El trabajo más fácil del mundo

Tal vez no exista trabajo más fácil hoy en día, que ser oposición a cualquier gobierno, como se ha demostrado hasta la saciedad en nuestro país. Ello, porque desde un cómodo palco, se pueden lanzar críticas a destajo contra el gobierno de turno, sin importar lo bien que esté luchando contra la pandemia o las medidas económicas que se encuentre implementando para afrontar la postpandemia, que seguramente será peor que nuestra actual crisis.

            En efecto, lo único que tienen que hacer quienes actualmente no tienen que dirigir un país, es considerar malo o al menos insuficiente todo lo que hagan las autoridades. No tanto porque como resulta obvio, siempre se puedan cometer errores, sino sobre todo, porque con esta permanente crítica, además de pretender minimizar sus eventuales logros, se busca dar la impresión que si ellos hubieran estado en el gobierno, lo habrían hecho mucho mejor.

            Por tanto, se está jugando con una premisa falsa, que además, es imposible de demostrar. La única forma sería que cuando ellos eventualmente sean gobierno, nos toque una situación semejante. Aunque también es cierto que de ocurrir lo anterior, ya se contaría con la experiencia de la actual crisis, con lo cual la comparación igualmente sería injusta.

            Se insiste en que pretender que la oposición, cualquier oposición, lo habría hecho mejor, es un hecho indemostrable y en el fondo, una petición de principio. Ello, pues nos encontramos frente a una situación inédita dentro de la historia de la humanidad, no tanto por los ribetes sanitarios de la actual crisis, sino debido a sus impresionantes repercusiones económicas: al estar inmersos en una economía global, el actual empeño por “detener el mundo” a fin de combatir la pandemia, no tiene precedentes.

            Pero además –y también nuestro país ha dado un triste ejemplo–, existen sectores de la oposición que casi parecen alegrarse de las malas noticias o de los errores que se cometen, sin importarles las consecuencias sanitarias y económicas que ello pueda traer consigo. Es como si no se dieran cuenta que si el gobierno, cualquier gobierno fracasa, es el país entero –incluidos ellos mismos–, quien se ve perjudicado.

            De ahí que lo lógico sería que la oposición, de cualquier país, apoyara al gobierno de turno en esta situación extrema, a fin de aunar esfuerzos para enfrentar de la mejor manera posible esta crisis y aminorar sus dañinos efectos a corto y mediano plazo, que cada vez se presentan más inquietantes y atemorizadores.

            Es por todo lo anterior que la ciudadanía debiera tomar adecuada nota de lo ocurrido y no dejarse instrumentalizar por un fácil inconformismo, fruto de una demagogia oportunista y muchas veces irresponsable. Porque una actitud semejante revela muy a las claras, que parte de la clase política quiere sencillamente aprovechar esta dolorosa situación para acceder al poder, anteponiendo ese interés particular al bien común general.

            Por eso, tal como ocurre con las personas, es en los momentos difíciles cuando se puede aquilatar adecuadamente la valía de las instituciones o de los grupos y su verdadera grandeza. Mas, si ni siquiera en este momento extremo son capaces de dejar de lado sus intereses, ¿qué se puede esperar para los tiempos de relativa normalidad?

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

La autonomía del Banco Central

Como se sabe, una Constitución establece los órganos que configuran la organización de un Estado (Presidente de la República, Congreso, Poder Judicial, etc.), determina su estructura (cómo se conforman) y su funcionamiento (qué pueden hacer y qué no).

            Este entramado de reglas es fundamental para el funcionamiento de cualquier Estado, pues la idea es que quienes detentan en poder tengan sus prerrogativas establecidas de antemano de la manera más estricta posible, a fin de evitar abusos. Es decir, todo lo opuesto a darles un “cheque en blanco”, pues la tentación de usar mal sus facultades resulta demasiado fuerte. Lo anterior se resume diciendo que estas autoridades “sólo pueden hacer lo que está previa y expresamente permitido por la constitución y la ley”.

            Ahora bien, puesto que la tentación del poder resulta insaciable, la actividad económica no ha estado libre de caer en sus garras (en realidad, ha sido lo contrario). Sin embargo, suele olvidarse que la economía, disciplina aún en estudio, posee reglas y dinamismos propios y tremendamente complejos, que hacen difícil prever a cabalidad su funcionamiento y que además, se resisten a sucumbir ante excesivas reglamentaciones legales que pretendan “domesticarla”, por decirlo de alguna manera.

            Es así como por ejemplo, las políticas de congelamiento de precios pueden dar algunos buenos resultados en el corto plazo, pero más temprano que tarde, el desbarajuste y los costos que originarán serán mucho mayores que los beneficios iniciales. Y la razón es obvia: al poseer su propia “vida”, el devenir económico buscará el camino por el cual fluir, tal como un cauce de agua al cual se quisiera contener de manera indefinida y total.

            Obviamente, no se trata que al interior de un país impere la ley de la selva o un mercado salvaje, pues los abusos que se originarían serían espantosos y perjudicarían a la propia economía en su funcionamiento global. Es por eso que el Estado debe evitar estos abusos y dar el marco para su adecuado funcionamiento.

            Pues bien, una de las piezas clave para lograr lo anterior, es el Banco Central, encargado entre otras muchas cosas, de la emisión de moneda y de la fijación de las tasas de interés. Que este importante organismo tenga autonomía –como actualmente ocurre en Chile, al estar garantizada en la Constitución– y pueda tomar sus decisiones de acuerdo a criterios realmente económicos y no meramente políticos es esencial, pues como se ha dicho, la economía resulta bastante “indomable”.

            Por desgracia, cuando esta autonomía no ha existido, no ha sido raro que los gobiernos de turno intervengan en la emisión de moneda –generando a veces índices de inflación estratosféricos–, o pretendan fijar artificialmente tasas de interés ajenas a la realidad económica, siempre –era que no– con fines populistas.

            En consecuencia, tan importante como la separación de poderes para un país y que ellos gocen de verdadera autonomía, es que la economía pueda funcionar siguiendo su propia naturaleza. Es claro que la Constitución y la ley deben fijar un marco adecuado para permitir el desarrollo de la actividad económica y evitar abusos, como se ha dicho. Mas, luego de esta imprescindible reglamentación, se la debe dejar fluir, pues en caso contrario puede terminar arruinándola.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Director de Carrera

Universidad San Sebastián

A dos manos

Como hemos señalado anteriormente, nuestra idea es dedicar varias columnas a plantear diversos temas relacionados con una Constitución en general.

            Ahora, dentro de los anhelos y aspiraciones de muchos que propugnan por una nueva Constitución, sobresale el deseo que el Estado se haga cargo prácticamente de todos los problemas y necesidades de la población, a fin de lograr una neutralidad al momento de repartir beneficios y que los intereses particulares no favorezcan a unos en desmedro de otros.

            Sin embargo, en demasiadas ocasiones el Estado ha sido mal gestor en la solución de problemas comunes por diversos motivos, que van desde la corrupción hasta la impericia, entre otros. Es por eso que hace ya décadas, se ha planteado la posibilidad (y necesidad) que los particulares también intenten solucionar estas dificultades, siempre bajo la tutela o supervisión del Estado, a fin que en lo posible no se produzcan abusos o arbitrariedades. Y una forma en la cual se logra lo anterior es mediante el llamado principio de subsidiariedad.

            Si bien hay muchas definiciones a su respecto, una muy simple señala que este consiste en que el Estado realice únicamente aquellas actividades que los particulares no quieren, no pueden o no deben hacer. Es decir, la idea es que la primera opción para solucionar los problemas de la gente recaiga en esas mismas personas, no sólo por ser los directamente afectados, sino porque debido a ello, suelen comprenderlos mejor que la autoridad, más lejana y preocupada de variados asuntos al mismo tiempo.

            Sin embargo, esto no significa que los particulares lo hagan todo, pues en ese caso, el Estado casi no tendría razón de ser. Es por eso que aun teniendo la primera opción, es el gobierno de turno quien debe tomar la iniciativa en los tres casos que indica este concepto.

            Primero, cuando los particulares “no quieren” hacerlo, por ejemplo, en razón de ser muy difícil, costoso o con resultados muy a largo plazo. Además, la visión de los ciudadanos suele ser más inmediata, faltándole la óptica de conjunto que debiera tener la autoridad.

            Segundo, respecto de aquellas acciones que los ciudadanos “no deben” realizar, en razón de los peligros que generaría que su solución sólo quedara entregada a ellos. Así por ejemplo, sería absurdo que las Fuerzas Armadas o los ministerios se privatizaran, pues de hacerlo –en caso que se pudiera, por cierto– probablemente se usarían para satisfacer los intereses particulares antes que los del país, dañándose así gravemente el bien común.

            Y tercero, el Estado debiera llevar a cabo las actividades que los privados “no pueden” hacer, como serían aquellas –en parte similares a las del primer caso– demasiado costosas o de muy largo aliento, aun cuando tengan el deseo de llevarlo a cabo.

            Lo importante de todo lo dicho, es que el principio de subsidiariedad logra que muchos de los problemas que aquejan a la mayoría de la población, puedan ser solucionados por los propios afectados, por el Estado o por ambos, permitiendo así que surjan un sinnúmero de posibilidades de acción que no existirían si todo dependiera –en un caso más bien de laboratorio– de los particulares o –en muchos casos reales– solo del Estado.

            Por tanto, la ventaja del principio de subsidiariedad es que se cuenta con “dos manos” para enfrentar las dificultades de un país, “manos” que pueden trabajar conjunta o separadamente. Entonces, ¿vale la pena anular a la “mano” privada en pos de la pública?

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Director de Derecho

Universidad San Sebastián

Un electorado cautivo

De acuerdo al presupuesto fundamental del sistema democrático, en teoría los electores, o si se prefiere, el pueblo, tiene la libertad para elegir, de entre las diferentes alternativas que se le presentan, aquella que mejor defienda sus intereses, pudiendo optar a su antojo entre ellas. En consecuencia, es esta posibilidad de cambiar de gobernantes lo que viene a demostrar en los hechos, que realmente detenta el poder soberano de un Estado.

            Sin embargo, ¿qué ocurre cuando este pueblo aparentemente libre y soberano ha sido secuestrado –a veces de manera subrepticia– por los gobernantes que hipotéticamente son elegidos por él? ¿Qué pasa si más allá de la teoría y de las leyes –que dicen lo que deber ser– los electores se encuentran en una situación tal, que en la práctica no les es posible, o les resulta muy difícil no seguir “reeligiendo” a quienes detentan el poder, sencillamente porque dependen de sus beneficios para satisfacer un cumulo de necesidades básicas?

            Esto es, a nuestro juicio, lo que ha ocurrido en la última primaria en Argentina, preludio de la próxima elección presidencial y legislativa: que tantos años de subsidios y beneficios otorgados por el Estado para ayudar a satisfacer necesidades básicas (luz, agua, gas, etc.), han generado una casi absoluta dependencia de vastos sectores de la población de estas dádivas. Ello, a pesar que esta política pone a mediano y largo plazo en peligro su mantenimiento, ya que al fijarse precios máximos para estos servicios, se desincentiva la inversión para crearlos y mantenerlos. En consecuencia, la elección de una alternativa distinta para ejercer el poder (que entre otras cosas, busca evitar que estos mismos servicios colapsen en el futuro), se hace casi imposible, coartando casi por completo la libertad de optar del electorado.

            De ahí que haya que mirar con bastante cuidado, e incluso con algún grado de desconfianza, aquellas políticas impulsadas por los gobernantes demasiado generosas en beneficio de grandes sectores de la población. Sin duda los favorecen, y a veces en materias muy importantes. Pero más allá de la satisfacción inmediata de necesidades, muchas veces legítimas, hay que hacer un esfuerzo no menor para superar esta especie de encandilamiento que produce una política semejante y ver si gracias a ella, los electores podrían acabar siendo cautivos de quienes las propugnan.

            Es decir, hay que ser un poco mal pensados y preguntarse qué lleva a los gobernantes de turno –no importa cuáles– a ser tan generosos con el electorado, pues a fin de cuentas, la mera liberalidad es bastante extraña en nuestros días, no siendo la política la excepción.

            En el fondo, un nuevo peligro que se yergue sobre la libertad de países enteros, es que termine dependiendo del Leviatán, la satisfacción de demasiadas necesidades importantes de los ciudadanos, al punto que sin su ayuda resulte difícil, cuando no imposible cubrirlas. Por tanto, más allá de las apariencias y del beneficio inmediato, lo que importa destacar es que la dependencia de beneficios estatales puede terminar convirtiéndose en una nueva forma de esclavitud, lo cual hace que más allá de las apariencias, sean los supuestos elegidos y representantes del pueblo quienes realmente dominan a sus cautivos electores.

 

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Director de Carrera

Universidad San Sebastián

Casi como una cápsula del tiempo

Con bastante más publicidad de la que usualmente recibe, hace pocos días ha finalizado en Caracas el XXV Foro de Sao Paulo, tradicional reunión de los representantes más destacados de la extrema izquierda del continente americano (y también de otras latitudes), que de manera casi ininterrumpida se han juntado anualmente desde 1990, como medio para buscar cursos de acción alternativos ante la caída del Muro de Berlín y al colapso del otrora imperio soviético.

