Poseedores de la verdad

Actualmente, y no solo en Chile, estamos asistiendo a un inquietante clima político en el cual, algunos de los sectores del autodenominado “progresismo”, consideran que poseen de forma exclusiva y excluyente toda la verdad, toda la bondad y toda la legitimidad para imponer su modo de ver las cosas a quienes piensan distinto.

Resulta evidente que quien defiende ciertas ideas, lo hace –o debiera hacerlo– porque de buena fe, las considera verdaderas, o al menos, mejores que las restantes. Sólo eso legitima su adhesión y defensa de las mismas. No obstante, y también en este espíritu de buena fe, la persona debiera estar dispuesta a cambiar, o al menos a evolucionar en sus ideas, si se da cuenta de algún error en su planteamiento o encuentra argumentos mejores a los que en un principio adhirió, pues si realmente está en búsqueda de la verdad, no puede poner requisitos para su aceptación.

Sin embargo, nada de esto se percibe en buena parte de los sectores autodenominados “progresistas”, quienes y según se ha dicho, se creen los únicos poseedores de la verdad definitiva. De ahí que no toleren la más mínima crítica ni corrección a sus planteamientos e incluso consideren estúpidos y hasta perversos a quienes no adhieren a sus postulados.

Por desgracia, este problema se ha ido agudizando peligrosamente en el último tiempo, puesto que impulsados por esta creencia, se está haciendo cada vez más común que este sector utilice todo tipo de epítetos descalificadores –a veces bastante gruesos– para sencillamente, intentar dejar fuera de combate a sus adversarios. E incluso no han faltado las agresiones simbólicas y hasta físicas a sus rivales.

Lo anterior es peligroso, se insiste, porque imposibilita o hace muy difícil cualquier diálogo democrático y puede llegar a hacer inviable la convivencia. Pero además, semejante actitud hace pensar en cuál sería el modo de proceder de estos sectores si llegaran al poder. Así, si en la arena política del simple debate se comportan de este modo, ¿cómo lo harían en una situación de ventaja?

Por otro lado, esta manera de enfrentar a sus adversarios, llenándolos de epítetos degradantes y descalificaciones sin cuento, es una forma cobarde de rehuir el debate y un abusivo método para no argumentar. En suma, es la sustitución del diálogo, de la razón y de la tolerancia por la fuerza, la falta de argumentos y la prepotencia, nuevamente un comportamiento irreconciliable con una verdadera democracia.

Finalmente, este modo de proceder contradice las mismas ideas que este sector dice defender, en particular la libertad y la tolerancia, pues no hay acto más reñido con ellas que el matonaje y la descalificación, a fuer de la agresión física o simbólica.

Por tanto, si como se dice en filosofía, “el actuar sigue al ser”, es necesario tener muy en cuenta la forma de proceder de estos sectores, para ver en los indesmentibles hechos y no en la vana palabrería, quién es quién en el juego democrático. De ahí que precisamente para resguardar este régimen político, se haga imperativo denunciar a quienes proceden de este modo para tomar las medidas pertinentes, que incluso podrían llegar, de no cambiar de actitud, a hacer necesario excluirlos del debate democrático no por intolerancia, sino por estar traicionando sus presupuestos.

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

El reto de la felicidad en una sociedad apóstata.

Manuel Ocampo Ponce
Universidad Panamericana, Guadalajara.

Es un hecho que el hombre experimenta una tendencia interna a la felicidad. Pero si somos observadores, la felicidad que ha buscado a lo largo de la historia, conlleva una tendencia hacia lo Infinito. Basta con ver cómo se comporta respecto a sus planes y proyectos en los que invierte grandes esfuerzos con el fin de alcanzar la plenitud de la paz. Pero pronto advierte, que una vez alcanzadas sus metas, su sed de felicidad no termina con lo que se ve obligado a buscar otras metas e ilusiones. Tarde o temprano, el hombre reflexivo cae en la cuenta de que no hay logro humano que le alcance el descanso total. Por eso, el hombre que vive de esas ilusiones siempre ha acabado experimentando una insatisfacción constante que le conduce a reflexionar en términos de algo más trascendente. Es así como el mundo pagano estuvo en adviento de recibir la fe.

El problema es que el hombre de hoy ya no es pagano sino en muchos casos hereje, apóstata y ha organizado las estructuras del mundo, bajo el engaño de que el ser humano es capaz de comprar la felicidad. Y de ese modo vemos proliferar los centros comerciales, los bares, los lugares de juego y diversión, las redes sociales, etc. Pero a medida que se ha ido llenando, de todas esas cosas, ha ido experimentando, un vacío interior que sólo puede sofocar consumiendo más. Lo que caracteriza al hombre actual es no querer pensar para no enfrentarse a los grandes cuestionamientos que debe enfrentar sobre todo en lo que se refiere al sentido último de la vida, por eso vive aturdiéndose con todo lo que tiene a su alcance.

Pero ha llegado al punto en que las dos grandes formas de organización secularista que son el comunismo y el capitalismo han fracasado y ya no se puede negar que el hombre actual es pragmático, superficial, permisivista e indiferente. Está vacío de sentido y su concepto de Dios y de lo trascendente es completamente ecléctico, sincrético y subjetivista. En pocas palabras nos encontramos con una humanidad inundada de relativismo con una religiosidad pervertida; en un mundo en gran medida ateo, pero, además, en muchos de los casos, apóstata porque habiendo recibido la fe, la ha rechazado o la ha ajustado a su medida. Se trata de un hombre que busca placer y bienestar, pero con otra peculiaridad que consiste en el triunfo profesional por el que es capaz de hacer cualquier cosa y que al final se queda solo.

A la par de este proceso vemos como proliferan fracasos matrimoniales, familiares y personales que han ido conduciendo al hombre a un vacío existencial que nada puede llenar. Nos encontramos con un hombre evasivo y adicto al éxito, a las compras, a las redes sociales a la vida y las relaciones virtuales y a toda clase de vicios con que lo único que hace es evadir su vacío interior. El problema de fondo es que el hombre se ha organizado pretendiendo una rectitud de vida al margen de Dios o con un dios construido a la medida; y ese modo de organización en la que está atrapada la humanidad, ha fracasado. Pero, además, se trata de un hombre que, en muchos casos, se siente recto porque según él no roba, no mata y no daña a nadie pero que está lleno de soberbia, de envidia, de pereza, de avaricia y de sinsentido.

Como prueba de esto tenemos las legislaciones que autorizan drogas, abortos, eutanasias, etc., y en cuestión de sexo pareciera que el mayor mal que hay que evitar es la enfermedad y el embarazo no deseado. La libertad se ha vuelto un fin en sí misma en lugar de ubicarse como un medio para alcanzar la unidad, la verdad, el bien y la belleza, todo se reduce a caprichos y este hombre que se siente bueno, desarrollado y tecnificado ha acabado justificando y legalizando infinidad de cosas que le destruyen y destruyen todo lo que le rodea.

Por todo esto veo importante volver a insistir en que al margen de Dios y de una visión trascendente de la vida humana resulta imposible fundamentar una moral y una vida de paz, justicia y felicidad. Porque reducidos a materia el único fin es nuestro deseo y nuestro capricho. De ahí que nos encontremos en un mundo vicioso al que le aterra el terrorismo, pero realiza millones de abortos al año sin sentir el más mínimo remordimiento. Nadie que reflexione un poco puede negar que el hombre al margen de Dios ha perdido la dimensión sagrada de su dignidad y ha quedado atado al mal, al vicio y al pecado. Por eso el problema de la muerte es totalmente evadido porque la muerte para el hombre apóstata y desacralizado no es más que el más rotundo fracaso que no puede enfrentar. Con la pérdida del carácter sagrado del hombre y de la vida, se ha perdido la sacralidad de la muerte y por eso ese tema se evade totalmente.

Para concluir esta breve reflexión y fundado en la esperanza cristiana, que nunca debemos perder, he pensado que uno de los caminos que podríamos seguir es volver a intentar hacerle ver al hombre apóstata, que la razón humana es capaz de demostrar que tiene un alma inmortal y que como compuesto de cuerpo y alma espiritual es portador de una dignidad sagrada que deber respetar absolutamente. Y si se abre un poco, también podríamos otorgarle los elementos para demostrar racionalmente la existencia de Dios. Para que una vez demostrado esto, se abra también la posibilidad de hacerle consciente de la cantidad de interrogantes que se derivan de los alcances de la razón humana y de este modo quede nuevamente a las puertas de la fe, para que, por medio de la gracia, sea capaz de volver a la necesidad de escuchar y aceptar lo que Dios le ha revelado. Otro recurso que creo importante recalcar, es no dejar de orar y participar en los sacramentos para mediante nuestra conversión constante podamos dar buen testimonio y no impedir que la gracia actúe para la conversión de la humanidad.

Los fantasmas de la sociedad posmoderna

En nuestra época encontramos en algunas personas, importantes cambios en la concepción de su existencia. Por ejemplo, en materia de moralidad, lo que anteriormente se consideraba malo o perverso, como: abortar, robar, mentir, difamar, cometer actos de corrupción o injusticias laborales, drogarse etc., ahora, para no pocos “todo depende del cristal con que se mira”. Todo es sujeto de reinterpretaciones argumentando -según dicen- motivos de “conveniencia”, “depende de las circunstancias”, “del momento emotivo de las personas”, “de lo que yo siento”…

Esta concepción de la realidad indiscutiblemente conduce al relativismo. A sostener que las verdades universales no existen sino que se cae en la esfera del subjetivismo, es decir, como cada individuo las interpreta, las visualiza. Se trata de un eclipse de la razón y un desprecio de la sensatez.

“La verdad es la adecuación de la mente a la realidad”, sostiene la Filosofía clásica. En otras palabras, nos dice que las cosas son como son, en el sentido objetivo de la expresión, independientemente de nuestro estado anímico o de las circunstancias. Realizar un acto de corrupción, como lo es apropiarse en forma indebida de una fuerte suma de dinero del erario público, es una grave falta de ética.

Otras veces, la mentalidad posmoderna reclama numerosos “derechos” pero olvida los deberes, las responsabilidades que cada acción libre lleva consigo. Por ejemplo, hay quienes sostienen “el derecho a ejercer libremente la sexualidad” pero cuando un hombre embaraza a una mujer, una reacción frecuente es huir del compromiso, de la responsabilidad de asumir la paternidad de ese niño que todavía no ha nacido, pero que existe en el vientre de su madre y que tiene el prioritario derecho a vivir.

También, se tiende a pensar que “el fin justifica los medios” como un principio vital de acción. Dicho en palabras coloquiales: “El que no transa, no avanza”. ¿La mentira, el engaño, la simulación, el fraude se pueden justificar porque se ganará mucho dinero en un turbio negocio? Es evidente que no.

Es decir nos encontramos ante situaciones donde la moral objetiva se ve diluida, desdibujada, ignorada en forma deliberada, bajo la excusa de que “mucha gente lo hace”, “no tengo la impresión de que sea malo”. Entonces las acciones se discurren no por los senderos de la razón y el sentido común, sino por las percepciones subjetivas o las meras impresiones. Se cae en una conducta inmoral o francamente amoral, donde la Ética ni la Verdad son tomadas en cuenta.

Detrás de esas conductas existe un marcado individualismo, un egoísmo exacerbado en el que rige “lo que a mí me conviene”, “lo que va de acuerdo con mis intereses económicos”. Y el bien de los demás o el de la sociedad no les interesa.

La gran tarea es retornar al uso de la razón, de la verdad objetiva, de rescatar la moral auténtica y los valores universales. En suma, el vivir conforme a la verdad, el ser siempre congruente entre lo que se piensa interiormente y lo que se hace en la vida cotidiana, es fuente inagotable de felicidad y paz duraderas.

Mezclar peras con manzanas

Uno de los principales argumentos que esgrimen quienes impulsan el llamado “derecho al aborto”, es que se trata de una realidad prácticamente universal, lo cual hace insostenible contarnos dentro de una exigua minoría de países que prohíben esta práctica.

Sin embargo, el anterior razonamiento es falaz, no solo por llevar implícita la premisa según la cual lo nuevo es mejor que lo antiguo, o si se prefiere, que vamos progresando en materia moral, sino sobre todo por la lógica a la que dice acudir para fundamentarse.

En efecto, este razonamiento pretende que de un mero dato cuantitativo (el número de países en que se permite el aborto) es posible deducir lógicamente una consecuencia cualitativa (la bondad del mismo), olvidando que ambos elementos –el cuantitativo y el cualitativo– se encuentran en planos diferentes, siendo impropio pasar de uno a otro sin más, lo que en filosofía se conoce como Ley de Hume.

Si de verdad pudieran deducirse valores a partir de los simples hechos, habría que aplicar este mismo razonamiento (lo común es bueno, precisamente por ser común) a muchísimas realidades que hoy se dan más que nunca en la historia humana. Así, nunca se había producido el actual nivel de tráfico de armas, de personas o de drogas. O para poner otros ejemplos, los actuales índices de corrupción, de mentira a través de los medios de comunicación, de prostitución o de pornografía no tienen par en otras épocas. Sin embargo, pese a que cuantitativamente han crecido mucho, pocos se atreverían a concluir que por ese solo hecho son realidades buenas, loables y que hay que incentivar. Y de paso, también viene a demostrar que no siempre lo nuevo es mejor que lo antiguo.

Lo anterior quiere decir que la mera cantidad no es suficiente para calificar una conducta de buena o mala, pues se insiste, en caso de serlo, todos los comportamientos señalados serían irremediablemente buenos. En consecuencia, significa que existe otra premisa oculta, que hace que ciertos acontecimientos comunes sean considerados buenos y otros no y de paso, viene a confirmar la Ley de Hume.

Este elemento oculto es una concepción previa de lo que se considera bueno o malo (y por tanto, un elemento cualitativo), desde la cual se califican las conductas, sean éstas numerosas o escasas. Por tanto, no resulta lícito deducir valores a partir de simples hechos, no solo porque equivale a hacer pasar “gato por liebre”, como suele decirse, sino además, porque desde el plano racional equivale a mezclar peras con manzanas.

Por tanto, es completamente indiferente para calificar una conducta como buena o mala que ésta sea común o escasa y por lo mismo –aunque decirlo sea tabú–, las mayorías pueden equivocarse, por muy abrumadoras que sean.

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

¡Ay de quien se oponga!

Actualmente, los derechos humanos se han convertido para muchos en una nueva religión. De esta manera, puesto que el ethos occidental no concibe una realidad en la cual no se los respete, aboga insistentemente por ellos y critica sin compasión a quienes los desconocen.

Hasta aquí pareciera estar todo bien. Sin embargo, la gran pregunta que surge en una época como esta, sumida en profundos conflictos respecto de lo que se considera bueno y malo, es de cuáles derechos humanos estamos hablando.

En efecto, debido a nuestro “politeísmo valórico” nos hemos convertido en “extraños morales”, lo cual hace poco probable que en un tema como el de los derechos humanos exista algún tipo de acuerdo. Y si se mira la evolución que ellos han tenido, se nota muy a las claras que pese a mantenerse su terminología, su contenido ha variado sustancialmente, al punto que podría decirse que la primitiva Declaración Universal de 1948 está muerta, o mejor, conserva su apariencia, cual cuerpo embalsamado, pero rellenada con otra cosa. Todo lo cual permite imponer estos nuevos derechos manteniendo el ropaje de los antiguos.

Estos nuevos derechos parecieran tener como centro de tablero los llamados “derechos sexuales y reproductivos”, en torno a los cuales giran y se comprenden los demás, incluyendo el derecho a la vida, afectándolo todo: desde la familia, completamente deformada, hasta el Estado, que debe encargarse diligentemente de satisfacerlos y castigar sin compasión a quienes los perturben.

Es por esto también que la campaña por su hegemonía no descansa, y se emplean todos los medios posibles para imponerlos, tanto nacionales como internacionales, muchas veces al margen de las tradiciones, idiosincrasias y hasta decisiones democráticas de los pueblos.

El problema sin embargo, es que como a pesar de su profunda metamorfosis se sigue hablando a su respecto de “derechos humanos”, quien se oponga a los mismos, por muy buenas razones que tenga en atención a este cambio que han sufrido, será víctima de todas las críticas y sanciones imaginables –lo que incluye el poder coactivo del Estado–, incluso a costa de sus propios derechos humanos. En este tema la herejía no es admitida, razón por la cual estos derechos sólo se tendrán mientras se esté del lado “correcto”, pero ¡ay de quien se oponga a este orden de cosas! Si lo hace perderá su carta de ciudadanía y por tanto, estos derechos que supuestamente son universales.

Es por eso que hay que decirlo con todas sus letras: los actuales “derechos humanos” se han convertido en un instrumento de dominación para imponer una visión de las cosas bastante discutible, que poco o nada tiene que ver con su genuino sentido.

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

«Más vale encender un cerillo, que maldecir la oscuridad»

Hace unos días volví a ver la película “Hitler: el Reinado del Mal” en la que se explica cómo un desconocido y gris pintor y dibujante austriaco, Adolfo Hitler, logra hacerse con el mandato absoluto y totalitario de una poderosa nación como Alemania, en los años treinta del siglo pasado, y cuyas radicales y violentas acciones políticas desembocaron en la Segunda Guerra Mundial.

Al inicio del filme, se recogen unas palabras del ilustre escritor y filósofo de origen irlandés, Edmund Burke (1729-1797), quien ha escrito un provechoso pensamiento: “Lo único que se necesita para que el mal triunfe, es que los hombres buenos no hagan nada”.

En nuestro tiempo, observamos cómo se empuja a los ciudadanos para que tengan una inclinación casi obsesiva y esclavizante hacia el consumo de bienes materiales, arrancando el sentido trascendente de su existencia, generando así una sociedad materialista y centrada en el egoísmo y el placer inmediato.

En un sentido aparentemente opuesto -pero que en el fondo se identifican-, también hay quienes enfocan el trabajo y toda actividad humana exclusivamente dentro de las coordenadas materialistas ateas, como una alienación de la persona, sometida al colectivismo; a esas masas anónimas cuyos líderes engañan a miles de personas con escasa formación y les presentan atractivas soluciones -con apariencia de bondad- pero cargadas de errores y promoviendo los enfrentamientos fanáticos.

De igual forma, se pretende coartar el origen sagrado de la vida humana, la indisolubilidad del matrimonio, el sentido auténtico de la sexualidad humana, el derecho prioritario de los padres a la educación de sus hijos; se ridiculiza que exista una moral objetiva y los grandes valores que han cimentado nuestra civilización occidental dentro del marco de la dignidad humana.

Se pretende hacer imperar el relativismo y el subjetivismo en una actitud que se llega al extremo de afirmar que “nada es bueno ni malo sino que todo es relativo” y en la que lo importante es “la impresión que cada uno saca por su cuenta” al margen de las verdades universales y objetivas. Con esa aparente lógica, entonces se podría justificar cualquier aberración, como: el robo, el fraude, los actos de corrupción, la mentira, los asesinatos…

Y es una reacción común que la gente se encoja de hombros y exclame: “¡Qué le vamos a hacer, ni modo! ¡Así están las cosas y no hay otro camino más que sufrir las consecuencias!” Sin duda, es un gran error no hacer nada, por pensar quizá que se puede hacer muy poco.

En nuestro país, por fortuna, son una inmensa mayoría las personas que defienden la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural; el matrimonio, la familia y el amor a los hijos; la libertad para educarlos en la fe religiosa que se profesa; la recta actitud en la adquisición de los bienes materiales con sobriedad y templanza; se siguen viviendo valores como la honestidad, la laboriosidad, la generosidad para servir a la propia comunidad y en forma desinteresada; la formación en las virtudes humanas; los anhelos por contribuir al bien y el progreso de nuestra Patria…

¿Qué puede hacer un ciudadano normal para mejorar la actual situación social? En primer lugar, dando buen ejemplo con el prestigio en el trabajo o quehacer profesional y con el cuidado de la propia familia. En segundo lugar, procurar la difusión de buenas ideas mediante el eficaz método de comunicación “de boca a boca”. Me refiero a esas reuniones familiares, de amistades, de colegas de trabajo o de convivencia social en las que se puede influir externando las propias convicciones. En tercer lugar, aprovechar los avances cibernéticos para dar a conocer nuestros puntos de vista sobre los asuntos vitales anteriormente mencionados a través de las redes sociales, en los portales de internet, mediante los correos electrónicos y un largo etcétera. Por ello, he titulado este artículo con ese antiguo proverbio que dice: “Más vale encender un cerillo, que maldecir la oscuridad”. Pienso que con la suma de muchas voluntades valientes y nobles -poniendo espíritu de iniciativa, creatividad e ingenio-, las actuales circunstancias del país pueden mejorar de manera importante -en forma gradual, pero significativa- como ocurrió con la eficaz y positiva influencia de los Primeros Cristianos dentro del Imperio Romano que, tan sólo a la vuelta de un par de siglos, el Cristianismo ya se encontraba difundido por todo el mundo conocido de aquella época.

Cuando se pierde la brújula

Resulta notable lo que puede ocurrir en una sociedad cuando los parámetros de lo bueno y lo malo dejan de tener una raigambre objetiva y se considera que ello depende exclusivamente de lo que estime cada sujeto. Sin embargo, tal vez resulten más increíbles los argumentos que se esgrimen cuando las consecuencias de lo anterior escapan de todo control y llegan a lo patológico. Lo siguientes ejemplos resultan muy ilustrativos.

En 2010, en Holanda se aprobó una ley que prohíbe el sexo con animales, también en situaciones privadas en las cuales éstos no resulten heridos. Antes esta práctica era legal, siempre que se comprobara que los animales no sufrían daño como resultado de la misma.

El Parlamento danés aprobó este año una reforma de la ley de protección de los animales para prohibir la zoofilia, pues al igual que en Holanda, antes sólo se castigaba en caso que éstos sufriesen daños y se considerara que había existido un ataque en su contra. Ahora, en caso de duda, debe beneficiarse a los animales y castigarse esta conducta.

También este año, el Tribunal Constitucional Alemán ha ratificado la prohibición de tener sexo con animales, ya que el bienestar del animal está sobre el apetito sexual del ser humano. Lo anterior, como fruto de una demanda de personas que exigían la licitud de esta práctica, amparándose en la libertad sexual. Sin embargo, este tribunal estimó que debe primar la protección a los animales.

Por su parte, y a fin de equiparar su legislación a las directivas de la Unión Europea, también este año Suecia amplió por ley la prohibición de la zoofilia, pues hasta entonces, igual que en el caso de sus vecinos, ella sólo era considerada ilegal en caso que se probara que el animal había sido víctima de maltrato o sufrimiento. Ahora incluso se permitirá a los veterinarios hacer una denuncia con más facilidad en caso de sospecha.

Finalmente, en febrero de este año, la juventud del partido liberal sueco ha propuesto legalizar la necrofilia, exigiendo eso sí, el previo consentimiento de quien quiera donar su cuerpo para ello. A fin de cuentas, si “mi cuerpo es mío”, como suele decirse, se puede hacer con él lo que se quiera, incluso después de muerto.

Y los ejemplos podrían seguir. Mas lo curioso, como se ha dicho, es que en ninguno de estos casos se diga lo evidente: que se trata de conductas aberrantes no por el sufrimiento animal o la libertad de disponer del propio cadáver, sino por el uso de la sexualidad que conllevan, al punto que cabe sospechar la existencia de patologías serias de quienes las practican. Pero decir esto hoy en día parece demasiado.

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

El ateísmo práctico: un fenomeno social de nuestro tiempo

El acelerado avance la Ciencia y de la Técnica en nuestra época han alterado las relaciones del hombre con Dios. Con la masificación de descubrimientos como la electricidad, las máquinas de vapor, el telégrafo, el teléfono en el siglo antepasado; con el desarrollo vertiginoso de medios de locomoción: el automóvil, la motocicleta, el tren, el aeroplano, el jet, la llegada del hombre a la Luna y, últimamente, los satélites espaciales que han alcanzado a otros planetas; con el desarrollo de la Medicina que puede curar enfermedades que en siglos anteriores no tenían posible remedio; con los asombrosos logros –de las últimas décadas- en materia de la cibernética (internet, telefonía celular, computadoras, nanotecnología, etc.) se ha generado –en un considerable número de personas- una conciencia del hombre como el “gran dominador de la Naturaleza”, el “señor todopoderoso del Universo” y que, por lo tanto, ya no necesita de la ayuda de su Creador.

Es como si pensaran: “Si Dios no entra en mi campo vital cotidiano, puedo prescindir de la Religión y de toda moral. Entonces –erróneamente concluyen-, ‘todo se vale’ ”. Reconocidos psiquiatras y antropólogos afirman que cuando el hombre vive como si Dios no existiera en su vida personal, familiar, profesional, social, se generan diversas actitudes bastante tipificadas, como por ejemplo:

a) el materialismo en lo profesional: la prioritaria ambición se delimita en ganar mucho dinero para concederse todo tipo de lujos y caprichos;

b) el hedonismo: se trata de pasarla bien a costa de lo que sea. En este terreno ya no hay límites. Se buscan sensaciones cada vez más novedosas y excitantes. Lo determinante es permanecer siempre en el círculo del placer inmediato, del hoy y ahora. El amor aparece devaluado con relaciones sexuales fugaces, pasajeras e intrascendentes y, sobre todo, sin correr ninguna responsabilidad;

c) la permisividad: los valores ya no importan; todo queda relegado por el uso que doy a mi libertad. La jerarquización de mis ideales queda supeditada a lo que me parezca conveniente según las circunstancias vivenciales, profesionales; a lo que me apetezca o se me antoje en este momento. Es una especie de nueva ética que sustituye a la verdadera Moral;

d) el relativismo: no hay verdades universales y permanentes porque absolutamente todo es relativo, siempre según mi propia conveniencia;

e) el consumismo: lo importante es adquirir bienes materiales, estar a la moda (no importa a qué costo). Hay una pasajera sensación de bienestar cuando se tienen esos bienes y socialmente se consideran autorrealizados;

f) el escepticismo y el nihilismo: los grandes temas de la humanidad como el sufrimiento, el dolor, la muerte, las preguntas trascendentes “quién soy, de dónde vengo, adónde voy”, o las verdades eternas del Más Allá, se suelen tomar con indiferencia, apatía e incluso repulsión. Prefieren simplemente “vivir al día”, dejarse llevar por el ambiente y no pensar en el mañana;

g) la búsqueda ansiosa de lo festivo o entretenido: en ese contexto resulta clave encontrar personas o situaciones que resulten divertidas, simpáticas, agradables, para que no exista ningún momento de estar a solas y evitar que el hombre se enfrente con su propio yo. Si eso ocurriera, entonces se echa mano de la música, de los videojuegos, de la televisión, de las películas, de la internet, de los juegos de azar, etc. Lo importante –parecen manifestar algunos con su conducta- es evadirse y jamás pensar en temas profundos, sino mantenerse siempre en el entorno de lo frívolo y superficial. Son las llamadas “personas-epidérmicas”.

Son hombres dinámicos –con frecuencia-, con una cuidada apariencia de “exitosos” en todos los aspectos, pero carecen de convicciones firmes; sus ideales no están sólidamente cimentados; su voluntad suele ser débil. No admiten compromisos personales serios, ni menos para toda la vida.

Les importa mucho el “qué dirán o pensarán de mí”. Eso genera un mimetismo por imitar obsesivamente a los demás, por ejemplo, en el modelo del último coche o computadora, en las marcas de las prendas de vestir, y en general, en un estilo de vida que lo presumen públicamente para ser reconocidos socialmente. Muchas veces el costo de este afán de competitividad les lleva a contraer considerables deudas y a vivir en un estado de angustia e insatisfacción permanente.

El gran drama de algunos de estos hombres de nuestro siglo XXI es que van buscando afanosamente la felicidad: en su desarrollo profesional, en el sexo, en el alcohol, en las drogas, en la posesión ilimitada de bienes materiales (casas, coches, aparatos tecnológicos…), en los continuos viajes turísticos de placer, en las interminables fiestas y juergas. Como escribía nuestro Premio Nóbel de Literatura, Octavio Paz, en El Laberinto de la Soledad, es como “una máscara y detrás otras máscaras”, mas en el fondo subyace el vacío, el hastío y la infelicidad.

Mujer, ¡Recupera tu dignidad!

Por Germán Ambrosio M.

Con motivo del reciente Sínodo de la Familia que ha concluido en días pasados, se suscitó una reflexión acerca de la necesidad de promover puntualmente que es ser familia, como una forma de re-valorizarla, y ponerla en el lugar primordial que tiene en la sociedad. Pensado en ello, opino que antes de que eso, será necesario recordarle a muchas mujeres el valor que tienen como tales, que sepan recuperar su dignidad perdida por circunstancias diversas y lamentables de la vida, y en muchos casos acompañadas y producto del propio consentimiento.

Se debe recordar que la mujer juega un papel muy importante como un pilar base de la familia, ya que es ella quien es el vínculo primario de los hijos desde temprana edad con el mundo exterior, dentro de un desenvolvimiento sano. Toda mujer debe saber valorar y defender su dignidad desde la niñez, tomando conciencia que con el ejemplo se enseña a sus niñas a hacerse respetar y a los niños a tratar a la mujer como se debe, con respeto y amor.

Es triste ver en la actualidad a la mujer permitir que se le denigre, viendo pisoteada su dignidad, donde por ejemplo podemos observar en diversos medios de comunicación y entretenimiento, mujeres que tienen como profesión la de ser actrices, cantantes, o conductoras de programa de tv, se dejan llevar por lo que las “modas” dictan, y visten en una forma donde el pudor “brilla por su ausencia” y poco dejan a la imaginación, viviendo inmersas en forma consentida en una cultura de la banalidad.

Algo parecido sucede cuando la mujer permite cosificarse, al aceptar lo que el papa Francisco llama “la influencia de las colonizaciones ideológicas”, donde se le propone a la mujer considerar un “derecho” que la hace libre, el dañar su cuerpo por medio de una mentalidad y unas prácticas anticonceptivas, y en otros casos haciendo un mal uso el don precioso de la maternidad que se le ha dado, por medio del ejercicio de la maternidad subrogada, siendo un vientre de alquiler en venta, y en el aborto, donde mata a su propio hijo por nacer, convirtiendo su vientre fértil en una tumba estéril.

Cuando la mujer permite situaciones de infidelidad y adulterio de su cónyuge, guardando silencio y haciéndose “de la vista gorda” con tal de que el esposo no se vaya y siga dando dinero para los gastos de la casa e hijos, termina perdiendo todo sentido de dignidad.

Dentro de este postmodernismo en que vivimos la mujer acepta tirar al bote de la basura su dignidad al tragarse la mentira que ofrece el feminismo radical, donde adopta una posición de lucha descarnada en contra del hombre, a quien debiera ver como su complemento y que en cambio considera el adversario a vencer, y todo por salir a buscar el éxito y el reconocimiento social, que al final la deja vacía y en soledad.

Decían las abuelitas: “Que el hombre llega hasta donde la mujer quiere” y parafraseando podríamos decir que, “la falta de respeto a la dignidad de la mujer llegará hasta donde ella misma lo permita”; la mujer ha querido para competir con el nombre, usar la estrategia equivocada de imitar no los rasgos positivos, sino los rasgos negativos y vicios de algunos hombres, convirtiéndose así, si es posible, en mujeres más borrachas que ellos, más promiscuas, más infieles, y ese es claramente el camino equivocado para la realización de la mujer como persona, y eso repercute en la familia y la sociedad.

El tirano dictador Lenin decía: “Si quieres dominar un país prostituye a sus mujeres”, si la dignidad de la mujer sigue siendo maltratada, toda sociedad estará condenada a la destrucción desde sus cimientos, en cuya base está la familia. Una mujer herida en su dignidad poco puede hacer para educar correctamente a sus hijos.

Recuerda mujer que no eres tan solo un número en una estadística, ni una posible víctima más, sino un ser humano con dignidad y que merece respeto. Las herramientas para recuperar tu dignidad son muchas solo necesitas buscarlas, hay instituciones especializadas en ayudarte en ese sentido, además de la importancia de que busques tener una vida de fe, en Dios.

Una mujer que tiene dignidad y la hacer respetar, es base de familias ejemplares que dan a la sociedad sentido de prosperidad.

Así pues, la tarea no es fácil, ni tampoco imposible: ¡Estas a tiempo mujer! de recuperar tu dignidad y asumir el papel único e insustituible para el cual fuiste creada, a partir de tu entorno familiar, ya sea como hija, madre o esposa, para formar ciudadanos de bien e hijos de Dios dignos, que se integren a la sociedad para formar un mundo mejor.

“COSAS HUMANAS” Y “ANIMALES PERSONA”

La reflexión sobre el hombre y su dignidad ha avanzado como todo conocimiento humano a lo largo de la historia, aunque actualmente se estén dando retrocesos y situaciones paradójicas a su respecto.

Dicho de manera muy simple, el reconocimiento de la calidad de ser humano de quienes no pertenecían al grupo fue un proceso lento que duró varios siglos; y además, lo anterior no significó de inmediato su consideración como personas, puesto que esto último se demoró más tiempo aún.

De este modo, la noción de ser humano solía ser más amplia que la de persona, pues esta última incluía a algunos de ellos solamente; algo así como dos círculos, uno de los cuales –el que representa a las personas– está completamente metido dentro del otro.

Ahora bien, en algún momento pareció que ambos círculos, el de ser humano y el de persona, por fin coincidían: cuando se aprobó la Declaración Universal de Derechos Humanos en 1948.

Por desgracia, muy poco tiempo después el círculo de los considerados persona nuevamente comenzó a menguar, proceso que ha seguido creciendo hasta el día de hoy. De este modo, los excluidos serían algo así como “cosas humanas” –con todo lo contradictorio que resulta el término–, lo que afecta especialmente a aquellos que se encuentran en una situación más débil: no nacidos, moribundos, ancianos y niños.

Sin embargo, a diferencia de otras épocas, hoy existen corrientes que pretenden no solo excluir a ciertos seres humanos de la calidad de persona, sino además, incluir a seres no humanos dentro de dicho carácter.

De esta forma, si volvemos al ejemplo de los círculos, ahora el que representa a los que son considerados persona no está encerrado dentro del que representa a los seres humanos ni coincide totalmente con él, sino que saliéndose del mismo, abarca a otros entes. Dicho de otro modo: ambos círculos poseen una intersección, que representa a los “seres humanos-persona” y dos sectores en que cada uno se encuentra solo, sin solaparse, representando uno a los “seres humanos-no persona” (o si se prefiere, a las “cosas humanas”) y el otro a los “persona-no seres humanos”, o si se quiere, a los “animales-persona”.

Es por eso que en vastos sectores se trata mucho mejor a diferentes animales e incluso vegetales que a determinados miembros de nuestra especie, lo que explica que a la par que crece la mentalidad ecologista (convertida incluso en una auténtica religión), se atente cada vez de forma más atroz contra la vida de algunos seres humanos.

Ahora bien, uno de los problemas de esta tendencia es que todos podemos perder nuestra calidad de persona. ¿Correremos el riesgo?

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

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