El totalitarismo destructor de la familia

Por: Alejandra Diener

El totalitarismo es un término que nos lleva a pensar en un todo, pero imperfecto. Al tener una terminación con ismo, nos da a entender que no alcanza a ser lo que se quiere describir. Por el contrario, cuando una palabra termina en dad entonces tiene la cualidad de perfecto, como totalidad.

Una totalidad abarca un todo, un totalitarismo infiere que todo es igual, aunque no sea cierto. Es decir, se busca que haya una igualdad perfecta pero no se logra porque es imposible, como en la vida de las personas. No somos iguales, somos distintos, únicos y perfectibles. No es funcional que se nos trate igual en todo porque cada quien recibirá dicho tratamiento de distinta manera.

Ejemplos de totalitarismo, más allá de dictaduras históricas conocidas por todos, están los derechos humanos que lejos de ser reales, asentados en los principios de justicia y desarrollo moral de las sociedades, actualmente son supuestos derechos que deben de cumplir caprichos y deseos de todos. Hecho que es claro no cumple con la realidad y menos con el bien común, no se puede dar a todas las personas lo que piden o desean. No obstante, hoy por hoy pareciera que es la idea de grupos de poder y de hacedores de políticas públicas.

En este sentido, me gustaría centrarme en los derechos de las niñas, niños y adolescentes. Estos derechos son muy vastos, y a su vez son genéricos, totalitarios, y peor aún se centran en el supuesto de que las cosas son negativas. Se piensa que la totalidad de los jóvenes (para resumir tan largo título) sufre abusos y es violentado.

Al respecto, me enfocaré en un caso reciente de una adolescente de catorce años quien fuera reportada como desaparecida y entonces la sociedad civil se dio a la tarea de compartir la foto y la Alerta Amber para que pudieran localizarla. En retrospectiva, siendo alumna de una escuela de niños de clase media, media alta, hubo una gran difusión y entre los compañeros y conocidos de la joven se decían muchas cosas.

Dada la gran respuesta de la gente, la Fiscalía General de la República avisó en una carta que la muchacha había sido localizada y que estaba bajo el cuidado de un “adulto significativo” ya que había denunciando a sus propios padres de violencia familiar. Los papás inmediatamente publicaron un comunicado, exponiendo que su hija estaba siendo mal influenciada y que dada su conducta poco deseable la habían corregido quitándole el celular, lo que ocasionó que se fuera de su casa y los denunciara ante la FGR.

La Fiscalía no investigó, sino que su juicio fue totalitario ya que tomó la declaración como cierta y culpó a los padres hasta que no demostraran lo contrario. Violando sus derechos humanos de presunción de inocencia y de paternidad. Es decir, los derechos de los jóvenes radican en un supuesto totalitario infiriendo que la mayoría de los padres abusan de sus hijos y no así la minoría. Es decir, las leyes se hacen inductivamente partiendo de lo particular a lo general, en lugar de ser deductivas, de lo general a lo particular.  Casos como este, dan como resultado la falsa creencia de que todas las familias abusan de sus hijos hasta que no se investigue lo contrario. Imponiendo medidas cautelares a sus padres, arriesgando su libertad, permitiendo que los adolescentes, menores de edad, hagan rabietas y arremetan en contra de sus progenitores.

Lamentablemente, cada vez se escuchan más denuncias de este tipo que no trascienden, pero trastocan en silencio a los involucrados, no obstante, cuando suceden los casos de violencia verdadera son más impactantes por el morbo que generan, creando una falsa percepción de la realidad, mostrando un escenario gris de la familia. Lo que desalienta a cualquiera a formar una o a educar con seguridad y autoestima a sus hijos.

Los padres de familia temen poner medidas correctivas para educar a sus niños, porque los derechos totalitarios pueden coartar su libertad, logrando así que los jóvenes crezcan sin límites, sin escrúpulos y sin respeto a sus mayores.

Es cierto que hay casos terribles de violencia, no sólo psicológica, sino física y de abuso de poder, pero son los menos, la familia sí funciona y funciona muy bien desde hace siglos. En la actualidad, los obstáculos que la han debilitado han sido intentar redefinirla, buscar suplir a los padres por parte del Estado y claro está, tratar a la sociedad como si fuera un totalitarismo.

Lo que ciertamente no funciona ya que no somos iguales y cada persona, cada familia tiene una dinámica distinta que se debe de tratar con especial atención. Un hecho como el caso que acabo de relatar, daña a la institución familiar y confunde a los hijos en su jerarquía de valores, privando a la sociedad de personas de bien.

Por: Alejandra Diener

Lic. en Economía

Mtra. en Ciencias de la Familia

Esp. en Educación Perinatal

Dra. En Bioética (Candidata)

@alediener_positiveinfluencer

 

#Chile Otro paso más hacia el totalitarismo

Hace pocos días y pese a la enorme polémica que ha generado, terminó aprobándose en la Cámara de Diputados, el proyecto de ley de Garantías de la Niñez, gracias al cual el Estado podrá imponer, de llegar a convertirse en ley, una visión única no solo respecto de la sexualidad, sino más profundamente, de la concepción del ser humano, haciendo tabula rasa con las convicciones de los padres –religiosas o no–, su derecho preferente para educar a sus hijos, la libertad de enseñanza y la libertad de conciencia, entre otros derechos fundamentales que han sido borrados de un plumazo con esta nueva legislación.

            Debe advertirse que el carácter totalitario de este y de otros intentos del Estado de imponer una visión “oficial” en materias amplia y legítimamente discutibles, incluso en áreas o ambientes privados y hasta íntimos de las personas, conlleva otorgarle un enorme poder, al permitirle por esta vía moldear la mente de sus ciudadanos. Es por eso que pocas cosas hay más nefastas para una sociedad, que el afán del Estado por meterse y regularlo todo.

            De nada vale que exista o no un régimen democrático que en teoría, avale esta ilegítima intromisión. A fin de cuentas, este sistema político es sólo un mecanismo para elegir a sus gobernantes y para la toma de sus decisiones, pero no garantiza de suyo que dichas decisiones sean justas. Ello, porque el mero procedimiento o ritualidad no convierte en correctos sus resultados, pues tanto el bien como el mal pueden haber sido fruto de un arduo y meticuloso trabajo. Es a esto a lo que se ha llamado también “falacia procedimentalista”.

            Otro argumento usualmente utilizado para imponer esta y otras conductas totalitarias del Estado, consiste en justificar dicho proceder señalando que se están protegiendo diversos “derechos humanos”, sea lo que fuere que se entienda por los mismos. En realidad, es tanto el prestigio que aún posee este concepto, pese a lo manoseado que se encuentra, que su sola evocación genera una casi automática legitimación de lo que se pretenda lograr a su sombra, lo que podría llamarse un “efecto talismán” de los derechos humanos.

            El problema es que en la actualidad, estos derechos no son una realidad a descubrir sino a inventar, a crear mediante decisiones supuestamente consensuadas por los Estados mediante tratados internacionales. Pero al final, terminan dependiendo en los hechos de la interpretación más que antojadiza que hacen de estos tratados los comités y tribunales encargados de tutelarlos, gracias a lo cual han acabado en no pocos casos completamente deformados y alejados de su sentido original. Ello explica además que los mismos problemas (y por tanto, análogas aspiraciones totalitarias) se estén dando en la actualidad en muchísimos países al mismo tiempo, lo cual evidentemente no puede ser casualidad.

            En consecuencia, lo importante entre otras cosas, es el fundamento y el resultado de las políticas y decisiones que se adoptan, sea a nivel nacional (exista o no una democracia) como internacional, y no tanto la manera en que se decidan, o si se prefiere, el camino que se siga para implantarlas.

            Avanzamos así hacia un Estado cada vez más totalitario, que no contento con la dictadura sanitaria que ha impuesto desde casi un año y medio y del colapso económico global que esto está produciendo, pretende también ir cercenando cada vez más y más libertades. ¿Hasta dónde llegará?

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián