Las características de una personalidad madura

Detrás de muchas adicciones como el alcoholismo, la drogadicción, el consumismo compulsivo, los cambios bruscos de carácter, los estados de profunda tristeza, y bajo de esas aparentes máscaras, muchas veces nos revelan a personas que no están satisfechas consigo mismas.

¿Por qué? Porque no suelen tener un proyecto definido de vida, les afectan demasiado sus pequeños fracasos, o bien, presentan una baja autoestima.

El filósofo alemán, Romano Guardini, escribía que la madurez se manifestaba, en primer lugar, en aceptarse así mismo; aceptar a los demás con sus cualidades y defectos y, en tercer lugar, aceptar las circunstancias que nos rodean.

El aceptarse a sí mismo conlleva el ser realistas, pero no pesimistas. El tener suficiente autoestima en las virtudes y valores que cada uno posee.

Muchas veces observamos a personas que no se sabe bien qué pretenden hacer con sus vidas y van dando bandazos porque les falta definir sus ideales y elaborar un proyecto personal.

Otras veces, esos ideales son poco asequibles o inalcanzables y pronto aparece la frustración. Como el que se propone, en pocos años, ser el Director General de un importante corporativo donde trabaja o acumular una considerable cantidad de dinero y bienes materiales.

Para ello se requiere que las metas ambiciosas lleven muchos años de esfuerzo mantenido, con la colaboración de muchas otras personas, y partiendo del cuidado cotidiano de los detalles pequeños.

Me vienen a la memoria dos aspectos edificantes del Presidente Norteamericano Franklin Delano Roosevelt (1882-1945). Desde joven se inició en la carrera política pero, en 1921, se vio interrumpida por su padecimiento de poliomelitis. Pienso que cualquier otro político se hubiera desanimado porque su futuro era permanecer en una silla de ruedas.

Sin embargo, en 1928, una vez recuperado, pero sin poder caminar por su propio pie y gracias a su perseverancia en lograr sus objetivos, fue elegido gobernador de New York y, en 1932, llegó a ser Presidente reeligiéndose por cuatro períodos consecutivos.

Por otra parte, en 1929, sobrevino la gran depresión económica, originada por la crisis de la bolsa que tuvo repercusión, no sólo en la Unión Americana, sino en todo el mundo. Fueron años de desempleo, de hambruna; en que muchos bancos y comercios se fueron a la quiebra.

El Presidente Roosevelt mantuvo siempre la calma y transmitió serenidad y optimismo a los ciudadanos a través de sus discursos y frecuentes programas de radio.

Aplicó un acertado programa político y económico conocido como “New Deal” (“Nuevo Acuerdo”) que sacó adelante al país y devolvió a esperanza y la ilusión de progresar. Parecía una meta imposible, pero con la cooperación de muchas personas, la economía se volvió a reactivar.

Otro aspecto destacado constituye la reeducación de cada individuo para ir eliminando defectos y crecer en virtudes, valores y cualidades. No es tarea fácil y en la mayoría de los casos es tarea para toda la vida, pero a base de constancia y perseverancia se pueden lograr importantes mejorías.

 Recuerdo que la atleta polaca, Eva Swoboda hace años no figuraba demasiado en las carreras de 100, 200 y 60 metros planos en Europa. Una de las estrellas destacadas era la holandesa Dafne Schippers. Pero el afán de superación de la polaca Swoboda logró su anhelado sueño de ganar, el año pasado, los 60 metros en pista cubierta. Y es un hecho que observamos en muchos atletas que luchan por mejorar sus propios récords.

Sorprende, a veces, encontrar con personas de más de 40 años que no acaban de “cortar con el cordón umbilical” con sus padres. Desde luego es un deber filiar el estar pendiente de los progenitores. Pero me refiero más bien a esas personas inseguras, que no saben tener una sana independencia.

La paciencia, la seguridad y la autonomía son virtudes fundamentales en una personalidad bien centrada, porque ayudan a forjar el carácter y enfrentar sus propios retos y desafíos.

Una persona madura tiene capacidad de servicio y de apertura hacia los demás; se sabe comunicar bien; es solidaria y posee un talante democrático.

Son célebres los discursos de Winston Churchill, en forma particular durante la Segunda Guerra Mundial, porque los preparaba cuidadosamente y estaba convencido de que su misión era dirigir los destinos de la Gran Bretaña en esos difíciles años. A través de la radio BBC, también se dirigía a todos los países europeos que se encontraban bajo la dominación nazi. Sus palabras de ánimo, esperanza y aliento fueron decisivas –tanto en Inglaterra como en el resto de Europa- para la victoria de los aliados sobre las tropas de Adolfo Hitler.

Concluimos con la consideración de que la madurez conduce a la felicidad, la alegría y el buen humor. Porque son elementos que van unidos, las personas se aceptan tal y como son. Dan a las cosas la importancia que tienen, con realismo y sin dramatizarlas.

Una adolescencia permanente

Debido a un cúmulo de factores, tanto públicos como privados, existen en nuestras sociedades, cada vez más personas jóvenes (digamos que de 40 para abajo), que viven en lo que podría llamarse una “adolescencia permanente”, en el sentido que la prioridad que pareciera existir en sus vidas es “pasarlo bien” de la manera más duradera posible y en parte, como requisito para lo anterior, asumir el mínimo de responsabilidades y compromisos.

Tal vez uno de los aspectos que más claramente muestra lo anterior es el explosivo aumento de las formas de diversión que se ha producido en las últimas décadas, lo que ha ocasionado que la oferta para “pasarlo bien” y evadirse en buena medida de la realidad, supere ya casi la imaginación. Y eso que estamos hablando de las formas lícitas de diversión.

Al mismo tiempo y por mera lógica, todo lo que suene a compromiso y postergación, aunque sea por una buena causa, es visto en muchos sectores casi como una maldición a evitar, precisamente por ser un impedimento para –y lo opuesto a– “pasarlo bien”, que se ha convertido en la razón de vivir para muchos. De ahí que el formar una familia, por ejemplo, no esté dentro de las prioridades de varios, como sí lo estaba hace no muchos años atrás.

Finalmente, diversas políticas estatales dirigidas hacia los verdaderos adolescentes, presentadas bajo el ropaje de “derechos humanos” (por ejemplo: la educación gratuita, la “autonomía progresiva” de los menores como pretexto para destruir la patria potestad, o la educación sexual, que casi los empuja a probarlo todo sin asumir responsabilidades), han contribuido al alargamiento de esta etapa de la vida, de la cual muchos no quieren salir.

Ahora bien, como resulta obvio, parece difícil que una persona pueda estructurar adecuadamente su vida si única o prioritariamente está preocupada de “pasarlo bien” y no asume las responsabilidades propias de un adulto, pues existen muchísimos asuntos que requieren de atención y esfuerzo (sin ir más lejos, mantenerse a sí mismo), sencillamente porque la vida tiene sus dificultades, ya que no estamos en el Edén.

Además, otra característica de la adolescencia es la creer de manera más o menos intensa, que se tiene una autonomía y una autosuficiencia notables, sin darse mucha cuenta que para que ellas puedan darse, es necesario tener solucionados un cúmulo de problemas. Dicho de otra manera: que alguien tiene que “poner el hombro”, como se dice, para que las cosas funcionen, lo que por regla general, recae sobre uno o ambos progenitores. Sin embargo, esta situación de dependencia debiera ser temporal, a la espera que el sujeto madure, para que tome a cabalidad, con sus luces y sombras, las riendas de su propia vida.

Por ello, no es indiferente para una sociedad que un buen sector de la misma permanezca en esta adolescencia permanente. No sólo porque resulta bastante obvio que les será más difícil asumir las responsabilidades y sacrificios propios de la verdadera adultez, sino también, porque podría ocurrir que este sector, con tal de seguir “pasándolo bien”, resulte especialmente propenso a aceptar que el Estado se haga cargo de casi todo –como en su momento hicieron sus padres–, con lo cual podrían ser fácilmente dominables. ¿Será este el motivo para querer dejarlos en este estado?

 

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián