y con esa clase de respuestas se fue serenando y desdramatizando su estado emocional. Claro está que le pedí a la Guadalupana por este amigo mío y su retorno a la fe.

Un inesperado día tomó la iniciativa de ir solo a la Villa. Se colocó justo debajo de la imagen, donde se encuentran las bandas por donde habitualmente pasa mucha gente. Delante de él se encontraba una viejecita muy pobre, descalza, con su traje típico otomí, que miraba fijamente a la Virgen y le decía un par de palabras en su dialecto y otro par en castellano. Como la mujer rezaba a voz en cuello, se percató que le decía: “Gracias, Madrecita, porque mi yerno ya no toma; gracias, Madre, porque se curó mi esposo de su pulmonía; gracias, Madre, porque mis hijos y mis nietos tienen salud; gracias, porque nunca nos ha faltado qué comer…”.

De pronto, aquel amigo mío, llegó a la conclusión de que a él no le faltaba nada y la viejecita, carecía prácticamente de todo. Sin embargo, cuánto le agradecía ella a la Virgen de Guadalupe sus favores espirituales y materiales y, en cambio, él se daba cuenta que hasta ese entonces había sido casi siempre egoísta, necio, soberbio, conflictivo…Después comenzó a llorar y a llorar y a pedirle perdón a Dios y a la Virgen María. Al subir hacia la parte de las bancas de la Basílica, se encontró conque había muchos sacerdotes confesando. Y no dudo, ni un instante, en acudir al Sacramento de la Reconciliación y, a continuación, asistió a la Santa Misa y recibió la Eucaristía.

Al día siguiente, este amigo me buscó para conversar. Me contó todo lo sucedido. Se habían disipado todas sus dudas sobre su fe católica y la existencia de Dios; quería cuanto antes pedirles perdón a su esposa, a sus hijos y a sus padres por los malos ratos que les había hecho pasar. En síntesis, era otra persona, notablemente transformada.

Cuando le pregunté cómo era posible que hubiese tenido un cambio profundo y tan rápido, se limitó a contestarme: “Cuando vas a la Villa de Guadalupe, la Virgen María siempre nos prepara una sorpresa. Y el instrumento que Ella utilizó fue esa viejecita que tenía frente a mí y me conmovió hondamente. Pero te confieso que todo el tiempo que estuve en el Santuario sentí que estaba bajo la mirada amorosa, tierna, sonriente e inolvidable de Santa María de Guadalupe”.

¿Qué mensajes nos transmiten los Reyes Magos?

Hace pocos días celebrábamos la Solemnidad de la Epifanía. Esta fiesta nos hacía recordar el viaje de aquellos Magos que vinieron desde Oriente para adorar al Niño Dios en el portal de Belén y ofrecerle oro, incienso y mirra.

Cada uno desde su lugar de origen, por una gracia especial de Dios, habían visto una estrella especial en el firmamento y comprendieron que no se trataba tan sólo de una estrella más, o un fenómeno astronómico para estudiar, sino que supieron que aquel fulgor celeste les anunciaba -sin duda alguna- el nacimiento del Mesías que el pueblo hebreo esperaba desde hacía muchos siglos.

Y esa estrella los fue guiando…Primero para converger los tres en el mismo camino y en la misma dirección. Una antigua tradición señala que sus nombres eran Melchor, Gaspar y Baltasar. En segundo lugar, porque a los tres les movía un mismo fin: conocer y adorar al Hijo de Dios Encarnado.

Los teólogos consideran que este hecho extraordinario es la manifestación del Mesías para con todos los pueblos del orbe. Es decir, aunque era el Mesías anhelado por el pueblo hebreo, era también el Salvador de toda la humanidad.

Los Santos Evangelios nos hacen ver que nunca perdieron la fe. No obstante que antes de llegar a Jerusalén la estrella momentáneamente había desaparecido y decidieron preguntarle al rey Herodes: “¿Dónde está el nacido rey de los judíos? Pues vimos su estrella en Oriente y venimos a adorarle” (Mateo 2, 2). Los sabios y expertos en las Sagradas Escrituras que asesoraban a Herodes, respondieron que en Belén de Judá era la población que estaba vaticinada por los profetas dónde nacería el Salvador.

Otra consideración teológica es la siguiente: no es que el hombre salga en busca de Dios, sino más bien es Dios quien ha salido en busca del ser humano. Se dice que la magnitud de la ofensa se mide proporcionalmente de acuerdo a la dignidad de la persona ofendida. Y, en este caso, después del pecado original de Adán y Eva, Dios era el Ofendido y, por ende, sólo Dios mismo podría repararla en la persona de Jesucristo.

Así que Dios tomó la iniciativa y vino a la tierra como un hombre más, estando en el seno de su madre por nueve meses, viviendo una vida normal, sin llamar la atención; trabajó como artesano al igual que San José. Llegado el momento de su vida pública predicó la Buena Nueva, hizo milagros y curó a los enfermos y moribundos. Posteriormente quiso padecer, sufrir y morir por amor a cada uno de los habitantes de esta tierra y, mediante su Resurrección, nos abrió las puertas del Paraíso.

Lo que movió a Jesucristo a tanto sacrificio fue su deseo de cumplir la Voluntad de su Padre Dios y el infinito amor por los hombres. “Me amó y se entregó hasta la muerte a mí”, comenta asombrado el apóstol San Pablo (Carta a los Gálatas II, 20). Me parece que no nos podemos acostumbrar a esta manifestación del enorme amor de Dios por cada una de sus criaturas, por cada uno de sus hijos en todos los tiempos.

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