            Y año a año vuelven a levantar sus banderas de lucha, alabando a los regímenes afines a sus ideas (Venezuela, Bolivia, Nicaragua…), a la vez que criticando hasta el paroxismo a sus contrarios, englobados bajo expresiones amplias como “capitalismo”, “derecha”, “imperialismo” y varios otros epítetos que literalmente, destilan odio.

            Evidentemente, en un país (y a fuer en un continente) libre –muy distinto a los modelos político-económicos propugnados por el Foro–, cada cual puede expresar, en libertad, pero con respeto, sus propias ideas y dejar claro sus puntos de vista respecto de prácticamente lo que sea. Sin embargo, no deja de sorprender el lenguaje y la perspectiva utilizadas, propias de los años 60 y 70, que a veces casi parecen ser una especie de cápsula en el tiempo, que recuerdan los mejores años de la Guerra Fría.

            En efecto, tal vez el elemento que de manera más fuerte atraviesa de cabo a rabo los a veces furibundos párrafos de cada declaración final –y la actual no es la excepción–, sea un infinito odio hacia el “imperialismo”, esto es, Estados Unidos. Así, de lejos es el enemigo contra el cual se dirigen los peores dardos y maldiciones, considerándolo casi el único responsable de todos los males que a su juicio existen, y buscan ser superados con reuniones como ésta.

            Se insiste en que cada uno puede expresar sus propias convicciones como mejor le parezca. Mas lo que llama la atención, junto al apoyo a regímenes que han generado violencia y pobreza a raudales –al punto de haberse convertido en muchos casos en parias dentro de la comunidad internacional–, es esta especie de ensimismamiento retrospectivo, nostálgico de una utopía que no fue, todo lo cual parece cegarlos ante la realidad del mundo.

            Lo anterior resulta evidente, ya que parece difícil, cuando no imposible, conectar los anhelos de este foro con un mundo crecientemente globalizado; donde el comercio internacional es un hecho indesmentible y en el que los nacionalismos proteccionistas que ahora están surgiendo no son precisamente de izquierda; en el cual el avance de la inteligencia artificial o de la nanotecnología son parte de la llamada cuarta revolución industrial; o finalmente –por poner en el tapete sólo algunos de los fenómenos actuales–, un mundo en el cual los afanes de autonomía individual son cada vez mayores.

            En consecuencia, es como si parte del continente quisiera encerrarse en sí mismo y aislarse del mundo, creyendo que aumentando el tamaño e intervencionismo del Estado a través de su burocracia, se solucionarán como por arte de magia todos los problemas presentes y futuros. Deseo más que ilusorio, al poder constatarse fácilmente con múltiples ejemplos históricos de varios países, no solo lo errado, sino lo nefasto y hasta terrorífico que ha resultado este camino.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Director de Carrera

Universidad San Sebastián

#HablemosAlGrano La ‘tierna’ oposición y su obsesión por los #Hashtags

Al menos antes y después de sus 100 primeros días de gobierno, el actual Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, le seguirá restregando en la cara a los autollamados opositores que poco pueden hacer frente a sus más de 30 millones de votantes que lo llevaron al gobierno, el tsunami electoral con el que ganó de manera insultante y la creciente aceptación de su popularidad, ¡vaya, una luna de miel! que parece le durará todavía un buen rato y no se ve que las cosas vayan a cambiar en el corto plazo.

El tema no es si hace lo que quiere, como las 100 puntos de su plan de gobierno, que hasta la fecha señala un día y otro también, si no que no hay una voz seria a la que se le pueda considerar «contrapeso» u oposición necesariamente real y realista, muy a pesar de la necesidad de contar con voces lo suficientemente sólidas para, efectivamente, considerarlas o contrastarlas frente a lo que AMLO y su gobierno puedan señalar.

La realidad de estos suspirantes a la lista de verdaderos contrapesos, es que su actuación se desdibuja por su falta de argumentos contundentes o sus argumentos lo suficientemente irreales que al presentarlos y ponerlos en el crisol del «México Real», de alguna forma se pierden y terminan en el mejor de los casos como frases para titular una noticia o los tan recurrentes «hashtags».

