La Iglesia y la obediencia en tiempos de una pandemia

Ante la cuarentena por el COVID-19, se desplego una campaña mundial referente a las precauciones que deben tenerse para evitar la transmisión del virus, entre las que se halla el quedarse en casa; el cierre de establecimientos, limitación de movilidad, cierre de lugares turísticos; hasta la prohibición de salir.

En nuestro caso, la Conferencia del Episcopado Mexicano emitió en febrero pasado un comunicado titulado “Acciones en la Iglesia, ante la eventual emergencia sanitaria (COVID-19)”, en el que se solicita suspender el saludo de mano con contacto. En lo referente a la Eucaristía he aquí lo asentado:

“En el mismo sentido, se considera muy conveniente, por la misma circunstancia, que la Sagrada Comunión, durante la eventual emergencia, sea distribuida en la mano y no en la boca, según las normas de la Iglesia”.

Nadie jamás prohibió recibir la Sagrada Comunión en la boca, – léalo bien, NADIE – pero muchos sacerdotes se apresuraron a darla exclusivamente en la mano. Y nadie lo prohibió por la sencilla razón de que no pueden hacerlo; solo se limitan a considerar conveniente que sea distribuida en la mano según las normas de la Iglesia en las cuales está claro el derecho del feligrés a recibir la Sagrada Comunión en la boca:

“(…) Por consiguiente, cualquier bautizado católico, a quien el derecho no se lo prohíba, debe ser admitido a la Sagrada Comunión. Así pues, no es lícito negar la sagrada Comunión a un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la Eucaristía arrodillado o de pie. (…) Todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca”  (Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos. Instrucción Redemptionis Sacramentum No. 91-92)

“No se obligará jamás a los fieles a adoptar la práctica de la comunión en la mano, dejando a cada persona la necesaria libertad para recibir la comunión o en la mano o en la boca”. (Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos. Notificación acerca de la Comunión en la mano No. 7)

Por favor, antes de que se apresure a refutar, piense por sentido común que con las manos tocamos todo: el volante, nuestra ropa, el bolso, la banca, el dinero, la hoja dominical; por tanto nuestras manos son más susceptibles de estar sucias  y evidentemente, las menos indicadas para recibir la Sagrada Comunión.

Pero, si la Iglesia tiene como válidas ambas formas de recepción, en la boca y en la mano (no olvidando que ésta última nació como un abuso y fue tolerada solo en ciertas conferencias), ¿por qué tanto alboroto? He aquí las razones:

*Porque justo cuando la Iglesia recomienda una acción, muchos sacerdotes la interpretan como una orden, contraviniendo las normas de la Iglesia; las desobedecen escudándose en una pandemia, incapaces de dilucidar un comunicado (o quizá perfectamente conscientes de ello, actuando con dolo), menos aun de explicarlo a los fieles y aplicarlo en sus parroquias.

*Porque muchos se ha apresurado a criticar a otros por “no obedecer”, por no querer recibir la Sagrada Comunión en la mano, cuando el comunicado no se trató jamás de una orden, sino de una recomendación. Y aun cuando sea una orden se ha de discernir si es legítima.

*Porque infinidad de miembros del clero católico se han obstinado en imponer la recepción de la Sagrada Comunión en la mano, en un acto autoritario, cometiendo un abuso tácito al ignorar la doctrina católica y los documentos del Magisterio de la Iglesia.

*Porque se asienta un grave precedente: recordemos que una vez introducida la recepción de la Sagrada Comunión en la mano como un abuso solo tolerado, se extendió como práctica común sin más. Ahora se aprovecha esta pandemia para modificar de golpe la forma válida de recepción en la boca al imponer la otra.

*Porque ante el poco o nulo discernimiento de los fieles, una vez que esto regrese a la normalidad ¿Cuántos cree que querrán recibirla en la boca si sus propios sacerdotes tan abusivamente se las negaron de ese modo so pretexto de higiene? ¿Cuántos temerosos de su vida se privaran de recibir la Sagrada Eucaristía de forma adecuada no entendiendo la Presencia Real de Cristo?

Tenga presente que la obediencia ciega no es obediencia, sino servilismo. La obediencia no es un bien absoluto que se da sin más. Ahora bien, sepa diferenciar una orden de una recomendación. Por otro lado, suele decirse que “el que obedece no se equivoca”; craso error, el que obedece debe discernir si la orden es legítima, usted no es un autómata, posee inteligencia; procure formarse; el sacerdote siendo humano también se equivoca, no es perfecto pero es perfectible como todos nosotros y debemos hacerle ver su yerro en la inteligencia de hacerlo por amor de Dios.

Recuerde a sus sacerdotes lo que la Instrucción Redemptionis Sacramentum indica:

“Cada uno de los ministros sagrados se pregunte también con severidad si ha respetado los derechos de los fieles laicos, que se encomiendan a él y le encomiendan a sus hijos con confianza, en la seguridad de que todos desempeñan correctamente las tareas que la Iglesia, por mandato de Cristo, desea realizar en la celebración de la sagrada Liturgia, para los fieles. Cada uno recuerde siempre que es servidor de la sagrada Liturgia”.

Noli me tangere (Parte II)

“Sacramentum Pietatis, Signum Unitatis, Vinculum Charitatis” (San Agustín de Hipona)

Entre los medios de santificación que nos proporciona nuestra religión católica, los Sacramentos son los de mayor eficacia dado que nos infunden la Gracia Divina. Y el Sacramento que más nos santifica es la Sagrada Comunión, porque es el centro de todo y nos abre la puerta a los demás medios de santificación. Nos une a Dios y nos hace amar lo que Él ama.

Recibida frecuentemente y bien, la Sagrada Comunión ilumina nuestro entendimiento para las cosas de Dios; puede fortalecernos contra las tentaciones del demonio, hallando la fuerza para resistirlas y nos quita el afecto hacia las cosas del mundo, hacia todo aquello que nos aparta de Dios.

La pequeña forma blanca que el sacerdote nos da a los fieles tiene estos nombres: la Hostia, la Forma Consagrada, la Sagrada Comunión, la Eucaristía, Nuestro Señor Sacramentado o el Santísimo Sacramento del Altar; en la Hostia esta por entero el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, también su sangre, su alma y divinidad. Cabe mencionar que es lo mismo si recibimos una forma entera o una parte de ella, ya que al partirla no se parte a Nuestro Señor, sino que Él queda por entero en cada una de esas partes por pequeñas que sean.

Recibir la Sagrada Comunión en la boca, aunado al uso de la bandeja de la comunión, evita la caída al suelo de pequeñas partículas así como gotas del vino consagrado. El tener especial cuidado al comulgar es una muestra de delicadeza, amor y fe hacia Nuestro Señor Sacramentado; fe en la Presencia Real de Cristo.

Debemos tener claro que, en lo que se refiere al Santísimo Sacramento, entre más perciben los sentidos externos, menos penetra el entendimiento. Al recibir la Sagrada Comunión en la mano, la caída de fragmentos al suelo es inevitable, así como una gradual pérdida de fe. Por tanto, la difusión de errores respecto al modo en que ha de recibirse es el más común de los ataques hacia la Sagrada Eucaristía, tal es el caso de la comunión en la mano.

Una de las apologías sobre ello es aludir a la participación activa de la feligresía, especialmente de los jóvenes, su entusiasmo y sensibilidad. En efecto, debemos preocuparnos por la juventud y proporcionarle la riqueza espiritual acumulada a través de los siglos, más no involucionar al ceder ante “innovaciones” que ponen en peligro de profanaciones al Santísimo Sacramento.

Argüir que no somos niños, sino adultos para tomar por nosotros mismos la Sagrada Comunión con las manos es un craso error. Este argumento que es el absurdo total y la respuesta a ello es: La Eucaristía no es un alimento humano, sino divino; por tanto, mientras más se humanice, disminuyéndole al nivel de la sensibilidad, adaptándola al hombre en función de sus hábitos, menos atrae y eleva el espíritu.

Por otro lado, cabe mencionar que un mal entendido ecumenismo jamás debe inducirnos a copiar la “cena” protestante, o bien pensar que la comunión en la mano ayudará a acercarlos a la fe católica; se desnaturaliza la liturgia y el dogma católico. No es en modo alguno el camino para acercar a otros. La unión en el error, separa de Dios; la Unidad solo puede ser dada en la Verdad de la cual es depositaria la Iglesia Católica.

En la primera parte se habló sobre cómo es que la comunión en la mano fue un abuso ante el cual la Iglesia concedió un indulto solo a ciertas Conferencias Episcopales (Alemania, Bélgica y Francia, mismas que ya habían presentado oposición a la encíclica Humana Vitae). Tan sólo este hecho debe hacernos comprender la preocupación de la Madre Iglesia sobre las consecuencias que este modo de recepción de la Sagrada Comunión produce no solo en cuanto a profanaciones, sino también en la fe de los fieles, su entendimiento para las cosas de Dios y la paulatina erosión de la doctrina católica.

