¿Quién manda a quién?

En los últimos años, se ha ido dando una tendencia en el funcionamiento de nuestras democracias, que debiera generar una profunda reflexión a su respecto, pues equivale a una completa extrapolación de su genuino sentido y razón de ser: que en vez de ser las autoridades políticas las que acaten los designios de la voluntad popular, sea la ciudadanía la que tenga que seguirle el juego a dichas autoridades y en general, a toda la clase política.

            En efecto, ya se ha visto en algunos países, a saber, Colombia o el Reino Unido, como luego de hacerse una consulta popular directa sobre materias cruciales para esos Estados, pese a lo manifestado por la ciudadanía, el mundo político haya hecho todo lo posible para torcerle la nariz a dicha decisión (en Colombia con éxito, en Gran Bretaña no), según ocurrió con el proceso de paz con las Farc y el Brexit, respectivamente. O incluso, que otras decisiones de tanta o más importancia (como en nuestro caso, llamando a votar por un proceso constituyente), se haya tomado esta decisión entre gallos y medianoche, en un contexto por decir lo menos enrarecido y de extrema violencia, forzando a la población a votar por una materia que hasta antes de ese momento, se encontraba muy al final de las encuestas y de lo decidido en la elección política anterior: si se quería o no generar una nueva Carta Fundamental.

            Por tanto, lo que en el fondo pareciera estar ocurriendo, es que la que lleva la voz cantante es la clase política, y a la ciudadanía sólo le correspondería plegarse obedientemente a sus dictados, a fin de darles legitimidad y hacer como si se tratara de una demanda popular. De ahí entonces, que sea lícito preguntarse quién manda a quién en nuestra actual situación.

            Tómese en cuenta, además, el creciente desprestigio en que ha caído la clase política no solo en Chile, sino en el mundo en general, fruto de una serie de prácticas e intereses que no coinciden, y a veces están en contra de los anhelos y necesidades de la población. De ahí que no extrañe que se la acuse reiteradamente de estar en una “burbuja”, o de vivir una “realidad paralela”, velando generalmente por sus prioridades –el poder– y no las nuestras.

            Así entonces, si se unen ambos factores, a saber, por un lado, la calidad de auténticos borregos en que se pretende convertir a la voluntad popular y por otro, el desprestigio de la clase política, la gran pregunta que surge sin mucha dificultad, es hasta cuándo se les va a seguir el juego.

            Es por eso qeu a partir de las premisas anteriores, convendría mirar con más atención las propuestas que formula el mundo político a la ciudadanía, máxime si buena parte o incluso la mayoría de este mismo espectro político está de acuerdo en lo que plantea para la “decisión” popular. Habría que ser demasiado iluso para pensar que aquí sólo existen las mejores intenciones para mejorar la vida de las personas, en particular cuando se exige para ello, tener más facultades o incluso un cheque en blanco. Y en los casos en que esta mejoría efectivamente pueda llegar a formar parte de la ecuación, los costos son generalmente una notable ganancia de poder de quienes la promueven.

            Por tanto, se vuelve a insistir: ¿hasta cuándo seguiremos obediente y sumisamente los dictados de quienes supuestamente nos obedecen? ¿Seremos capaces de romper este círculo vicioso y no seguir, como un burro, una zanahoria?

 

 

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

“El 9 ninguna se mueve”, los ignorantes y zánganos

“Los hombres no pueden mejorar una sociedad prendiéndole fuego. Deben buscar sus viejas virtudes y traerlas de vuelta”. Russell Kirk

Recientemente el colectivo “Las brujas del mar” convoco a marcha y paro nacional “El 9 ninguna se mueve” que se realizará los días 8 y 9 de marzo respectivamente. Lo hacen bajo la bandera de protestar sobre la violencia contra la mujer y los homicidios cometidos las últimas semanas que acapararon los medios de comunicación. Para ello piden que no haya mujeres en las calles, en las escuelas, en el trabajo, en las universidades o haciendo compras.

Así que, varios “provida”, “conservadores”, la “derecha política” y autoridades eclesiásticas (los últimos merecen una especial y posterior mención) se han sumado a la convocatoria argumentando que es perfectamente válida pues se exige seguridad para las mujeres, usando la conocida frase “nos están matando”. Lo que no quieren ver –o aun viéndolo les importa poco- es que se busca apuntalar el aborto en todo el país; luego ¿acaso no es absurdo apoyar una marcha y un paro por la “seguridad” de las mujeres y al mismo tiempo exigir el derecho a matar al bebé (independientemente de su sexo) en el vientre materno?

Es increíble que el grueso de la gente pase por alto que el paro esta promocionado por abortistas que, como es obvio no les importa nadie, ni la mujer. ¿Cómo es esto posible? El feminismo radical ha sabido capitalizar la indignación de la gente respecto a la violencia que se vive en el país, así como la falta de seguridad y justicia.

Han logrado embaucar a mujeres ignorantes. Ahora bien, cuando digo ignorantes no me refiero a analfabetas; la ignorancia anida en personas sumamente preparadas, prueba de ello son las mujeres con cargos políticos, empresarias y  profesionistas de diversas áreas que están sumándose al paro nacional; incluso cuando parecía que varias apoyaban la vida en el vientre materno.

Como suele decirse, ignorantes ha habido siempre, pero ahora salen de las universidades, tienen maestrías y doctorados. Cabe mencionar que todos somos ignorantes en cierto sentido, pero hay que superarlo viendo más allá de una convocatoria; no solo se trata de estar plagados de información, sino de formarse; saber discernir el acontecer diario. Tenga por seguro que unirse a un paro que aprovecha la situación actual de violencia para promover el aborto y el libertinaje sexual no será jamás una opción para mejorar las cosas. Nadie necesita el odio de aquellos que dicen defender a la mujer pero promueven su degradación, arrastrando con ello a toda la sociedad.

Es verdad, no todos los que participen en la marcha o el paro nacional están a favor del aborto, pero es un hecho que todos los que tomarán parte en ese evento le hacen el flaco favor –les guste o no- a los abortistas, apuntalando la ideología de género en este país.

Varios hemos sido víctimas de la delincuencia, el punto es ¿qué hacer con lo que nos sucede? Por ejemplo:

Las cosas materiales, su auto, su celular, su dinero ¿valen la pena como para exigir la imposición del asesinato masivo de ancianos?

Si asesinan a sus hijos adolescentes o a su cónyuge ¿exigiría que mataran a los niños de cinco años o menos, so pretexto de que es el mal menor para garantizar justicia para usted y otros?

¿Le parece absurdo el planteamiento? Lo es; tal y como ahora lo es el hecho de que infinidad de mujeres y hombres de bien (pero terriblemente estultos) se unirán al paro nacional exigiendo justicia para las mujeres negándose a  ver que lo que ahí se exigirá será el asesinato en el vientre materno. Se encuentran apoyando lo que nunca hubieran apoyado de haber estado realmente formados, porque sabrían que la seguridad de unos no está en función de la matanza de inocentes, ni de la destrucción de la familia.

La reacción ante la situación actual de violencia es tan simple y llana que, o nos unimos a los que promueven un crimen nefando, a los que fomentan el odio para mitigar nuestra indignación aprovechándose de ello; o luchamos por el bien común desde el lugar en el que estamos, empezando por nuestra familia. Parece fácil pero es el trabajo más exigente de todos.

No se necesitan zánganos exigiendo no laborar, se necesitan hombres y mujeres dispuestos a trabajar cada día de su vida por un mundo más justo y más humano…

El circo romano en nuestros días…

«Donde hay adoración hacia los animales, hay sacrificios humanos». Gilbert Keith Chesterton

El circo romano fue un espectáculo de ocio para entretenimiento de la plebe, en el que además, se les daba pan gratis. Había sangrientas luchas entre gladiadores y esclavos, entre animales y más tarde durante la persecución de cristianos, comenzaron a arrojar a la arena a familias con todo e hijos, para ser devorados por las bestias.

En días pasados un periódico dedicaba varias páginas a los animales por motivo de su día internacional. Las publicaciones abarcaron desde los cuidados básicos, consumo de helados y cerveza para perros, seguros de gastos médicos, comida fresca, comida húmeda, zonas “pet friendly”, la experiencia aterradora del abandono, la adopción, su paso por el cine, étc. Cabe mencionar que según censo del Instituto Nacional de Estadística y Geografía de 2016, México es el país con mayor número de perros en América Latina; 7 de cada 10 habitantes cuentan con mascota. El número de canes domésticos creció 20%  en 2010 a la fecha, en contraste con la reducción de nacimientos humanos en un 17%.

Un par de páginas más, mostraban la noticia de la manifestación de mujeres con el trapo verde y su pasamontañas, gritando consignas exigiendo la despenalización del aborto a nivel nacional. Vandalizaron fachadas de edificios y rejas de la Catedral en Ciudad de México, amedrentando a periodistas y feligreses que estaban al exterior resguardando templos.

Probablemente no hay mejor descripción gráfica de lo que es realmente el feminismo, que aquella escena en que madres sostienen pancartas con leyendas de “Lo que no tuve para mí, que sea para ustedes”. ¿Qué tal?. O mujeres con el rostro tapado que rocían de gasolina a policías (mujeres) que intentaban apagar las llamas de la puerta de la Cámara Nacional de Comercio. No falto quien subió fotos de sus mascotas con el trapo verde… la cereza del pastel, sin duda.

Lo que publican los periódicos no es más que una pequeña muestra de lo que pasa en la vida cotidiana. Muchos hablan de adopción de animales en lugar de comprarlos; de espacios «pet friendly» en lugar de «excluir» espantosamente a las mascotas de nuestra vida diaria, seguramente van a sufrir mucho si no van con nosotros al cine o al bar; otros más les escriben su carta de día de Reyes (¿?) y les organizan su fiesta de cumpleaños, ya saben, el déficit de atención está al rojo vivo entre las mascotas.

De manera simultánea, les parece insultante y fundamentalista que se promueva la adopción del bebé por nacer, como opción para proteger su vida. ¡Vamos!, ¡Una mujer debería poder matar al hijo en sus entrañas si así lo quiere!; pero no se debe dejar morir a un animal sea cual sea su estado. ¿Nota el absurdo y lo insultante de la situación?

Un creciente interés por los animales coincide con un desprecio cada vez mayor hacia la vida humana, no es de extrañarse que hallemos jóvenes hablando con total displicencia sobre la vida en el vientre materno o un anciano enfermo.

Al ver la forma tan cómoda y materialista en que vivimos, no podíamos más que superar con creces la vida en tiempos del circo romano: ver, disfrutar, promover y exigir el asesinato en el vientre materno. Pero en este caso, no somos simples espectadores, hemos tomado el lugar de las bestias, matando a nuestros hijos y a nuestros padres, al tiempo que adoramos a los animales y nos comportamos como tales.

No se sorprenda, hemos trabajado por ello cada vez que evitamos hablar sobre el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural; cada vez que desviamos recursos que podrían ayudar a alguien de nuestra familia para dárselo a nuestra mascota; cada vez que le atribuimos a los animales, cualidades que no tienen; cada vez que les damos el afecto y la atención que solo le debida a un ser humano…

Caminamos hacia la destrucción física, moral e intelectual de nuestra sociedad, no cabe duda de que nos merecemos unos a otros…

Sin puntos de referencia

En un congreso internacional al cual me tocó asistir hace poco en Perú, un amigo argentino me comentaba que en su país se está tramitando un proyecto de ley que pretende abolir de su Código Penal el delito de “corrupción de menores”. Ante mi sorprendida pregunta por los motivos de tan extraña y peligrosa propuesta –cuesta pensar que existan verdaderas razones–, me contestó con cierta resignación, que en atención a los rápidos cambios culturales del día de hoy, para algunos ya no existirían parámetros de lo que es “normal” y “corrupto”. En consecuencia, no sería posible saber a ciencia cierta cuándo se estaría realmente desvirtuando o dañando a un menor, lo cual justificaría para sus promotores, el aludido proyecto de ley.

            Ahora bien, más allá de lo exagerado o incluso irreal de los fundamentos de una iniciativa semejante, no deja de ser cierto, sin embargo, que los drásticos y acelerados cambios culturales que estamos sufriendo en los últimos años, sobre todo en Occidente, están desdibujando notablemente ciertos parámetros que se creían fijos o incluso inamovibles hasta sólo unos pocos años atrás. Y no me refiero únicamente a aspectos morales o a la lo que los antiguos llamaban “realidad práctica” (la concepción de familia o la sacralidad de la vida, para traer a colación temas contingentes), sino también en el ámbito más amplio de lo que las cosas son, o si se prefiere, de la “realidad teórica”, para volver al lenguaje de los antiguos. Piénsese por ejemplo en los avances de la genética, que permiten la alteración de plantas y animales a fin de cambiarles o añadirles ciertas propiedades; en la hibridación o mezcla que se pretende hacer entre diferentes especies (incluido el mismo ser humano); el transhumanismo, que busca superar la propia naturaleza humana; el surgimiento de nuevos, sorprendentes y hasta imposibles materiales; la inteligencia artificial; o la robótica humanoide, por mencionar solo algunos de los sorprendentes fenómenos de nuestro mundo.

            Aunque no nos demos suficientemente cuenta de ello, todo esto y mucho más está haciendo que los parámetros sobre los cuales construimos nuestra percepción de la realidad y nuestra concepción de lo correcto y lo incorrecto, hayan ido desdibujándose cada vez más. Fenómeno complejo, al privarnos de puntos de referencia firmes para generar un proyecto de vida determinado, salvo, por contraste, agotar la existencia en una constante adaptación al permanente cambio (mas ¿desde qué punto de apoyo?); o si se prefiere, transformarnos en un perpetuo fluir dentro de esta realidad líquida, cuyo devenir cuesta cada vez más anticipar.

