Marihuana: “ya es legal, pero no la fumes”

La reciente legalización de la cannabis en Canadá, y próximamente en México y varios países más, nos revela una paradoja: ahora los gobiernos deberán proteger a los adolescentes del posible daño cerebral. Entonces, ¿para qué legalizar un producto que clínicamente no es seguro?

  1. El panorama internacional. Fue Uruguay el primer país americano que legalizó la marihuana en 2013. Ahora Canadá, un país de gran influencia en la Commonwealth y también en el continente americano, hizo lo mismo en junio de este 2018.

México, después de una larga guerra contra el narcotráfico, ha puesto las bases para esta legalización, primero con la despenalización de la posesión de pequeñas cantidades (2009), y luego con una serie de fallos de la Suprema Corte de Justicia, desde 2015. Ahora el Gobierno del Presidente electo, López Obrador, presentó un ley regula la producción, venta y consumo de la cannabis, que se aprobaría en 2019. (El País, 9 nov. 2018)

En Nueva Zelanda, habrá un referéndum en 2020 sobre la legalización y regulación del consumo de esta yerba por parte de adultos. Holanda, donde es legal desde los años 70, ahora buscará ampliar la ley que permite la distribución de esta droga. (El País, 18 oct. 2018)

  1. Proteger a los jóvenes. Tan pronto como la ley que legaliza la marihuana en Canadá entró en vigor el pasado 17 de octubre, el propio Gobierno canadiense inició una campaña de educación pública enfocada en prevenir a los jóvenes de los peligros que la cannabis tiene para ellos.

El New York Times (NYT) resumió así esta campaña: “El mensaje de Canadá a los adolescentes: la marihuana ahora es legal; por favor, no la fumes”. Y cita a un oficial de salud pública, el Dr. Paul Roumeliotis, de Ontario, que declaró: “No porque sea legal es segura. Ese es nuestro mensaje real”.

Aunque el objetivo de esta ley es regular el mercado de la marihuana para hacer que los distribuidores ilegales quiebren, y así la droga llegue menos a los adolescentes, la realidad es que los muchachos canadienses son los que más utilizan cannabis en el mundo.

Por eso, el Dr. Benedikt Fischer, científico del Centro de adicciones y salud mental de Toronto, afirmó que “el elemento de legalización más falso” es que la nueva ley mantendrá la marihuana “fuera del alcance de los niños”.

  1. Peligro de daños cerebrales. El NYT explica que la mayoría de los científicos está de acuerdo en que el riesgo para los cerebros jóvenes es mayor en aquellos que empiezan a fumar a los 12 años o antes, en los que lo hacen con regularidad y en los que consumen marihuana de alta potencia.

Ese mismo periódico recoge la declaración de la terapista canadiense Jenny Hanley, quien cuestiona fuertemente la decisión gubernamental: “Está demostrado que el cerebro no para de crecer hasta que tienes 25 años, y ahora les vamos a vender [cannabis] a gente de 19 años. ¿Qué diablos estará pensando nuestro gobierno?”

Y añade el NYT que varios estudios encontraron que el uso constante de la cannabis por parte de adolescentes cambió tanto la estructura de su cerebro como la función cognoscitiva de largo plazo.

Epílogo. Es un dato científico que la marihuana afecta la salud mental de los adolescentes y los jóvenes. Entonces, ¿para qué legalizar la producción y el consumo de marihuana para los adultos, si esta droga no es segura para los jóvenes?

Si para garantizar la libertad de un adulto de utilizar cannabis, una ley implica un grave riesgo para la salud mental de los jóvenes, entonces esa ley compromete el futuro de una nación. ¿Será pues una buena decisión legalizar la marihuana?

@FeyRazon   lfvaldes@gmail.com

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La marihuana, ¿una droga inofensiva?

Ha vuelto a colocarse “bajo los reflectores” la opinión de que consumir marihuana es una droga inocua, que produce placer, bienestar y poco más, y que puede ser compatible con los estudios, el trabajo o cualquier otra actividad. Y esto lo sostienen algunos políticos, intelectuales, personas de relieve social.

El “Instituto Nacional de Abusos de las Drogas” señala que algunos de los efectos poco conocidos de esta droga son: ansiedad, miedo, desconfianza, pánico, alucinaciones, espejismos, psicosis aguda y una pérdida de sentido de la pertenencia de identidad. Otro aspecto es que, a menudo, de ese tipo de las llamadas “drogas suaves” se tiende a buscar a las drogas fuertes (cocaína, heroína, opio, las que tienen efectos alucinógenos, etc. para tener, según dicen, “nuevas sensaciones”.

De la experiencia con los individuos que tratamos, nos percatamos que las personas que por una largo tiempo han consumido esta droga: 1) Se expresan verbalmente con dificultad y lentamente; 2) A menudo pierden las coordinadas de espacio y tiempo (no saben qué dijeron, en qué lugar en concreto, o si lo soñaron); 3) Suelen ser repetitivas; 4) Tienen poca capacidad de introspección o reflexión; 5) Si son estudiantes, su promedio académico tiende a bajar drásticamente; 6) No pueden rendir en su trabajo de la misma manera que el resto de sus compañeros; 7) No se acaban de hacer cargo de su propia realidad y menos de sus responsabilidades; 8) Suelen tener conflictos en su hogar o en el medio donde laboran porque se les dificulta la convivencia y tienden al egocentrismo; 9) No le conceden importancia alguna a las normas de urbanidad, cortesía y de higiene personal; 10) Al necesitar de nuevo consumirla, se tornan agresivos, inquietos y nerviosos hasta que no consiguen su porción que los mantenga otra vez relajados, con placer. Luego entonces, un adicto a ésta o a cualquier droga, se convierte en una persona conflictiva y difícil de socializar.

He conocido, por diversas circunstancias, a personas a adictas a esta droga “inocua” y me he percatado que tienen ya más de 60 años y vienen arrastrando complejos de la adolescencia, por ejemplo, hay quienes dicen: “Les voy a demostrar a todos que soy mucho mejor que Maradona” y salen, en su traje de futbol, trotando hacia una minúscula multicancha deportiva, imaginando no sé cuántas proezas magistrales y goles fantásticos…No distinguen la ensoñación o fantasía de la sobria realidad que se les presenta.

Por otra parte, en su exposición, no mantienen una hilación coherente, lógica, bien razonada, ni siquiera apuntan hacia unas elementales conclusiones. Más bien, van yendo de un tema a otro, de lo más disparatados, y al darse cuenta que se extraviaron mucho del hilo conductor, o preguntan de qué hablaban o terminan con una sonora y absurda carcajada.

Por otra parte, tenemos experimentado que donde hay un nido de marihuanos es un foco de problemas, de violencia, de robos, y con frecuencia, se comenten graves actos delictivos, entre ellos muertes y suicidios.

Es interesante el caso de Holanda en que, desde la década de los años setenta, se legalizaron las “drogas suaves” y, en sentido opuesto de lo esperado, se disparó su consumo en los parques, cines, teatros, cafeterías, vías públicas y, como consecuencia, en materia de seguridad esta sociedad se volvió inestable y proliferaron los robos, secuestros, homicidios… ¿Qué determinó el gobierno holandés? Restringir las áreas de consumo a unos cuantos sitios muy focalizados y en los que la policía pudiera tener mayor control.

Y en México, ¿no vamos a tomar experiencia “en cabeza ajena”? O bien, ¿vamos a empezar un largo itinerario de más de 40 años para llegar a las mismas conclusiones? ¿No es verdad que los más perjudicados serán nuestros jóvenes y niños?

Las Drogas: Una Espiral de destrucción sin retorno

En su libro “Luz del Mundo” en el que el periodista alemán, Peter Seewald, realiza una serie de entrevistas al entonces Papa Benedicto XVI, en uno de sus capítulos, al abordar uno de los cánceres sociales más graves de nuestro tiempo, como son: el tráfico y consumo de drogas, el Santo Padre afirmaba: “Creo que esa serpiente del tráfico y consumo de drogas abarca toda la tierra, es un poder que no nos imaginamos como se debe. Destruye a la juventud, destruye a las familias, conduce a la violencia y amenaza el futuro de países enteros”.

Y continuaba: “Tambén eso forma parte de las terribles responsabilidades de Occidente: el hecho de que (un país política y económicamente poderoso) necesita drogas y de que, de ese modo, crea países que tienen que suministrárselas, lo que, al final, los desgastra y destruye. Ha surgido una avidez de felicidad que no puede conformarse con lo existente. Y que entonces huye, por así decirlo, al paraíso del demonio, y destruye a su alrededor a los hombres” (Editorial Herder, México, 2010, página 74).

Estas aseveraciones del entonces Romano Pontífice recogían sus propias reflexiones y el pensamiento de muchos Obispos, procedentes de los cinco continentes, que acudían al Vaticano, dentro de sus acostumbradas visitas, a exponerle sus preocupaciones pastorales y dificultades en las labores apostólicas, entre otros muchos temas.

En décadas anteriores, el gobierno de los Estados Unidos, a través de la D.E.A., tenía redes internacionales para combatir frontalmente al narcotráfico. En esos combates han muerto muchos miles agentes y soldados para erradicar este mal social.

Ahora resulta que, bajo el mandato del Presidente Barak Obama y la Organización de las Naciones Unidas, el concepto intrísecamente perverso de los efectos de la drogadicción y su funesto tráfico, han cambiado radical y súbitamente de sentido y la nueva directriz que han “recomendado” al resto de los países del orbe es ésta: que se permita la legalización del cultivo de la mariguana “por motivos científicos y medicinales” , y se pueden portar personalmente todo tipo de drogas, legalmente autorizadas, siempre y cuando sean dósis bajas de cocaína, heroína, morfina, etc. y, hoy en día, se pretende argumentar un supuesto “derecho humano al goce placentero mediante el consumo de estupefacientes”.

¿Ante qué fenómeno social, político e ideológico nos estamos enfrentando? Ante la llamada “dictadura del relativismo”. Es decir, lo que ayer se consideraba “malo y perverso” ahora -porque así lo deciden algunos gobernantes y legisladores- “es bueno y recomendable”, esgrimiendo que “cada quien tiene la capacidad de decidir su propio camino para ser feliz” y, en este sentido, existe un cambio sustancial en el significado de las palabras (es decir, una nueva semántica), y de esta manera, producto de la mentalidad materialista y hedonista, se considera “como un legítimo y acertado ejercicio de la libertad el consumir drogas, puesto que el bien prioritario de cada individuo es la felicidad”.

Me parece que todos hemos sido testigos de amargas experiencias de compañeros de escuela o universidad que se aficionaron al consumo de drogas y que fallecieron por sobredosis o quedaron con daños cerebrales irreversibles. Además, es indudable que un drogadicto en un hogar tiene una imprevisible fuerza destructiva, ya que el día menos esperado: se puede suicidar, o bien, tener un ataque de irritabilidad y golpear a sus padres y hermanos e incluso matarlos; suele robarse objetos de su casa y malbaratarlos para conseguir un poco de dinero y así poder consumir su ansiada droga.

También, en las instituciones educativas, sucede a menudo que grupos de drogadictos fácilmente forman pandillas violentas y se dedican al robo, al consumo y tráfico de drogas, y por supuesto, su rendimiento escolar baja estrepitosamente hasta que el Director del plantel decide expulsarlos. ¿Y luego qué ocurre? Se convierten en delincuentes callejeros o en vagabundos y se tornan en una lacra social. Ese círculo vicioso culmina en la cárcel, pero en “esa otra escuela” es donde realmente aprenden a ser delincuentes profesionales, asesinos a sueldo, ladrones, secuestradores, etc.

Y si se destruye la célula familiar, se arrasa con todo el tejido social y, sobreviene un estado de mayor corrupción, caos, anarquía e inseguridad para vivir en paz y concordia en las ciudades y entre sus habitantes.

Me llama poderosamente la atención que no se escuche la experimentada voz de los Psiquiatras y Neurólogos, especialistas en esta materia; de los psicoterapeutas -que día con día- luchan por sacar de “las garras de las drogas” a sus pacientes; los comentarios, sugerencias y propuestas -fruto de duras experiencias- de los padres de familia y de los orientadores familiares; y, por supuesto, atender el testimonio de quienes pasaron por “el infierno de la drogadicción” y han logrado, con muchos esfuerzos, superar -dentro de lo que cabe, porque siempre tienen la posibilidad de “una dolorosa recaída”- su problemática y se han reintegrado a su familia y al mundo laboral. Sin duda, lo concerniente al mundo de las drogas y al narcotráfico “se ha politizado” porque no se acude ni la Ciencia ni a la voz de las personas expertas y autorizadas para emitir sus argumentos científicamente fundamentados.

Si como dice el Papa Emérito Benedicto XVI que las drogas y el narcotráfico conducen a la violencia y amenaza el futuro de países enteros, ¿cómo es que algunos gobernantes y legisladores de nuestro tiempo aprueban tan a la ligera leyes que, en muy poco tiempo, se revertirán en contra de la estabilidad social y política de sus mismas naciones? Y aunque en principio se diga que sólamente se aprueban “con fines científicos y medicinales”, ¿no entrañan estas legalizaciones graves contradicciones que ponen en riesgo las estructuras sociopolíticas, el orden, la armonía, la paz de las familias, de las sociedades y de la entera civilización?