El Nacimiento, la filantropía, el arte y el amor a Dios

“Yo soy católica, yo soy inmortal; mío es el imperio de las siglos, el monopolio de las verdaderas virtudes; mía es la victoria sobre el paganismo; he aquí lo que nos dice la Iglesia por medio de las pinturas y de los ornamentos de los templos” Abate J. Gaume

Hace un par de años al subir a un autobús me lleve una grata sorpresa al ver que el chofer de la unidad había colocado en gran parte del tablero nada más y nada menos que el Nacimiento y un pequeño arbolito con esferas. Aunque modesto, denotaba el esmero con que había sido preparado: con musgo y papel se daba la apariencia de acantilado del cual bajaba un riachuelo por un costado y rodeaba el Nacimiento. Pequeñas figurillas de barro, no faltaba nadie: el Niño Dios, la Virgen María, San José, el Ángel, los Reyes Magos, los pastorcillos, un pozo, ovejas, y demás animalillos.

En esos mismos días el diario español El País publicaba una nota en que decía “La Navidad es una bella y tierna leyenda…” cuyo contenido ponía en duda el que hubiera nacido el 24 de diciembre, en un pesebre, en Belén; tocando temas tales como si estaba casado, a quién se le apareció primero, si era culto, si doblego al poder, etcétera. En todo momento hablaba de leyendas, teorías e hipótesis, gnosticismo y sectas. Uno de los tantos artículos nefastos que podemos hallar en internet, ofensivos hasta el tuétano, pero con el que muchos estarían de acuerdo pues han desligado la Natividad de todo sentido cristiano.

Parece no importar si colocamos el Nacimiento o no, si lo ponemos con figuras de cartón, de fierro doblado, de plástico, porque “lo hacemos con el corazón” y nos escudamos en ello para darle a Dios lo que nos viene en gana. La cuestión económica no es argumento válido cuando no pocas familias en situación muy difícil se esmeran al colocar el Nacimiento en su hogar con figurillas de barro, musgo, heno, luces. No somos estultos, sabemos apreciar cuando algo ha sido realizado con sencillez y esmero; una imagen, un vitral, una pintura, una representación del Nacimiento ayudan a la piedad y a acercarnos más a Dios.

Para disculpar el hecho de hacer mal las cosas, se dice por ejemplo, que mientras debatimos sobre el Nacimiento colocado este año en el Vaticano, varios migrantes mueren ahogados; hay sacerdotes a los que les insulta que mientras hay miseria en el mundo, demos la atención y cuidado a las cosas de Dios en nuestras iglesias: cálices, copones, custodias, patenas, el adorno del altar, la hora santa, las procesiones, el arrodillarnos en la recepción de la Sagrada Comunión, etcétera. Habría que recordarles la vida de los santos que, no solo veían las necesidades materiales de aquellos a quienes evangelizaban sino ante todo las necesidades espirituales. En la Iglesia Católica todo es jerarquía y los santos lo tenían claro: la salvación de las almas por amor a Dios.

Mientras diarios de alcance internacional publican artículos nauseabundos respecto a la Navidad, respecto a la vida y obra de Nuestro Señor Jesucristo; mientras sacerdotes piensan y se comportan como filántropos, un humilde chofer de autobús es más consciente de honrar a Nuestro Señor, porque al lleva a cabo su trabajo sirviendo a los demás, se encomienda a Dios y además evangeliza con su pequeño Nacimiento. Es menester que entendamos lo que decía el Santo Cura de Ars: “Todas las buenas obras juntas no equivalen al sacrificio de la Misa, porque son obras de los hombres, mientras que la santa Misa es obra de Dios”.

Se ha de amar a Dios antes que al prójimo, en caso contrario tendemos a ser filántropos en lugar de ejercer la caridad cristiana. Dios y las cosas de Dios están antes que el prójimo sin que ello sea en absoluto un desprecio a nuestros semejantes, antes bien amando primero a Dios sobre todas las cosas, amaremos al prójimo como Él lo pide. Siempre cultive usted el hábito de ser delicado con las cosas de Dios y darle su debida importancia; cada detalle contribuye a la evangelización y a recordarnos que nuestro Salvador ha llegado. Mientras un diario internacional no tiene empacho en vomitar mil cosas, ¿por qué usted habría de rehusarse a honrar a Dios en su día a día?

El mejor arte debe estar al servicio de la evangelización. Una imagen delicada y detalladamente hecha puede cautivar el interés de un niño o un adulto y ayudar a la piedad cristiana. Me enseñaron que para Dios es todo lo mejor. Y eso va desde el arreglo del altar, la custodia, los cantos, la liturgia, las procesiones, hasta las ilustraciones de un pequeño catecismo o la representación del Nacimiento. Porque todo ello tiene un impacto en el alma. En esto no cabe aquello de «Lo que importa es la intención» porque el sentido común nos impele a entregarle a Dios todo lo que tenemos y de la forma más perfecta que podamos.

Le deseo una Feliz y Santa Navidad

La formación de valores en los hijos

Un error frecuente que recuerdo en mi adolescencia, cuando algún niño o joven, no tenía buena conducta, era que los mayores de inmediato preguntaban: “-¿En qué escuela estudia?”

Pienso que hay que remontarse a la formación que los chicos han recibido de sus padres, en su propio hogar.

La moderna Pedagogía habla de la “Formación Integral de los hijos”. Es decir, señala que debe de abarcar no sólo el aspecto académico para que obtengan buenas calificaciones sino, también y sobre todo, el inculcarles buenos hábitos, como por ejemplo: el orden, el aprovechamiento del tiempo, la sobriedad y la sinceridad, el esfuerzo en el estudio y el trabajo, la generosidad y la justicia, la obediencia y el compañerismo, la responsabilidad, la alegría y el optimismo, etc.

La familia es la primera y principal escuela de virtudes y valores. En la familia se consigue que los hijos crezcan en esos valores porque están motivados por el verdadero amor. Dicho en otras palabras, no crecen en esas virtudes por un mero “voluntarismo” como “cumplir el deber por el deber mismo”. Porque llega el momento en que el niño o el adolescente se hartan de que se le exijan cumplir algo que no entienden ni comprenden. De ahí la importancia de enseñarles a razonar. Que sepan que, por ejemplo, crecer en la virtud del orden redunda en su propio beneficio.

Recuerdo que cuando estaba en la Primaria, con la ayuda y asesoría de mis padres, procuraba hacer las tareas bien. Un día tras otro. En las materias de Geografía, Historia y Gramática, mi madre me ayudaba. Pero en los difíciles problemas de Matemáticas, esperaba a que llegara mi padre, un poco más tarde, para resolverlos acertadamente. Ya después en la Secundaria me valía por mí mismo porque se me había fomentado el hábito del estudio.

Otra norma o costumbre, era que mis seis hermanos y yo debíamos hacer, en primer lugar, las tareas escolares y después podríamos hacer un rato de deporte con los amigos o ver nuestro programa favorito en la televisión.

Cuando venía la temporada de exámenes trimestrales o finales, nos animaban a poner un particular esfuerzo para obtener buenas notas. Recuerdo la alegría que nos daba el pasar con buenas calificaciones al siguiente año escolar. Era la consecuencia lógica de ese esfuerzo mantenido.

Algunas veces recibíamos preceptoría académica de los profesores y, en otras ocasiones, conversaban privadamente con nuestros padres. De esta manera, se establecía un puente de comunicación “escuela-familia” para ayudarnos a mejorar también en la parte humana, además de la académica.

Otro aspecto fundamental es la formación en la fuerza de voluntad para conseguir las metas que se aspiran. Me refiero, por ejemplo, si una hija o un hijo quieren aprender a tocar un instrumento musical, practicar más un deporte para lograr incorporarse a la selección escolar o animarse a participar en un concurso de matemáticas, oratoria o poesía. La ayuda y el apoyo de los padres resultaba clave.

Me viene a la mente, cuando el hijo de un amigo mío mostró que tenía buen oído y particular habilidad para tocar el piano. Se le inscribió en una academia musical y, posteriormente, fue admitido en la orquesta del colegio. Esta orquesta de niños viajó por varias ciudades de Estados Unidos para dar conciertos. Tanto los padres como el hijo mostraban un gran gozo y satisfacción, además de que se crece en la virtud de la solidaridad y el compañerismo.

Todo ser humano está llamado a ser feliz. La superación personal, la autoestima, la alegría y la felicidad de las metas logradas forman un estrecho entramado que conducen a la autorrealización como personas.

Otro concepto fundamental es que los hijos deben sentirse queridos en cualquiera de las etapas de la vida en que se encuentren. A menudo ocurre que las manifestaciones de afecto se prodigan en la infancia, pero al llegar a la adolescencia, particularmente los padres, tienden a volverse más fríos y secos con sus hijos varones y eso es fuente de innumerable de traumas y resentimientos. Me contaba un amigo que no recordaba la última vez que su padre le había dicho que lo quería, sino cuando estaba agonizando. Y esto me lo contaba con lágrimas de dolor.

Sin duda, la mejor herencia que se puede dejar en los hijos es que tengan una mentalidad optimista y alegres frente al mundo y a la vida porque el ejemplo de los padres ayuda a educar bien. En cuanto a la generosidad, tengo muy grabado el recuerdo de un buen amigo mío que hacia el mes de noviembre, les decía a sus hijos:

“-En diciembre –como todos los años- vamos a repartir ropa, buenos juguetes y dulces a los niños huérfanos. Vayan separando todo lo que piensen que se podría regalar, pero ¡qué esté en buen estado! Y despréndase de algún juguete que les guste especialmente porque eso les ayudará mucho a ustedes y a todos. Efectivamente, llegando la fecha acordada y que sus hijos veían los rostros llenos de alegría de los pequeños huérfanos, comentaban:

-“¡Qué feliz me siento! –comentaba la más pequeña- porque entregué esa muñeca que tanto me gusta a una niñita”. Y otro hijo decía: “¡Regalé un buen balón de futbol a un pequeño que noté que nunca le habían regalado algo parecido y con su cara de felicidad me sentí más contento yo que él!”

En conclusión, la formación de los hijos es una tarea que no termina nunca y los frutos se aprecian y aquilatan a la vuelta de los años.

El desamor fruto de un capricho

Por: Alejandra Diener

Una paternidad responsable implica que los padres de los hijos sean personas que respondan ante las adversidades que puedan presentarse en el cuidado y crianza, de manera enaltecida. Sin evadirse, sino enfrentando sus compromisos al haberse convertido en padres de los vástagos.

La autoridad que se emplee en la educación de los niños, tiene que venir acompañada de su etimología, es decir, augere ayudar a ser mejor persona a quien tiene menos edad y experiencia, a quien carece de competencias en los distintos campos de la vida. En este caso, la vida misma es una ventaja para los padres y por ello los hijos deben de someterse a su guía, por el bien de su desarrollo emocional y evolutivo.

El amor, que es lo que surge de manera natural en una relación paterno filial, es lo que dará vida a la paternidad responsable y a la autoridad. El amor que implica el sentido ágape, el no esperar nada a cambio. Dejar de comer para que ellos coman, dejar de dormir para que ellos descansen. El amor que busca manifestarse en enseñar a amar para saberse amados, para saciar la necesidad innata humana de amar y ser amados. El amor, que es motivado por ver a los más pequeños, vulnerables y delicados hijos, crecer con autoestima, con libertad y con sentido de pertenencia. El amor que motiva a los padres a entregarse a ellos incondicionalmente.

En la actualidad, la familia se ha visto atacada por ideologías de distinta índole que han trastocado violentamente la verdadera situación de los padres en su desarrollo para encaminar y ayudar a ser mejores personas a sus hijos. El progresismo equivocado que ha confundido que todo tiene que ser redefinido para lograr el progreso, sin considerar que muchos conceptos y sobre todo, muchas instituciones no requieren redefinirse ya que funcionan por su naturaleza.

El matrimonio, por ejemplo, una institución que tiene una función específica y que en resumen es proteger a la prole legalmente y darles estabilidad a los integrantes de  ésta, principalmente a los esposos, funciona por su objeto. Pero falla por ser manoseada y relativizada. Bombardeada en primera instancia por el machismo inherente en el ser humano, que sobaja a la mujer y la devalúa simplemente porque es la progenitora que gesta a los hijos en su vientre, quien amamanta, quien se desvela y se entrega a todos sin esperar nada.

Por el contrario, el varón ensombrecido del machismo antes mencionado, se aprovecha de su condición de fuerza y de proveedor. ¡Sin él no comemos! ¡Sin él no tenemos techo! Y sin él no hay bienestar. Este pensamiento primitivo, pero tan aceptado, aún en este siglo de progresismo equivocado, ha provocado la destrucción de la familia, de los matrimonios, de los hijos, ha roto el tejido social.

La familia, atacada primeramente por medio del matrimonio, ahora está siendo atacada por medio de sus menores de edad. Está emancipando y volviendo a relativizar a los hijos, haciéndolos libres para algunas cosas y prisioneros para otras. Han logrado confundir la diferenciación biológica, permitiendo y promoviendo que los jóvenes y niños que transitan por una etapa de falta de identidad propia de su edad, crean que pueden cambiarse de sexo, como se le ha acuñado “cambiarse de género”. Pero a su vez son prisioneros pues no se les permite comer frituras, ni consumir tabaco, alcohol, ni conducir. Se les permite abortar a sus hijos pero no casarse, se les permite decidir si no quieren vivir ya con alguno de sus progenitores, pero no pueden trabajar por ser menores de edad.

Esta confusión, así como la que se generó con el matrimonio, con el machismo, luego con el justificado feminismo, hoy es el divorcio de los hijos de los padres por tener derechos que sobrepasan los inalienables y se les crean nuevos que los empoderan y provocando así que menosprecien a sus progenitores. Peor aún, con el feminismo radical se ningunean a papás que seguramente son loables, pero que sus madres han decidido por despecho desprestigiarlos. El machismo, a su vez ningunea a las progenitoras, apoyando a los hijos diciendo que son unas “locas” “autoritarias”, “intransigentes”. Machismo que el mismo feminismo fortaleció al querer imponer una igualdad entre los sexos, hasta el grado de desaparecerlos y denominarlos géneros.

El amor, que inicialmente llevó a la humanidad a propagarse, a reproducirse y a querer formar familias, hoy es un desamor que lejos de enseñar a los hijos a amar para ser amados, los ha educado a ser despechados, a violentar a sus padres con apoyo de alguno de ellos. Mostrando que si se desea odiar a alguno, es permitido sin justificación lógica y real. El desamor que viene principalmente por ese deterioro del tejido social, es lo que se vive en este siglo caótico y desastroso.

Que como resultado, dejaremos personas que odian y son vengativas, que son alentadas a destruir a sus propios padres y que se les incita a tomar decisiones tan graves como querer mutilarse el cuerpo, destrozar otro cuerpo o inclusive quitarse el apellido de alguno de sus progenitores por un simple capricho hoy avalado por la comunidad.

Capricho que sutilmente disfraza una violencia agresiva y constante, terrible y desafiante que las políticas públicas inspiradas por ideologías destructivas, pero que a simple vista soban el ego y engrandecen el orgullo humano, han propiciado que la familia, desde el matrimonio y ahora desde las decisiones de los hijos, se desintegre y desvanezca por el desamor en donde esposos utilizan armas letales que contienen como balas a sus propios hijos.

El amor paterno filial debe de fortalecerse, no redefinirse. Las leyes se escriben para darnos estabilidad, fundadas en los derechos y obligaciones inalienables. Como sociedad, debemos de estar conscientes, que el daño moral y social que se está generando a costa del progresismo, se nos demandará en el futuro a partir de la deformación de personas criadas en el desamor. A causa de padres y madres que dejaron un vacío, delegando su paternidad, su autoridad y el amor a un sistema corrompido de poder.

La importancia de los padres en la formación de sus hijos

Acaba de pasar el “Día del Padre”. Esta fecha me ha hecho recordar que durante 15 años estuve dando clases en una primaria y secundaria llamada “Educar, A.C.”, en el municipio de Ixtapaluca (Estado de México). Me parece que aprendí de los alumnos, profesores y de sus padres mucho más que lo que yo pude haberles enseñado. Por su alegría, testimonios de vida de sacrificio en el trabajo cotidiano y de entrega responsable en sus deberes como padres.

Los papás seguían muy de cerca la formación académica y humana de sus hijos. Y ellos mismos participaban en convivencias especialmente destinadas a proporcionarles cursos para que desempeñaran mejor su labor como padres y esposos.

Tengo muy grabada una frase de uno de ellos quien, al final de una de esas convivencias, me comentó: “¡Muchas gracias por darnos estos cursos tan necesarios! ¡Es que nadie nace sabiendo cómo ser un buen padre!”

En otra ocasión, les pedí a los alumnos de primero de secundaria que dibujaran cómo era el ambiente de sus casas. Me llamó la atención que, uno de ellos, dibujó únicamente una gran televisión y abajo una frase: “Me gustaría ser un aparato de televisión”.

Como no capté el sentido de su dibujo ni de su mensaje e intuí que algo le ocurría al muchacho, al final de la clase lo llamé aparte y le pregunté por el significado de su dibujo. “Sí, profesor. Es muy sencillo: mi papá está poco tiempo en la casa. Y cuando llega, enseguida prende la televisión y no platica ni conmigo ni con mis hermanos. Le pregunto algo y ni me contesta o como que se molesta. Cuando llega el domingo, invita a sus compadres a ver el futbol. Sólo habla conmigo para pedirme que vaya a la tienda a comprarle cervezas. Por eso es que me gustaría ser televisión: para que me mire, platique y se interese por mí.

Al poco tiempo, cité a este padre de familia al colegio. Le mostré el dibujo y la relaté la conversación que había tenido con su hijo. Le recordé amablemente algunos de los conceptos explicados en los cursos de capacitación familiar. Y su respuesta fue magnífica porque me dijo que no era consciente de su teleadicción en detrimento de la atención y formación de cada uno de sus hijos e hizo el propósito de corregirse en este punto y algunos otros.

En otra ocasión, se les pidió a los alumnos de sexto año que elaboraran, con cartón y otros materiales, edificios como hospitales, aeropuertos, multifamiliares, etc. Me impresionó que, desde muy temprano, aparecieron las mamás y los papás                    –acompañando a sus hijos- con ese trabajo escolar ya que se les había dicho que habría un concurso y se entregarían premios para los tres mejores proyectos. Los padres, muy solidarios, estaban tan interesados como los alumnos.

Finalmente, un tema recurrente para conversar con los papás era que se plantearan ambiciosas metas profesionales para con sus hijos. En ese tiempo, principios de los años noventa, la mayoría eran agricultores o ganaderos. Sé que muchas familias hicieron ahorros e importantes sacrificios para enviar a sus hijos a la universidad. Y, a la vuelta de los años, da mucho gusto comprobar que ahora son destacados ingenieros, abogados, administradores de empresas, pedagogos, etc.

Sin duda, el mérito es tanto de los padres como de las madres y, por supuesto, de los alumnos por su empeño y dedicación. Los padres les han brindado una educación esmerada y un cariño manifestado con obras, que se han quedado grabados para siempre en las mentes agradecidas de sus hijos.

¿Qué hacer durante este tiempo del coronavirus? acudir a las buenas lecturas

Con motivo de la “cuarentena” recomendada, entre otros grupos sociales, a las familias por las autoridades sanitarias para evitar mayores contagios con ocasión la pandemia del coronavirus que asola los cinco continentes, pensaba en aquella célebre pregunta:

-¿Y qué libros te llevarías para leer si estuvieras en una isla desierta?

Ayer estuve con un amigo que tiene gran afición por la Literatura y cuenta con numerosos volúmenes de los autores clásicos que han recibido Premios Nobel.

Es verdad que los pedagogos en estos días de forzoso encierro, también han recomendado videojuegos y películas formativas y con valores.

Pero considero que lo que deja un buen libro no tiene comparación con los materiales audiovisuales o de las redes sociales.

Subrayo la importancia de buscar “buenas lecturas” porque hay libros que resultan perniciosos y desorientadores en la formación de los chicos y jóvenes.

¿Qué es lo que activa en el cerebro al despertar la afición por las lecturas?

1)En primer lugar, hay que tomar en cuenta que la inteligencia tiene una capacidad

asombrosa de aprender fechas, lugares, historias de personajes, anécdotas, etc. Si los hijos    no la

ejercitan es similar a cuando se tiene un coche de carreras Fórmula 1, con un motor imponente, y

 se prefiere guardarlo en la cochera, quedando la mente entelarañada y perezosa.

2)En cambio, cuando se practica la lectura se tiene una participación muy activa dentro de la

trama, ya que el lector va hilvanando ideas y conceptos y sacando sus propias conclusiones. Es decir,

se aprende a razonar y a ejercitar la lógica.

3)Las lecturas también contribuyen a las personas a expresarse mejor; a manejar con mayor acierto y seguridad la sintaxis y la ortografía.

4) También, avivan la creatividad, el ingenio y la imaginación, que son herramientas claves para el

posterior desarrollo académico.

5) Es notorio que cuando un chico no lee, se manifiesta en que le falta lógica en su discurso, no discurre con facilidad y muchas veces se contradice en su exposición.

6) Y, finalmente, carece de un bagaje cultural tan necesario en el desempeño profesional.

¿Qué lecturas básicas recomiendo? Me he dado a la tarea de elaborar un elenco

de lecturas formativas y recomendables. Comencemos por Los Cuentos clásicos infantiles: Los de los hermanos Grimm y Charles Perrault, como “Hansel y Gretel”, “La Cenicienta”, “Caperucita Roja”, “Blancanieves”, “La Bella Durmiente”, “El sastrecillo valiente”, “Pulgarcito”, de Charles Dickens “Cuento de Navidad.

Los autores clásicos de Grecia e Italia: “La Ilíada” y “La Odisea” de Homero; “La Eneida” de Virgilio; “Historia de Roma” de Tito Livio; “Los Diálogos” de Platón.

Sobre la Literatura de la Edad Media: “La Divina Comedia” de Dante Alighieri, “Los

Milagros de Nuestra Señora” de Gonzalo de Berceo; “Las Cantigas” de Alfonso X,

el Sabio.

Escritores españoles del siglo XVI-XVII: “Naufragios” de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, sin duda, uno de los autores más interesantes y amenos de su época y basada en hechos reales, al igual que “Las Cartas de Relación” de Hernán Cortés.

Un lugar especial lo ocupa, “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, obra insuperable de la Literatura Universal y que muchos escritores reconocen que cada año la releen.

“La Vida es Sueño” de Calderón de la Barca, obra llena de sabiduría del Siglo de Oro Español.

Lecturas recomendables del siglo XIX: “Oliver Twist” y “David Copperfield” de Charles Dickens; “Moby Dick” de Herman Melville, “La Isla del Tesoro” de Robert Louis Stevenson, “La Dama de Blanco” de Wilkie Collins; “Los Hermanos Karámazov”, “El Jugador”, “Crimen y Castigo” de Fiódor Dostoyevski; “La Guerra y la Paz” y “Cuentos Escogidos” de León Tolstói, “Narraciones Extraordinarias” de Edgar Allan Poe; “Las Aventuras de Sherlock Holmes” de Arthur Conan Doyle; las obras completas de Julio Verne y Emilio Salgari.

Libros interesantes del siglo XX: “El Principito” de Antonio de Saint-Exupéry, una extraordinaria obra atractiva tanto para niños como para adultos;

“1984” y “Rebelión en la Granja” de George Orwell; Las divertidas historias “Don Camilo” del italiano Giovanni Guareschi;

En otro orden de temas, por ejemplo de la literatura rusa del siglo XX: “Un día en la vida de Iván Denísovich”, “Pabellón de Cáncer” y “Cuentos en Miniatura” de Alexandr Solzhenitsyn; “Los novios” de Alessandro Manzoni; “El Caballo Rojo” de Eugenio Corti.

Para los aficionados a la ciencia ficción: “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury.

Sobre el racismo en Estados Unidos, “Matar a un Ruiseñor” de Harper Lee.

También son recomendables las obras completas de Agatha Christie. Otros clásicos que han perdurado con el tiempo son, “El Viejo y el Mar” de Ernest Hemingway, “La Tierra Baldía” de Thomas S. Eliot; “El Señor de los Anillos” de J. R. R. Tolkien; las obras completas de los ingleses Gilbert K. Chesterton y C. S. Lewis; “El Diario de Ana Frank” de Ana Frank;

De la Literatura contemporánea: Julia Navarro “Dime quién soy”; “La Sombra del Ciprés es Alargada”, “La Señora de Rojo sobre Fondo Gris” y “El Príncipe Destronado” de Miguel Delibes; las

obras completas de la escritora italiana Susanna Tamaro; “La Tetralogía” del brillante escritor español Carlos Ruiz Zafón.

Para adultos, sobre la historia reciente de China, “Los Cisnes Salvajes” de Jung Chang

La lista se podría extender mucho más, pero me parece que con estas obras célebres de la Literatura Universal que he mencionado, podrían contribuir a despertar en la familia el hábito por las buenas lecturas.

Valores y virtudes ciudadanas en la familia

Este mes de marzo está dedicado a la familia. Sabemos que el hogar es la escuela donde se forman a los futuros ciudadanos en valores y virtudes para ejercer sus derechos y cumplir con sus obligaciones. Muchos personajes ilustres de la historia tuvieron unos progenitores que educaron a sus hijos con ideales de servir a la Patria y las brindaron adecuada formación.

¿Cuáles son los objetivos en que los padres pueden ayudar en la formación cívica de sus hijos?

  1. Escuela de amistad: Se trata de entablar relaciones de verdadera amistad con todos los miembros de la comunidad, sin importar su raza, nacionalidad, lengua, condición social;
  1. Escuela de humanización y personalización: que ha de llevar al entendimiento entre las distintas personas. Los padres han de formar a sus hijos para que tengan interés en la cuestión social y, de acuerdo a su edad y libremente, animarlos a participar en la vida política; que tengan la sana inquietud de poner remedio a las dolorosas injusticias y actos de corrupción o a las pronunciadas diferencias en los diversos estratos socioeconómicos.
  1. Fomentar en los hijos un gran cariño por su país, su estado y su terruño de tal manera que se sientan solidarios de todos los demás ciudadanos, con el deseo de participar activamente en mejorar las condiciones materiales y en los valores de sus conciudadanos.
  1. En un mundo tantas veces dividido por tensiones y luchas de unas personas contra otras, resulta fundamental la invitación a la comprensión recíproca. Su mejor escuela ha de ser la familia, en la que se viva con gozo la experiencia de la entrega a los demás.

Otros aspectos a considerar son:

  1.  e) La familia ha de constituir, de igual forma, un ámbito de irradiación   –de apertura- a los demás, a otras familias y a otros ambientes de la sociedad entera
  2. f) La comunidad familiar, sociedad perfecta en su orden, ha de estar abierta a las otras comunidades semejantes y a la entera sociedad, de modo análogo como las células de un organismo sano, aún teniendo vida propia, cooperan al bien de todo el cuerpo.
  3. g) Es preciso, por tanto, que los valores familiares no queden solamente en el hogar para provecho de unas cuantas personas. La vida familiar puede alcanzar un gran eco, un efecto multiplicador de enorme bien para toda la sociedad.

Por ello, conviene fomentar en los hijos de modo particular:

  1. La convivencia con otras personas; las relaciones de amistad y vecindad; con compañeros de escuela o de deporte, etc.
  1. i) El respeto mutuo, la amabilidad para con todos, la cordialidad y otras virtudes aprendidas en el hogar, tienen repercusión en ámbitos más amplios. Si en el seno de la familia se ha aprendido a dialogar; a comprender los puntos de vista de otros; a ceder en las propias opiniones cuando se está equivocado; a prestar servicios con forma desinteresada, será más fácil transmitir esos modos de vivir a la sociedad.

En otro orden de ideas, tiene también importancia:

  1. j) El animar a los hijos –adolescentes y universitarios-a participar activamente en la conformación de la opinión pública escribiendo en las redes sociales o en diversos medios de comunicación. Muchas vocaciones al periodismo, a las humanidades y a la vida intelectual han surgido por ese aliento de los padres. Bastantes escritores reconocen que su afición por dedicarse a la Literatura se inició gracias a que sus progenitores les facilitaron –desde su infancia y juventud- los clásicos de la literatura universal, entre otros muchos libros.
  2. k) Considero clave que los hijos tengan relación con los niños desamparados; con los enfermos y ancianos, para despertar en ellos la generosidad y el deseo de servir a los demás.
  1. l) Escuela del buen ejemplo: El propio testimonio y el ejemplo son el mejor modo de inculcar, también, en los demás valores, sin respetos humanos y con una firme convicción.

                En conclusión, como afirma acertadamente el Dr. Ángel Rodríguez Luño: “la defensa de la familia no hunde sus raíces únicamente en los derechos que ella posee por naturaleza; es también un deber derivado del derecho irrenunciable de toda sociedad a la conservación y defensa de su propia vida.”

Sus hijos son sus hijos y la literatura barata

«El que regala un buen libro, ya ha ganado mérito incomparable ante Dios». San Juan Bosco

Hace muchos años, en una conversación, al preguntarle mi madre a un amigo de la familia sobre sus nietos, él exclamo: “¡Son seres libres! Uno no puede limitarlos”. Es curioso como aseveraciones tan simples han servido a infinidad de padres de familia para evadir las responsabilidades más primarias con los hijos.

¿No lo cree? En recientes días, sobre la polémica que generó el “pin parental” en España, infinidad de usuarios de las redes sociales mencionaron el famoso poema de Khalil Gibran de “Tus hijos no son tus hijos”. Naturalmente, un entendimiento limitado y negligente de las responsabilidades paternas, solo podía tener como bandera un poema que es parte de la literatura muy pobre que abunda por doquier; que saquea sus bolsillos, que ocupa un inmerecido espacio en su biblioteca y lo vuelve estulto para los temas más básicos.

El poema en cuestión, habla de que aunque los hijos estén con los padres, éstos no les pertenecen; pueden darles su amor, pero no sus pensamientos, pues ellos tienen los propios. En otras palabras, los padres han de mantenerlos pero no entrometerse en sus asuntos, ni educarlos ya que son seres independientes. Pero ¿qué clase de amor deja a su suerte a los hijos? Desde luego un amor falso predicado por un autor que mezclo en sus obras el panteísmo, ideas sufís y la Biblia.

Sin embargo, no debe subestimarse la mala literatura, ella permea en el pensamiento, envenenándolo todo. Siempre escuchamos que leer es importante; pero entonces, ¿cómo identificar una buena lectura provechosa? Nicolás Gómez Dávila lo describe a la perfección:

“Leer es recibir un choque, es sentir un golpe, es hallar un obstáculo. Es sustituir a la ductilidad pasiva y perezosa de nuestro pensamiento, los inflexibles carriles de un pensamiento ajeno, concluido y duro”.

En las obras de Khalil Gibran no hallara jamás ortodoxia, ni compromiso alguno, solo “libertad” y la nada; una espiritualidad si Dios, sin sacrificio y sin salvación ¿Quién quieres eso?

Ahora bien, los padres de familia deben entender que sus hijos son sus hijos; deben amarlos, formarlos y darles buen ejemplo; son su responsabilidad, les guste o no; deberán dar cuentas graves a Dios por ellos. Los padres han de esforzarse en amar realmente a los hijos, sin debilidad, sin egoísmo, sin predilecciones. Deben formar en el hijo tanto el cuerpo como el alma, lo primero para mantenerlos sanos físicamente y lo segundo, en la formación del alma, se halla la formación de la inteligencia (instrucción) y la formación moral (educación). Y dicho deber es de los padres y no del Estado.

El consejo por tanto, es que tomen las riendas en la formación de sus hijos, que nutran  la inteligencia con literatura valiosa. Si el estándar es muy bajo, terminaran leyendo a Khalil Gibran, Antonio de Mello, Paulo Coelho, José Antonio Pagola, étc. Y peor aún, tomándolos como bandera para defender las medidas que el Estado toma en contra de su autoridad paterna y en detrimento de sus hijos.

La importancia de leer buenos libros radica en que nuestro pensamiento se ve influenciado por el tipo de lecturas que frecuentamos. Un libro puede ayudarnos a acrecentar una virtud y el debido discernimiento o fomentar un vicio y envilecernos…

La formación en las virtudes de los hijos

Es frecuente escuchar en los padres de familia esta pregunta, ¿en qué virtudes debo de educar a mis hijos? La respuesta no se concreta en una sola virtud. Es preciso plantearles la ambición noble de que sus hijos luchen por crecer en todas las virtudes: fortaleza, generosidad, sinceridad, alegría, optimismo, constancia, espíritu deportivo, buen humor, etc. porque todas son importantes y mutuamente se complementan.

Pero hay que llevarles de la mano, por un plano inclinado, con paciencia, prudencia y haciéndoles ver que todo ello a la postre contribuirá en tener una personalidad fuerte -con temple y carácter- bien determinada.

Pero nunca los hijos deben de sentir como una “imposición” esa formación sino como una amable invitación, unas cariñosas sugerencias en un clima de libertad y yendo los padres por delante con el buen ejemplo.

A edad muy temprana los hijos observan y se fijan en todo. Y se les quedan grabados los buenos ejemplos. Tenía una tía muy generosa –ya falleció- que en cierta ocasión que la acompañé al supermercado llenó dos bolsas con alimentos suficientes para una semana porque tenía una familia numerosa. Al salir de las compras, una señora de escasos recursos le comentó que la estaban pasando bastante mal ella y su numerosa prole. De inmediato, esta tía le entregó estas dos bolsas grandes con alimentos y me pidió que regresáramos al supermercado para volver a hacer las compras. Lo que me llamó la atención es que la tía lo hizo como la cosa más normal, sin presumir y haciéndome ver que era su deber el ayudar a los más necesitados. Nunca he olvidado este ejemplo de generosidad.

En las temporadas de curso invierno en mi natal, Valle del Yaqui, con temperaturas bajo cero, con frecuencia mi padre nos levantaba temprano, a mi hermano y a mí, para que fuéramos a comprar a un almacén 300 ó 400 cobijas para distribuirlas entre personas menesterosas en colonias modestas que sabíamos que estaban pasando mucho frío. Son inolvidables esos rostros de agradecimiento que se me quedaron grabados al ir entregando esas mantas casa por casa. Pero la lección nos la dio nuestro padre cuando nos explicaba de madrugada: “No he podido conciliar sueño sabiendo que cientos de personas están pasando tanto frío”.

En muchos hogares se respira un ambiente de alegría, optimismo y buen humor pero no surge por “generación espontánea” sino por el esfuerzo cotidiano que ponen los padres para que, a pesar de las normales dificultades que la existencia nos presenta, el amor y el perdón siempre salgan victoriosos y eso lo asimilen sus hijos porque es la mejor herencia que se les deja para toda la vida.

La capital misión del padre en la formación de sus hijos

Me da gusto observar que cada vez más, los papás varones se involucran en la formación y educación de sus hijos. A menudos observo a familias enteras paseando en bicicleta, yendo de paseo a lugares turísticos, a correr en parques, etc.

En fecha reciente me comentaba una especialista: “En mi larga experiencia como Psicóloga y Orientadora Familiar no tienes idea la importancia fundamental del rol del papá en cada familia, ¡es clave! Porque muchos trastornos emocionales proceden de la falta o ausencia del cariño del padre. Y lo contrario, un chico o una chica centrada, suele ser segura de sí misma, con suficiente autoestima por haber tenido una cuidada y acertada formación”.

Hace tiempo, se pensaba que todo lo relativo a la educación de los hijos en valores y virtudes, en ayudarles a sacar adelante sus tareas escolares, o asistir a las juntas de padres de familia, en realidad, era el deber de las madres. En cambio, el papá se excusaba sosteniendo que él era el que traía el dinero al hogar. Y con eso era más que suficiente. Eso sí, cuando un hijo hacía algo malo, le tocaba al padre la tarea de castigar, en ocasiones duramente, por ejemplo, dar de “cintarazos”, o golpearlos con una vara, imponer otras severas medidas como supuestos remedios para mejorar la conducta de los hijos…

¿Resultado? El papá se convertía en el “ogro regañón”, en el eterno malhumorado, en la figura dura, incomprensiva y distante a la que ninguno de los hijos se le podría acercar a conversar con él o hacerle una confidencia. Entonces, la mamá era “el paño de lágrimas”, la cariñosa y comprensiva. Claro, me estoy refiriendo a lo que me han contado mis abuelos, mis tíos, personas mayores y, en algunos casos, se continuaron con esos hábitos antipedagógicos y dañinos.

Hace unos días veía un simpático video, a propósito del día del padre, en que los descendientes respondían a la pregunta: “¿qué es lo que más recuerdas o agradeces de tu papá?” Un joven decía “en que compartía su tiempo con nosotros y nos divertíamos mucho”; otra chica afirmaba: “Era fuerte, valiente, constante y nos forjó el carácter. Y cuando éramos más niños, jugaba con nosotros”. Una señora de mediana edad, externaba: “Fue admirable que mi papá se fuera de migrante a Estados Unidos y gracias a ese gran esfuerzo, ahora todos los hijos tenemos una profesión”; otra jovencita comentaba: “Lo que más recuerdo es que me llevaba a una dulcería y me compraba unos chocolates que me encantaban”; Otro señor afirmaba: “Vivíamos en un rancho y me enseñó a montar a caballo y andar en bicicleta; Una señora entrada en años decía muy contenta que su papá les ayudó a elegir su carrera y durante ese período los estuvo apoyando tanto a ella como a sus hermanos y ahora es el medio de sustento económico de cada uno de la familia…”.

Si consideramos detenidamente estos testimonios, no se nos habla de que los padres de hacían grandes y costosos regalos, o bien, que les daba mucho dinero para gastar cada fin de semana…Más bien consisten en pequeños pero muy importantes de detalles: “mi papá me dedicó tiempo, jugaba conmigo, era cariñoso y comprensivo, me enseñó a nadar, me invitaba a tomar helados, etc.

Y son los recuerdos que quedan grabados en las mentes de los hijos para siempre. Con lo que se demuestra que lo pequeño, se puede convertir en algo muy grande si se hace con verdadero amor y cariño por los hijos.

¿Cómo crecer en la alegría y el optimismo?

Sin duda, la alegría, el buen humor y el optimismo son virtudes que hacen más amable la vida en familia y resultan muy formativos por la sencilla razón de que todas las personas hemos nacido para ser felices.

En primer lugar, la alegría se aprende por contagio, es decir, por el ejemplo que los hijos vean en sus padres. Si en el ambiente hogareño se escuchan habitualmente, como se dice coloquialmente, “gritos y sombrerazos”, lo lógico es que haya hijos temerosos, taciturnos, siempre a la espera de alguna reprimenda.

En cambio, si los hijos observan que sus padres se quieren y perdonan y crean un grato entorno de buen humor, entusiasmo, optimismo, comprensión; si saben gozar la chispa de la vida y tantas cosas divertidas que tiene nuestra existencia, eso lo transmiten –casi inconscientemente- en los hijos. Naturalmente, todo ello combinado con la necesaria exigencia y educación en sus virtudes.

De la proclividad a la alegría surgen, otros valores como: el optimismo realista; la esperanza; la seguridad y autoestima; la satisfacción por las obras bien hechas y realizadas; el buen humor; el espíritu deportivo; la paz….

¿Cuáles son las actitudes necesarias para aprender a ser feliz?

  1. Saber disfrutar de las cosas sencillas y cotidianas. Todos conocemos a personas que tienen como la tendencia a mirar “con lentes alegres” lo que de positivo tiene la vida. Y suelen comentar por ejemplo:

-¿Se fijaron qué día tan espléndido luce hoy? El clima está como para ir a hacer deporte o tomar un café con los amigos.

O el marido le dice a su esposa:

-¡Qué sabrosos te quedaron los “chilaquiles”! ¡Qué se repita con frecuencia esta nueva receta!

O el hijo que regresa de la escuela y cuenta entusiasmado:

-¡Hoy ganamos los de mi grupo en el concurso de robótica y pasamos a la ronda interestatal

  1. Mostrar un sentido positivo ante las personas y los acontecimientos. Tener la capacidad de descubrir lo positivo en mayor medida que lo negativo. Dice una de las hijas:

-Hoy no me fue bien con las preguntas de Biología, pero me va a servir para ponerme a repasar más a fondo la materia… O aquél otro que comenta: “Por llegar tarde al examen, me bajaron un punto. Voy a cuidar más la puntualidad”. De esta manera, un hecho que podría resultar desalentador o enojoso, se puede convertir en un reto o un suceso positivo.

3.Valorar el trabajo de los demás: reconocer el esfuerzo y los logros obtenidos; estimular alabando el trabajo o el estudio bien hecho y de lo que puede hacerse mejor; animar para que construyan una imagen real y positiva de sí mismos y refuercen los sentimientos de eficacia y seguridad.

4.Sonreír es educar en positivo. Cuando se corrige o se estimula a un hijo de buen modo, con una sonrisa, ¡cuánto ayuda a que los demás busquen superarse alegremente y con espíritu deportivo!

En conclusión, la alegría no está vinculada al tiempo ni a las circunstancias. Se trata de vivir siempre alegres y eso significa flexibilidad, apertura de mente, ilusión, capacidad de asumir riesgos y compromisos. La alegría se abre y expande en una persona que se entrega generosamente a los demás. Y, además, tiene la característica de convertir ese gozo de su existencia, en una actitud permanente, estable y segura y -como consecuencia lógica- se acaba siendo muy feliz y haciendo felices a los demás miembros de la familia.

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