Como dos imanes que se repelen

Según hemos dicho muchas veces, las ideas –buenas o malas, acertadas o desastrosas– son lo más poderoso que existe en el ser humano, ya que si ellas logran convencer a muchos, son capaces de transformar el mundo para adaptarlo a esas ideas. Es cosa de ver nuestra organización política o económica para darse cuenta de ello.

De ahí entonces que sea de vital importancia saber cuáles son las ideas que hoy están circulando y se encuentran asentadas en grupos importantes de la población, lo cual no impide que ellas sigan luchando por expandirse y ganar más adeptos para su causa. Se equivocan rotundamente, pues, quienes consideran que ellas son un tema demasiado etéreo, teórico, inútil o baladí. Por eso se ha dicho que no hay nada más práctico que una buena teoría.

Ahora bien, dentro del cúmulo de ideas que hoy luchan por la hegemonía, el autodenominado “progresismo” se encuentra en una auténtica lucha sin cuartel por cambiarlo todo, el menos en Occidente, pretendiendo así dejar su impronta profunda en nuestras sociedades en un cúmulo de materias.

Así, sólo por mencionar las más llamativas, se pretende afectar a la vida (control de la natalidad, aborto, eutanasia, procreación artificial, manipulación genética, hibridación, transhumanismo); la familia (intento del Estado por sustituir a los padres en la formación de sus hijos, uniones civiles, matrimonio homosexual con adopción incluida, “matrimonio con uno mismo”, poligamia e incluso incesto); la ecología (consideración del ser humano como un animal más, “derechos” de los animales, atribuirles la calidad de persona, cambios en los hábitos alimenticios); la sexualidad (educación sexual, anticoncepción, la ideología de género, con sus cada vez más orientaciones u opciones sexuales –el conglomerado LGBTTTI y suma y sigue–, los derechos sexuales y reproductivos); la libertad de conciencia y de expresión (al existir un cúmulo de “verdades oficiales”, como las recién señaladas, contra las cuales está vedado oponerse, so pena de ser juzgado por discriminador o intolerante) y el gelatinoso concepto de derechos humanos (elevados a la categoría de religión y que cada vez abarcan más y más aspiraciones, por descabelladas, injustas o imposibles que sean).

La lista es larga y obviamente hay muchas otras materias no mencionadas aquí. Mas lo que nos interesa recalcar, es que esta verdadera “cruzada progresista” no tiene ninguna intención de detenerse, pues siempre abogará por nuevos cambios, por inimaginables que sean. Se equivocan rotundamente quienes creen que cediendo por aquí o por allá, lograrán aplacar su sed de reformas, pues a fin de cuentas, quieren cambiarlo todo, precisamente, para hacerlo calzar con estas ideas “progre” que buscan transformar de raíz nuestras sociedades.

En realidad, quien cede en algún punto, creyendo que con eso podrá “abuenarse” con el adversario, sólo logra que este último dé un paso más, “corriendo el cerco” más lejos, si así pudiera decirse, pues su “leit motiv” es siempre estar en la vanguardia de los cambios, siempre “progresar”, nunca detenerse ni estancarse como si la misión estuviera en parte ya cumplida. En suma, son como dos imanes que se repelen, de tal suerte que si se mueve uno, el otro inevitablemente se aleja. Esa es, en verdad, nuestra actual situación.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

Los fantasmas de la sociedad posmoderna

En nuestra época encontramos en algunas personas, importantes cambios en la concepción de su existencia. Por ejemplo, en materia de moralidad, lo que anteriormente se consideraba malo o perverso, como: abortar, robar, mentir, difamar, cometer actos de corrupción o injusticias laborales, drogarse etc., ahora, para no pocos “todo depende del cristal con que se mira”. Todo es sujeto de reinterpretaciones argumentando -según dicen- motivos de “conveniencia”, “depende de las circunstancias”, “del momento emotivo de las personas”, “de lo que yo siento”…

Esta concepción de la realidad indiscutiblemente conduce al relativismo. A sostener que las verdades universales no existen sino que se cae en la esfera del subjetivismo, es decir, como cada individuo las interpreta, las visualiza. Se trata de un eclipse de la razón y un desprecio de la sensatez.

“La verdad es la adecuación de la mente a la realidad”, sostiene la Filosofía clásica. En otras palabras, nos dice que las cosas son como son, en el sentido objetivo de la expresión, independientemente de nuestro estado anímico o de las circunstancias. Realizar un acto de corrupción, como lo es apropiarse en forma indebida de una fuerte suma de dinero del erario público, es una grave falta de ética.

Otras veces, la mentalidad posmoderna reclama numerosos “derechos” pero olvida los deberes, las responsabilidades que cada acción libre lleva consigo. Por ejemplo, hay quienes sostienen “el derecho a ejercer libremente la sexualidad” pero cuando un hombre embaraza a una mujer, una reacción frecuente es huir del compromiso, de la responsabilidad de asumir la paternidad de ese niño que todavía no ha nacido, pero que existe en el vientre de su madre y que tiene el prioritario derecho a vivir.

También, se tiende a pensar que “el fin justifica los medios” como un principio vital de acción. Dicho en palabras coloquiales: “El que no transa, no avanza”. ¿La mentira, el engaño, la simulación, el fraude se pueden justificar porque se ganará mucho dinero en un turbio negocio? Es evidente que no.

Es decir nos encontramos ante situaciones donde la moral objetiva se ve diluida, desdibujada, ignorada en forma deliberada, bajo la excusa de que “mucha gente lo hace”, “no tengo la impresión de que sea malo”. Entonces las acciones se discurren no por los senderos de la razón y el sentido común, sino por las percepciones subjetivas o las meras impresiones. Se cae en una conducta inmoral o francamente amoral, donde la Ética ni la Verdad son tomadas en cuenta.

Detrás de esas conductas existe un marcado individualismo, un egoísmo exacerbado en el que rige “lo que a mí me conviene”, “lo que va de acuerdo con mis intereses económicos”. Y el bien de los demás o el de la sociedad no les interesa.

La gran tarea es retornar al uso de la razón, de la verdad objetiva, de rescatar la moral auténtica y los valores universales. En suma, el vivir conforme a la verdad, el ser siempre congruente entre lo que se piensa interiormente y lo que se hace en la vida cotidiana, es fuente inagotable de felicidad y paz duraderas.

Un mundo cada vez más dogmático

Como hemos dicho muchas veces –por algo será–, vivimos en una época que se ufana de manera casi enfermiza de su notable espíritu de tolerancia y libertad para pensar casi cualquier cosa que se quiera, y que mira con desdén, cuando no con profundo desprecio, épocas pasadas, calificándolas de “dogmáticas”.

Sin embargo, y como también no nos cansamos de denunciar, lo anterior cada vez se contradice más con los hechos y las actitudes de muchos que dicen tener este espíritu, mostrando así, de manera opuesta a lo que tanto proclaman, que los verdaderamente dogmáticos son ellos.

En efecto, tal vez como nunca, en la actualidad lo “políticamente correcto” está adquiriendo de manera creciente el carácter de dogma y en consecuencia, oponerse a ello resulta altamente peligroso. Lo anterior se demuestra muy a las claras no solo con los cada vez más gruesos epítetos que se lanzan contra los que no están alineados con lo “políticamente correcto”, sino además, porque día a día se hacen más frecuentes todo tipo de amenazas en su contra: desde el linchamiento mediático hasta las demandas en tribunales.

Siendo esto así, ¿dónde ha quedado la tolerancia y libertad que dicen defender los que atacan de este modo? Y de manera más profunda: ¿no son esas actitudes de matonaje una muestra clarísima no solo de esta ausencia de tolerancia sino también de la falta de argumentación de sus postulados? Si de verdad se pretende debatir las ideas y no imponerlas, es altamente contradictorio erizar la postura que se tenga con todo tipo de advertencias y amenazas, al punto que podría concluirse que el nivel de dichas advertencias y amenazas es inversamente proporcional a la solidez de los argumentos que se tienen.

De esta manera, vivimos en una sociedad en que el debate está siendo sustituido por este matonaje e intolerancia de una postura que descalifica de un plumazo a todo y a todos quienes no compartan su particular modo de ver las cosas, lo cual no puede estar más lejos del verdadero espíritu democrático.

Así, por poner solo algunos ejemplos, quien sostiene que el ser humano no es un simple animal es un soberbio insensible; el que critica la ideología de género es un retrógrado; aquel que no está de acuerdo con todas y cada una de las exigencias del matrimonio homosexual es un homofóbico; el que no es “progre” es un conservador miserable; el que es creyente es un intolerante; la persona que no es de izquierdas es un fascista; quien cree en el mercado, un miserable explotador, y así podríamos seguir por un buen rato.

