El miedo: la enfermedad más contagiosa

«La juventud prolongada -permitida por la actual prosperidad de la sociedad industrial- redunda meramente en un número creciente de adultos puerilizados». Nicolás Gómez Dávila

Es un hecho que las personas mueren, es parte de la vida, sin embargo, con la situación del Covid parece que apenas nos damos cuenta -horrorizados- de que eso sucede con frecuencia. Las pérdidas humanas siempre son dolorosas. En épocas anteriores con una esperanza de vida menor, no era casualidad que apenas naciera un bebé, era bautizado a la mayor brevedad. Los padres eran conscientes de la importancia de la recepción de los sacramentos antes de que fuese demasiado tarde.

No obstante, para nosotros ahora, la salud y la vida material pareciera lo importante y en torno a ella hemos permitido que todo, absolutamente todo gire, desde nuestros hábitos, las relaciones sociales e incluso, nuestra vida religiosa. Muchos toman decisiones no por responsabilidad, ni siquiera porque les importe la salud de los demás, sino por miedo, sí, miedo a morir. Comenzamos a denunciar a otros por no obedecer, por reunirse con su familia, por abrir su negocio para sobrevivir. Tan solo ver lo que hemos hecho, en lo que hemos convertido las relaciones interpersonales y la sociedad en un tiempo record, para darnos cuenta de que el miedo es la enfermedad más contagiosa; no la peste, no un virus, sino el miedo.

Solo mire a su alrededor, ¿cuántos se encierran para salvar la propia vida? y aunque lo logren, habrán perdido valiosas oportunidades de estar con los demás, de ayudarles. Vivimos la caída de la economía, la pérdida de empleos, el cierre de negocios y la supresión del culto religioso. Tenga claro que la vida material tiene su valor porque en ella hay un alma a la cual salvar. Pero en nuestro afán de salvar la vida material, comenzamos a vivir sin Dios, sin sacramentos, sin los demás. Nos dicen que no habrá Misa y ni siquiera nos damos cuenta de lo que eso significa. ¿Cuándo fue que tuvo más valor la vida material que salvar el alma?

Lo que caracteriza a la generación actual es que somos frágiles, no solo de pensamiento sino de forma de vida, proporcionada por la tecnología y los avances en diferentes campos. Vivimos instalados en una placentera comodidad que nos ha dañado. Olvidamos que si estamos aquí es por gracia de Dios y por lo que las generaciones precedentes enfrentaron: las hambrunas, las pandemias como la peste negra o la gripe española, guerras mundiales, revoluciones; los padres daban su vida para proteger la de sus hijos, hoy no queremos ni saludar de mano a nuestra familia. Hemos convertido la vida material en el bien supremo no importando si desechamos a otras personas en el camino para protegernos.

¿Cuánta gente se encuentra sola sin recibir visita de nadie? ¿Cuántos que viven sanos y encerrados voluntariamente pero que mueren cada día de miedo y basados en ello toman las decisiones más absurdas? Esperan que pasé esta situación para vivir nuevamente, tal vez mañana, el mes entrante, el próximo año. Ignoran que esta situación no pasará jamás; ha llegado para instaurar un nuevo orden mundial; ha llegado para generar un cambio radical en el seno mismo de las familias, en las relaciones interpersonales, el comercio, la industria, la migración, llegando al ámbito moral y religioso; control poblacional ni más, ni menos.

La situación en la Iglesia no es alentadora tampoco, el miedo esta presente: ¿Cuántos sacerdotes que toman las medidas sanitarias más absurdas en Misa llevando a la feligresía a cometer abusos litúrgicos, pero se niegan a salir para administrar los sacramentos a los enfermos? Recientemente escuche a un sacerdote decir “Prefiero molestarlos con el cubrebocas que velarlos”, bien, resulta que ese mismo sacerdote se ha negado a llevar la sagrada comunión a los enfermos, menos velarlos. De más está decir que el sacerdote no ha de guardar jamás su vida para sí mismo sino para servir al rebaño y ganar almas para Dios, sobre todo en los momentos más necesarios. ¿Se da cuenta ahora de lo absurdo que es valorar más la propia vida material que la salvación de las almas?

Salga a caminar, converse, sonría y ría a carcajadas, respire aire fresco, visite a sus familiares, reúnanse y abrácense. Vaya a Misa, usted y los suyos reciban los sacramentos con la debida reverencia y disposición, especialmente si están convalecientes. No se trata de ser irresponsables y descuidar la vida material, sino de no darle el mayor valor aislándonos para “preservarla” cuando de sobra sabemos que la muerte es un destino al que todos estamos llamados. Cuando dejemos de temer el morir tomaremos decisiones conscientes para cuidar de los nuestros como es debido; dejaremos de obedecer órdenes solo porque sí, discerniremos si es pertinente seguirlas. Cuidaremos el estado de nuestra alma y nuestra fe.

Hay miedos comprensibles, pero el que hoy pulula entre la gente por la situación de Covid es una de las peores cosas y lo más terrible es que se contagia fácilmente. «¡Nos veremos pronto!» decía un eslogan de salas de cine y que ahora está grabado en las mentes de casi todos. Esperemos que ese mañana no sea tarde, cuando la vida se nos haya consumido, precisamente cuando más queríamos conservarla…

Dos psiquiatras: la felicidad se construye día con día

Dice el proverbio: “Sonríe y los demás te sonreirán”. Cuando una persona lucha por ver el lado positivo de la vida; es amable, cordial, alegre y deja de lado las visiones trágicas o negativas, lo lógico es que las personas instintivamente acudan a ella porque les hace ver lo divertido de la existencia humana, aún en los detalles más pequeños. Así, por ejemplo, en una reunión social son los más frecuentados porque a todos nos gusta ver caras alegres a nuestro alrededor.

En cambio, los que habitualmente se están quejando de sus enfermedades o de sus problemas; de lo mal que está la situación económica y social; de los pormenores de los avances de esta tremenda pandemia; de la corrupción en la política, etc. y que no aportan ninguna idea constructiva, se convierten en personalidades agotadoras para escuchar por un largo tiempo y de los que, por desgracia, todo el mundo huye.

Tenía un conocido mucho mayor que yo, que ya falleció, y participó en la cruenta Guerra Civil Española (1936-1939). Tanto en el bando republicano como en el nacional ocurrieron numerosos asesinatos a sangre fría, graves injusticias, fusilamientos sumarios, personas ahorcadas y colgadas en los árboles, el terror a los bombardeos aéreos, numerosos templos y conventos incendiados y profanados, etc. Muchos perdieron a sus padres, hermanos, familiares y amigos. En general, causó severas divisiones y odios, así como profundas heridas morales. Generó un fuerte trauma en la mayoría de los ciudadanos.

Y este amigo me contaba que, cuando la Guerra terminó en 1939, cada quien tenía una larga lista de tragedias que había sufrido y presenciado. Así que por “salud mental”, en las reuniones sociales, cuando alguien comenzaba a rememorar sucesos terroríficos de la guerra, enseguida los demás lo frenaban en seco con una frase que se hizo popular: “No me cuentes, que te cuento”. Como diciendo: “Cambia de tema de conversación porque no conduce a ningún lado y a todos nos deprime más”.

Por ello, el Psiquiatra Enrique Rojas escribe que “una persona que no puede cerrar sus heridas, puede convertirse en una persona agria, amargada, resentida y echada a perder”. Es decir, su mente está como intoxicada y vuelve una y otra vez a sus rencores y resentimientos y es incapaz de ser nuevamente feliz”.

Debido a esto, el especialista recomienda vivamente, en el sentido positivo y sano de la expresión, “tener mala memoria”, porque sólo así se cierran las heridas internas (Leer: “Todo lo que tienes que saber sobre la vida”, Espasa Libros, 2020).

También sugiere el sacar experiencia de los golpes duros que la vida proporciona y verlos como un aprendizaje, como “un capítulo de mi vida que me dejó esta o aquella lección”.

Su hija, Marian Rojas, también es Psiquiatra y, en fecha reciente publicó un exitoso libro, titulado: “Cómo hacer que te pasen cosas buenas” (Editorial Diana, 2019). Ella subraya este concepto: “La felicidad consiste en vivir instalado de forma sana en el presente, habiendo superado las heridas del pasado y mirando con ilusión al futuro. (…) La felicidad no es lo que nos pasa, sino cómo interpretamos lo que nos pasa”.

Insiste mucho en que los pacientes maduran bastante cuando son generosos y se ocupan en servir y ayudar a los demás. Una persona obtiene más felicidad cuando se da así misma que cuando recibe.

Es importante vencer los miedos, las angustias e inseguridades y que las personas confíen en sí mismas. ¿Y si vienen los fracasos ante una decisión determinada? Serán aprendizajes con la finalidad de buscar la solución en otra dirección.

Los Psiquiatras norteamericanos afirman que la mejor forma de perder los miedos es “Exposure”, o sea, tomar una firme determinación, actuar y correr con las consecuencias. De esta manera, esa angustia infundada desaparece, se desvanece.

También recomienda que nos enfoquemos –mientras descansamos o antes de dormir- en algo alegre, positivo, que nos haya pasado o que nos haga sonreír. Introducir mucha ilusión en cada actividad que realizamos. Es provechoso pensar en que al día siguiente ocurrirá algo que nos traerá alegría y optimismo.

Dicho en otras palabras, Marian Rojas está proporcionando al lector la clave para mantener lejos cualquier pensamiento autodestructivo, que produzca angustia, ansiedad o estrés. Esto último es causa de innumerables enfermedades orgánicas o mentales. En cambio, si se sabe disfrutar del “hoy y ahora” –aunque sea lo más cotidiano de la realidad- recuperaremos la capacidad de asombro que tienen los niños, con interés, con los ojos nuevos.

Hay que saborear el tiempo presente. ¿Qué es lo que a cada uno le gusta? ¿La música? ¿Las buenas películas? ¿Los libros interesantes? ¿algún deporte? Pues hay que hacerlos (“Just do it”!, como se dice en inglés).  Sin miedo a “hacer el ridículo” o por temor a lo que piensen los demás. Marian Rojas concluye que hay que aprender a tomar las riendas de la vida, con empuje y entusiasmo. El resultado lógico será que se tenga una vida plena y feliz que compartiremos con nuestros seres queridos.

¿Por qué se genera y desarrolla el estrés?

Existen muchos factores por los que se genera el estrés. Algunas veces porque la persona tiene un sistema nervioso endeble; o porque es susceptible, muy aprehensiva, impresionable o temperamental.

Otras veces porque aquello joven tiene una desproporcionada carga de trabajo; no tiene un minuto libre; trabaja descuidando las comidas y hasta altas horas de la noche. Esto comprueba que la persona es realmente humana, con sus limitaciones y no un mero robot.

Es típico el consejo de las personas mayores y experimentadas a los profesionales jóvenes: “No intentes comerte el mundo a puños porque te vas a enfermar. Ve a tu paso y no te estés continuamente comparando con los demás”.

Otro aspecto que genera ansiedad es pretender un meteórico ascenso en la empresa donde labora y, si no lo logra en breve tiempo, viene el desaliento, desánimo o desesperación.

Ponerse metas en la vida concretas, asequibles y realistas. Tenía un amigo abogado que se había puesto la meta de ser Presidente de la República a los 40 años. Lógicamente no lo logró y me llamó bastante la atención el estado de frustración en que cayó. No me imaginaba que se había puesto esa meta completamente en serio. Tuve varias conversaciones con él para que se diera cuenta que debería ponerse otras metas más fáciles de conseguir. Creo que al final logré convencerlo.

Otro factor importante es convertir las dificultades en desafíos o áreas de oportunidad. Y no visualizar los problemas como “montañas” que producen sensación de malestar e impotencia.

Desde luego un elemento que causa tensión son las deudas económicas. Por ello es clave el cuidar los ingresos y egresos. Cuidar el no gastar más de la cuenta para que esas deudas no se conviertan en un “quebradero de cabeza”.

Muchas personas dicen sentirse “amargadas” porque no se encuentran a gusto en su trabajo o piensan que no se les reconoce lo suficiente. Y se pasan años por el “callejón de la amargura”. Hasta que un día, un buen amigo, les comenta: “Cómo me gustaría tener tu trabajo: ganas bien, tienes prestaciones, vacaciones, un horario flexible, En cambio yo trabajo como esclavo de sol a sol. ¡No sabes cómo te envidio!”

Otro factor de gran trascendencia es tener amigos y cultivar las relaciones sociales. Las personas hurañas al final se dan cuenta de que no son felices porque no son capaces de entregarse a los demás, sin pedir nada a cambio. Los que conviven con muchas personas de ordinario tienen muchos amigos y gozan y disfrutan de sus relaciones sociales.

La atención a la familia.es medular en el desarrollo de la personalidad madura como padre, esposo, como hijo, como hermano. Hay que atender adecuadamente a todos particularmente a las personas mayores y enfermas. El estar pendientes de los cumpleaños, santos, aniversarios de bodas y felicitar a los interesados es algo que no se olvida. Me contaba hoy una doctora que tiene la costumbre de encargarse y coordinar los festejos familiares y, en medio de la pandemia, las tertulias son por “zoom” con familiares de México, Austria y Estados Unidos. La que se queda más contenta es la abuelita porque tiene oportunidad de conversar con sus hijos y nietos, que de otro modo no podría. Es increíble que los detalles pequeños contribuyan a la felicidad grande de los demás.

Curiosamente hay profesionales que se ponen nerviosos cuando salen de vacaciones porque imaginan que ocurrirán grandes desgracias sin no se encuentran presentes en la empresa. Y hay que decirles: “Mira tú descansa y olvídate de todo. No se va a caer el mundo con tu ausencia por tan pocos días.”.

“Aprender a decir que no” dice este valioso consejo un conocido pensador de nuestro tiempo. ¿A qué se refiere? A que la capacidad de asumir responsabilidades tiene un límite. Ir más allá de esa frontera atenta contra el estado de salud general

Otros muchos desprecian el tiempo de esparcimiento como una “soberana tontería” propia de la gente ociosa. Y están equivocados ya que es una necesidad del organismo y las capacidades tanto físicas como mentales para recuperarse y renovar el trabajo con nuevas energías

“El perfeccionismo” es un mal de nuestro tiempo que altera la conducta, produce un estado de malestar y la sensación de no haber terminado bien las tareas y responsabilidades.  Lo mejor es enemigo de lo bueno. .No se debe estar rizando el rizo una y otra vez porque se cae en una obsesión compulsiva.

Continuar poniéndose metas e ideales en la vida, no importa la edad que se tenga. Lo peor es perder el interés por la vida que es maravillosa y está llena de aventuras.

También es importante cuidar el orden y el aprovechamiento del tiempo para alcanzar las metas trazadas y no posponerlas indefinidamente porque produce caos y confusión personal.

Podríamos seguir enumerando factores que generan estrés pero me parece que con éstos basta para hacer una autoevaluación y llegar a algunas conclusiones personales de mejoría.