            El problema, sin embargo, es que el proceso no puede seguir “ad infinitum”, pues al vernos directamente afectados por él, es más, reducidos nosotros mismos a la categoría de cambio permanente, se pierde no solo la posibilidad de tratar de controlar o manejar de alguna manera este proceso, sino incluso la posibilidad de comprenderlo. En suma, al no tener puntos de referencia, podemos perder el contacto y hasta la noción de lo que es verdaderamente real.

            Por eso, el devenir por el solo devenir no es suficiente para justificar este proceso, no solo por privarlo de una dirección auténticamente humana, sino sobre todo, porque puede acabar haciéndonos olvidar o incluso hacer imposible saber quiénes somos en realidad. ¿Seremos capaces de no diluirnos en nuestro propio devenir?

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Director de Carrera
Universidad San Sebastián

A cinco décadas de la ideología psicodélica

El grupo musical de rock “Cream” fue fundado en Londres en 1966. Lo componían un superdotado de la guitarra llamado Eric Clapton, el bajista Jack Bruce -con su voz grave y potente- y el excéntrico pero diestro baterista, Ginger Baker. Estos músicos comenzaron a mezclar los ritmos del blues, el jazz y el rock. El resultado fue una combinación bastante original que tuvo aceptación popular, primero en la juventud inglesa, y luego, entre los amantes de las creaciones vanguardistas. A ellos se les reconoce como los iniciadores de la “Música Psicodélica”.

Por esos años, cuando escuché por vez primera “El brillo de tu amor” (“Sunhine of Your Love”) y “Cruce de Caminos” (“Crossroads”), me percaté que estaba frente a una música novedosa, con particular energía, originalidad, atractiva y sugerente.

Con gran velocidad proliferaron –sobre todo- en Estados Unidos e Inglaterra los grupos musicales que difundieron esta misma corriente psicodélica. En un inicio, parecía una moda ingenua, novedosa, alegre, rítimica… Antes habían estado de moda el Rock and Roll, el Twist, el Go-Go, las baladas Country music, las canciones pop, etc., cuya finalidad era divertir a la juventud en sus reuniones sociales.

Pero pronto se descubrió que la “onda psicodélica”, más que una moda efímera, invitaba a una filosofía de vida o a una peligrosa ideología. ¿Por qué razón? Porque sus raíces estaban fincadas en las teorías del escritor Aldous Huxley que en su libro “Las Puertas de la Percepción” recomendaba abiertamente el consumo de las drogas alucinógenas, así como la liberación sexual. Posteriormente, un grupo de intelectuales de la Unión Americana, en la década de los años cincuenta, popularizaron parte de esta ideología, enfatizando que para conseguir una mejor creación artística era recomendable acudir al consumo de estupefacientes, así como al alcohol dentro de un esquema de vida de absoluta ruptura de los valores tradicionales, debido a que habían recibido la influencia del psiquiatra vienés, Sigmund Freud, Alfred Adler, Gustav Jung y muchos otros más.

Pocos años después, en la Universidad de Stanford de California y otras universidades de Estados Unidos, algunos profesores animaron a sus alumnos al consumo de drogas, yendo ellos mismos por delante. Esta información la tengo de primera mano por un profesor mío –por esos mismos años- se fue a Stanford a estudiar una Maestría en Psicología y luego a tomar otros cursos de Posgrado en esta misma materia. Fue así como nos relató a sus alumnos las entrañas del nacimiento del “movimiento hippie”, con su lema de “No hagas la guerra, sino la paz”.

Para difundir esta nueva corriente se emplearon películas, medios impresos, programas de televisión, numerosos álbumes con música orientada a los jóvenes…Pero considero que el detonador fue cuando el célebre grupo “The Beatles”, el 25 de junio de 1967, mediante el programa “Nuestro Mundo”, en que por vez primera se abrían las barreras de la comunicación y televidentes de los cinco continentes lo pudieron presenciar en forma simultánea. Se calcula que lo vieron alrededor de 400,000 millones de personas, acompañados con otros famosos artistas. En esa ocasión, “The Beatles” lanzaron su célebre éxito: “Todo lo que necesitas es amor” (“All You Need is Love”) y tomaron el liderazgo de esa nueva música psicodélica. En muchas de sus composiciones incitaban a consumir drogas alucinógenas como “Lucy in the Sky with Diamons” (iniciales de L. S. D.), “Come Together” (en su letra hacían un repaso de todos los estupefacientes que se podían ingerir en esa época). O bien, el álbum “El Viaje Mágico y Misterioso” plagado de melodías en que hacían alusiones a las drogas.

