Los medios de comunicación, la libertad y el discernimiento

“Ningún hombre sano y constructivo puede aceptar que la verdad y el error sean indiferentes y tengan iguales derechos” Alfonso Junco

El cine, la televisión y la radio son poderosos medios de comunicación. A través de ellos se hace llegar a las masas un mensaje y la propaganda que deseemos.

Si bien hoy tenemos una amplia gama de opciones tales como los portales en internet de películas y música, conectarnos a una inmensa cantidad de emisoras en todo el mundo; la televisión, el cine y la radio convencionales, siguen teniendo su impacto en la vida hogareña. Si el mensaje que se transmite es todo menos limpio, los medios deberán manipular la forma en que lo presentan para que permeé en nosotros.

Llegamos a un punto importante: en la difusión de series, películas, programas y música, se alega la libertad de expresión para justificar el que una producción lleve consigo un mensaje dañino. Programas tipo “Como dice el dicho” no solo promociona el estilo de vida homosexual, también promociona las relaciones sexuales fuera del matrimonio o el adulterio. Programas que no hubiéramos pensado que verían la luz del día, hoy son transmitidos en horario familiar. ¿Qué deberíamos hacer? ¿Bastaría con cambiarle de canal?

Aún los bien intencionados podrán afirmar con vehemencia, una y otra vez que cada quien es “libre de ver lo que quiera”, que no somos nadie para imponer a otros nuestras creencias y gustos, etc. Esa forma de pensar es lo que más desean los medios que promueven el homosexualismo, la ideología de género y el aborto en el mundo: que cerremos la boca y volteemos hacia otro lado para que el producto llegué a las masas. Solo así seremos considerados como “amables y respetuosos”.

Pero usted simplemente no se quedaría tranquilo si alguien le ofreciera a un niño un plato con estiércol a la derecha y un plato con ensalada de frutas a la izquierda. Entonces ¿por qué mirar hacia otro lado cuando les presentan a su hijo y a los hijos de otros, conductas desordenadas como si fueran buenas? Afirmar que el estilo de vida homosexual es dañino al individuo como a la sociedad en su conjunto no es intolerancia u homofobia, es un hecho.

Los productores de tales programas no solamente pretenden que aceptemos los actos homosexuales, sino que los respaldemos, so pena de acusarnos de intolerantes u homofóbicos; irónicamente ellos no toleran ningún disenso. Entonces ¿dónde está la supuesta libertad de la que hablan? Es inexistente; hablamos de una dictadura del relativismo. Y caemos en un relativismo moral al pensar que aquello que está bien y mal es algo que cada persona determina por sí misma.

Tenga presente que lo que hace que un programa sea bueno o malo no es la opinión de la gente; lo hace bueno o malo si promueve los valores, o si por el contrario, los vulnera. Nuestro deber es sin duda alguna, denunciar tales programas a la execración común, no por odio –como algunos fautores argumentaran- sino por el bien común. Sencillamente no se le puede enseñar a nadie –especialmente a niños y adolescentes- que los actos homosexuales sean moralmente lícitos.

Desde luego ha de respetarse a aquellos que practican la homosexualidad, haciéndoles ver las consecuencias de tales actos que niegan la diferencia y complementariedad existente entre un hombre y una mujer. En ese orden, la difusión de programas mostrando la practica homosexual como algo bueno y plausible es el mayor timo a la sociedad. Conformarse con cambiar de canal solo es aplicable entre programas limpios, sean de su agrado o no, pero jamás entre programas que promueven los valores y otros que promueven conductas desordenadas. 

Pretender buscar el bien común opinando al mismo tiempo que cada quien haga lo que quiera en aras de una libertad mal entendida, no es en absoluto querer el bien de otros, sino asumir una actitud cómoda cuando vemos cómo se intenta derrumbar a la familia. La razón por la que la ideología de género ha avasallado es precisamente porque hemos guardado silencio y lo hemos hecho tan bien que aseguramos que lo bueno y lo malo tiene el mismo derecho y deber de exhibirse ante la sociedad.

