De olimpiadas y patriotismo

«Haced de cada hogar una escuela de patriotismo, sin que os importe el tener o no fortuna; tenéis el patrimonio espiritual, y ese basta; porque no importa nada que los caballeros sean mendigos, con tal de que los mendigos sean caballeros». Juan Vázquez de Mella

La estrategia de la Federación Mexicana de Softbol de reclutar jugadoras en el país donde se juega el mejor softbol del mundo daría frutos a nuestro país cuando clasificaron por primera vez a unos Juegos Olímpicos y se metieron a la pelea por el bronce. El 27 de julio la selección mexicana obtuvo un maravilloso 4º lugar en las Olimpiadas de Tokyo sucumbiendo ante la selección canadiense que se llevaría el bronce. Dicha selección mexicana está conformada casi en su totalidad por jugadoras nacidas en suelo estadounidense pero de origen mexicano. Los aplausos por el evidente logro no se hicieron esperar.

La polémica se desataría dos días después cuando las boxeadoras mexicanas Brianda Cruz y Esmeralda Falcón publicaron en redes sociales que la selección de dicha disciplina había tirado a la basura uniformes de gala, además de playeras y tenis. El presidente del Comité Olímpico Mexicano pidió una sanción ejemplar que incluya el veto de la selección y el caso esta bajo investigación. Por su parte el presidente de la Federación Mexicana de Softbol argumentó exceso de equipaje, razón por la cual se vieron en la necesidad de dejar los uniformes, sin embargo salió a la luz que optaron por llevarse sabanas y almohadas de la Villa Olímpica.

Un hecho desafortunado, una evidente falta de respeto de las jugadoras al haber tirado  sus uniformes a la basura; no hay modo alguno en que se pueda justificar y/o defender tal acción. Si bien es cierto que todos cometemos errores, minimizarlo o deformarlo sería un error. Y digo esto a partir de los argumentos que varios comunicadores, analistas deportivos y aficionados han puesto sobre la mesa en defensa de las jugadoras:

*Bien, un uniforme de seleccionado no es solo una tela o un trapo el cual podemos tirar cuando mejor nos parezca; el uniforme lleva la bandera del país al cual se representa en la mayor justa deportiva del mundo, es irrepetible. No, no existe un contrato donde diga que deba conservarse, lo dice la educación, el respeto y el amor a la patria que se mama desde el seno del hogar.

*Criticar su acción no es una actitud machista o misógina (aquí hace su aparición el feminismo lacerante que aprovecha la ocasión para llevar agua a su molino), toda vez que la crítica objetiva per se carece de odio y sesgo. No se les llama la atención porque sean mujeres, ni porque se les odie sino porque independientemente de su sexo, su acción es reprobable.

*Aludir a la xenofobia es otro error garrafal ya que no se les desprecia en modo alguno, menos aún por haber nacido en Estados Unidos, por tener apellidos anglosajones o por hablar solo ingles; de ser así no habrían formado parte del seleccionado mexicano en ninguna disciplina; no, repito, se critica su actuar carente sentido común y de todo respeto a su país.

*Tanto aquel que gana la presea dorada, el 4º lugar o es último en su prueba no tiene disculpa ante una acción de esa naturaleza. ¿La entrega en la competencia disculpa o le da derecho a un deportista a tirar los uniformes a la basura? No. La entrega en competencia se espera de cualquiera que asiste a Juegos Olímpicos; el respeto y amor a su país es parte de esa entrega, no están disociados.

Y el caso es que justamente ese respeto y amor no se manifiesta en el presente caso, porque la historia no empezó el día del escándalo sino cuando omitieron el logotipo y la bandera de México en el uniforme de competencia. ¿Y quién es el insensato que osaría decir que no hay ofensa cuando alguien hace tales desprecios a través de acciones concretas? Se ha dicho que las jugadoras vienen de una cultura de desechar todo, muy propia de Estados Unidos, pero sabemos también que ellos aprovechan cualquier oportunidad para ensalzar a su patria, sea en el deporte, en espectáculos, películas, etcétera.

Ahora bien, después de enfocarnos en las jugadoras de softbol que sin duda alguna se llevaran un gran aprendizaje de esta situación, aprovechemos nosotros para recordar lo que es el amor a la patria y no cometamos la insensatez de confundirlo con patrioterismo barato, nacionalismo o xenofobia. Nos daremos cuenta de que el amor a la patria no se puede imponer jamás, no se compra y no tiene precio alguno; puesto que a diferencia del nacionalismo que es una ideología, el patriotismo es una virtud que se cultiva en la familia desde el día en que nacemos; es un afecto natural que halla su arraigo en el alma, que trae a la memoria la tierra de nuestros padres y que, tarde o temprano se refleja en nuestro actuar: en el aula, en la sociedad o en la mayor justa deportiva del mundo…

Libertad de expresión, el católico y Libertas Praestantissimum

«No estoy luchando por una libertad que signifique el derecho a hacer lo que me plazca, sino por una libertad que signifique el derecho a hacer lo que se deba. La obligación implica Ley; la Ley implica inteligencia; y la inteligencia implica a Dios». Arz. Fulton J. Sheen

Es común hallar el pensamiento laxo en el católico de que la libertad de expresión significa poder decir lo que queramos. El liberalismo cuenta con flamantes ejemplos de ello, uno es John Stuart Mill, economista y filósofo británico, escribió: “No podemos jamás tener seguridad de que la opinión que tratamos de ahogar sea falsa y aún cuando de ello estuviésemos seguros, el ahogarla sería un mal”. Otro ejemplo es hallado en la Declaración de Derechos de Virginia (que más tarde inspiraría la constitución de los EEUU), en su artículo 12 afirma: “La libertad de prensa es uno de los grandes baluartes de la libertad y no puede ser restringida jamás de no ser por gobiernos despóticos”. Ambos, claros errores del concepto de libertad de expresión. Es un hecho que los EEUU se fundaron sobre principios liberales en todos los aspectos.

Ahora bien, el pensamiento liberal ha permeado en el católico, podemos encontrar grupos como el ENJES (Encuentro Nacional de Jóvenes en el Espíritu Santo) que publicaron en una ocasión un dibujo donde aparecen dos jovencitas sonriendo y abrazándose, una provida y otra proaborto con la leyenda “Podemos pensar distinto sin agredirnos”. A primera vista parece aceptable pero lo que hacemos es afirmar que nos importa un bledo si alguien opina que asesinar en el vientre materno esta bien, porque al fin y al cabo está en su derecho de decir lo que le plazca, mientras no me agreda (ya sabe el “amor y la cordialidad” ante todo). ¿No le parece insultante el pensamiento liberal y su deformado concepto de libertad que se ha extendido en el mundo?

Si llegados a este punto, a usted católico le parece escandalosa la crítica a estos conceptos de libertad, no se preocupe, nuestra Madre Iglesia vigilante y defensora de la verdadera libertad tiene el antídoto para combatir y erradicar su pensamiento liberal. Uno de los mayores combates presentados al liberalismo, condenándolo, lo dió SS León XIII en el año 1888 en su encíclica “Libertas Praestantissium” en la que marca incluso el liberalismo de primero, segundo y tercer grado, aquí algunos extractos sobre el tema que nos atañe:

*En una sociedad humana, la verdadera libertad no consiste en hacer el capricho personal de cada uno ya que esto provocaría una extrema confusión y una perturbación que acabaría destruyendo al propio Estado, sino que consiste en que, por medio de las leyes civiles, pueda cada cual fácilmente vivir según los preceptos de la ley eterna.

*El derecho es una facultad moral. Existe el Derecho de propagar en la sociedad, con libertad y prudencia, todo lo verdadero y virtuoso para que pueda participar de las ventajas de la verdad y del bien el mayor número posible de ciudadanos.

*Las opiniones falsas, máxima dolencia mortal del entendimiento humano, y los vicios corruptores del espíritu y de la moral pública deben ser reprimidos por el poder público para impedir su paulatina propagación, dañosa en extremo para la misma sociedad. Los errores de los intelectuales depravados ejercen sobre las masas una verdadera tiranía y deben ser reprimidos por la ley con la misma energía que otro cualquier delito inferido con violencia a los débiles.

*Si se concede a todos una licencia ilimitada en el hablar y en el escribir, nada quedará ya sagrado e inviolable. Ni siquiera serán exceptuadas esas primeras verdades, esos principios naturales que constituyen el más noble patrimonio común de toda la humanidad.

Así pues, todo lo bello, bueno y verdadero tiene derecho a ser propagado, no así el mal ni la podredumbre. “¡Estaríamos limitando la libertad!” gritara el católico liberal; en efecto, porque para llamarse a sí misma libertad, ha de ser virtuosa y estar circunscrita dentro de la moral. La libertad ilimitada para hacer lo que nos plazca no es otra cosa que la esclavitud del pensamiento y del actuar. Cuando nos sintamos tentados a defender la libertad de expresión ilimitada, piense que aboga para que el cerdo publique pornografía en las redes sociales, lo mismo que una mujer de publicar sobre el derecho a la vida del no nato y la conversión de homosexuales que comienzan a vivir una vida plena y ordenada.

Y solo el liberal, el estulto o el imbécil ignorarían la clara diferencia entre libertad y esclavitud, entre el bien y el mal, entre comer estiércol o una comida nutritiva…

La dimensión humana en el trabajo profesional

Me parece que todos hemos visto esa graciosa película de Charles Chaplin, titulada: “Tiempos Modernos” en la que hace una sátira de la sociedad altamente tecnológica, pero que se está deshumanizando.

Chaplin trabajaba en una gran industria como obrero. Su trabajo era sumamente elemental. Recuerdo que se encontraba frente a una banda sin fin y pasaban multitud de tuercas y, con un par de herramientas, las iba ajustando. Pero se tenía que poner listo y apurarse porque de lo contrario la banda avanzaba más rápido y no alcanzaba a apretar todas las tuercas

Era lo único que hacía durante todo el día. De manera que, al concluir su larga jornada laboral, le quedaba un acentuado tic de mover sus manos sin parar, como si estuviese apretando y apretando más tuercas imaginarias.

No pasa de ser una broma, pero pienso en muchas personas que acuden a su trabajo cotidiano con aburrimiento o monotonía; o bien, tensos, con estrés, nerviosos y no acaban de encontrar el lado amable, sino que lo consideran un mero quehacer fastidioso. Y están contando las horas para que termine e irse cuanto antes a cualquier otro sitio.

Lo primero que hay que decir es que todos debemos encontrar los aspectos que nos entusiasmen e ilusionen, de manera que todos los días vayamos a trabajar con optimismo y planteándonos metas concretas. Muchas veces en los detalles pequeños se encuentran cosas que debemos descubrir porque nos alegran, nos dan buen humor, paz y serenidad.

No hay que olvidar que un trabajo profesional bien hecho y a conciencia, nos ayuda a crecer en virtudes, como: orden, aprovechamiento de tiempo, constancia, fortaleza, creatividad, ingenio.

Es decir, mientras que producimos algo bien elaborado, a la vez nos está impulsando a mejorarnos a nosotros mismos como personas en nuestros valores y virtudes.

En cierta ocasión, visité la ciudad de Oaxaca y fui a observar con unos amigos cómo elaboraran las ollas y otros objetos con el famoso barro negro y me di cuenta que el alfarero realizaba verdaderas obras maestras. Lo felicité por su labor.

Él me contestó:

“- Como vengo al trabajo con gusto e ilusión, todo sale mucho mejor.”-dijo sonriente.

Otro aspecto, no menos importante es contagiar a los colegas del trabajo con esa misma alegría y buscar servir a los demás en lo que se les ofrezca.

En otras ocasiones, hay que aconsejar a los colegas o subalternos que no dramaticen los normales problemas del quehacer diario ni se estén continuamente quejando, sino enseñarles a ver lo positivo y aprovechable de cada situación. Incluso de los errores y equivocaciones se puede aprender y sacar una lección.

A veces nos hemos topado con compañeros de trabajo que “todo lo ven negro”, son pesimistas. Se llenan de amargura, están crispados y tienden a ser ácidos o sarcásticos ante los defectos de los demás. De sobra sabemos que esa clase de personas terminan con gastritis, colitis, piedras en la vesícula biliar o problemas del hígado.

Con el buen ejemplo y una sonrisa se puede ayudar a esas personas que sufren inútilmente. Se les puede enseñar a ver –como dicen los ingleses- “el lado luminoso de la nube”. A no criticar ni caer en la murmuración, que no conduce a nada, sino a generar mal ambiente laboral. También en toda empresa hay que tener espíritu de competitividad y afán de superación, pero es fundamental no meterse mutuamente zancadillas –por celos o envidias- ni desprestigiar a nadie.

Otro elemento clave en el trabajo es luchar contra el excesivo individualismo y la hostilidad hacia los demás, creando un grupito separado como un quiste aislado del conjunto. Todos trabajamos por el bien común de la empresa y, por tanto, debe de existir ese ambiente de confianza y camaradería. Para ello, hay que saber comprender, perdonar y disculpar los pequeños defectos que todos tenemos. En otras palabras, ser amables y sociables con todos, sin excluir a nadie, lo mismo que tener capacidad de adaptarse a todos los caracteres.

Considero esencial respetar la dignidad humana que cada persona tiene, en especial, lo relativo a los valores éticos. Fomentar virtudes, como: honradez, honestidad, templanza, solidaridad para con todos, etc.

Reviste, también, gran relevancia el estar abiertos y convivir amigablemente con los demás. De este modo, se combaten las tendencias hurañas y los egoísmos. Algo que se agradece mucho en toda convivencia es evitar los resentimientos, las actitudes altaneras, despectivas; el ser autoritarios, complicados, o bien, no convertirnos en los típicos “aguafiestas” cuando alguien ha conseguido un logro y merece ser felicitado o animado.

Si se es directivo, es necesario aprender a motivar al personal y saber compartir metas comunes para que se ilusionen todos los colaboradores. Como decía Tomás Moro: “Hay que aprender a tener corazón”, tomando en cuenta que los demás no son máquinas ni robots y agradecen todas las delicadezas y atenciones humanas.

En conclusión, si una persona se encuentra relajada, a gusto y contenta con su trabajo, toma buenas decisiones y obtiene mejores resultados. Trabajando todos de esta manera, en un cualquier trabajo, se logra mayor productividad, a la vez que una mejor eficacia.

Tips para mejorar la convivencia en familia

Estamos recorriendo “El Año de la Familia”. Para lograr una mayor integración de todos sus miembros es necesario cuidar una serie de detalles fundamentales para que esa convivencia no se convierta en algo monótono, rutinario o aburrido.

Con la proliferación en los hogares de celulares, ipads, iphones, lap tops y las redes sociales ciertamente se corre el peligro de que cada hijo construya su mundo aparte, que viva aislado, que esté viendo las películas que le interesan o escuchando su música favorita. Desde luego, eso es lo más cómodo para el niño o el joven, pero rompe con la unidad familiar y se desentiende lo que ocurre a su alrededor.

Aclaro que yo uso todas esas tecnologías y me resultan muy útiles en mi oficio de comunicador y escritor. Pero quizá sea la queja y preocupación más frecuente de los padres de familia. Con expresiones que me comentan, como: “Véalo, vive como embobado con su celular”, “prefiere retirarse y estar en ‘su cueva’ “ ( su habitación), “ha bajado mucho su promedio escolar porque se desvela hasta bastante tarde viendo cosas y no hace bien sus tareas”.

Sin duda, cada asunto tiene su propio lugar. Para un estudiante, es prioritario dedicar suficiente tiempo a estudiar y sacar adelante sus tareas escolares. También conviene que los chicos hagan deporte, que tengan lecturas formativas, que aprendan a socializar en familia y con sus amistades.

¿Qué pasa si en una familia se conversa animadamente –cara a cara- sin estar mirando de continuo los celulares? Los integrantes se van conociendo más y mejor; los padres les dedican tiempo a sus hijos; se está pendiente si alguien está enfermo o tiene una preocupación; se sabe y se prevé cuándo son sus cumpleaños o santos; se comparten las buenas noticias –pequeñas grandes- de cada uno. De esta forma; todos contribuyen a crear un hogar más humano y alegre y se vence el fantasma de la indiferencia.

Un principio esencial es “Ponerse en los zapatos de los demás”. Ese “sentir” lo que cada uno “siente” para lograr tener más corazón e interesante auténticamente por los demás. Sin este elemento, puede haber “apariencia de familia” pero resulta un mero “formalismo”. Porque a la gente se le tiene que querer tal y como es y no como nos gustaría que fueran; vencer todo tipo de antipatías o prejuicios.

Hacer poco fui a una farmacia a comprar una medicina. Me llamó la atención que había nuevo personal. Le pregunté a la chica de la caja que si esa era la política de la empresa y me dio una respuesta que me resultó lamentable: “Lo que pasa es que nosotras (la mayoría son jovencitas) tenemos entre nosotras muchos roces, fricciones y diferencias. Entonces a los dueños no les queda más remedio que estarnos rotando cada cierto tiempo.

Ése es otro concepto fundamental: el saber comprender, perdonar, disculpar y pasar por alto los defectos de los demás. De lo contrario se generan rencores, resentimientos, aversiones e incluso verdaderos odios.

En una familia hemos de tener un corazón grande donde quepan todos, independientemente de que algunos nos caigan mejor que otros. Y esta norma de conducta la deben de vivir, en primer lugar, los mismos padres para que los hijos aprendan de ese buen ejemplo.

“Vivir en familia” significa aprender a “ceder ante los propios caprichos” y pensar primero que es lo que hace feliz a los demás. Muchas veces a un padre se le puede antojar ver un partido de tenis y al hijo, el futbol. Pero si la mamá convoca a todos a un plan conjunto, por ejemplo, salir a dar un paseo toda la familia, entonces se dejan de lado esos proyectos particulares y se piensa en el bien común. Como puede ser unirse al plan general para lograr enriquecer y hacer más grata esa convivencia.

No olvidar que “convivir” ante todo significa “servir” a los demás para que la pasen lo mejor posible. Aunque muchas veces cada uno tenga que sacrificar sus planes originales. Otro aspecto del hecho de “servir” es darse generosamente a los demás, con olvido de sí mismo.

Recuerdo que unas vecinas me comentaban -como un grato recuerdo de su infancia que les venía a la memoria- sobre un tío ya fallecido que invariablemente los invitaba a todos los sobrinos, algunos vecinos y amigos a salir de paseo los domingos. De esta manera fueron conociendo muchos lugares agradables en el campo, en el bosque; museos, el centro de la ciudad; exposiciones pictóricas; ferias del libro; kermeses con bailables, rifas y concursos. Y todo porque al tío Luis le gustaba que los chiquillos salieran a pasear y pasarla bien. A todos les quedó un recuerdo imborrable y un gran aprecio por este familiar.

En toda convivencia es clave aprender a sonreír, estar alegres y añadir detalles de buen humor. Tengo una hermana que es capaz de pasarse más de una hora contando chistes buenísimos. Claro está que las demás hermanas, primas, sobrinas y sus amistades la invitan a todos los festejos de la familia o convivios para escucharla y reírse a gusto. Y le piden que vuelva a contar, aunque sea los mismos chistes y bromas. Ella se percata que es una forma de hacer agradable la vida a las demás, por ello pone su mejor esfuerzo.

La alegría, por tanto, es el aceite que hace mucho más agradable nuestra cotidiana convivencia. De ahí nace una profunda alegría, aún en medio de penas, sufrimientos y contradicciones, que nunca faltan. Todo ello contribuye a mejorar la convivencia en familia.

Si estamos solos en este asunto…

Durante varios siglos y por diversas razones, se consideró que existía un origen divino del poder, en particular de los reyes –si bien a veces éste pasaba primero por el pueblo–, pues se pensaba que no tenía sentido que la potestad de mandar, y por tanto de encontrarse en un nivel superior al de los súbditos, pudiera surgir de la mera suma del querer de esos mismos obligados. Y al mismo tiempo, existían ciertas reglas dadas (los Mandamientos o la ley natural), que buscaban orientar el ejercicio de ese poder. Por tanto, al estar más arriba que los hombres, se estimaba que sólo Dios podía dar legítimamente este poder, así como algunas pautas objetivas para su uso.

            Obviamente, este origen proveniente de lo alto no tenía por objeto como muchos creen hoy, que la persona o personas ungidas con este poder pudieran hacer con él lo que quisieran, sino todo lo contrario: tratar de evitar los abusos, al recordarle permanentemente a los gobernantes que ellos habían recibido este poder de alguien superior a ellos, ante quien tendrían que responder algún día, como en la parábola de los talentos. Además, existía esta pauta moral objetiva emanada del mismo Dios.

            Luego, se consideró que el poder emanaba de nosotros mismos, de la mera suma del querer de quienes se verían obligados por él. Y también, que habíamos llegado a una madurez suficiente para determinar por nosotros mismos la pauta de conducta a seguir.  Por tanto, luego de desterrar a Dios de la teoría política y ante la ausencia de contenidos objetivos, las únicas formas que se encontraron para controlar este poder fueron la de elegirlo, regularlo y dividirlo, para vigilarlo, ordenarlo y contrapesarlo. Así, al considerarnos seres adultos, de nosotros emanaba y de nosotros dependía contener este poder.

            Sin embargo, y sin olvidar los graves abusos que también se dieron durante la vigencia de la teoría del origen divino del poder, no hay que olvidar que los peores escenarios se han dado precisamente de la mano de las doctrinas “modernas” a su respecto, como muestran los siniestros totalitarismos que han diezmado a la humanidad. Lo cual ha originado nuevos remedios o un replanteamiento de los tradicionales para intentar contenerlo. Mas, como somos el único “protagonista”, siempre es lo mismo: elegir, regular o dividir al poder.

Sin embargo, puesto que el poder es de suyo expansivo, ¿qué pasaría si todos estos remedios terminaran siendo en el fondo dominados por un solo poder incontrastable, al punto de hacer esta elección, esta regulación y esta división ilusorias, incluso una farsa, como de hecho ocurre en varios países? ¿A quién acudir para intentar salir del atolladero?

Lo que queremos indicar, es que como para estas teorías modernas estamos solos en la tarea de controlar al poder, podemos perfectamente terminar en un callejón sin salida, incluso en un camino sin retorno, como por ejemplo, si surgiera un poder incontrastable a nivel nacional o global, que simule una elección, una regulación o una división a su respecto.

De esta manera, al no considerar que exista ninguna instancia ante la cual apelar, hay que darse cuenta que tenemos que ser nosotros mismos quienes debemos estar vigilantes y llegado el caso, actuar. Y cuando digo “nosotros”, me refiero a todos, cada uno desde su posición. Si estamos solos, nadie vendrá a salvarnos. Es el costo de esta independencia que tanto se defiende y de la cual muchos se sienten tan orgullosos.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

El arte de cultivar los buenos hábitos

Muchas veces hemos conocido a personas y amigos que desde jóvenes viven una serie de buenos hábitos –también llamados valores o virtudes- y los realizan con la mayor naturalidad.

Cuándo les preguntas a esos conocidos cómo fue que los adquirió, su respuesta parece muy sencilla:

-Mi papá me invitaba todos los días a levantarme temprano y nos íbamos a caminar, o a correr o andar un rato en la bicicleta.

-También mi mamá nos animaba a aprovechar el tiempo. Nos decía, por ejemplo. “No quiero que nadie en la casa se pase horas y horas viendo películas o con los videojuegos. ¡Hay muchas más cosas útiles que hacer!”

Algo similar ocurrió con mi educación en la escuela en Ciudad Obregón, Sonora. Tenía reuniones periódicas con mi preceptor o asesor académico y revisaba mis calificaciones mensuales, trimestrales o semestrales y me decía: “Está claro que tienes que mejorar en Biología, Química y Física. Si quieres, al finalizar las clases de cada día, te puedo ayudar a resolver dudas que tengas de estas materias o a resolver algunos problemas. Pero considero conveniente que subas de promedio. Al principio te costará esfuerzo, pero luego te dará mucho gusto por los resultados obtenidos. La clave es la disciplina y la constancia, ¡no lo olvides!

Gracias a ese buen maestro, al final de la Preparatoria obtuve un magnífico promedio, que me ayudó a entrar sin problemas en la carrera universitaria.

Otro profesor de Literatura, me animaba mucho a leer a los clásicos de la Literatura Mexicana y Universal e interesantes biografías. Me parece que a él le debo mi afición por las buenas lecturas.

En casa, la costumbre era, en primer lugar, sacar bien las tareas escolares. Si algo se me dificultaba, me ayudaban mi madre o mi padre.

Un formativo detalle de ayuda fraterna, era al concluir mis tareas y el estudio, me pedía mi padre:

-Ahora ayuda a tu hermano Enrique que se le dificultan mucho las matemáticas.

La verdad es que lo hacía con gusto por el ejemplo de generosidad que observaba en mis padres, invirtiendo tiempo en asesorar mis tareas.

Finalmente llegaba el momento esperado, practicar un poco de basketball con unos vecinos porque teníamos en la escuela un torneo deportivo.

Recuerdo en mi natal Sonora, aquellos calores del verano en que subía mucho la temperatura y casi todo el mundo tenía la costumbre de dormir un rato de siesta después de la comida.

Pero llegaba un buen amigo al que apodábamos “el Zurdo”. Como era de total confianza, entraba sin tocar hasta mi habitación, me despertaba de la siesta y me mostraba un balón de basket y a continuación me decía:

– ¡Imagínate, nos esperan libres todas las canchas de basket de la escuela! Al principio, yo protestaba y le comentaba: – “¡Hace “un calorón, Zurdo. Ahorita ni los chanates vuelan!”.

-Pero, él volvía a insistirme: mira ya “picados en el juego ni cuenta te das del calor. Además, después de sudar “te sientes a todo dar”. Y era verdad.

He de reconocer que debido a su entusiasmo me aficioné a este deporte, lo mismo que al baseball.

A otro amigo, le gustaban mucho las carreras de 100 y 200 metros planos y pasaba a mi casa a invitarme. Para animarme me decía:

-Allá en la escuela nos espera el profesor de Educación Física que está empeñado en que mejoremos nuestras marcas personales para poder ir a competir a la gran final estatal en Hermosillo.

Y de esta manera, a través de mis padres y de las buenas amistades, fui adquiriendo una serie de buenos hábitos.

No mataras, San Carlos Borromeo y la licitud de exponer la vida

«El sacerdote y el soldado; ni uno ni otro viven para sí; para el uno y para el otro en el sacrificio, en la abnegación, está la gloria». Juan Donoso Cortés

Como bien sabemos, el quinto mandamiento no matarás, prohíbe atentar voluntaria e injustamente contra la vida del prójimo o la vida propia. En esto último el suicidio consiste en la destrucción de la propia vida, acto que atenta directamente contra los derechos de Dios violando gravemente el orden por Él establecido. Los seres humanos hemos sido dotados de un fuerte instinto de conservación que nos lleva a proteger la propia vida, por ello el suicidio se considera un mal que confronta ese legítimo amor propio.

Sin embargo, así como el suicidio es un crimen contra Dios y contra uno mismo; existen casos en los que es lícito exponer la vida: por motivos de religión, de justicia y de caridad. En efecto, hemos de diferenciar la causa injusta de la causa lícita, aquella en que es laudable e incluso obligatorio sacrificar la propia vida. Ejemplos de ello tenemos a raudales: los mártires a través de los siglos que prefirieron morir antes de ofender a Dios; el policía que expone la vida para aprehender a los criminales; el militar que pierde la vida por defender a la Patria; el sacerdote y el médico que arrostran las epidemias para ejercer su ministerio o su profesión.

En esta última situación es preciso remarcar el caso particular de los sacerdotes que voluntariamente se han recluido por la situación del Covid; no solo ellos sino también la jerarquía eclesiástica en general al reaccionar de manera desmedida y poca caritativa para con la feligresía al cerrar las iglesias. ¿Por qué? Porque al hacerlo privaron de los sacramentos a los laicos en un mal entendido deber de preservar a cualquier costo la vida material. Y como ya sabemos, la vida material no es un bien supremo; puede a veces ser sacrificada a cambio de otros bienes superiores, tal es el caso de la salvación de la vida del prójimo y su alma.

No es raro que al considerar erróneamente la preservación de la vida como un bien absoluto, nos parezca inconcebible que los sacerdotes expongan la suya ante una epidemia, porque ¿Quién administraría después los sacramentos a los laicos? El sacerdote no vive para sí mismo, tiene el deber especial e insoslayable de cuidar al rebaño que le fue confiado el día de su ordenación. Nuestra generación no tiene más que mirar a través de la historia para poner en su justa dimensión la situación actual y entender cómo fue que las generaciones precedentes superaron adversidades mayores a las nuestras:

El caso particular de San Carlos Borromeo que reacciono ejemplarmente ante la peste que asoló Milán en 1576. Le escribiría al gobernador Don Antonio de Guzmán (que junto a muchos nobles abandonaron la ciudad), echándole en cara su cobardía consiguiendo que éste volviera a su puesto para poner orden al desastre. Como era de esperarse la peste acabo con el comercio produciendo carestía. San Carlos Borromeo agotó sus recursos contrayendo deudas. Ver el pequeño hospital repleto de enfermos, moribundos y muertos, arrancaría lágrimas a este santo pidiendo ayuda a los sacerdotes de los valles alpinos, puesto que los de Milán se habían negado, al principio, a ir al hospital.

El Arzobispo no se limitó a orar, hizo penitencia, organizó y distribuyó víveres; asistió personalmente a los enfermos, a los moribundos y socorrió a los más necesitados. Es éste caso, un ejemplo de cómo es lícito exponer la propia vida en aras de un bien mayor. ¿Qué habría sucedido si San Carlos Borromeo no hubiese actuado a la altura de las circunstancias? ¿Si no hubiera llamado la atención tan duramente al gobernador por su cobardía ante la peste negra? Cabe mencionar que este santo tuvo como tarea principal la de formar un clero virtuoso y bien preparado, haciendo frente a una oposición violenta y sin escrúpulos del clero rebelde de aquella época, destituyendo clérigos indignos.

Contemporáneo de San Felipe Neri, empleo su influencia para que el Concilio de Trento fuera reanudado; encomendó a Palestrina la composición de la Missa Papae Maecelli; impuso la obligación a los sacerdotes de enseñar públicamente el catecismo, todos los domingo y fiestas de guardar; estableció escuelas mediante la Cofradía de la Doctrina Cristiana; etcétera. San Carlos Borromeo habría de sufrir atentados, habría de padecer el amedrentamientos de los gobernantes en turno, a los que respondería con excomunión si la ocasión lo ameritaba; sin duda un gran santo que empleo mano de hierro en las injusticias; sería bastión para la Madre Iglesia durante la contrarreforma y ayuda para los más necesitados durante la peste negra.

Los sacerdotes están llamados a atender a la feligresía, llevando los sacramentos a los enfermos, no privándolos jamás ellos y de la Santa Misa en un mal entendido concepto de salud pública; están llamados a catequizar a los niños y particularmente mantener la virtud. ¿Cuántos San Carlos Borromeo, San Felipe Neri o Santo Cura de Ars ve usted ahora? La sequía de sacerdotes santos y virtuosos como ellos coincide -quiéralo o no- con la idea imperante entre laicos católicos de considerar la vida material como el bien supremo, olvidando las causas lícitas en que se puede matar a un semejante o exponer la vida en aras de un bien mayor.

Seamos ante todo, católicos antes que profesionistas, católicos antes que una cartilla de identidad, católicos antes que provida. Solo así lograremos un discernimiento real ante situaciones de gravedad sin exponer a las almas al abandono. No era casualidad que San Pío X expresara con preocupación: «Todo el mal depende de nosotros, sacerdotes… si todos estuviesen inflamados de un celo de amor, bien pronto la tierra entera sería católica». Ahí lo tiene…

El miedo: la enfermedad más contagiosa

«La juventud prolongada -permitida por la actual prosperidad de la sociedad industrial- redunda meramente en un número creciente de adultos puerilizados». Nicolás Gómez Dávila

Es un hecho que las personas mueren, es parte de la vida, sin embargo, con la situación del Covid parece que apenas nos damos cuenta -horrorizados- de que eso sucede con frecuencia. Las pérdidas humanas siempre son dolorosas. En épocas anteriores con una esperanza de vida menor, no era casualidad que apenas naciera un bebé, era bautizado a la mayor brevedad. Los padres eran conscientes de la importancia de la recepción de los sacramentos antes de que fuese demasiado tarde.

No obstante, para nosotros ahora, la salud y la vida material pareciera lo importante y en torno a ella hemos permitido que todo, absolutamente todo gire, desde nuestros hábitos, las relaciones sociales e incluso, nuestra vida religiosa. Muchos toman decisiones no por responsabilidad, ni siquiera porque les importe la salud de los demás, sino por miedo, sí, miedo a morir. Comenzamos a denunciar a otros por no obedecer, por reunirse con su familia, por abrir su negocio para sobrevivir. Tan solo ver lo que hemos hecho, en lo que hemos convertido las relaciones interpersonales y la sociedad en un tiempo record, para darnos cuenta de que el miedo es la enfermedad más contagiosa; no la peste, no un virus, sino el miedo.

Solo mire a su alrededor, ¿cuántos se encierran para salvar la propia vida? y aunque lo logren, habrán perdido valiosas oportunidades de estar con los demás, de ayudarles. Vivimos la caída de la economía, la pérdida de empleos, el cierre de negocios y la supresión del culto religioso. Tenga claro que la vida material tiene su valor porque en ella hay un alma a la cual salvar. Pero en nuestro afán de salvar la vida material, comenzamos a vivir sin Dios, sin sacramentos, sin los demás. Nos dicen que no habrá Misa y ni siquiera nos damos cuenta de lo que eso significa. ¿Cuándo fue que tuvo más valor la vida material que salvar el alma?

Lo que caracteriza a la generación actual es que somos frágiles, no solo de pensamiento sino de forma de vida, proporcionada por la tecnología y los avances en diferentes campos. Vivimos instalados en una placentera comodidad que nos ha dañado. Olvidamos que si estamos aquí es por gracia de Dios y por lo que las generaciones precedentes enfrentaron: las hambrunas, las pandemias como la peste negra o la gripe española, guerras mundiales, revoluciones; los padres daban su vida para proteger la de sus hijos, hoy no queremos ni saludar de mano a nuestra familia. Hemos convertido la vida material en el bien supremo no importando si desechamos a otras personas en el camino para protegernos.

¿Cuánta gente se encuentra sola sin recibir visita de nadie? ¿Cuántos que viven sanos y encerrados voluntariamente pero que mueren cada día de miedo y basados en ello toman las decisiones más absurdas? Esperan que pasé esta situación para vivir nuevamente, tal vez mañana, el mes entrante, el próximo año. Ignoran que esta situación no pasará jamás; ha llegado para instaurar un nuevo orden mundial; ha llegado para generar un cambio radical en el seno mismo de las familias, en las relaciones interpersonales, el comercio, la industria, la migración, llegando al ámbito moral y religioso; control poblacional ni más, ni menos.

La situación en la Iglesia no es alentadora tampoco, el miedo esta presente: ¿Cuántos sacerdotes que toman las medidas sanitarias más absurdas en Misa llevando a la feligresía a cometer abusos litúrgicos, pero se niegan a salir para administrar los sacramentos a los enfermos? Recientemente escuche a un sacerdote decir “Prefiero molestarlos con el cubrebocas que velarlos”, bien, resulta que ese mismo sacerdote se ha negado a llevar la sagrada comunión a los enfermos, menos velarlos. De más está decir que el sacerdote no ha de guardar jamás su vida para sí mismo sino para servir al rebaño y ganar almas para Dios, sobre todo en los momentos más necesarios. ¿Se da cuenta ahora de lo absurdo que es valorar más la propia vida material que la salvación de las almas?

Salga a caminar, converse, sonría y ría a carcajadas, respire aire fresco, visite a sus familiares, reúnanse y abrácense. Vaya a Misa, usted y los suyos reciban los sacramentos con la debida reverencia y disposición, especialmente si están convalecientes. No se trata de ser irresponsables y descuidar la vida material, sino de no darle el mayor valor aislándonos para “preservarla” cuando de sobra sabemos que la muerte es un destino al que todos estamos llamados. Cuando dejemos de temer el morir tomaremos decisiones conscientes para cuidar de los nuestros como es debido; dejaremos de obedecer órdenes solo porque sí, discerniremos si es pertinente seguirlas. Cuidaremos el estado de nuestra alma y nuestra fe.

Hay miedos comprensibles, pero el que hoy pulula entre la gente por la situación de Covid es una de las peores cosas y lo más terrible es que se contagia fácilmente. «¡Nos veremos pronto!» decía un eslogan de salas de cine y que ahora está grabado en las mentes de casi todos. Esperemos que ese mañana no sea tarde, cuando la vida se nos haya consumido, precisamente cuando más queríamos conservarla…

“Todo se logra con la paciencia”

En una sociedad que premia “la inmediatez”, es decir, que nos ha ido acostumbrando a resolver los asuntos “hoy, ahora y cuanto antes”, la virtud de la paciencia se encuentra infravalorada.

Pero, ¿qué es la paciencia? Es la virtud que hace soportar los males con resignación, por ello se dice que “la paciencia es más útil que el valor”. Otros pensadores afirman que es la cualidad del que sabe esperar con tranquilidad las cosas que tardan. Esta virtud se vincula con la perseverancia o constancia, acompañada del optimismo y la visión positiva de las dificultades cotidianas.

Fui muchos años profesor de primaria y secundaria y en esa institución educativa teníamos el sistema de la asesoría académica y de fomentar valores integrales. También, en forma periódica, conversábamos con los padres para ponernos de acuerdo en cómo formar mejor a sus hijos. Recuerdo en varias ocasiones, ellos me decían: “No sabemos qué hacer con nuestros niños porque uno es muy desordenado y el otro pone poca dedicación en sus tareas escolares. Les hemos dicho que tienen que cambiar, pero no notamos en ellos grandes cambios; quisiéramos que pusieran mucho mayor empeño”. Les hacía ver que en su labor de padres –como la de nosotros los maestros- teníamos que tener la paciencia de un agricultor que con frecuencia va observando el desarrollo de los plantíos que sembró y decide si a aquellas plantitas les hace falta más agua, fertilizante para combatir una plaga, eliminar una zona encharcada, etc. Así el agricultor sabe que con esa paciencia obtendrá los frutos deseados. Y les hacía la comparación, un tanto chusca: “a base de estirar el tallo, las ramas o las hojas de las plantas, no iban a crecer más de prisa”. Que precisamente ésa era la virtud que debíamos de cuidar tantos los papás como los profesores: ser constantes, pacientes, no perder el buen ánimo, corregir con cariño y sentido positivo, etc. Pienso que me entendían y cambiaban de actitud.

Por otra parte, me gusta observar la labor de los escultores o artesanos quienes, con infinita paciencia, con el cincel y el martillo, van conformando del tosco mármol una bella figura o de una masa informe de arcilla, van modelando hermosas vasijas de barro. Observo que ellos trabajan con serenidad y calma y no existe precipitación en su labor creativa.

Me vienen a la memoria aquellas palabras sobre el quehacer literario expresadas tanto por Juan Rulfo como por Juan José Arreola sobre que ellos, en realidad, eran “artesanos de la palabra”. Se referían a que para escribir una buena obra de Literatura se requería sopesar cada expresión o palabra hasta que quedara un conjunto verdaderamente estético.

En ese mismo sentido, admiro mucho a esos jóvenes que con muchos esfuerzos logran realizar sus estudios universitarios. Recuerdo a Manuel Antonio que vivía en Chalco y diariamente se trasladaba en transporte público hasta la UNAM. Estudiaba Leyes. Se levantaba alrededor de las cuatro de la mañana para poder llegar a tiempo a su primera clase de siete. Al terminar sus clases, se iba a trabajar a un despecho de abogados y recuerdo que en varias ocasiones me lo encontré en camiones de pasajeros con los típicos libros enormes para llevar a firmar.

Después regresaba a la Facultad de Derecho para cursar otro par de materias y ya tarde tomaba su medio de trasporte colectivo para llegar a su casa alrededor de las diez de la noche. Saludaba a su familia, cenaba algo y se ponía a estudiar hasta cerca de las doce. Yo le preguntaba que si el dormir tan pocas horas no le afectaba y él me respondía que ya estaba acostumbrado y que “se echaba sus cabeceadas” en esos trayectos tan largos de su casa a la universidad y de regreso. De esta manera, resumía Manuel Antonio, no me resulta tan fatigoso.

Posteriormente realizó una especialidad en Derecho Corporativo y económicamente, con el paso de los años, le ha ido bien, al punto que lo primero que quiso fue conseguir para sus padres una casa más grande y confortable.

Pero esto es algo que se observa de forma cotidiana y normal en miles de estudiantes, empleadas y trabajadores en la Ciudad de México. Me gusta llamarles “los héroes anónimos” porque a base de grandes sacrificios sacan adelante a sus hogares, la formación de sus hijos y sus estudios profesionales.

Otro ángulo en el fortalecimiento de la paciencia, es el vencer problemas como la incomprensión o el rechazo inicial. Eso me recuerda a los pintores de la “Escuela Cubista” como Georges Braque, Juan Gris, Diego Rivera, Pablo Picasso, Fernand Léger, etc. que cuando comenzaron a pintar sus cuadros fueron calificados de “estrafalarios”, “extravagantes” y que sus obras no eran realmente arte. Pero el tiempo y la crítica se han encargado de demostrar lo contrario.

Me hace gracia recordar una anécdota del músico Ígor Stravinsky (1882-1971) que fue un compositor y director de orquesta ruso, quien compuso obras como “Petrushka”, “El Pájaro de Fuego”, “La Consagración de la Primavera”. Al inicio, sus composiciones de música clásica moderna fueron muy criticadas. Tanto que cuando se estrenó esta última obra en un teatro de París, el recinto estaba abarrotado de críticos artísticos y personas amantes de la buena música.  El compositor Ïgor estaba sentado en primera fila. Pero fue tal el repudio del público a su novedosa obra que paulatinamente aquel gran teatro se fue vaciando. Stravisnky en vez de sentirse indignado o fracasado, comentó con ecuanimidad: “No pasa nada. Algún día ellos comprenderán mi arte” y siguió componiendo. Actualmente es considerado uno de los músicos más importantes y trascendentes del siglo XX.

Por ello, es muy certero el célebre el dicho que afirma: “¡La paciencia todo lo alcanza!”.

¿Por qué el aborto se sigue aprobando en nuestro tiempo?

La república de Argentina en fecha reciente aprobó el aborto. El Presidente de Estados Unidos, Joe Biden quiere elevar a rango constitucional el aborto. En otros países, como México, se encuentra en estudio la posibilidad de aprobarlo.

La pregunta es: ¿Se han vuelto locos los gobernantes y legisladores? ¿Alguna   vez  han visitado una clínica en la que se destruyen vidas humanas y se arrojan a los basureros? Son pequeños cadáveres mutilados, destrozados, deformados; bebés a los que se les arrancaron sus brazos, sus piernas y machacaron sus cabecitas. Es un espectáculo tremendo de observar. No se puede llegar a comprender que tanta crueldad ocurra en este siglo XXI, que se jacta de ser la época de los derechos humanos y del respeto por el medio ambiente, los animales y la flora y la fauna submarina.

Las frases que se suelen emplear para justificarlo son: “Aceptar el aborto es propio de ‘sociedades de avanzada’; ‘políticamente correctas’; de ‘’apertura a los nuevos tiempos’ ”.

Los que no se dice es que detrás del aborto se mueve mucho dinero: hospitales, médicos, enfermeras, material quirúrgico, medicamentos. Lo que podemos afirmar, con absoluta certeza, es que se trata un lucrativo negocio porque, como sostenía el Doctor Bernard Nathanson hace años: “Es cuestión de aritmética: a 300 dólares cada aborto, y si lo multiplicamos por 1,550,000 abortos, nos encontramos con una industria que produce más de 500 millones de dólares anualmente, de los cuales, la mayor parte van a parar a los bolsillos de los médicos que lo practican”.

Existen numerosos millonarios del Primer Mundo que se oponen abiertamente al desarrollo demográfico de países en vías de desarrollo. Y, en vez de apoyarlos económicamente para que sean autosuficientes, prefieren irse por la vía del exterminio y aniquilación.

Ese fue el mismo camino que determinó Adolfo Hitler, líder del nacionalsocialismo alemán, en sus tristemente célebres campos de concentración. Lo que nunca he llegado a comprender cómo es que enfervorizó a millones de arios para detener, maltratar, humillar, torturar y asesinar a miles y miles de judíos. Sabemos que en su mente perversa también los latinoamericanos y afroamericanos nos encontrábamos en su lista macabra porque de la misma manera éramos considerados seres inferiores que no teníamos derecho a existir.

He leído varias historias dramáticas, me viene a la memoria, por ejemplo: una enfermera que colaboró en varios abortos y, al finalizar la jornada, al salir del quirófano y pasar por los botes de basura, escuchaba el lamento de un bebé que había quedado con vida. Ella se movió a compasión, lo recogió, lo llevó a escondidas a su casa, lo limpió, lo curó, le brindó sus cuidados médicos, lo alimentó. Luego le proporcionó educación y cariño como si fuera su hija. Pudo desarrollarse con normalidad e incluso llegó a asistir a la universidad. Con el tiempo, se casó y tuvo hijos. Ella quiso brindar su testimonio en diversos medios de comunicación y me llamó mucho la atención el hecho de que afirmó que no guardaba rencor ni resentimiento contra sus padres naturales ni contra el médico que la abortó. Y, en cambio, un gran agradecimiento a Dios y a la enfermera que le permitieron vivir y desarrollarse como ser humano. Su conclusión fue hacer un urgente llamado para frenar este demencial genocidio silencioso.

Da mucha pena ver en los medios de comunicación a cientos de jovencitas que se colocan su pañoleta verde y levantan sus puños manifestando su apoyo al aborto. Sabemos que han sido “mentalizadas” o manipuladas con unas cuantas frases superficiales y no tienen la menor idea de lo horroroso que resulta el destrozar a una criatura indefensa e inocente en el seno de su madre y privarla de su primer derecho humano: el derecho a vivir.

Estas jóvenes dicen que con ello manifiestan su “liberación femenina”. Pienso que a ellas serían a las primeras a las que habría que llevarlas a esas clínicas en las que se practica el aborto y que observen detenidamente cómo son arrojados a los basureros y el deplorable estado en que quedan esos pequeños cadáveres destrozados de los bebés.

Una última reflexión para animar a los ciudadanos mexicanos a que tengamos una participación ciudadana más activa, dejando de lado la pasividad y la indiferencia, y que hagamos todo lo posible por detener y terminar con este silencioso holocausto, una importante conclusión a la que llegaba el Doctor Bernard Nathanson: “Aprendimos que lo único que se necesita para que el mal triunfe, es que los hombres de buena voluntad simplemente no hagan nada”.

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