Pronto la moda de la drogadicción se extendió en numerosos países y comenzaron a fallecer por sobredosis reconocidos ídolos del rock como Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison (The Doors), Brian Jones (The Rolling Stones), Elvis Presley, Keith Moon (The Who), Kurt Cobain (Nirvana) y un largo etcétera.

Y, como es lógico, muchos jóvenes que siguieron esa autodestructiva moda también fallecieron, o terminaron internados en centros de rehabilitación, en clínicas psiquiátricas. O con daños cerebrales irreversibles en su sistema nervioso.

Lo que resulta más sorprendente es que, hoy en día, en nuestro país, dirigentes de partidos, magistrados de la Suprema Corte de Justicia, políticos, legisladores, intelectuales están de nuevo reclamando que se legalicen y aprueben todo tipo de drogas porque, según ellos, “debe de ser respetado el impostergable y legítimo derecho a la felicidad y al bienestar”.

Las tres preguntas con las que podemos concluir son: 1) ¿Dónde queda la salvaguarda de la familia y la educación de los hijos? Porque vivir con un drogadicto es un auténtico “infierno”, al observar que día con día se autodestruye, orgánica y psíquicamente; su conducta afecta gravemente a los niños y a la convivencia familiar; 2) Las personas drogadictas son un peligro para la paz y rompen drásticamente el tejido social porque en la típica “crisis de ansiedad” que sufren los adictos son capaces de robar, matar, asaltar, secuestrar a cualquier persona con tal de obtener un puñado de monedas para comprar de nuevo su droga; 3) Finalmente, las desastrosas experiencias de la “era psicodélica”, ¿no nos hablan, como se dice coloquialmente, “de que hay que sacar experiencia en cabeza ajena” y de que impere el sentido común y la sensatez?

Un auténtico campo minado

Como hemos dicho tantas veces y no nos cansaremos de repetir –mal que mal, la divulgación de la verdad debiera ser el “leit motiv” de cualquier medio de comunicación decente–, nuestra cínica época se vuelve cada vez más totalitaria, pese a que  de manera casi enfermiza, se vanagloria de lo contrario. Ello no solo para no ver la profunda contradicción que existe entre la teoría y la realidad, sino sobre todo, como parte fundamental de su estrategia para conseguir dicho totalitarismo, pues para tener éxito, es imperioso pasar inadvertido a fin de no generar resistencia.

            De esta manera, de forma creciente, acelerada y peligrosa, los campos de lo debatible y de lo que se puede pensar libremente, se están haciendo cada vez más estrechos, aunque como se ha dicho, se insista majaderamente en que el fenómeno es exactamente el inverso.

            Ello ocurre porque cada vez se imponen más “dogmas”, que muchas veces se reducen a burdos eslóganes de lo políticamente correcto, que cual vallas, van indicando el camino obligado para las masas; algo así como un canal por donde deben circular las aguas del pensamiento correcto y de lo que se pude manifestar decentemente ante otros.

            Y por el contrario, quienes aún no se suben a este tren de lo políticamente correcto, son cada vez más amedrentados para que desistan de lo que se considera una rebelde, cuando no anticuada o malévola actitud. Bastan como ejemplos de lo anterior la creciente arremetida del colectivo LGBTIQ+, de los movimientos pro inmigración o de las leyes negacionistas, por poner sólo ejemplos recientes, para darse cuenta de ello. Y por supuesto, todo esto y mucho más es sacralizado al convertirse en los nuevos “derechos humanos”, que curiosamente, siempre protegen y a la vez permiten atacar siempre a los mismos sectores de nuestras sociedades, en una visión absolutamente maniquea de las mismas.

            En consecuencia, el ámbito de lo que se puede pensar y expresar se ha ido convirtiendo a algo parecido a un campo minado, en el cual hay que tener cada vez más cuidado para desplazarse, pues de manera casi inevitable, se pisará una “mina” de lo incorrecto y explosionarán las recriminaciones y amenazas, acompañadas de la metralla de los francotiradores que vigilan el perímetro de este territorio, para que así nadie se desvíe del único camino legítimo prestablecido por los sabios de nuestro tiempo.

            He aquí el totalitarismo de nuestra época, mucho más refinado y peligroso que el tradicional. Este último es magistralmente representado en el “1984” de George Orwell, en aquella escena en que el malvado O’Brien, mientras tortura al protagonista, Winston, le pregunta: “¿Cómo le demuestra un hombre a otro su poder?”; a lo que el segundo responde sin titubear: “haciéndolo sufrir”. Y si bien el siglo XX y parte del XXI han sido pródigos en ejemplos, a veces dantescos de sus horrores, al menos esta forma de dominación resulta visible, al ser evidente y por lo mismo, genera resistencia.

            Hoy por regla general no nos hacen sufrir, al menos físicamente, pero este totalitarismo pretende imponerse de una forma mucho más peligrosa, tanto por pasar inadvertido como en razón de ser, por regla general, indoloro: ahogando nuestra libertad interior mediante la construcción de este campo minado en que se está convirtiendo la simple posibilidad de pensar y expresarse libremente.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Director de Carrera

Universidad San Sebastián

“Me avergüenzo de ser mujer”

Me avergüenzo de ser mujer en esta época. Con un pesar enorme me entristece. Mujer hoy es violencia en contra de la vida, de las instituciones, violencia en contra de la dulzura y de la paz. Mujer hoy parece que significa cobardía disfrazada de poder. Una mujer, si quiere demostrar que puede, tiene que ser como el varón y lograr enfrentarse a él. En la actualidad, una mujer que es masculinizada en su conducta, es una mujer fregona, lo cual no es algo que nos haga sentir orgullosas a quienes creemos que serlo, implica alocentrísmo, entrega, dulzura y fragilidad.

En los Premios Fénix salieron personas que son famosas como la cantante chilena Ana Tijoux, con un pañuelo verde que simboliza el apoyo a la mujer “a decidir sobre su propio cuerpo”. Las fotografías muestran a una artista con cara de venganza, de odio y de malicia. No es una mujer alegre, es una mujer que se ve furiosa, que incita al odio. Eso me avergüenza, que gozando de fama por su innegable talento, se aprovechen de una ideología que tergiversa la verdad y habla de decidir “sobre tu cuerpo”.

Una mujer embarazada puede decidir cómo parir, pero decidir cómo matar no es una opción ni un derecho, es una atrocidad de la cual las mujeres se están jactando con pañuelos verdes. Son la vergüenza de nuestro sexo, son la burla que hace creer que poder, implica huir de la maternidad. El empoderamiento para ellas, es matar al más indefenso, al bebé en el útero. Eso, dicen es la libertad, dicen es el éxito y el progreso. Por eso me avergüenzo que haya mujeres que en lugar de apoyar a mujeres que viven momentos adversos, las encaminen a matar como si fuera una decisión exitosa.

Acompañar a una mujer embarazada y que se encuentra en una situación complicada, para que logre entrarle a la maternidad, es heroísmo. Acompañar a una mujer a un centro de exterminio prenatal, para que termine con el ser humano en su vientre, es cobardía, es abandonarla y dejarla con su decisión. Porque si de pronto esa mujer se arrepintiera, no habrá vuelta para atrás. Esa, señoras y señores, es la peor cárcel que una mujer pueda enfrentar. El remordimiento.

Eventos mediáticos totalmente acaparados por estas mujeres que devalúan la feminidad, son lamentables y muy tristes. Aquellas mujeres que tienen poder sobre las políticas públicas y que proponen que el aborto sea un derecho a nivel continente para que sea “en condiciones seguras”, es una pena. Es falaz, es una mentira que sirve a intereses políticos y económicos, pues sabemos por reportes documentados en revistas médicas como British Medical Journal y The Lancet, que en donde más mortalidad materna hay es justamente en los países en donde el aborto es un derecho.

Personas como Tijoux o Sánchez Cordero, me avergüenzan pues degradan la feminidad y no merecen ser llamadas mujeres. No ven por nuestros intereses superiores y se aprovechan de su posición pública y de poder, respondiendo a caprichos y deseos aislados, que en un futuro no muy lejano, la sociedad pagará con creces cuando exista un verdadero problema de salud pública.

Nos leemos pronto para no quedarnos atrás y ver hacia delante.

Poseedores de la verdad

Actualmente, y no solo en Chile, estamos asistiendo a un inquietante clima político en el cual, algunos de los sectores del autodenominado “progresismo”, consideran que poseen de forma exclusiva y excluyente toda la verdad, toda la bondad y toda la legitimidad para imponer su modo de ver las cosas a quienes piensan distinto.

Resulta evidente que quien defiende ciertas ideas, lo hace –o debiera hacerlo– porque de buena fe, las considera verdaderas, o al menos, mejores que las restantes. Sólo eso legitima su adhesión y defensa de las mismas. No obstante, y también en este espíritu de buena fe, la persona debiera estar dispuesta a cambiar, o al menos a evolucionar en sus ideas, si se da cuenta de algún error en su planteamiento o encuentra argumentos mejores a los que en un principio adhirió, pues si realmente está en búsqueda de la verdad, no puede poner requisitos para su aceptación.

Sin embargo, nada de esto se percibe en buena parte de los sectores autodenominados “progresistas”, quienes y según se ha dicho, se creen los únicos poseedores de la verdad definitiva. De ahí que no toleren la más mínima crítica ni corrección a sus planteamientos e incluso consideren estúpidos y hasta perversos a quienes no adhieren a sus postulados.

Por desgracia, este problema se ha ido agudizando peligrosamente en el último tiempo, puesto que impulsados por esta creencia, se está haciendo cada vez más común que este sector utilice todo tipo de epítetos descalificadores –a veces bastante gruesos– para sencillamente, intentar dejar fuera de combate a sus adversarios. E incluso no han faltado las agresiones simbólicas y hasta físicas a sus rivales.

Lo anterior es peligroso, se insiste, porque imposibilita o hace muy difícil cualquier diálogo democrático y puede llegar a hacer inviable la convivencia. Pero además, semejante actitud hace pensar en cuál sería el modo de proceder de estos sectores si llegaran al poder. Así, si en la arena política del simple debate se comportan de este modo, ¿cómo lo harían en una situación de ventaja?

Por otro lado, esta manera de enfrentar a sus adversarios, llenándolos de epítetos degradantes y descalificaciones sin cuento, es una forma cobarde de rehuir el debate y un abusivo método para no argumentar. En suma, es la sustitución del diálogo, de la razón y de la tolerancia por la fuerza, la falta de argumentos y la prepotencia, nuevamente un comportamiento irreconciliable con una verdadera democracia.

Finalmente, este modo de proceder contradice las mismas ideas que este sector dice defender, en particular la libertad y la tolerancia, pues no hay acto más reñido con ellas que el matonaje y la descalificación, a fuer de la agresión física o simbólica.

Por tanto, si como se dice en filosofía, “el actuar sigue al ser”, es necesario tener muy en cuenta la forma de proceder de estos sectores, para ver en los indesmentibles hechos y no en la vana palabrería, quién es quién en el juego democrático. De ahí que precisamente para resguardar este régimen político, se haga imperativo denunciar a quienes proceden de este modo para tomar las medidas pertinentes, que incluso podrían llegar, de no cambiar de actitud, a hacer necesario excluirlos del debate democrático no por intolerancia, sino por estar traicionando sus presupuestos.

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

Entre discursos y verdades…

En días pasados se dio la 75 entrega de los Globos de Oro, evento que inicia la entrega de premios de la temporada.

Como es sabido, el centro de atención fue Oprah Winfrey, presentadora de televisión norteamericana, con su discurso que ha sido alabado en casi todos lados.

Si Oprah Winfrey es candidato a la presidencia por su discurso en los Globos de Oro, entonces hace años que Paquita la del Barrio debió ser nuestra presidente y haberse reelegido varias veces, porque de “verdades” a “verdades” nadie como la segunda para decirlas.

Así de absurdos son los medios de comunicación de los EEUU y gran parte de su sociedad. Dicen que Oprah es una gran persona, pero para la sociedad occidental y particularmente para la farándula de Hollywood lo serás siempre que apoyes el aborto, la ideología de género, la fecundación in vitro, los métodos anticonceptivos, la homosexualidad, entre muchas otras cosas. Oprah habla de los derechos de las mujeres y luchar contra el acoso sexual, pero ¿cuantas actrices saben de ello y se callan? Y luego se muestran sorprendidas. ¿Cuantas se ponen el pie en su carrera por la fama? ¿Cuántas se inmiscuyen en un matrimonio? ¿Cuántas actrices acosan a otras?

Es destacable que haya dicho “Decir la verdad es la herramienta más poderosa que todos tenemos” porque Oprah como tantos, omite hablar de la violencia que entre mujeres se ejerce en la farándula que terminan siendo su peor enemiga, no se abstuvo de apoyar a candidatos abiertamente pro aborto como Barak Obama o Hillary Clinton en su momento, no habla sobre el daño que implica la pornografía.

Y qué decir de los demás asistentes, escuchando con atención y poniéndose de pie para aplaudirle, embobados y vistiendo de negro como un gesto de “solidaridad” con las víctimas de acoso sexual, irónico ¿no lo cree?, cuando muchos han producido o actuado en películas que denigran a la mujer al ponerla como una cualquiera, al incluir escenas sexuales, desnudos, cosificando precisamente a las que dicen “amar y respetar”, porque el cine es “el séptimo arte”.

¿Puede ver la contradicción?

De ahí que ver las alabanzas a un discurso políticamente correcto y lleno de ese sentimentalismo absurdo que tanto gusta al público y a la prensa internacional no sea más que algo de lo cual reír y combatir.

Evidentemente el acoso sexual esta mal, venga de quien venga. La mujer debe ser tratada con respeto, particularmente respetarse a sí misma y respetar al varón. Hablemos más de las mujeres que saben defender su dignidad sin sacrificar sus valores morales, que saben que hombre y mujer no son enemigos sino un maravilloso complemento.

Poner las cosas en su justa dimensión sin dejarnos deslumbrar por quienes lejos de promover la dignidad de la mujer, contribuyen a que siga siendo pisoteada. Aquellos que realmente luchan por la dignidad del ser humano jamás serán aplaudidos por el mundo, ni promovidos presidentes de nada en ningún lugar, por ello…

«Cada día resulta más fácil saber lo que debemos despreciar, lo que el moderno admira y el periodismo elogia» (Nicolás Gómez Dávila)

 

Alexa Tovar alexatovar2017@yahoo.com

Como dos imanes que se repelen

Según hemos dicho muchas veces, las ideas –buenas o malas, acertadas o desastrosas– son lo más poderoso que existe en el ser humano, ya que si ellas logran convencer a muchos, son capaces de transformar el mundo para adaptarlo a esas ideas. Es cosa de ver nuestra organización política o económica para darse cuenta de ello.

De ahí entonces que sea de vital importancia saber cuáles son las ideas que hoy están circulando y se encuentran asentadas en grupos importantes de la población, lo cual no impide que ellas sigan luchando por expandirse y ganar más adeptos para su causa. Se equivocan rotundamente, pues, quienes consideran que ellas son un tema demasiado etéreo, teórico, inútil o baladí. Por eso se ha dicho que no hay nada más práctico que una buena teoría.

Ahora bien, dentro del cúmulo de ideas que hoy luchan por la hegemonía, el autodenominado “progresismo” se encuentra en una auténtica lucha sin cuartel por cambiarlo todo, el menos en Occidente, pretendiendo así dejar su impronta profunda en nuestras sociedades en un cúmulo de materias.

Así, sólo por mencionar las más llamativas, se pretende afectar a la vida (control de la natalidad, aborto, eutanasia, procreación artificial, manipulación genética, hibridación, transhumanismo); la familia (intento del Estado por sustituir a los padres en la formación de sus hijos, uniones civiles, matrimonio homosexual con adopción incluida, “matrimonio con uno mismo”, poligamia e incluso incesto); la ecología (consideración del ser humano como un animal más, “derechos” de los animales, atribuirles la calidad de persona, cambios en los hábitos alimenticios); la sexualidad (educación sexual, anticoncepción, la ideología de género, con sus cada vez más orientaciones u opciones sexuales –el conglomerado LGBTTTI y suma y sigue–, los derechos sexuales y reproductivos); la libertad de conciencia y de expresión (al existir un cúmulo de “verdades oficiales”, como las recién señaladas, contra las cuales está vedado oponerse, so pena de ser juzgado por discriminador o intolerante) y el gelatinoso concepto de derechos humanos (elevados a la categoría de religión y que cada vez abarcan más y más aspiraciones, por descabelladas, injustas o imposibles que sean).

La lista es larga y obviamente hay muchas otras materias no mencionadas aquí. Mas lo que nos interesa recalcar, es que esta verdadera “cruzada progresista” no tiene ninguna intención de detenerse, pues siempre abogará por nuevos cambios, por inimaginables que sean. Se equivocan rotundamente quienes creen que cediendo por aquí o por allá, lograrán aplacar su sed de reformas, pues a fin de cuentas, quieren cambiarlo todo, precisamente, para hacerlo calzar con estas ideas “progre” que buscan transformar de raíz nuestras sociedades.

En realidad, quien cede en algún punto, creyendo que con eso podrá “abuenarse” con el adversario, sólo logra que este último dé un paso más, “corriendo el cerco” más lejos, si así pudiera decirse, pues su “leit motiv” es siempre estar en la vanguardia de los cambios, siempre “progresar”, nunca detenerse ni estancarse como si la misión estuviera en parte ya cumplida. En suma, son como dos imanes que se repelen, de tal suerte que si se mueve uno, el otro inevitablemente se aleja. Esa es, en verdad, nuestra actual situación.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

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