En todos estos y muchos otros casos, se pretende excluir de un plumazo, según se ha dicho, a quienes no se muevan dentro de las coordenadas de lo “políticamente correcto”, y de manera preocupante, se están empleando de manera creciente otros medios abiertamente coactivos para amedrentar o incluso neutralizar a quienes osen salirse de sus fronteras. De esta manera, existe un grupo no mayoritario, pero que aparenta serlo, gracias a sus influencias y acceso a los medios de comunicación, que sencillamente no está dispuesto a tolerar ideas que no sean las suyas.

Así las cosas, ¿quiénes son realmente los dogmáticos e intolerantes?

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

Los nuevos «Derechos humanos».

Hoy en día, los llamados “derechos humanos” dan para todo. Es cosa que cualquier aspiración, por rara, absurda, chocante o arbitraria que sea se disfrace con la categoría de “derechos humanos”, para que casi por arte de magia, se imponga o intente imponerse de forma arrolladora y sin consideraciones a muchas otras aspiraciones legítimas o a verdaderos derechos.

            El problema se agudiza, sin embargo, porque fruto de haberse perdido en buena parte de nuestras sociedades cualquier referencia a una ley natural, qué es considerado correcto, justo o debido varía notablemente entre unos y otros. Por tanto, una cosa que debe tenerse muy en claro es la siguiente: no porque ciertos sectores enarbolen alguna aspiración como un “derecho humano” eso significa que se trate de un clamor popular, de un anhelo mayoritario que puja hace mucho tiempo por ser reconocido o de algo evidente. Muy por el contrario: en una época en que somos “extraños morales” (al punto de no estar de acuerdo en aspectos fundamentales sobre el bien y el mal), todo, absolutamente todo puede terminar convirtiéndose en un “derecho humano”.

            De esta manera, los manoseados “derechos humanos” se han convertido en un verdadero Caballo de Troya que puede adentrarse en la ciudadela de cualquier situación o estado de cosas que se quiera hacer cambiar mediante su ataque. Basta que se organice cualquier grupo con recursos o contactos y “cree” el derecho humano tal o cual, para que por muy minoritario que sea o por muchas resistencias que tenga en la gran mayoría de la sociedad civil, vaya expandiéndose, por las buenas o por las malas (con todo tipo de presiones, amenazas, arbitrariedades y abusos), cual mancha de aceite, que como tal, pretenden penetrar todos los engranajes del tejido social.

            Y por supuesto, para la correcta aplicación de estos “derechos humanos” y evitar posible violaciones a los mismos, se asigna un papel protagónico y hegemónico al Estado, quien se convierte en su guardián y garante, a costa de muchos otros verdaderos derechos, como la vida, la libertad de conciencia, de opinión o de enseñanza, entre otros. Ello, porque como el Estado ha sacralizado estos “nuevos derechos”, oponerse a ellos es una herejía inaceptable, que debe ser castigada o prevenida por cualquier medio, siempre en nombre de estos “derechos humanos”, obviamente.

            De esta manera, desarraigados de cualquier contenido y fundamento objetivo, los actuales “derechos humanos” poco o nada tienen que ver con lo que tradicionalmente se ha entendido por los mismos y de manera sorprendente y subrepticia, se han ido convirtiendo en un sutil pero efectivo medio de dominación de sociedades enteras, pues se insiste, oponerse a estos “nuevos derechos” es visto como la mayor de las barbaries, dogmatismos o involuciones para un ser civilizado. Y por supuesto, quienes los defienden, tienen licencia para trasgredir los verdaderos derechos de sus enemigos, en nombre, precisamente, de estos nuevos y cambiantes “derechos humanos”.

            Una muestra más de lo que ocurre cuando los parámetros del bien y del mal se pierden en una sociedad, lo que únicamente favorece a los más fuertes, haciéndolos aún más fuertes.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

Un codiciado botín

Un aspecto que suele pasar más o menos inadvertido en nuestras actuales sociedades, es que los jóvenes se encuentran expuestos a una serie de peligros que pueden afectar notablemente sus vidas.

En efecto los jóvenes (entendamos por tales los menores de 30 años) se han convertido en un segmento extremadamente vulnerable en el cual no solo es relativamente fácil sembrar una serie de “necesidades” de todo tipo, sino que además, ofrece muchas garantías de transformarse en el corto plazo y por varias décadas, en un mercado cautivo de las mismas.

De esta manera, conductas que van desde el consumismo insaciable, al afán de emociones nuevas o de diversión, hasta el consumo de alcohol, de drogas o de sexo en general, se han transformado en poderosas tentaciones que buscan asaltar la ciudadela de la inexperiencia de estos jóvenes, so pretexto de respetar su “autonomía”, sus “derechos” o su “realización personal”.

Se insiste que aunque este fenómeno se vista de “progresismo”, en el fondo viene a ser un notable abuso respecto de sujetos que son incapaces ante la ley por su inmadurez, o siéndolo, carecen de la suficiente experiencia para sopesar adecuadamente las reales consecuencias de las decisiones que toman, supuestamente de manera libre y responsable.

Pero además, como en muchos casos todavía se están formando como personas, es muy probable que estas necesidades creadas generen en ellos una dependencia que será muy difícil erradicar en el futuro, al necesitar de un esfuerzo para el que muchas veces no están acostumbrados.

A lo anterior se añaden, entre otras, dos agravantes: la primera es el incentivo que en muchos países las autoridades y la legislación dan a este lamentable fenómeno (por ejemplo, incitando la actividad sexual o permitiendo el consumo de drogas), tratando a estos jóvenes como si fueran adultos, pese a seguir siendo muchos de ellos incapaces jurídicamente para casi todo lo demás; y la segunda, es la crisis de la institución familiar, que tiene múltiples causas, pero que ha redundado en una desatención de los menores en momentos claves de su formación.

Todo esto está trayendo y traerá notables consecuencias, que aflorarán con toda su gravedad en los próximos años, pues sin exagerar, muchas de estas vidas terminarán arruinándose o afectando gravemente la de otros, fruto de estas decisiones abusivamente incentivadas e inmaduramente tomadas en su momento.

Por eso, es hora de ver a muchos de estos jóvenes como verdaderas víctimas del sistema, pues obviamente existe aquí un abuso intelectual y afectivo sobre ellos, que no tienen las suficientes armas para defenderse de estos peligros. Es por eso, como se ha dicho, que al ser una presa fácil, nuestros jóvenes se han transformado en un codiciado botín.

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

Una sutil forma de dominación.

Uno de los aspectos que más me preocupa como profesor universitario es la escasa, por no decir casi nula formación histórica que poseen la gran mayoría de los estudiantes, al punto que no son capaces de identificar sus grandes procesos ni menos aún ubicarlos en el tiempo.

Así, y por poner un ejemplo, el fenómeno de la Guerra Fría les es prácticamente desconocido, siendo que terminó poco antes que nacieran y que no es posible comprender la historia del siglo XX al margen de ella. Sin embargo, es casi como si no hubiera existido y al preguntarles por la misma, su respuesta se parece mucho a un encefalograma plano.

Obviamente ellos no son los culpables, o al menos los principales responsables de este lamentable fenómeno, aunque también es cierto que con un poco más de inquietud de su parte se podría haber hecho algo a este respecto. Sin embargo, no deja de ser inquietante la notable vulnerabilidad e incluso la completa indefensión que conlleva esta situación.

En efecto, un sujeto que no posee los mínimos conocimientos históricos (de historia verdadera, no la tendenciosa) tanto de su país como del mundo, es una presa fácil de las ideologías de turno, que pueden convencerlo de casi todo lo que dicen sin mucha dificultad. Ello, puesto que al no tener con qué contrastar esa información, no solo está imposibilitado para saber si es cierta o no, sino que probablemente la adoptará como verdadera, al no poseer conocimientos basales previos. Y desde esa base falsa, construirá su visión del mundo, deformada naturalmente, como no podía dejar de ser.

En consecuencia, la persona puede terminar dominada en lo más íntimo de sí: en sus pensamientos y como consecuencia de ello, en lo que siente y quiere. ¿Qué necesidad existe ya de dominarlo por la fuerza? Ella misma participa de dicha dominación sin darse cuenta y lo que es peor, cree que es libre.

Desde esta perspectiva, pues, ¿con qué fundamento se le criticarán muchas de sus acciones si no existió la suficiente preocupación de las familias, de las entidades educativas, de la sociedad civil y del Estado por evitar esta inanición cultural? No vengamos a quejarnos luego de lo que pueda ocurrir, pues a fin de cuentas, existen muchas conductas que son difícilmente exigibles para un sujeto que no posee conocimientos básicos, siendo por ello, tal vez más víctima él mismo que las que pudiera ocasionar su modo de proceder.

Es por eso que el rol que tienen la historia y en general las humanidades en las entidades educativas resulta esencial, porque sin ellas no pueden formarse verdaderas personas sino títeres, que más tarde o temprano tendrán un rol protagónico en el país.

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

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