No se diga si particularmente se ponen frente a no más de dos minutos de las abarrotadas conferencias de prensa «mañaneras» de AMLO para que éste los despedace, al grado de llamarlos «ternuritas» y los manda a «no hacer el ridículo». Algo así como esto que dijo el pasado 26 de febrero, cito textual:

ANDRES MANUEL LÓPEZ OBRADOR: «¿Qué sucede? Que están atravesando una crisis y se están precipitando, pensando que de la noche a la mañana pueden crear un grupo.

No. Tienen que formar cuadros, no sacar la nota, no. Ya se reunieron y van a hacer contrapeso, pero eso es muy ficticio, pues es como para decirles ‘ternuritas’».

Con esa franqueza, que esta vez deberían aprender a escuchar las recomendaciones de un viejo lobo de mar, como AMLO, habrá que ampliarles algunas otras, a ver:

Particularmente para aquellos líderes, estos que tiran la piedra (y esconden la mano y se desdicen, deslindan, aclaran y dicen que ellos siempre o nunca han sido así) un día y al otro le aplauden, deberían saber que efectivamente es con argumentos, o con un poquito de más conocimiento de administración pública, por ejemplo, y no con sus publicaciones programadas en su «feis» y twitter, como dejarán de jugarle al «opositor que México espera».

Porque eso sí, han aprendido en lo público a envolverse en la bandera (claro, por unas horas) y autoproclamándose opositores (de cafecito o comidas -dependiendo su agenda-) y en privado correr al primer chasquido gubernamental a «reunirse para mantener un diálogo» con los «altas autoridades» a las que según ellos le explican sus fallidos argumentos genuinamente opositores, que terminan desvaneciéndose en el siguiente «tweet» o publicación rimbombante, en el que incluso agradecen la oportunidad de reunirse y elogian su disposición al diálogo y hasta tomarse la #fotopalfeis enalteciendo su compromiso y visiones gubernamentales.

Una oposición seria, informada, argumentada no se desvive y obsesiona por lograr seguidores en las redes sociales «metiéndole» pautas y bloqueando opositores o ponerse #palafoto, «convocando» a grupos afines (que a la primera de cambios o los silencian o desconocen) cuando así les conviene.

Estas «ternuritas opositoras» hoy viven de piratearse, en el discurso, mensajes históricos de personajes como Maquío o que se creen su cuento de asumir una inexistente tradición de «congruencia», que presumen a sus bases y a aquellos que se creen los pies de foto, mensajes de redes, el uso, recreación y las más de las veces abuso de «frases matonas», como dice el Doctor César Lozano.

El riesgo de jugarle a ser opositor de día y aliado de noche es que en esos síndromes de gatitos con complejo de león realmente se la crean dando «la gran lucha ideológica», «histórica» en «redes sociales» o pagando desplegados y en su simulación «mediática» haya quien les compre (y pague) su juego.

Hacen falta contrapesos, pero no de hoy ni de hace un año, o dos o tres, que brillen por su congruencia, no por su apertura (y simulado diálogo) con todo tipo de grupos que realmente trabajan en sus diversos espacios no para ser la nueva oposición, sino por un país que requiere de buenas ideas, buenos argumentos y buenos ciudadanos que no venden intenciones para tomarse «la foto de unidad» mientras están los medios.

Hace falta una oposición que no pague desplegados en los medios para que los reconozcan como tales, sino parafraseando los textos bíblicos, los conozcan y reconozcan por sus obras, no por sus «hashtags”.

#DATOALGRANO
Hablando de oposición, desde este espacio le deseamos éxito al nuevo espacio digital #LaNacionTV, evolución de la revista La Nación, que dirige a comunicadora Maricarmen Rizo. Es momento de abrirnos a nuevas plataformas con ideas y contenido que fortalezcan el debate en los medios de comunicación y los actores públicos.

¿Importa realmente la voluntad popular?

Se supone que vivimos en una época en la cual la democracia es considerada un dogma incuestionable, que en teoría permite ampliar la libertad y la autonomía personales al grupo en su globalidad, al someter a votación las más diversas materias, con lo cual este grupo no estaría haciendo otra cosa, siguiendo la afamada frase de Rousseau, que “obedecerse a sí mismo”.

            Sin embargo, al margen del constante problema de si todo puede ser votado por una mayoría, o si se prefiere, si lo que ella determina está más allá del bien y del mal y se legitima por sí mismo, a veces surge la inquietante pregunta de si la actual clase política de verdad respeta esta voluntad popular, como no se cansa de repetir.

            En efecto, si se analiza someramente lo que ha ocurrido recientemente en el Reino Unido a propósito del Brexit, y hace más o menos un año, en Colombia, con motivo del plan de paz con las Farc, surgen poderosas razones para dudarlo. Ello, pues los hechos han demostrado que quienes ocupan puestos políticos gracias al sistema democrático, parecieran respetan esta forma colectiva de tomar decisiones únicamente cuando coincide con sus propias convicciones.

            Como se recordará, en el caso del Brexit, en su momento se llamó a la ciudadanía a votar, en un ejercicio de democracia directa, respecto de la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea, ganando sorpresivamente (al menos de acuerdo a lo que los medios de comunicación señalaban), la opción por abandonarla. Sin embargo, recientemente, el Parlamento británico ha dado pasos en sentido contrario, incluso surgiendo la posibilidad de llamar a una nueva votación popular para volver a debatir la cuestión.

            En el caso de Colombia, hace ya un tiempo, pese a la increíble campaña mediática y política a favor del proceso de paz con las Farc, el pueblo nuevamente usando su voto, rechazó este proposición. ¿Qué pasó luego? El congreso, haciendo oídos sordos al clamor popular, dio luz verde al proceso, firmándose posteriormente el acuerdo de paz que había sido además, debatido en La Habana, un ejemplo impecable de respeto por los derechos humanos, por lo demás. Sin perjuicio que el actual presidente ha dado pasos en el sentido de respetar esa decisión popular, el hecho es que en su momento, en el anterior gobierno, sencillamente, se la desconoció.

            En consecuencia, pareciera que en ciertas materias la voluntad popular debe seguir con mucho respeto y sumisión lo que la clase gobernante y el dogma de lo políticamente correcto han determinado ya de manera inapelable. En caso contrario, su decisión será ignorada o esquivada de alguna manera, para que el plan inicial pueda continuar.

            Lo anterior significa que la apelación a la voluntad popular ha sido, en estos casos, sólo una pantalla, un simple elemento legitimador para darle valor a una decisión que ya ha sido tomada en las alturas. Ello, sin considerar la a veces grosera presión de muchos medios de comunicación en pro del resultado querido por la cúpula dominante.

            Por tanto, nos queda esta inquietante duda: ¿hasta qué punto es realmente libre y soberana esta voluntad popular que tanto dicen respetar y defender aquellos mismos que gracias a esa voluntad popular han sido elegidos y nos gobiernan?

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Director de Carrera de Derecho

Universidad San Sebastián

Arturo Zaldívar o el arte de pensar como se vive…

Recientemente se eligió al Dr. Arturo Zaldívar Lelo de Larrea para el cargo de Ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Es conocido por aprobar la liberación de la secuestradora Florenz Cassez, ser “hipergarantista”, defensor de las garantías de los ciudadanos, dando su respaldo a los “matrimonios igualitarios” y el “derecho al aborto”.

En una entrevista a Arturo Zaldívar deja ver aspectos importantes:

Su formación académica en la etapa de primaria, secundaria y preparatoria estuvo a cargo de los Hermanos Maristas en el estado de Querétaro, a partir de ahí tuvo acercamiento con el humanismo, con una visión social de la realidad y con la necesidad de transformar estructuras para que la gente pueda vivir un poco mejor. Él comenta que aunque su educación fue religiosa también fue abierta. Busco ser ministro de la Suprema Corte ya que se dio cuenta de que desde ahí podía realmente incidir en la vida de la gente Desea transformar el Poder Judicial con una Suprema Corte más transparente, más cercana a la gente, con mayor sensibilidad humana y social. Termina su entrevista diciendo: «Arturo Zaldívar es un hombre que vive como piensa y piensa como vive»

He estado tentada a reírme por lo falaz de la frase, pero el hombre ha sido honesto: no es cercano a ninguna iglesia pero su acercamiento con el «humanismo» durante su educación con los Hermanos Maristas lo llevo a transformar estructuras a lo largo de su carrera y está claro que la Suprema Corte no será la excepción.

Y precisamente lo que llama la atención es esa educación en un colegio católico, por largos doce años, precisamente los más cruciales en la vida de una persona: infancia y adolescencia. Los Hermanos Maristas descritos por Zaldívar como liberales y cercanos a la Teología de la Liberación que en aquel entonces estaba en pleno auge. Se pensaría que Zaldívar lo habrá dicho para denostar, pero si usted hace el ejercicio puede hallar el discurso de algún hermano marista donde hablan sobre “la utopía que nos presenta el Evangelio y la encontramos hecha historia en la Teología de la Liberación”. Imagine estas pocas palabras recibidas en su formación durante años y años; los estudiantes absorbiendo la deformación del Evangelio. ¿Cuántos colegios y universidades católicas soportan verdaderamente el nombre de católicas?

A los católicos que tanto promueven y defienden la Teología de la Liberación, (llámese laicos o sacerdotes de cualquier jerarquía) habrá que recordarles que ésta engaña a la gente asegurándoles que posee la solución a la pobreza y que los sacara de ahí mediante la ruta socialista, es por tanto una falsa idea de liberación. Habrá que recordarles que dicha teología fue condenada por la Santa Sede; el primer pronunciamiento fue en 1984, titulado Libertatis nuntius, “Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación”. El segundo pronunciamiento fue, “Instrucción sobre la libertad cristiana y liberación”, del 22 de marzo de 1986.

Tales deformaciones de la fe y doctrina católica son el cáncer al interior de colegios y universidades católicas a grado tal que forman a futuros ministros como Arturo Zaldívar que contaminados por ese humanismo deformado les lleva a respaldar temas contrarios a la dignidad del ser humano como el aborto y el mal llamado “matrimonio igualitario”.

Por supuesto el papel de los padres no debe ser olvidado: ¿Cuántos han actuado negligentemente en la formación cristiana de los hijos? ¿Cuántos padres dejaron de hacer su trabajo so pretexto de que los hijos son “espíritus libres”? Hemos formado “católicos” que lanzados a la esfera social la contaminan y llegan a puestos donde efectivamente cambian para mal las leyes, “católicos” que se enorgullecen de su pensamiento liberal. A Hilaire Belloc no le faltaba razón cuando decía:

“La Cámara puede insistir tiránicamente en que tengan menos, pero los católicos ingleses no pueden contentarse con nada menos que colegios católicos, con profesores católicos, que enseñen la religión católica a sus hijos”

Del mismo modo los católicos en el mundo deben preocuparse y enterarse sobre la educación que sus hijos están recibiendo en tal o cual colegio, particularmente si éste ostenta el nombre de católico, informarse sobre los planes de estudio, pues quizá estén formando a los futuros liberales y ateos justo bajo su propia vigilancia.

Arturo Zaldívar parece pronunciar palabras que no tiene error, ignora que éstas ya habían sido aplastadas por el escritor francés, dramaturgo y ensayista, converso al catolicismo, Paul Charles Bourget:

«Hay que vivir como se piensa, so pena de tarde o temprano terminar pensando como se ha vivido”.

¿Cómo durmió?

Por: Alejandra Diener

www.alediener.com

Recuerdo al finado Germán Dehesa, a quien personalmente leía diariamente en su columna de El Reforma. Él se propuso un objetivo claro, se planteó día con día apelar a la consciencia de un político indeseable, a veces innombrable. Arturo Montiel, quien hoy sigue disfrutando de sus fechorías. Dehesa con su columna Gaceta del Ángel, nos hacía reflexionar de distintos temas políticos, sociales y económicos, pero nunca quitó el dedo del renglón y nos recordaba que el otrora gobernador del Estado de México tenía cuentas pendientes con el país. “¿Cómo durmió señor Montiel?” sacudía a diario a lectores, políticos y periodistas.

De alguna forma, apelaba también a la consciencia de todos nosotros. Nos tocaba de nuevo la herida, nos recordaba que había algo por aclarar. A veces pienso que faltan más personas que nos incomoden y que nos hagan revisar la lesión para que no se infecte, pues un descuido, puede hacer morir a una nación.

Estamos viviendo otro tiempo, y lo que mi intuición no me deja negar, es que es provocado precisamente por el ahijado del mismo Montiel. Peña Nieto parece haber desaparecido del mapa. La memoria es corta y todo se centra en las sandeces del presidente electo. Me atrevo a decir, que es una estrategia justamente para que la memoria mexicana exima nuevamente a un político innombrable.

Inflaciones y devaluaciones exorbitantes, corrupción, decisiones lamentables, muertes, excesos y más, es lo que el gobierno Peñista deja, pero parece que no hay quien lo recuerde. Únicamente Andrés Manuel, quien muy probablemente haya pactado un intercambio; la silla por la libertad. Lo que digo, se debe a que si echamos un vistazo a las redes sociales, se están caracterizando por criticar al gobierno que no ha entrado y olvidan que nuestro presidente, no habla, no oye y no ve. Parece que ha dejado de ser el mandatario a pesar de que la ley exija que debe continuar en funciones. Claramente está en su     “… año de Hidalgo… ” pero potenciado.

Hay una “Caja China”, que está llena de dimes y diretes, de migrantes, de muros, aeropuertos, declaraciones, cortinas de humo y de una marcha, que espero equivocarme, pero será llamarada de petate. Los mexicanos necesitamos recordarnos diariamente que ser ciudadano no implica simplemente habitar un país, sino que involucra nuestra participación constante. Exigencia y a diario incomodar e incomodarnos haciendo la diferencia en la sociedad que nos ha tocado vivir; desde recoger la basura, exigir que haya banquetas, bacheo y cumplir con las reglas de tránsito, como reclamar actos de corrupción a cualquier nivel y dar auxilio a los más necesitados.

¿Cómo durmieron? Ahora yo les pregunto y les invito a preguntarse, y si tienen tranquilidad interior, son malas noticias, son señales de tibieza. No dejemos de exigir, de esgrimir y de auscultar que la herida es profunda y cuando cierra, lo hace pero supura, pues no ha sanado de raíz.

Nos leemos pronto para no quedarnos atrás y ver hacia delante.

Una furiosa intolerancia

El nivel de odiosidad que desde hace un buen tiempo manifiestan de modo creciente los sectores autodenominados progresistas hacia las posturas conservadoras, y de manera más general, respecto de quienes no adhieren con sus ideas, se está volviendo francamente inaceptable, al punto que resulta lícito preguntarse si una actitud semejante es compatible con el sistema democrático.

            En efecto, al parecer el autoconvencimiento de estos sectores de estar en posesión de una única verdad, evidente e incuestionable, además de una supuesta superioridad moral, está haciendo no sólo que su intolerancia hacia sus oponentes llegue a niveles patológicos, sino que incluso los ciegue ante la realidad. Sólo ello parece explicar su absoluta ofuscación, manifestada en toda clase de insultos, descalificaciones y amenazas, al punto que no pareciera caberles en la cabeza que alguien pueda pensar de un modo distinto al suyo sin estar loco o ser un miserable. O si se prefiere, da la impresión que se consideran a sí mismos la única alternativa válida en el ámbito político, y en realidad, más que “alternativa”, una “vía obligada”, pues por lo que se ve, no están dispuestos a “alternar” el poder con nadie.

            Episodios como la postulación a la Corte Suprema de Estados Unidos del juez Cavanaugh o la candidatura de Bolsonaro en Brasil, son dos claros botones de muestra de lo que venimos diciendo. En estos y otros muchos casos, el nivel de absoluta odiosidad, expresada de manera particularmente virulenta por la prensa afín –al punto que incluso le faltan palabras a los titulares de sus noticias para destilar odio–, prueban lo anterior.

            Así las cosas, ¿se puede realmente dialogar con una postura semejante? ¿Es posible esperar algún grado de colaboración, si como consecuencia de decisiones democráticas legítimas, llegan a ser oposición en un país? ¿Son fiables las “noticias” que divulgan los medios de comunicación afines? ¿Hasta qué punto lo que nos dicen es realmente cierto? O si se prefiere, ¿cuántas hechos nos ocultan?

            En el fondo, lo anterior se debe a lo que podría considerarse un “despotismo ilustrado” del actual progresismo, es decir, aquel fenómeno en virtud del cual, los gobernantes o quienes aspiran a serlo, consideran que poseen por sí mismos y al margen o incluso en contra del querer popular, la visión correcta de las cosas y por ende, la solución a todos los problemas. Es por eso que se llamó a esta actitud “un gobierno para el pueblo pero sin el pueblo”. Ello explica su creciente aislacionismo, cuando no desinterés o incluso franco desprecio por los reales intereses y problemas –a veces acuciantes– de vastos sectores de la población.

Y como resulta obvio, cansadas estas masas de no ser oídas, aburridas de ser embaucadas con promesas electorales que luego se incumplen, viendo los errores, malas políticas e incluso corrupción de varios representantes de estos sectores, no han podido menos que poner sus esperanzas en posturas “políticamente incorrectas” (“incorrectas” para los progres, se entiende). Ello explica el surgimiento de estos “malévolos” personajes que tanto odia este sector, el cual cegado por su ofuscación, los ataca con nuevos insultos, descalificaciones y amenazas. El problema es que quienes obran así, parecen no darse cuenta que están insultando, descalificando y amenazando también a las masas que han optado por ellos, ahondando así aún más el fenómeno descrito.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

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