El desamor fruto de un capricho

Por: Alejandra Diener

Una paternidad responsable implica que los padres de los hijos sean personas que respondan ante las adversidades que puedan presentarse en el cuidado y crianza, de manera enaltecida. Sin evadirse, sino enfrentando sus compromisos al haberse convertido en padres de los vástagos.

La autoridad que se emplee en la educación de los niños, tiene que venir acompañada de su etimología, es decir, augere ayudar a ser mejor persona a quien tiene menos edad y experiencia, a quien carece de competencias en los distintos campos de la vida. En este caso, la vida misma es una ventaja para los padres y por ello los hijos deben de someterse a su guía, por el bien de su desarrollo emocional y evolutivo.

El amor, que es lo que surge de manera natural en una relación paterno filial, es lo que dará vida a la paternidad responsable y a la autoridad. El amor que implica el sentido ágape, el no esperar nada a cambio. Dejar de comer para que ellos coman, dejar de dormir para que ellos descansen. El amor que busca manifestarse en enseñar a amar para saberse amados, para saciar la necesidad innata humana de amar y ser amados. El amor, que es motivado por ver a los más pequeños, vulnerables y delicados hijos, crecer con autoestima, con libertad y con sentido de pertenencia. El amor que motiva a los padres a entregarse a ellos incondicionalmente.

En la actualidad, la familia se ha visto atacada por ideologías de distinta índole que han trastocado violentamente la verdadera situación de los padres en su desarrollo para encaminar y ayudar a ser mejores personas a sus hijos. El progresismo equivocado que ha confundido que todo tiene que ser redefinido para lograr el progreso, sin considerar que muchos conceptos y sobre todo, muchas instituciones no requieren redefinirse ya que funcionan por su naturaleza.

El matrimonio, por ejemplo, una institución que tiene una función específica y que en resumen es proteger a la prole legalmente y darles estabilidad a los integrantes de  ésta, principalmente a los esposos, funciona por su objeto. Pero falla por ser manoseada y relativizada. Bombardeada en primera instancia por el machismo inherente en el ser humano, que sobaja a la mujer y la devalúa simplemente porque es la progenitora que gesta a los hijos en su vientre, quien amamanta, quien se desvela y se entrega a todos sin esperar nada.

Por el contrario, el varón ensombrecido del machismo antes mencionado, se aprovecha de su condición de fuerza y de proveedor. ¡Sin él no comemos! ¡Sin él no tenemos techo! Y sin él no hay bienestar. Este pensamiento primitivo, pero tan aceptado, aún en este siglo de progresismo equivocado, ha provocado la destrucción de la familia, de los matrimonios, de los hijos, ha roto el tejido social.

La familia, atacada primeramente por medio del matrimonio, ahora está siendo atacada por medio de sus menores de edad. Está emancipando y volviendo a relativizar a los hijos, haciéndolos libres para algunas cosas y prisioneros para otras. Han logrado confundir la diferenciación biológica, permitiendo y promoviendo que los jóvenes y niños que transitan por una etapa de falta de identidad propia de su edad, crean que pueden cambiarse de sexo, como se le ha acuñado “cambiarse de género”. Pero a su vez son prisioneros pues no se les permite comer frituras, ni consumir tabaco, alcohol, ni conducir. Se les permite abortar a sus hijos pero no casarse, se les permite decidir si no quieren vivir ya con alguno de sus progenitores, pero no pueden trabajar por ser menores de edad.

Esta confusión, así como la que se generó con el matrimonio, con el machismo, luego con el justificado feminismo, hoy es el divorcio de los hijos de los padres por tener derechos que sobrepasan los inalienables y se les crean nuevos que los empoderan y provocando así que menosprecien a sus progenitores. Peor aún, con el feminismo radical se ningunean a papás que seguramente son loables, pero que sus madres han decidido por despecho desprestigiarlos. El machismo, a su vez ningunea a las progenitoras, apoyando a los hijos diciendo que son unas “locas” “autoritarias”, “intransigentes”. Machismo que el mismo feminismo fortaleció al querer imponer una igualdad entre los sexos, hasta el grado de desaparecerlos y denominarlos géneros.

El amor, que inicialmente llevó a la humanidad a propagarse, a reproducirse y a querer formar familias, hoy es un desamor que lejos de enseñar a los hijos a amar para ser amados, los ha educado a ser despechados, a violentar a sus padres con apoyo de alguno de ellos. Mostrando que si se desea odiar a alguno, es permitido sin justificación lógica y real. El desamor que viene principalmente por ese deterioro del tejido social, es lo que se vive en este siglo caótico y desastroso.

Que como resultado, dejaremos personas que odian y son vengativas, que son alentadas a destruir a sus propios padres y que se les incita a tomar decisiones tan graves como querer mutilarse el cuerpo, destrozar otro cuerpo o inclusive quitarse el apellido de alguno de sus progenitores por un simple capricho hoy avalado por la comunidad.

Capricho que sutilmente disfraza una violencia agresiva y constante, terrible y desafiante que las políticas públicas inspiradas por ideologías destructivas, pero que a simple vista soban el ego y engrandecen el orgullo humano, han propiciado que la familia, desde el matrimonio y ahora desde las decisiones de los hijos, se desintegre y desvanezca por el desamor en donde esposos utilizan armas letales que contienen como balas a sus propios hijos.

El amor paterno filial debe de fortalecerse, no redefinirse. Las leyes se escriben para darnos estabilidad, fundadas en los derechos y obligaciones inalienables. Como sociedad, debemos de estar conscientes, que el daño moral y social que se está generando a costa del progresismo, se nos demandará en el futuro a partir de la deformación de personas criadas en el desamor. A causa de padres y madres que dejaron un vacío, delegando su paternidad, su autoridad y el amor a un sistema corrompido de poder.

“Nos cayó como anillo al dedo” Quédate en casa, apaga la TV y emancípate del Estado

El anuncio de la Secretaría de Educación Pública que hizo la semana pasada, era ya esperado, sin embargo, nos cayó igualmente como balde de agua fría. No habrá clases presenciales en este nuevo año escolar. Las familias se sacudieron una vez más, pues hay varias aristas que se verán aún más afectadas con esta instrucción. Los padres de familia que sí irán a trabajar físicamente a sus empleos deberán de dejar a sus hijos en casa estudiando a través de un monitor.

Cabe señalar, que aunado al anuncio de la SEP también se celebró con bombo y platillo el hecho que las televisoras que tienen concesiones serán el medio para que se transmitan los cursos el periodo que está por comenzar a finales de agosto.

Es decir, no solamente los padres de familia dejarán a sus hijos solos en casa, sino que los encargarán con la televisión. Principalmente los estudiantes de las escuelas públicas, pues llevarán los cursos que marca la SEP. Sin embargo, me pregunto, si tengo tres hijos en distintos niveles escolares, y una sola televisión ¿a qué hora transmitirán las materias del hijo A, del hijo B y del C? Y ¿Cuántas horas por año escolar? Pues si recordamos nuestra vieja normalidad, nuestros hijos van al colegio en promedio siete a ocho horas.

Otro gran problema que generó el anuncio de la dependencia gubernamental es el ahogamiento total de la industria escolar. Al cierre de 2019-2020 operaban 46 mil 642 escuelas particulares (SEP) pero para este año ante la reducción en la inscripción de nuevos alumnos y la elevada deserción de otros, se estima que sólo sigan operando 27 mil 985 unidades, siendo principalmente preescolar y primaria los niveles. Cabe mencionar que entonces estamos hablando del 40% de las escuelas privadas podrían cerrar en México.

Papelerías, librerías y establecimientos afines al sector se están viendo afectados por las medidas tomadas por parte del Gobierno Federal con relación al COVID – 19. Han anunciado los distintos sectores que ante la falta de liquidez para sostenerse y por falta de apoyos y financiamiento accesible, tendrán que cerrar.

Es una realidad que México tiene un sistema educativo muy deficiente, principalmente el público y ahora con la situación que vengo relatando, se estima un rezago aun mayor en la educación de los niños y jóvenes. Las familias que no pueden seguir pagando escuela privada, los matricularán en el nuevo modelo de enseñanza por TV, en donde inmiscuirán sin chistar toda la ideología que pretende sexualizar a la juventud.

Por eso la pandemia les “cayó como anillo al dedo”, ideologizar a la sociedad nunca ha sido tan sencillo, tronando al sector educativo y volviendo cautivos a todos sus disidentes. Atraparlos en la cultura de la muerte haciendo creer lo que invariablemente en las conferencias de Gatell han repetido; “[…] es fundamental garantizar derechos de la mujer y de la persona recién nacida, atención centrada en la persona, acceso al aborto seguro como servicio esencial […]”. Lo que demuestra y prueba que han relativizado a su conveniencia lo que es y lo que no es esencial.

El aborto por sentido común y por conocimiento basado en evidencia, no es esencial, en cambio la educación, el apoyo económico a los negocios escolares, el financiamiento a las familias que se han quedado desempleadas, el acompañamiento de éstas ante casos de emergencia como puede ser violencia, estrés, y otros problemas causados por el virus que tiene al mundo de cabeza, eso es esencial.

No me cabe más que seguir incentivando a las familias a que apaguen la televisión, se adhieran a los programas de escuela en casa que ya tienen una figura legal en nuestro país, que hagan el gran sacrificio de organizarse con sus vecinos y que volvamos a ser la familia tradicional que trabajaba, estudiaba y convivía en el hogar. Si reflexionamos, tal vez es a nosotros que esta pandemia nos cayó como anillo al dedo, ya que, si la aprovechamos, podemos dejar de ser parte del sistema totalitario que se mete como humedad en nuestras familias.

Nuevamente sobre la educación sexual integral

Mientras todo el mundo está preocupado por los avances de la actual pandemia, el confinamiento forzado al que se nos ha obligado por su causa, o a la grave crisis económica ya presente y sobre todo futura como resultado de todo lo anterior, diversos proyectos de ley, de alto y polémico contenido valórico, siguen avanzando sigilosamente en el Congreso. En este sentido, el actual inmovilismo que afecta a nuestras sociedades, ha venido como anillo al dedo para los partidarios de estos proyectos, puesto que la ciudadanía no puede expresar su malestar como en tiempos normales, o al menos, generar la legítima y pacífica presión que es de la esencia de cualquier verdadera democracia.

            Según se comentaba en nuestra columna anterior, el proyecto de Educación Sexual Integral (ESI) busca que se imponga de manera global y al margen del querer de los padres, una determinada forma de entender la sexualidad a nuestros niños, desde la más tierna infancia. De esta manera, además de sexualizarlos de forma casi patológica, de aprobarse este proyecto, surgirán muchísimos problemas, tanto entre los padres y el Estado por medio de las entidades educacionales, como entre estos padres y sus propios hijos, pues como se ha dicho, se pretende adoctrinarlos de acuerdo a la perspectiva de género, de acuerdo a la cual, la sexualidad es una realidad completamente plástica y cambiable. Y sobre esta base impuesta, se buscará otorgarles una completa libertad y autonomía para llevarla a la práctica.

            Así, solo por poner algunos problemas sobre la mesa, ¿se imagina alguien las consecuencias que podría tener para las próximas generaciones el haber sido empujado a dar rienda suelta con su sexualidad desde párvulo y experimentar con ella a más no poder, probando todas las formas posibles a su respecto? ¿Existe algún estudio que advierta sobre las posibles secuelas que lo anterior podría tener para nuestros niños, secuelas que sin duda los afectarán durante toda su vida? O para mencionar problemas más concretos y medibles, ¿se imagina alguien la proliferación de enfermedades de transmisión sexual que podría producirse, fruto de forzar a ejercer una sexualidad sin límites? ¿O los abusos de que podrían ser objeto los niños, al postular su tempranísima “autonomía progresiva” en este ámbito?

            Lo anterior, sin perjuicio de la delicada pregunta de si el Estado tiene realmente el derecho de imponer su visión en esta materia, haciendo tabula rasa con las concepciones y la libertad de los padres. Ello, pues lo anterior equivale a un auténtico secuestro de nuestros niños, cuya formación pasa a depender casi exclusivamente del Estado. Más, ¿por qué habría que preferir a un funcionario público en vez de la familia natural para la formación de nuestros niños y jóvenes? ¿Es que los padres van a perder la tuición de sus propios hijos si no están de acuerdo con estas políticas? Incluso, ¿tienen los padres alguna función respecto de sus hijos o solo deben comportarse como obedientes borregos en lo que a su formación atañe, según los dictados del Estado?

            En fin, las preguntas e inquietudes pueden seguir acumulándose hasta el infinito. Sin embargo, un aspecto que pocas veces se señala, es que parece absolutamente contradictoria una legislación totalitaria como esta, dentro de un sistema democrático. De ahí que surjan razonables dudas de si realmente seguimos viviendo en un régimen semejante.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

Los medios de comunicación, la libertad y el discernimiento

“Ningún hombre sano y constructivo puede aceptar que la verdad y el error sean indiferentes y tengan iguales derechos” Alfonso Junco

El cine, la televisión y la radio son poderosos medios de comunicación. A través de ellos se hace llegar a las masas un mensaje y la propaganda que deseemos.

Si bien hoy tenemos una amplia gama de opciones tales como los portales en internet de películas y música, conectarnos a una inmensa cantidad de emisoras en todo el mundo; la televisión, el cine y la radio convencionales, siguen teniendo su impacto en la vida hogareña. Si el mensaje que se transmite es todo menos limpio, los medios deberán manipular la forma en que lo presentan para que permeé en nosotros.

Llegamos a un punto importante: en la difusión de series, películas, programas y música, se alega la libertad de expresión para justificar el que una producción lleve consigo un mensaje dañino. Programas tipo “Como dice el dicho” no solo promociona el estilo de vida homosexual, también promociona las relaciones sexuales fuera del matrimonio o el adulterio. Programas que no hubiéramos pensado que verían la luz del día, hoy son transmitidos en horario familiar. ¿Qué deberíamos hacer? ¿Bastaría con cambiarle de canal?

Aún los bien intencionados podrán afirmar con vehemencia, una y otra vez que cada quien es “libre de ver lo que quiera”, que no somos nadie para imponer a otros nuestras creencias y gustos, etc. Esa forma de pensar es lo que más desean los medios que promueven el homosexualismo, la ideología de género y el aborto en el mundo: que cerremos la boca y volteemos hacia otro lado para que el producto llegué a las masas. Solo así seremos considerados como “amables y respetuosos”.

Pero usted simplemente no se quedaría tranquilo si alguien le ofreciera a un niño un plato con estiércol a la derecha y un plato con ensalada de frutas a la izquierda. Entonces ¿por qué mirar hacia otro lado cuando les presentan a su hijo y a los hijos de otros, conductas desordenadas como si fueran buenas? Afirmar que el estilo de vida homosexual es dañino al individuo como a la sociedad en su conjunto no es intolerancia u homofobia, es un hecho.

Los productores de tales programas no solamente pretenden que aceptemos los actos homosexuales, sino que los respaldemos, so pena de acusarnos de intolerantes u homofóbicos; irónicamente ellos no toleran ningún disenso. Entonces ¿dónde está la supuesta libertad de la que hablan? Es inexistente; hablamos de una dictadura del relativismo. Y caemos en un relativismo moral al pensar que aquello que está bien y mal es algo que cada persona determina por sí misma.

Tenga presente que lo que hace que un programa sea bueno o malo no es la opinión de la gente; lo hace bueno o malo si promueve los valores, o si por el contrario, los vulnera. Nuestro deber es sin duda alguna, denunciar tales programas a la execración común, no por odio –como algunos fautores argumentaran- sino por el bien común. Sencillamente no se le puede enseñar a nadie –especialmente a niños y adolescentes- que los actos homosexuales sean moralmente lícitos.

Desde luego ha de respetarse a aquellos que practican la homosexualidad, haciéndoles ver las consecuencias de tales actos que niegan la diferencia y complementariedad existente entre un hombre y una mujer. En ese orden, la difusión de programas mostrando la practica homosexual como algo bueno y plausible es el mayor timo a la sociedad. Conformarse con cambiar de canal solo es aplicable entre programas limpios, sean de su agrado o no, pero jamás entre programas que promueven los valores y otros que promueven conductas desordenadas. 

Pretender buscar el bien común opinando al mismo tiempo que cada quien haga lo que quiera en aras de una libertad mal entendida, no es en absoluto querer el bien de otros, sino asumir una actitud cómoda cuando vemos cómo se intenta derrumbar a la familia. La razón por la que la ideología de género ha avasallado es precisamente porque hemos guardado silencio y lo hemos hecho tan bien que aseguramos que lo bueno y lo malo tiene el mismo derecho y deber de exhibirse ante la sociedad.

Pero uno simplemente no aseguraría jamás que da lo mismo comer una ensalada de frutas que estiércol… ¿no le parece?

ESI: Educación sexual integral

Casi como impulsado por un frenesí obsesivo, ha seguido avanzando en el congreso el polémico proyecto de Ley de Educación Sexual Integral (ESI), que busca, como su nombre indica, incluir este tema en la formación de nuestros niños desde la más tierna infancia.

            Además de darse a momentos la impresión que para sus promotores, esta fuera la primera y más urgente necesidad de los menores –a una edad en que están claramente interesados en otras cosas–, lo que produce verdadera indignación, es el sentido u orientación que pretende darse a esta mal llamada “educación”, al punto que en no pocos casos, podría hablarse directamente de corrupción de menores.

            En efecto, incentivar a la fuerza la sexualidad en nuestros niños y niñas casi desde que abren los ojos a este mundo, no sólo busca adelantar artificialmente un proceso que despertará años después, sino además, implica, literalmente, robarles su niñez e inocencia.

            Por otro lado, se habla insistentemente que gracias a esta nefasta legislación, los menores estarían en condiciones de reclamar “sus” derechos “sexuales y reproductivos”, lo cual no puede menos que llamar la atención, ya que hasta donde todo el mundo sabe, antes de la pubertad, los niños y niñas no pueden reproducirse.

            Pero además, el proyecto ESI va de la mano de otras ideas, como el controvertido concepto de “autonomía progresiva”, que en el fondo, pretende privar a los padres de su legítimo e irrenunciable derecho a criar y educar a sus hijos de acuerdo a sus propias convicciones. Por tanto, todo este proceso equivale a una especie de “expropiación” de nuestros niños. Sin embargo, de manera más profunda, muestra que algunos legisladores confían más en el Estado que en los padres, y estiman que a través de sus funcionarios, organismos y reglas, este Estado cuidará mejor a los menores que sus propios progenitores.

            De esta manera, se pretende que los menores tengan una autonomía absoluta en relación a su sexualidad (autonomía que curiosamente, no les permite impedir ser adoctrinados de forma dictatorial por el Estado en esta materia), lo que incide, entre otras polémicas y peligrosas cosas, en la edad necesaria para el consentimiento sexual. Así, se busca por vía legal, homologar en este asunto a menores y adultos, con lo cual no hay que ser demasiado suspicaz para darse cuenta del enorme campo que surge para el abuso a su respecto. Ello, pues por mucho que la ley pretenda imponer una ficción (es decir, algo que no es cierto), en este caso, la madurez del menor en esta materia, los adultos tendrán una enorme ventaja en este escenario. Incluso abre las puertas a la pedofilia, justificada aquí por la decisión supuestamente libre y madura del menor.

            Evidentemente, siempre pueden sacarse a colación ejemplos dramáticos de progenitores desalmados y de menores en situaciones inaceptables. Mas, si se van a buscar casos límite para justificar esta inadmisible ley, convendría indagar en cómo le ha ido a las instituciones del Estado en su labor subsidiaria de formar a nuestros niños, las que como se sabe, se encuentran en un proceso de profunda revisión, dado el verdadero infierno que se vivía en su interior. Por tanto, llegado el momento de comparar, el Estado sale perdiendo sin apelación posible. ¿Le entregaremos así algo tan preciado como nuestros niños?

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

La importancia de los padres en la formación de sus hijos

Acaba de pasar el “Día del Padre”. Esta fecha me ha hecho recordar que durante 15 años estuve dando clases en una primaria y secundaria llamada “Educar, A.C.”, en el municipio de Ixtapaluca (Estado de México). Me parece que aprendí de los alumnos, profesores y de sus padres mucho más que lo que yo pude haberles enseñado. Por su alegría, testimonios de vida de sacrificio en el trabajo cotidiano y de entrega responsable en sus deberes como padres.

Los papás seguían muy de cerca la formación académica y humana de sus hijos. Y ellos mismos participaban en convivencias especialmente destinadas a proporcionarles cursos para que desempeñaran mejor su labor como padres y esposos.

Tengo muy grabada una frase de uno de ellos quien, al final de una de esas convivencias, me comentó: “¡Muchas gracias por darnos estos cursos tan necesarios! ¡Es que nadie nace sabiendo cómo ser un buen padre!”

En otra ocasión, les pedí a los alumnos de primero de secundaria que dibujaran cómo era el ambiente de sus casas. Me llamó la atención que, uno de ellos, dibujó únicamente una gran televisión y abajo una frase: “Me gustaría ser un aparato de televisión”.

Como no capté el sentido de su dibujo ni de su mensaje e intuí que algo le ocurría al muchacho, al final de la clase lo llamé aparte y le pregunté por el significado de su dibujo. “Sí, profesor. Es muy sencillo: mi papá está poco tiempo en la casa. Y cuando llega, enseguida prende la televisión y no platica ni conmigo ni con mis hermanos. Le pregunto algo y ni me contesta o como que se molesta. Cuando llega el domingo, invita a sus compadres a ver el futbol. Sólo habla conmigo para pedirme que vaya a la tienda a comprarle cervezas. Por eso es que me gustaría ser televisión: para que me mire, platique y se interese por mí.

Al poco tiempo, cité a este padre de familia al colegio. Le mostré el dibujo y la relaté la conversación que había tenido con su hijo. Le recordé amablemente algunos de los conceptos explicados en los cursos de capacitación familiar. Y su respuesta fue magnífica porque me dijo que no era consciente de su teleadicción en detrimento de la atención y formación de cada uno de sus hijos e hizo el propósito de corregirse en este punto y algunos otros.

En otra ocasión, se les pidió a los alumnos de sexto año que elaboraran, con cartón y otros materiales, edificios como hospitales, aeropuertos, multifamiliares, etc. Me impresionó que, desde muy temprano, aparecieron las mamás y los papás                    –acompañando a sus hijos- con ese trabajo escolar ya que se les había dicho que habría un concurso y se entregarían premios para los tres mejores proyectos. Los padres, muy solidarios, estaban tan interesados como los alumnos.

Finalmente, un tema recurrente para conversar con los papás era que se plantearan ambiciosas metas profesionales para con sus hijos. En ese tiempo, principios de los años noventa, la mayoría eran agricultores o ganaderos. Sé que muchas familias hicieron ahorros e importantes sacrificios para enviar a sus hijos a la universidad. Y, a la vuelta de los años, da mucho gusto comprobar que ahora son destacados ingenieros, abogados, administradores de empresas, pedagogos, etc.

Sin duda, el mérito es tanto de los padres como de las madres y, por supuesto, de los alumnos por su empeño y dedicación. Los padres les han brindado una educación esmerada y un cariño manifestado con obras, que se han quedado grabados para siempre en las mentes agradecidas de sus hijos.

Una madre y “muchas madres”…

 “Llegara el día en que será preciso desenvainar una espada por afirmar que el pasto es verde” Gilbert Keith Chesterton

Recientemente en el día de las madres, en conferencia de prensa, el Dr. Hugo López Gattell Ramírez, subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud presento un vídeo titulado “Muchas madres” compartido por Nadine Gasman, producido por Inmujeres.

A este respecto, conviene hacer algunas observaciones:

El video tendencioso trata de ganarse la simpatía de mujeres incautas al hacerles creer que la felicitación del 10 de mayo solo es para aquellas madres perfectas que son el estereotipo inalcanzable de la sociedad: falaz mentira. Cuando felicitamos a alguien no es porque sea perfecto; una felicitación no depende de ese modelo; los felicitamos por el afecto, la estima o admiración que les tenemos, con sus yerros y aciertos. Al tratarse de nuestra madre es natural hacerlo por amor a aquella mujer que nos ha dado la vida.

Cuando dicen “Muchas madres” no hablan de las madres de Suecia, de Madrid o de San Petersburgo o la suma de todas ellas; “diversas formas” no se refiere a las habilidades que cada una desarrolla en su maternidad o a su forma de ser; no. “Muchas madres” y “diversos tipos de madre” se refiere a los modelos que están imponiendo a la sociedad mediante la ideología de género: situaciones múltiples en las que sea lo mismo una mujer-madre a un hombre vestido de mujer, queriendo ocupar el lugar de una madre.

Aquello de “Muchas madres” va de la mano con “tipos de familia”, términos que buscan hacer del concepto de madre y de familia algo tan elástico que termine por destruirse. No les importa que haya muchas madres, sino que no haya ninguna. ¿Le parece absurdo? Vea lo que ha sucedido con el matrimonio que ha sido despedazado y reducido a la nada: a la unión entre personas del mismo sexo, le siguió el “matrimonio igualitario”, luego la poligamia, después exigir la unión entre personas y animales y la legalización de la pedofilia; al matrimonio se le disuelve mediante el divorcio exprés.

Diré que jamás he estado de acuerdo con aquella frase que es la bandera de las mamás solteras: “mujeres que son padre y madre al mismo tiempo”. Naturalmente es de alabar el sacar adelante a los hijos a pesar de hallarse solas. Sin embargo suponer o asegurar que se puede sustituir al padre o a la madre, es por decir lo menos, irresponsable. Padre y madre son insustituibles, pues cada uno de ellos aporta cualidades distintas al hijo. En ese orden, dos mujeres no hacen un padre y dos hombres no hacen una madre. Un hombre vestido de mujer, incluso con genitales mutilados, no es una madre.

Ahora bien, es menester hacer una diferencia entre una madre con defectos y virtudes, que está tratando de formar a sus hijos lo mejor posible a pesar de las adversidades, a una madre desobligada con su familia y que lo ha tomado como un hábito (no se sorprenda, lo mismo aplica para el padre). Pero es muy conveniente para la campaña de la ideología de género el que usted piense que es válido homologar tales situaciones. Pero ¡Todos cometemos errores! Desde luego, nadie es perfecto, sin embargo hay una diferencia abismal entre tener yerros y convertir éstos en una forma de vida.

Por otro lado, pareciera que cometieron un error al haber dicho en el vídeo “tú que decidiste abortar”, admitiendo con ello que la mujer embarazada ya es madre. Lejos de ser un error, es a mí parecer, el siguiente paso en la batalla del aborto: de negar la vida en el vientre materno, de no llamarle como era debido usando el término “derecho a decidir”, han pasado a no sentir vergüenza por promover un asesinato y normalizar su uso en la sociedad llamándole con todas sus letras. Buscan hacer del aborto una opción más, como el tener o no un sobrino o un perro. Cuanto más rápido la mujer deje de tener consciencia sobre la vida que lleva en sus entrañas, valiéndose del lenguaje, más pronto avanzará el aborto.

¿Y sabe que argumentan todos los que promueven la destrucción del matrimonio, de la familia, de los padres y la vida en el vientre materno?: que lo hacen por “amor”. Sin embargo, estimado lector, usted y yo sabemos que el amor del que hablan está muy lejos de ser el amor ágape muy propio de las hermosas madres. Por ello es tan peligroso llamar a cualquier cosa amor.

No se deje llevar por el mensaje contenido en dicho vídeo, pretenden que usted empatice con las situaciones expuestas, sin importar si son válidas o en detrimento de la mujer y madre. Solo no olvide una verdad fundamental: lo único que puede destruir a la ideología de género es la existencia de la familia, padre, madre e hijos. Gilbert Keith Chesterton decía que  la cosa más extraordinaria del mundo es un hombre común, su mujer común y sus hijos comunes. Así es y no solo su existencia misma sino que la gente entendamos que la familia y cada uno de sus integrantes es insustituible.

Tenga por seguro esto: no hay “muchas madres” sino una madre…

Sus hijos son sus hijos y la literatura barata

«El que regala un buen libro, ya ha ganado mérito incomparable ante Dios». San Juan Bosco

Hace muchos años, en una conversación, al preguntarle mi madre a un amigo de la familia sobre sus nietos, él exclamo: “¡Son seres libres! Uno no puede limitarlos”. Es curioso como aseveraciones tan simples han servido a infinidad de padres de familia para evadir las responsabilidades más primarias con los hijos.

¿No lo cree? En recientes días, sobre la polémica que generó el “pin parental” en España, infinidad de usuarios de las redes sociales mencionaron el famoso poema de Khalil Gibran de “Tus hijos no son tus hijos”. Naturalmente, un entendimiento limitado y negligente de las responsabilidades paternas, solo podía tener como bandera un poema que es parte de la literatura muy pobre que abunda por doquier; que saquea sus bolsillos, que ocupa un inmerecido espacio en su biblioteca y lo vuelve estulto para los temas más básicos.

El poema en cuestión, habla de que aunque los hijos estén con los padres, éstos no les pertenecen; pueden darles su amor, pero no sus pensamientos, pues ellos tienen los propios. En otras palabras, los padres han de mantenerlos pero no entrometerse en sus asuntos, ni educarlos ya que son seres independientes. Pero ¿qué clase de amor deja a su suerte a los hijos? Desde luego un amor falso predicado por un autor que mezclo en sus obras el panteísmo, ideas sufís y la Biblia.

Sin embargo, no debe subestimarse la mala literatura, ella permea en el pensamiento, envenenándolo todo. Siempre escuchamos que leer es importante; pero entonces, ¿cómo identificar una buena lectura provechosa? Nicolás Gómez Dávila lo describe a la perfección:

“Leer es recibir un choque, es sentir un golpe, es hallar un obstáculo. Es sustituir a la ductilidad pasiva y perezosa de nuestro pensamiento, los inflexibles carriles de un pensamiento ajeno, concluido y duro”.

En las obras de Khalil Gibran no hallara jamás ortodoxia, ni compromiso alguno, solo “libertad” y la nada; una espiritualidad si Dios, sin sacrificio y sin salvación ¿Quién quieres eso?

Ahora bien, los padres de familia deben entender que sus hijos son sus hijos; deben amarlos, formarlos y darles buen ejemplo; son su responsabilidad, les guste o no; deberán dar cuentas graves a Dios por ellos. Los padres han de esforzarse en amar realmente a los hijos, sin debilidad, sin egoísmo, sin predilecciones. Deben formar en el hijo tanto el cuerpo como el alma, lo primero para mantenerlos sanos físicamente y lo segundo, en la formación del alma, se halla la formación de la inteligencia (instrucción) y la formación moral (educación). Y dicho deber es de los padres y no del Estado.

El consejo por tanto, es que tomen las riendas en la formación de sus hijos, que nutran  la inteligencia con literatura valiosa. Si el estándar es muy bajo, terminaran leyendo a Khalil Gibran, Antonio de Mello, Paulo Coelho, José Antonio Pagola, étc. Y peor aún, tomándolos como bandera para defender las medidas que el Estado toma en contra de su autoridad paterna y en detrimento de sus hijos.

La importancia de leer buenos libros radica en que nuestro pensamiento se ve influenciado por el tipo de lecturas que frecuentamos. Un libro puede ayudarnos a acrecentar una virtud y el debido discernimiento o fomentar un vicio y envilecernos…

El miedo de traer hijos al mundo

Estamos viviendo una época en que la familia -como institución- se encuentra sufriendo duros embates. Se tiende a ridiculizar, en ciertos ambientes, que el matrimonio es la unión de un hombre con una mujer en orden a procrear hijos y formar una familia estable.

Otras veces se pone en tela de juicio la indisolubilidad del vínculo y que esa unión de los cónyuges es para toda la vida.

En repetidas ocasiones y a lo largo de la historia, los gobiernos socialistas o comunistas sostienen la absurda idea de que los hijos de una familia les pertenecen al Estado y no a sus padres, como está ocurriendo actualmente en España.

A principios de 1970, el candidato a la Presidencia de la República por el P.R.I., Luis Echeverría Álvarez afirmaba que “Gobernar es poblar”. Tiempo después lanzó la campaña con el eslogan de que “La familia pequeña vive mejor” y autorizó que en las comunidades indígenas se esterilizaran tanto a mujeres (mediante la ligadura de trompas) o a los hombres (mediante la vasectomía) sin pedirles su consentimiento.

Fue un brutal abuso a la dignidad y a los derechos humanos de estas comunidades. También se lanzaron campañas de reducción de la natalidad al precio que fuera, como la difusión masiva de preservativos, el colocar  dispositivos intrauterinos sin previo aviso a los esposos, a la menor dificultad –según lo decidían arbitrariamente algunos médicos- extirpar la matriz, provocar abortos, etc.

Los siguientes Presidentes de este partido continuaron con estas funestas medidas al punto que el índice de la natalidad se ha visto reducida en forma considerable de 50 años a la fecha. Los sociólogos sostienen que a mediados de este siglo en México habrá mayoría de personas de la tercera edad, como ya ha está ocurriendo en Suecia, Dinamarca, Holanda, Inglaterra, Francia, Canadá…sin que haya relevos generacionales para los diversos trabajos.

Decía la ilustre filósofa y escritora mexicana, Dra. Emma Godoy: “Dios perdona siempre, los hombres algunas veces, pero la naturaleza no perdona nunca”. Es decir, cuando se trastorna seriamente el crecimiento poblacional y a los ciudadanos se les siembra un “terror a tener hijos”, entonces sobrevienen estos serios desórdenes que hoy observamos.

El célebre músico y poeta, Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura en 2016, escribió en su melodía “Señores de la Guerra”: “Ustedes han sembrado el peor de los miedos / que jamás se haya lanzado; / el miedo a traer niños al mundo. / Han amenazado a mi bebé, / cuando todavía no ha nacido / y ni siquiera tiene un nombre. / Y es porque ustedes no valoran / la sangre que corre por sus venas”.

El intelectual Antonio Socci, en su libro titulado El Genocidio Censurado, afirma que esta oleada de legalizaciones del aborto en muchos países del planeta, se ha convertido en el mayor genocidio de los siglos XX y XXI.

Ninguna guerra mundial -por sangrienta que haya sido- ha arrojado la escalofriante cifra de más de mil millones de víctimas inocentes abortadas como saldo de este genocidio.

Sin duda, se trata de la peor de las barbaries de nuestra civilización. Precisamente ahora en que se tiene tanta sensibilidad por el adecuado equilibrio en el ecosistema, por preservar animales en extinción; salvar ballenas, delfines, tortugas; cuidar los manglares y corales, etc. es justo ahora cuando se mira con enorme desprecio e indiferencia el valor de la vida humana.

Es innegable que diversos organismos internacionales aportan bastante dinero y presionan constantemente para que en los países denominados del “Tercer Mundo” o “subdesarrolados” se imponga esta “Cultura de la muerte”.

Me impacto mucho una entrevista que les hicieron a un par de jovencitas mexicanas al salir de una preparatoria pública, sobre si estaban de acuerdo o no con el aborto, una contestó que ya había abortado una vez, y la otra, respondió con displicencia que en dos ocasiones lo había hecho y que no sentía remordimiento alguno por haberlo realizado. Y todavía añadió que estaría dispuesta a tener un tercer aborto.

Pienso que esto es precisamente el trasfondo de lo que pretenden estos organismos internacionales: destruir la moral ciudadana al extremo que una chica pierda la conciencia del bien y del mal y le dé exactamente lo mismo asesinar a una criatura inocente en su vientre o practicar el infanticidio (es decir, dejarla morir al nacer).

Por ello, resulta urgente que los ciudadanos tengan un papel más protagónico en la sociedad y pongan los medios necesarios a su alcance para evitar que se continúe con este nuevo holocausto.

La formación en las virtudes de los hijos

Es frecuente escuchar en los padres de familia esta pregunta, ¿en qué virtudes debo de educar a mis hijos? La respuesta no se concreta en una sola virtud. Es preciso plantearles la ambición noble de que sus hijos luchen por crecer en todas las virtudes: fortaleza, generosidad, sinceridad, alegría, optimismo, constancia, espíritu deportivo, buen humor, etc. porque todas son importantes y mutuamente se complementan.

Pero hay que llevarles de la mano, por un plano inclinado, con paciencia, prudencia y haciéndoles ver que todo ello a la postre contribuirá en tener una personalidad fuerte -con temple y carácter- bien determinada.

Pero nunca los hijos deben de sentir como una “imposición” esa formación sino como una amable invitación, unas cariñosas sugerencias en un clima de libertad y yendo los padres por delante con el buen ejemplo.

A edad muy temprana los hijos observan y se fijan en todo. Y se les quedan grabados los buenos ejemplos. Tenía una tía muy generosa –ya falleció- que en cierta ocasión que la acompañé al supermercado llenó dos bolsas con alimentos suficientes para una semana porque tenía una familia numerosa. Al salir de las compras, una señora de escasos recursos le comentó que la estaban pasando bastante mal ella y su numerosa prole. De inmediato, esta tía le entregó estas dos bolsas grandes con alimentos y me pidió que regresáramos al supermercado para volver a hacer las compras. Lo que me llamó la atención es que la tía lo hizo como la cosa más normal, sin presumir y haciéndome ver que era su deber el ayudar a los más necesitados. Nunca he olvidado este ejemplo de generosidad.

En las temporadas de curso invierno en mi natal, Valle del Yaqui, con temperaturas bajo cero, con frecuencia mi padre nos levantaba temprano, a mi hermano y a mí, para que fuéramos a comprar a un almacén 300 ó 400 cobijas para distribuirlas entre personas menesterosas en colonias modestas que sabíamos que estaban pasando mucho frío. Son inolvidables esos rostros de agradecimiento que se me quedaron grabados al ir entregando esas mantas casa por casa. Pero la lección nos la dio nuestro padre cuando nos explicaba de madrugada: “No he podido conciliar sueño sabiendo que cientos de personas están pasando tanto frío”.

En muchos hogares se respira un ambiente de alegría, optimismo y buen humor pero no surge por “generación espontánea” sino por el esfuerzo cotidiano que ponen los padres para que, a pesar de las normales dificultades que la existencia nos presenta, el amor y el perdón siempre salgan victoriosos y eso lo asimilen sus hijos porque es la mejor herencia que se les deja para toda la vida.

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