Pero uno simplemente no aseguraría jamás que da lo mismo comer una ensalada de frutas que estiércol… ¿no le parece?

Las “Fake news” sólo producen odio y división social

Resulta sorprendente una anécdota recogida por la agencia “Aceprensa” (4 abril 2018, servicio No. 28/18) que relata cómo un vendedor ambulante, Mame Mbaye, de origen senegalés, sufrió un ataque de epilepsia en el barrio madrileño de “Lavapiés”. De inmediato, tras el aviso de su acompañante, acudió la policía para atenderlo y llamaron a los servicios médicos de urgencia. Lamentablemente, pese a las labores de reanimación de varios médicos y enfermeros, este hombre falleció de un paro cardiaco.

En forma simultánea, comenzó a circular en las redes sociales la versión de que esta persona del Senegal había fallecido por causa de la agresiva persecución de los policías.

Esa misma noche, algunos grupos organizaron disturbios: se enfrentaron violentamente contra las fuerzas del orden; los manifestantes les lanzaron piedras, ladrillos y botellas; quemaron varios contenedores de basura; saquearon algunas sucursales bancarias. En resumen, hubo más de veinte heridos. La sorpresa fue que, al día siguiente, la verdadera versión de los hechos fue difundida por los medios de comunicación y se impuso la verdad. Y se llegó a la conclusión de que esos disturbios se habían originado por noticias falsas esparcidas irresponsablemente a través de las redes sociales.

El Papa Francisco en su “Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones” de este año (el texto completo se puede conseguir en el portal www.vaticannews.va), aborda el tema de las “Fake News” (“Noticias falsas”) y comenta sobre su peligro social ya que remueven los sentimientos de los ciudadanos y producen reacciones de rabia, división, rencor, frustración, desprecio, animadversión y odio.

Afirma el Romano Pontífice lo siguiente: “Ninguna desinformación es inocua; por el contrario, fiarse de lo que es falso produce consecuencias nefastas. Incluso una distorsión de la verdad aparentemente leve puede tener efectos peligrosos”.

Subraya la codicia de algunos directores de medios de comunicación que para lograr vender más su periódico, revista o página web acuden al sensacionalismo, a descontextualizar y manipular frases emitidas por una personalidad civil o el vocero de una agrupación social con el objetivo de generar confusión, debate y polémica. Al final del día, se trata de una actitud meramente mercantilista o de lucha por intereses políticos, sin importar si describen o no la verdad sobre los hechos de forma honesta.

Algunos pensadores han llamado a este fenómeno social: “La Era de la Posverdad”, debido a que en esos medios en particular -con tendencia a provocar escándalos- no les interesa colocar a la ética y los valores con un sentido prioritario para investigar y enjuiciar serena y objetivamente la realidad de los sucesos y sus causas profundas.

Algunos incluso, de atreven a “editorializar” las noticias, es decir, no presentan la información tal cual es, sino que caen en la tentación de opinar sobre ellas de manera improvisada, como si fueran especialistas en casi en todas las áreas del saber.

Porque lo que fundamentalmente les interesa es el impacto que causen en el público con la finalidad de vender más y mejor sus “Fake News”; de subir los niveles de audiencia o “rating”. Se ha comprobado que en promedio las informaciones falsas reciben un 70% más de retwitteados que las veraces. A la información verdadera le toma 6 veces más tiempo llegar al mismo número de personas que a las noticias falsas y los bulos se esparcen a una velocidad casi tres veces mayor que el resto de la información falsa (Cfr. revista “Science”, en su ensayo “La difusión de las verdaderas y falsas noticias on line” del 9-03-2018).

El Papa Francisco añade que, aunque la persona o la institución calumniada publique un desmentido oficial, difícilmente consiguen contrarrestar los daños que producen. Como dice el dicho perverso: “Calumnia, que algo queda”, o como afirmaba el Ministro de propaganda de Adolfo Hitler, Joseph Goebbels: “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”.

Finalmente, el Santo Padre hace un llamado a los medios de comunicación y a los usuarios de redes sociales que no hagan eco de las “Fake News”; que sean congruentes con la verdad buscando siempre la objetividad, el sentido ético y la responsabilidad ya que es el único camino para conseguir la paz; de buscar anteponer la caridad y evitar la violencia o la agresión verbal; procurar el trato respetuoso con cada ciudadano de acuerdo a su enorme dignidad como persona humana; promover la amable fraternidad entre los ciudadanos de una sociedad o de un país, así como crear un clima que haga posible la pacífica convivencia entre las naciones.

Los medios y el primer año de Trump

De acuerdo a la teoría política comúnmente aceptada, se supone que el sistema democrático deposita un voto de confianza en los ciudadanos para autodeterminarse como pueblo, eligiendo por mayoría a sus principales autoridades, cuya labor será evaluada luego de un tiempo en la próxima elección. Y dentro de este juego político, la prensa y los medios de comunicación en general, tienen un papel fundamental, al mostrar todas las posturas en juego y estar atentos a las actuaciones de la autoridad, a fin que todo sea hecho lo más a la luz posible.

Sin embargo, este papel de la prensa y de otros medios exige algo fundamental: un mínimo de objetividad, pues en caso contrario, podrían, con varios matices, estar literalmente engañando a la ciudadanía, con lo cual sus elecciones democráticas no serían realmente libres, al estar influidas por diversos errores, fruto de este engaño.

Lo anterior no quiere decir que los medios de comunicación sean simplemente un “espejo” que refleja la realidad de manera acrítica, pues resulta evidente que ellos poseen sus posturas en la arena política, tienen además todo el derecho a expresarlas y finalmente, resulta sano contar con varios ángulos para analizar la realidad. Además, no tenerlas atentaría precisamente contra el espíritu democrático que ellos deben defender.

Sin embargo, en el caso de Trump, y al margen del acuerdo o desacuerdo que se pueda tener respecto de sus decisiones, llama profundamente la atención la auténtica guerra sin cuartel que desde el primer día, varios medios de comunicación emprendieron contra él, mostrando una intolerancia francamente preocupante. Y ello se ha manifestado de manera constante en un desprestigio hacia su persona, ideas, política y de manera más global, al presentarlo como un payaso, un idiota o un lunático. Incluso los chismes y rumores más ruines han terminado siendo noticia, cayéndose así en lo ramplón y ofensivo.

Se insiste: no se trata de tener medios de comunicación condescendientes y acríticos, pues en caso de serlo, su aporte al sistema democrático sería nulo e incluso contraproducente. Pero una cosa muy distinta es perder la objetividad y transmitir sólo cierta información, alguna incluso sin comprobar, pues la ciudadanía tiene derecho a saber la verdad, no lo que ciertos medios quieren que las cosas sean.

Pero además, lo anterior pareciera estar indicando que pese a sus permanentes elogios al sistema democrático, para algunos medios de comunicación, dicho sistema sería respetable sólo y únicamente si sus decisiones coinciden con las suyas. Con lo cual, da la impresión que desde su perspectiva, ellos se han convertido en los detentadores de la verdad y de lo correcto, no admitiendo otras formas de ver el mundo, ni siquiera si han sido fruto de la decisión mayoritaria de los ciudadanos. Mas de ser así, ¿quién manda realmente en una sociedad: los medios de comunicación o las decisiones democráticas?

Una pregunta de gran importancia en nuestra época, en que las comunicaciones nos han convertido en una aldea global. Por eso hay que estar muy atentos y no tragarse todo lo que se publica o transmite. Ello pues su grado de influencia es tan grande, que podrían terminar convirtiendo a la democracia solo una simple apariencia de libertad.

 

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián