El totalitarismo destructor de la familia

Por: Alejandra Diener

El totalitarismo es un término que nos lleva a pensar en un todo, pero imperfecto. Al tener una terminación con ismo, nos da a entender que no alcanza a ser lo que se quiere describir. Por el contrario, cuando una palabra termina en dad entonces tiene la cualidad de perfecto, como totalidad.

Una totalidad abarca un todo, un totalitarismo infiere que todo es igual, aunque no sea cierto. Es decir, se busca que haya una igualdad perfecta pero no se logra porque es imposible, como en la vida de las personas. No somos iguales, somos distintos, únicos y perfectibles. No es funcional que se nos trate igual en todo porque cada quien recibirá dicho tratamiento de distinta manera.

Ejemplos de totalitarismo, más allá de dictaduras históricas conocidas por todos, están los derechos humanos que lejos de ser reales, asentados en los principios de justicia y desarrollo moral de las sociedades, actualmente son supuestos derechos que deben de cumplir caprichos y deseos de todos. Hecho que es claro no cumple con la realidad y menos con el bien común, no se puede dar a todas las personas lo que piden o desean. No obstante, hoy por hoy pareciera que es la idea de grupos de poder y de hacedores de políticas públicas.

En este sentido, me gustaría centrarme en los derechos de las niñas, niños y adolescentes. Estos derechos son muy vastos, y a su vez son genéricos, totalitarios, y peor aún se centran en el supuesto de que las cosas son negativas. Se piensa que la totalidad de los jóvenes (para resumir tan largo título) sufre abusos y es violentado.

Al respecto, me enfocaré en un caso reciente de una adolescente de catorce años quien fuera reportada como desaparecida y entonces la sociedad civil se dio a la tarea de compartir la foto y la Alerta Amber para que pudieran localizarla. En retrospectiva, siendo alumna de una escuela de niños de clase media, media alta, hubo una gran difusión y entre los compañeros y conocidos de la joven se decían muchas cosas.

Dada la gran respuesta de la gente, la Fiscalía General de la República avisó en una carta que la muchacha había sido localizada y que estaba bajo el cuidado de un “adulto significativo” ya que había denunciando a sus propios padres de violencia familiar. Los papás inmediatamente publicaron un comunicado, exponiendo que su hija estaba siendo mal influenciada y que dada su conducta poco deseable la habían corregido quitándole el celular, lo que ocasionó que se fuera de su casa y los denunciara ante la FGR.

La Fiscalía no investigó, sino que su juicio fue totalitario ya que tomó la declaración como cierta y culpó a los padres hasta que no demostraran lo contrario. Violando sus derechos humanos de presunción de inocencia y de paternidad. Es decir, los derechos de los jóvenes radican en un supuesto totalitario infiriendo que la mayoría de los padres abusan de sus hijos y no así la minoría. Es decir, las leyes se hacen inductivamente partiendo de lo particular a lo general, en lugar de ser deductivas, de lo general a lo particular.  Casos como este, dan como resultado la falsa creencia de que todas las familias abusan de sus hijos hasta que no se investigue lo contrario. Imponiendo medidas cautelares a sus padres, arriesgando su libertad, permitiendo que los adolescentes, menores de edad, hagan rabietas y arremetan en contra de sus progenitores.

Lamentablemente, cada vez se escuchan más denuncias de este tipo que no trascienden, pero trastocan en silencio a los involucrados, no obstante, cuando suceden los casos de violencia verdadera son más impactantes por el morbo que generan, creando una falsa percepción de la realidad, mostrando un escenario gris de la familia. Lo que desalienta a cualquiera a formar una o a educar con seguridad y autoestima a sus hijos.

Los padres de familia temen poner medidas correctivas para educar a sus niños, porque los derechos totalitarios pueden coartar su libertad, logrando así que los jóvenes crezcan sin límites, sin escrúpulos y sin respeto a sus mayores.

Es cierto que hay casos terribles de violencia, no sólo psicológica, sino física y de abuso de poder, pero son los menos, la familia sí funciona y funciona muy bien desde hace siglos. En la actualidad, los obstáculos que la han debilitado han sido intentar redefinirla, buscar suplir a los padres por parte del Estado y claro está, tratar a la sociedad como si fuera un totalitarismo.

Lo que ciertamente no funciona ya que no somos iguales y cada persona, cada familia tiene una dinámica distinta que se debe de tratar con especial atención. Un hecho como el caso que acabo de relatar, daña a la institución familiar y confunde a los hijos en su jerarquía de valores, privando a la sociedad de personas de bien.

Por: Alejandra Diener

Lic. en Economía

Mtra. en Ciencias de la Familia

Esp. en Educación Perinatal

Dra. En Bioética (Candidata)

@alediener_positiveinfluencer

 

Si estamos solos en este asunto…

Durante varios siglos y por diversas razones, se consideró que existía un origen divino del poder, en particular de los reyes –si bien a veces éste pasaba primero por el pueblo–, pues se pensaba que no tenía sentido que la potestad de mandar, y por tanto de encontrarse en un nivel superior al de los súbditos, pudiera surgir de la mera suma del querer de esos mismos obligados. Y al mismo tiempo, existían ciertas reglas dadas (los Mandamientos o la ley natural), que buscaban orientar el ejercicio de ese poder. Por tanto, al estar más arriba que los hombres, se estimaba que sólo Dios podía dar legítimamente este poder, así como algunas pautas objetivas para su uso.

            Obviamente, este origen proveniente de lo alto no tenía por objeto como muchos creen hoy, que la persona o personas ungidas con este poder pudieran hacer con él lo que quisieran, sino todo lo contrario: tratar de evitar los abusos, al recordarle permanentemente a los gobernantes que ellos habían recibido este poder de alguien superior a ellos, ante quien tendrían que responder algún día, como en la parábola de los talentos. Además, existía esta pauta moral objetiva emanada del mismo Dios.

            Luego, se consideró que el poder emanaba de nosotros mismos, de la mera suma del querer de quienes se verían obligados por él. Y también, que habíamos llegado a una madurez suficiente para determinar por nosotros mismos la pauta de conducta a seguir.  Por tanto, luego de desterrar a Dios de la teoría política y ante la ausencia de contenidos objetivos, las únicas formas que se encontraron para controlar este poder fueron la de elegirlo, regularlo y dividirlo, para vigilarlo, ordenarlo y contrapesarlo. Así, al considerarnos seres adultos, de nosotros emanaba y de nosotros dependía contener este poder.

            Sin embargo, y sin olvidar los graves abusos que también se dieron durante la vigencia de la teoría del origen divino del poder, no hay que olvidar que los peores escenarios se han dado precisamente de la mano de las doctrinas “modernas” a su respecto, como muestran los siniestros totalitarismos que han diezmado a la humanidad. Lo cual ha originado nuevos remedios o un replanteamiento de los tradicionales para intentar contenerlo. Mas, como somos el único “protagonista”, siempre es lo mismo: elegir, regular o dividir al poder.

Sin embargo, puesto que el poder es de suyo expansivo, ¿qué pasaría si todos estos remedios terminaran siendo en el fondo dominados por un solo poder incontrastable, al punto de hacer esta elección, esta regulación y esta división ilusorias, incluso una farsa, como de hecho ocurre en varios países? ¿A quién acudir para intentar salir del atolladero?

Lo que queremos indicar, es que como para estas teorías modernas estamos solos en la tarea de controlar al poder, podemos perfectamente terminar en un callejón sin salida, incluso en un camino sin retorno, como por ejemplo, si surgiera un poder incontrastable a nivel nacional o global, que simule una elección, una regulación o una división a su respecto.

De esta manera, al no considerar que exista ninguna instancia ante la cual apelar, hay que darse cuenta que tenemos que ser nosotros mismos quienes debemos estar vigilantes y llegado el caso, actuar. Y cuando digo “nosotros”, me refiero a todos, cada uno desde su posición. Si estamos solos, nadie vendrá a salvarnos. Es el costo de esta independencia que tanto se defiende y de la cual muchos se sienten tan orgullosos.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

Mirar un poco más adelante

Pese a tratarse de medidas bastante discutibles, no cabe duda de las buenas intenciones que han motivado a la autoridad sanitaria para restringir un cúmulo de libertades, con el objeto de contener la propagación del Covid-19, evitar que colapse nuestro sistema hospitalario y salvar vidas. Sin embargo, es necesario tener presente al mismo tiempo los costos que todo lo anterior ha significado hasta el momento y los efectos que podría tener en el futuro, pues en caso contrario, el remedio podría ser peor que la enfermedad.

            En efecto, una consecuencia evidente de esta situación que ya nos afecta hace más de un año, es el grave deterioro que se ha producido en la producción y en la economía en general del país, situación que como se ha dicho, debiera ser tenida más en cuenta.

            Debe aclararse de antemano que la anterior advertencia no se hace con el afán de defender mezquinas utilidades, ni la ambición desmesurada de empresarios despiadados e insaciables –como a veces algunos parecieran pensar–, sino de observar objetivamente las consecuencias de las acciones que hoy se están llevando a cabo.

            En realidad, estas políticas que han restringido notablemente la actividad económica, podrían compararse de manera metafórica con la actitud de quien quisiera mantener atascados artificialmente y por la fuerza, los engranajes de una maquinaria que se encontraba en pleno funcionamiento. Situación que por razones evidentes no puede mantenerse de forma indefinida, pues este mecanismo podría sufrir daños graves e incluso colapsar.

            Y esto es precisamente lo que queremos advertir, porque si esta maquinaria se rompe o se daña gravemente, o si se prefiere, si colapsa nuestro sistema económico por mantenerse las actuales medidas demasiado tiempo, ello traería una peligrosa ruptura del tejido social, al hacer imposible o mucho más difícil satisfacer un cúmulo de necesidades, muchas de primer orden, en relación con lo que ocurría durante la ahora tan añorada “vieja normalidad”.

            Lo anterior es muy peligroso, se insiste, porque puede hacer que a la postre los costos futuros sean mucho más graves que el beneficio que ahora buscamos conseguir. Así, si nos ponemos muy pesimistas, ¿cuántas muertes –muchas más que las que se han evitado hasta hoy– podrían producirse por la imposibilidad de alimentar adecuadamente a la población o de otorgar otras prestaciones de salud esenciales que se han postergado por el Covid?

            A ello se suma que a esta grave afectación del sistema económico, se ha añadido un exponencial gasto público, generando una preocupante deuda aquí y en otros países. Deuda que será muy difícil de pagar, no solo por su creciente magnitud, sino en particular, porque todo indica que las condiciones para solventarla en el futuro serán mucho peores que las que tenemos en la actualidad, pues la riqueza hay que producirla.

            Finalmente –si bien la lista no es exhaustiva–, a ello se añaden diversos problemas nuevos generados por este encerramiento, desde depresiones a rupturas familiares y otros más, que por ahora dejamos a la imaginación.

            Por tanto, debemos tomar conciencia de los reales costos, invisibles o parcialmente visibles, que se están generando gracias a las actuales medidas, para no caer en problemas peores de los que ahora se quieren solucionar. La historia y las dificultades no se acaban hoy.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

Hasta las últimas consecuencias

Diversos medios de comunicación, tanto dentro como fuera de Estados Unidos, han estado divulgando de manera profusa, todo tipo de informaciones respecto de las recientes elecciones en ese país, que van desde quienes afirman que todo ha sido normal y ejemplar, a aquellos que señalan la existencia de diversas irregularidades, hasta los que directamente, hablan del mayor fraude electoral de su historia. Y, cual serie de suspenso, la trama sigue y sigue, con noticias sorprendentes casi a diario, en espera del vencimiento de los plazos prestablecidos, tanto para un cambio de gobierno, como para la prolongación del actual, igualmente con varios mecanismos de acción, según cuál sea el veredicto final. Con todo, hay que reconoce que como siempre, la realidad supera ampliamente a la ficción.

            Sea como fuere, lo importante a nuestro juicio, es llegar hasta las últimas consecuencias de este verdadero melodrama político. No tanto para saber quién es el ganador (pues hasta donde sabemos, ningún organismo del país del norte ha declarado oficialmente vencedor a nadie, si bien se ha dado inicio al proceso de transición, pese a que las demandas continúan su curso y se ha dicho que se presentarán más), sino por la integridad misma del sistema democrático, no solo –nuevamente– de ese país, sino en el mundo entero.

            Lo anterior no obedece a teorías conspirativas ni a nada que se le parezca, sino a la simple observación de los hechos: si se han realizado acusaciones tan serias respecto del proceso eleccionario vivido, con múltiples demandas presentadas (varias de las cuales han sido rechazadas, por cierto), todo esto hace que al menos caiga una sombra de duda sobre el particular. Y esto es justamente lo que de forma obligatoria debe aclararse, al margen de quién resulte ganador. Pues si en el país más poderoso del planeta, que posee una de las democracias más ejemplares e ininterrumpidas del mundo se plantea una situación semejante (hasta donde sabemos, de lejos la más seria de su historia), ¿qué queda para las democracias menos saludables? ¿Cómo evitar también tener sospechas a su respecto?

            Porque en el fondo, estamos ante dos posibilidades: o esta pugna judicial de quienes alegan la existencia de un fraude en esta elección, ha sido llevada a cabo haciendo gala de una irresponsabilidad y temeridad sin precedentes (lo que debiera ser adecuadamente sancionado), o –peor aún– nos encontraríamos ante el mayor fraude político de la historia estadounidense, todo lo cual obligaría a revisar el funcionamiento de las elecciones no sólo en ese país, sino en el mundo entero.

Lo anterior, además, porque de acuerdo a los demandantes, en esta última situación se encontrarían también involucrados otros países, interesados en influir en las elecciones estadounidenses. Y si está poderosa nación puede eventualmente ser saboteada por potencias extranjeras, nuevamente resulta lícito preguntarse qué podría ocurrir con las democracias más jóvenes y débiles.

            Es por eso que –se insiste–, no puede quedar ningún margen de duda sobre el particular. El futuro global de la democracia como institución y modo de vida de nuestro tiempo, y en el fondo, la legitimidad misma de la política a nivel global, exigen llegar hasta las últimas consecuencias en esta investigación.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

Economía y derechos humanos

Según hemos dicho en otras oportunidades, cuando se analiza el modo como hoy se conciben y exigen los derechos humanos, en particular los de segunda generación (los que conllevan prestaciones directas del Estado, como la salud o la educación), es imposible no preguntarse cómo se financiarán estos derechos cada vez más amplios y costosos.

            La pregunta, por mucho que algunos la rehúyan, es esencial, pues todas estas actividades requieren implementar una serie de medidas que, se quiera o no, conllevan recursos, y no pocos, dicho sea de paso. De hecho, cada año el erario del Estado se ve más y más comprometido, no solo para incorporar los nuevos y crecientes derechos que se reclaman como la cosa más natural, sino además, para mantener los ya existentes, que –no faltaba más– una vez adquiridos, obviamente no se pueden perder.

            Y por supuesto, uno de los blancos preferidos de esta vorágine de derechos, es el modelo económico neoliberal, al cual suele culparse de prácticamente todos los males e injusticias, que los derechos humanos estarían llamados a reparar. Evidentemente, lo anterior no significa que no haya cosas que corregir del modelo, que como toda obra humana es perfectible y puede ser mal usada. Pero en muchos casos, la mirada de estos “derechohumanistas” apunta a su completa destrucción, pues como se ha dicho, sería el origen de todos los males, la peor maldición que ha caído sobre la faz de la tierra.

            Mas, si se consiguiera ese propósito, ¿de qué manera o por cuánto tiempo podrían mantenerse los enormes gastos que requieren estos derechos tan ardorosamente proclamados y exigidos? Porque si se atenta contra el mecanismo que permite la producción de la riqueza, se propina un golpe mortal a la misma fuente de donde surgen estos recursos –tan necesarios como olvidados– que les permiten existir. Sería como matar a la gallina de los huevos de oro.

            Lo anterior, por mucho que en un principio surja la apariencia de haber solucionado una “injusticia”, como por ejemplo, cuando se suben desmesuradamente algunos impuestos, se establecen precios máximos o se realizan expropiaciones estratégicas. En todos estos casos, se está generando pobreza, y la posibilidad de acceder a créditos internacionales o de iniciar una espiral inflacionaria tienen también un beneficio limitado que muy pronto se paga con creces, generando muchos más problemas que los que se buscó solucionar en un principio. Por eso, podría concluirse que es más lo que los derechos humanos dependen de la economía que lo contrario, aunque resulta obvio que ambos se influyen mutuamente.

            En consecuencia, si los derechos humanos requieren de una economía sana para poder solventarse, el mayor daño que puede hacerse a estos derechos, es atentar contra dicho sistema económico, pues proporciona uno de los elementos básicos para su existencia. Incluso podría hablarse del “derecho humano a una economía sana”, pues se insiste, atentar contra la misma es hacerlo contra los derechos humanos en su globalidad. Pocos o casi ningún derecho humano de los que actualmente se implementan continuaría existiendo, si volvemos una economía pastoril o si lo absorbiera todo el Estado.

            Por tanto, hay que andarse con bastante más cuidado al momento de criticar tanto al “modelo” en nombre de los derechos humanos –lo cual no obsta a perfeccionarlo–, pues con ello estamos atentando contra estos mismos derechos en su globalidad.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

El trabajo más fácil del mundo

Tal vez no exista trabajo más fácil hoy en día, que ser oposición a cualquier gobierno, como se ha demostrado hasta la saciedad en nuestro país. Ello, porque desde un cómodo palco, se pueden lanzar críticas a destajo contra el gobierno de turno, sin importar lo bien que esté luchando contra la pandemia o las medidas económicas que se encuentre implementando para afrontar la postpandemia, que seguramente será peor que nuestra actual crisis.

            En efecto, lo único que tienen que hacer quienes actualmente no tienen que dirigir un país, es considerar malo o al menos insuficiente todo lo que hagan las autoridades. No tanto porque como resulta obvio, siempre se puedan cometer errores, sino sobre todo, porque con esta permanente crítica, además de pretender minimizar sus eventuales logros, se busca dar la impresión que si ellos hubieran estado en el gobierno, lo habrían hecho mucho mejor.

            Por tanto, se está jugando con una premisa falsa, que además, es imposible de demostrar. La única forma sería que cuando ellos eventualmente sean gobierno, nos toque una situación semejante. Aunque también es cierto que de ocurrir lo anterior, ya se contaría con la experiencia de la actual crisis, con lo cual la comparación igualmente sería injusta.

            Se insiste en que pretender que la oposición, cualquier oposición, lo habría hecho mejor, es un hecho indemostrable y en el fondo, una petición de principio. Ello, pues nos encontramos frente a una situación inédita dentro de la historia de la humanidad, no tanto por los ribetes sanitarios de la actual crisis, sino debido a sus impresionantes repercusiones económicas: al estar inmersos en una economía global, el actual empeño por “detener el mundo” a fin de combatir la pandemia, no tiene precedentes.

            Pero además –y también nuestro país ha dado un triste ejemplo–, existen sectores de la oposición que casi parecen alegrarse de las malas noticias o de los errores que se cometen, sin importarles las consecuencias sanitarias y económicas que ello pueda traer consigo. Es como si no se dieran cuenta que si el gobierno, cualquier gobierno fracasa, es el país entero –incluidos ellos mismos–, quien se ve perjudicado.

            De ahí que lo lógico sería que la oposición, de cualquier país, apoyara al gobierno de turno en esta situación extrema, a fin de aunar esfuerzos para enfrentar de la mejor manera posible esta crisis y aminorar sus dañinos efectos a corto y mediano plazo, que cada vez se presentan más inquietantes y atemorizadores.

            Es por todo lo anterior que la ciudadanía debiera tomar adecuada nota de lo ocurrido y no dejarse instrumentalizar por un fácil inconformismo, fruto de una demagogia oportunista y muchas veces irresponsable. Porque una actitud semejante revela muy a las claras, que parte de la clase política quiere sencillamente aprovechar esta dolorosa situación para acceder al poder, anteponiendo ese interés particular al bien común general.

            Por eso, tal como ocurre con las personas, es en los momentos difíciles cuando se puede aquilatar adecuadamente la valía de las instituciones o de los grupos y su verdadera grandeza. Mas, si ni siquiera en este momento extremo son capaces de dejar de lado sus intereses, ¿qué se puede esperar para los tiempos de relativa normalidad?

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

Valores y virtudes ciudadanas en la familia

Este mes de marzo está dedicado a la familia. Sabemos que el hogar es la escuela donde se forman a los futuros ciudadanos en valores y virtudes para ejercer sus derechos y cumplir con sus obligaciones. Muchos personajes ilustres de la historia tuvieron unos progenitores que educaron a sus hijos con ideales de servir a la Patria y las brindaron adecuada formación.

¿Cuáles son los objetivos en que los padres pueden ayudar en la formación cívica de sus hijos?

  1. Escuela de amistad: Se trata de entablar relaciones de verdadera amistad con todos los miembros de la comunidad, sin importar su raza, nacionalidad, lengua, condición social;
  1. Escuela de humanización y personalización: que ha de llevar al entendimiento entre las distintas personas. Los padres han de formar a sus hijos para que tengan interés en la cuestión social y, de acuerdo a su edad y libremente, animarlos a participar en la vida política; que tengan la sana inquietud de poner remedio a las dolorosas injusticias y actos de corrupción o a las pronunciadas diferencias en los diversos estratos socioeconómicos.
  1. Fomentar en los hijos un gran cariño por su país, su estado y su terruño de tal manera que se sientan solidarios de todos los demás ciudadanos, con el deseo de participar activamente en mejorar las condiciones materiales y en los valores de sus conciudadanos.
  1. En un mundo tantas veces dividido por tensiones y luchas de unas personas contra otras, resulta fundamental la invitación a la comprensión recíproca. Su mejor escuela ha de ser la familia, en la que se viva con gozo la experiencia de la entrega a los demás.

Otros aspectos a considerar son:

  1.  e) La familia ha de constituir, de igual forma, un ámbito de irradiación   –de apertura- a los demás, a otras familias y a otros ambientes de la sociedad entera
  2. f) La comunidad familiar, sociedad perfecta en su orden, ha de estar abierta a las otras comunidades semejantes y a la entera sociedad, de modo análogo como las células de un organismo sano, aún teniendo vida propia, cooperan al bien de todo el cuerpo.
  3. g) Es preciso, por tanto, que los valores familiares no queden solamente en el hogar para provecho de unas cuantas personas. La vida familiar puede alcanzar un gran eco, un efecto multiplicador de enorme bien para toda la sociedad.

Por ello, conviene fomentar en los hijos de modo particular:

  1. La convivencia con otras personas; las relaciones de amistad y vecindad; con compañeros de escuela o de deporte, etc.
  1. i) El respeto mutuo, la amabilidad para con todos, la cordialidad y otras virtudes aprendidas en el hogar, tienen repercusión en ámbitos más amplios. Si en el seno de la familia se ha aprendido a dialogar; a comprender los puntos de vista de otros; a ceder en las propias opiniones cuando se está equivocado; a prestar servicios con forma desinteresada, será más fácil transmitir esos modos de vivir a la sociedad.

En otro orden de ideas, tiene también importancia:

  1. j) El animar a los hijos –adolescentes y universitarios-a participar activamente en la conformación de la opinión pública escribiendo en las redes sociales o en diversos medios de comunicación. Muchas vocaciones al periodismo, a las humanidades y a la vida intelectual han surgido por ese aliento de los padres. Bastantes escritores reconocen que su afición por dedicarse a la Literatura se inició gracias a que sus progenitores les facilitaron –desde su infancia y juventud- los clásicos de la literatura universal, entre otros muchos libros.
  2. k) Considero clave que los hijos tengan relación con los niños desamparados; con los enfermos y ancianos, para despertar en ellos la generosidad y el deseo de servir a los demás.
  1. l) Escuela del buen ejemplo: El propio testimonio y el ejemplo son el mejor modo de inculcar, también, en los demás valores, sin respetos humanos y con una firme convicción.

                En conclusión, como afirma acertadamente el Dr. Ángel Rodríguez Luño: “la defensa de la familia no hunde sus raíces únicamente en los derechos que ella posee por naturaleza; es también un deber derivado del derecho irrenunciable de toda sociedad a la conservación y defensa de su propia vida.”

Complicado arranque

Enero fue un mes regular para los mercados que acaban con un rendimiento de casi cero por ciento. Los principales índices empezaron muy bien el año ayudados por la economía de EEUU que sigue fuerte. Esta, es la razón más importante para justificar alzas, el buen ritmo de la economía.

Hasta hoy han reportado más del 40% de las empresas que cotizan en EEUU, y 70% lo han hecho mejor a lo esperado. El buen paso del mercado se interrumpió por 2 razones, un conflicto geopolítico entre EEUU e Irán que pintaba muy mal y se podía complicar, y luego se disipó. La segunda razón fue el Coronavirus, que al día de hoy sigue siendo una incógnita el alcance. Da la impresión de que en un inicio se menospreció y luego que fue tomando fuerza se tomó más en serio.

Al día de hoy sabemos que ya es considerada una emergencia por la OMS (Organización Mundial de la Salud), hasta ayer más de 470 muertes y más de 20,000 infectados, vuelos cancelados desde y hacia China, la ocupación hotelera ya está a un 30% y seguramente tendrá un impacto muy importante en el PIB de ese país y del mundo. Así cerramos un enero que dio muy buenos resultados en las cifras económicas, las ventas y las utilidades, un mes que tipicamente en sus reportes arroja el fuerte consumo decembrino y el gasto de fin de año.

Hasta ahora de las notables la única que bajó fue Facebook, no obstante de haber presentado un buen reporte. Al mercado no le gustó el incremento en costos, pero a mí me sigue gustando a pesar del ajuste. Hoy Facebook no es sólo la red social que conocemos, es Whatsapp, Messenger, Instagram y más de 82 compañías en el mundo que ha ido adquiriendo.

Sigo pensando que el tipo de cambio en este nivel es compra y que la situación de México es muy vulnerable y que en cualquier momento el tipo de cambio puede subir. Lo que más preocupa es la falta de crecimiento y la ausencia de planes y reconocimiento por parte de nuestro gobierno para actuar en contra sentido e implementar medidas para salir de esta preocupante situación.

México fue el único país importante globalmente hablando que tuvo una contracción en el 2019. No fue una sorpresa conocer la cifra oficial de -0.1%, era esperada una cifra mala. Es la peor cifra en 10 años y con una gran diferencia contra aquel fatídico 2009, el mundo entero se estaba cayendo y fuimos parte del caos global. En 2019, no había crisis globales ni nada que pudiera atribuirse al exterior, esta mala cifra es de manufactura nacional.

El tipo de cambio no obstante esta adversa situación local se apreció y esto distorsiona la lógica tradicional en la que cuando todo esta mal, el tipo de cambio, también. ¿Porque está fuerte el peso? Porque las finanzas públicas se han mantenido sanas, a pesar de la pésima situación de Pemex y porque pagamos con impuestos una tasa de interés muy alta. Mientras no se deteriore la calificación crediticia del país y la tasa siga siendo alta, podemos ver esta frágil estabilidad.

Buen mes para nuestro acuerdo comercial y ratificar EEUU y México el TMEC, da certeza de cara a la campaña de Trump, y como he dicho en el pasado, no es mejor este tratado que el TLCAN, pero es es que Trump quiso. Y es mejor esto que nada. Falta la ratificación de Canadá que se piensa se dará sin problema.

BREXIT es una realidad, ojo, se salen desde el 31 de enero de todas las obligaciones futuras y no van más a juntas de la comunidad, además de que deben saldar toda cuota y adeudos a la Unión Europea. Los acuerdos comerciales (libre de aranceles) y migratorios surten efecto hasta el 2021. En otras palabras tienen para negociar 11 meses del 2020.

​​​​​​@juansmusi

Buscar las soluciones racionalmente

Es tanto lo que se ha reflexionado, teorizado, concluido y comentado respecto de los últimos acontecimientos de nuestro país, que parece casi imposible no caer en los lugares comunes o señalar algo que no haya sido ya mencionado muchas veces.

            En efecto, se ha dicho de todo: que existe un descontento social acumulado por años; que la clase política en general no ha sabido escuchar la voz de la ciudadanía y que vive en una burbuja; que en la perpetración de los atentados a las estaciones de metro e innumerables comercios y edificios han intervenido extranjeros especialmente entrenados para tal efecto; que ha habido represión y violencia innecesaria por parte de las fuerzas armadas y de orden; que se han violado los derechos humanos de la población; que el Presidente debe renunciar; que es el momento de una Asamblea Constituyente y de cambiar nuestro sistema jurídico y económico de raíz; que es la hora en que la ciudadanía debe expresarse en las calles y dejar de lado, que sea temporalmente, los cauces democráticos institucionalizados; que se han dado noticias falsas; que este es un momento de inflexión en nuestra historia; y un largo etcétera.

            Evidentemente, este auténtico sunami político, social y económico, difícil de prever hace sólo un par de semanas, revela que al margen de si se trata de un fenómeno más –o menos– espontáneo, ha faltado la adecuada reflexión, no digamos para vaticinarlo, sino al menos, para detectar algunas de sus causas y debatir acerca de su importancia. Porque de no llevar a cabo esta necesaria reflexión, nos exponemos casi de manera imprudente a encontrarnos con sorpresas parecidas a la actual, que dejan a la inmensa mayoría de la ciudadanía atónita.

            Es por todo lo anterior, que si de verdad nos interesa preservar nuestra democracia, así como la tan necesaria paz social, es imprescindible en primer lugar, abandonar la violencia, no sólo porque ella atenta contra personas inocentes (como ocurre por ejemplo a propósito de los saqueos y los incendios), sino también, porque además de su falta de racionalidad, ella no necesariamente representa a los sectores más necesitados o a los más débiles, no siendo extraño que ocurra exactamente lo contrario.

Como país, por tanto, debemos estar a la altura de las circunstancias, lo cual nos obliga a meditar como sociedad sobre nuestra situación actual y nuestro futuro común. Lo cual es más urgente aún, puesto que lo peor es tomar medidas importantes de forma apresurada, sencillamente para “apagar incendios”, como se dice.

            Por eso, junto a las medidas de emergencia que sean necesarias para combatir crisis como ésta, debemos abocarnos a pensar y debatir nuestros problemas. Y dentro de la sociedad civil, las universidades, como centros del saber y no meras cajas de resonancia del todo social, poseen un rol fundamental en esta labor. Es más: mantenerse al margen del debate sería negar su naturaleza y traicionarse a sí mismas. De ahí que deban colaborar con toda la pluralidad de saberes que cobijan en su seno, a fin de hacer el máximo de propuestas posibles.

            De nosotros depende, pues, poner lo que esté a nuestro alcance para salir de la crisis que nos aqueja, proponiendo las mejores soluciones dentro de lo posible, sabiendo que estas no serán ni fáciles ni rápidas, y que requerirán del esfuerzo de todos.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Director de Carrera

Universidad San Sebastián

La ventaja de ser víctima

Nuestro mundo se ha vuelto particularmente sensible para ponerse de lado de los que se considera débiles (o al menos de algunos de ellos), esto es, de quienes a su juicio, han sido objeto de un maltrato injusto y que merecen reparación, en particular cuando se los ha invisibilizado durante largo tiempo.

            Evidentemente, lo anterior constituye un notable avance moral de nuestra época, al enrostrarnos con esta preocupación por otros, que no podemos estar sólo anclados en nuestro propio yo, y que por lo mismo, nuestro horizonte tiene que ser más amplio.

            Sin embargo, y sin dejar de reconocer este avance, que como puede ocurrir con todo en la vida, también existe un lado negativo que, llevado a sus extremos, puede conducir a situaciones más injustas que aquellas que se pretenden combatir.

            De hecho, uno de los principales problemas que hoy se perciben a este respecto, es que muchas veces existe una tendencia casi automática a colocarse de manera incondicional del lado de la supuesta víctima, sin tener en cuenta las circunstancias particulares del caso e incluso, cuando la víctima sólo tiene la apariencia de tal. Es decir, actualmente el favoritismo hacia este sector considerado en desventaja es tan abrumador, que casi ciega para comprobar si en el caso que se tiene enfrente, realmente se está dando una real situación de desmedro.

            De este modo, se está dando el peligroso fenómeno en virtud del cual, se cataloga a ciertos grupos de antemano –para muchos de manera dogmática e inmodificable– de buenos y malos, de tal forma que la sola pertenencia a alguno de estos grupos ya encasilla a sus miembros –se insiste, de manera apriorística e inamovible– en uno u otro baremo moral.

            Pero además, no resulta imposible que ciertos sujetos, pertenecientes a alguno de estos “grupos vulnerables”, se aprovechen de esta presunción de debilidad y pretendan sacar réditos injustos a costa de ella. Tentación atrayente, al permitir muchas veces obtener una ventaja de manera rápida y con poco esfuerzo.

            Sin embargo, esta actitud, en que ser víctima –o al menos ser considerado como tal– se transforma en una ventaja (al traer aparejada la presunción de tener la razón), no sólo es una situación injusta, sino que en el fondo, acaba transformando a la víctima en victimario, cayendo así precisamente en aquello contra lo cual se dice luchar.

            Además, lo anterior puede terminar con varios principios fundamentales de toda convivencia civilizada y que ha costado mucho alcanzar, entre otros, la presunción de inocencia o la necesidad de probar los hechos que se alegan. Situación peligrosa, que también puede dar lugar a todo tipo de abusos e injusticias. Incluso sería posible usar esto como como arma, también de tipo político, pues basta con encasillar a los adversarios en el grupo de los abusadores, para intentar dejarlos así fuera de combate.

            Sin embargo, además de ser una situación injusta en lo particular, llevada a sus extremos, esta ventaja de ser víctima puede a la larga terminar minando esa “presunción de razón” que se atribuye al “grupo vulnerable” al cual se pertenezca, echando por tierra el esfuerzo que se ha realizado para visibilizarlo y mejorar su situación, sin perjuicio de constituir un aprovechamiento desvergonzado de su legítimo dolor.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Director de Derecho

Universidad San Sebastián

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