El sentido común nos indica que la mano es el medio de posesión que más usamos; el simple tacto entraña un dominio sobre aquello que tocamos: un libro, una galleta, una cuchara, un suéter, un lápiz, una computadora. Pues bien, la Sagrada Eucaristía es un alimento divino que sobrepasa nuestros merecimientos y que hemos de recibir en estado de Gracia, humildad y agradecimiento.

Basta con responder con franqueza si para nosotros es lo mismo acudir a comulgar con las manos en los bolsillos para luego tomar la Sagrada Comunión en la mano y de pie, que hacerlo llevando las manos juntas para luego arrodillarse y recibirle en la boca. Es probable que nadie le haya hablado de ello, que jamás haya visto a alguien hincarse para recibir la Sagrada Comunión, sin embargo nada nos dispensa del deber de instruirnos y de que, al buscar sinceramente la Verdad, nos adhiramos a ella con amor y sumisión, entendiendo estas sencillas palabras:

Noli me tangere…

Meditación del Papa Francisco en la bendición extraordinaria Urbi et Orbi

 27 de marzo, 2020

«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas.

Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente.

En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos. Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús.

Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—.

Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40). Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38).

No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad.

La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.

 Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela y se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa.

No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo.

Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12).

Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás.

Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo.

Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los

antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza.

Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere. El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar.

El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado.

El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad.

En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios.

Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil Señor y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque sabemos que Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).

Noli me tangere (parte I)

«La fe no es, como muchos creen, una confianza emocional; no es la creencia de que algo te va a pasar a ti; no es ni siquiera una voluntad de creer a pesar de las dificultades. Más bien la fe es la aceptación de una verdad por la autoridad de Dios revelador.» Mons. Fulton Sheen

En los primeros años el cristianismo conocía como único modo de dar la Sagrada Eucaristía a los fieles, el depositarla en las manos. Sin embargo, llegaría el tiempo en que sería consciente de una mayor reverencia al profundizar en la verdad del misterio y una mayor humildad, lo cual beneficio el hábito de depositarla en la lengua. En efecto, una costumbre debe ceder ante la profundización de la fe en el Misterio Eucarístico.

En la época reciente, la práctica de administrar la comunión en la mano fue introducida –léase bien- como un abuso litúrgico y teológico hacia el Santísimo Sacramento; se había extendido en países como Alemania, Bélgica, Holanda y Francia, en una clara indisciplina que venía precedida por problemas doctrinales con el misterio de la Sagrada Eucaristía. Ante ello, el Papa Paulo VI, concedió en 1968 un indulto solo a Alemania y Bélgica, el cual estaba sujeto a limitaciones; más tarde, ante las protestas suspendió la concesión ese mismo año.

Al año siguiente la Instrucción Memoriale Domini recogió el resultado de una consulta mundial hecha a los obispos, en el cual la mayoría aplastante se oponía a la introducción de ésta práctica abusiva. Dicha Instrucción no equipará jamás ambas formas de recibir la Sagrada Eucaristía, sino que considera la comunión en la lengua como la forma más apropiada de recepción. Tolera la comunión en la mano dando un indulto solo donde se habían cometido los abusos. Al mismo tiempo la Instrucción indicaba la necesidad de impartir una catequesis que destacara los méritos de recibir la Sagrada Comunión en la boca.

La problemática de dar la Comunión en la mano, no solo es litúrgica, sino también teológica, dado que la Eucaristía es el centro de nuestra religión. Ésta práctica expone al Santísimo a una infinidad de profanaciones; por tanto aludir a un pasado para defender la comunión en la mano es un gravísimo error; se trata de una involución, un retroceso que conlleva las más catastróficas consecuencias.

Entre éstas, se halla el hecho de que se reduce el respeto a la Sagrada Eucaristía, vulgarizando al tomarle como objeto y teniendo un dominio sobre la Sagrada forma, sobrepasando los límites que fija los deberes del culto de latría (que es debido solo a Dios). La caída de fragmentos, la profanación de las especies sagradas va unido a ésta práctica. Por si esto no fuera suficiente, le acompaña la deformada y abusiva costumbre de celebrar la Santa Misa como un banquete de alegría en la que se reúnen amigos; en lugar de celebrarla como lo que es: el sacrificio incruento de Cristo en la Santa Cruz.

Se argumenta en no pocos ambientes católicos o pseudocatólicos que a Dios lo que le importa es lo que tenemos en el corazón, Él ve las intenciones y no unas “anacrónicas” reglas y ritos que “matan” el amor en nosotros. Craso error. Debemos entender que nosotros no solo somos intenciones y sentimientos, sino también sentidos y actos, hablamos del culto externo. Yerra terriblemente quien prescinde de dicho culto pues ello no puede suprimirse jamás.

Hemos de recibir la Sagrada Eucaristía lo más consciente y amorosamente posible, con el debido estado de Gracia; el nuestro debe ser un amor que nos estimule a hacer todo lo posible para honrarlo y nunca un sentimentalismo o necedad que lo vulgariza y produce infinidad de profanaciones.

Así pues, el gesto externo habla de un correcto o deficiente respeto por lo sagrado, de un adecuado entendimiento o no, del Santísimo Sacramento. La Sagrada Eucaristía no es un símbolo, no es una galleta, no es un banquete; es la Presencia Real de Jesucristo, dogma de fe.

El ataque al centro de nuestra religión no es nuevo, los modernistas en su momento habían pedido a San Pío X autorización para comulgar de pie alegando que “Los israelitas comieron de pie el cordero pascual”, el Santo Padre les respondió: «El Cordero Pascual era tipo (símbolo, figura o promesa) de la Eucaristía. Pues bien, los símbolos y promesas se reciben de pie, más la realidad se recibe de rodillas y con amor”.

Así sea…

El Obispo Celestino Áos, el Masterplan y los abusos litúrgicos

Hace un par de meses era noticia que el Obispo Celestino Áos Bracco, de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, español radicado en Chile, negaba la Sagrada Comunión a los laicos que se arrodillaron. Era la Santa Misa Crismal del Jueves Santo en la Arquidiócesis de Santiago de Chile.

Cabe mencionar que la Instrucción Redemptionis Sacramentum preparada durante el pontificado de San Juan Pablo II, indica en el apartado 91: “…Así pues, no es lícito negar la sagrada Comunión a un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la Eucaristía arrodillado o de pie”.

Este abuso litúrgico es, por desgracia, practicado por varios sacerdotes, diáconos, seminaristas y ministros extraordinarios de la comunión. Rechazan las normas referentes a la liturgia; todo aquello que implique una regla es menospreciado para dar paso a la imaginación sobre lo que creen que debería hacerse en la administración de los sacramentos. Cuando se cometen abusos en materia litúrgica, se da paso a una paulatina pérdida del sentido de lo sagrado, una desacralización.

¿No lo cree? Piense en cuantas veces nos excusamos de seguir las normas litúrgicas con aquello de que “Dios no ve los ritos sino lo que está en nuestros corazones”; se adoptan las ideas más insensatas; se promulga una Iglesia sin jerarquías, sin dogmas, sin doctrina,… y a la postre sin Dios. Si bien, está permitido comulgar de pie y en la mano (esto último únicamente en ciertas Conferencias Episcopales y solo tolerado), el comulgar de rodillas y en boca es la forma más respetuosa de recepción del sacramento, dado que es señal de adoración y de reconocimiento de Dios.

Si usted encuentra excesivo o insignificante el gesto externo de comulgar de rodillas y en la boca, debo recordarle la existencia del Masterplan para destruir a la Iglesia Católica desde dentro. Un plan de la masonería que salió a la luz en 1973, el cual intenta atacar el dogma de la Eucaristía de forma paulatina, erradicando todo aquello que huela a sagrado: que la gente no se arrodille para la Comunión; que vea como cosa normal el tomar la Hostia con la mano, pues se trata de un “banquete” y por ende se de fomentar la “hermandad” con la palabra, el canto, el diálogo (como elementos principales). Desaparece el concepto de Sacrificio en la Santa Misa; que no se use bandeja para la Comunión, así que no importa si caen partículas al suelo,  étc. Este plan ataca también a la Santísima Virgen, a los Santos, las devociones como el Santo Rosario, conseguir que los sacerdotes se casen, étc. Confía en la acción de  1,300 marxistas introducidos en el Sacerdocio para horadarla desde sus entrañas.

La pregunta obligada es ¿cree usted en la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía? Si su respuesta es afirmativa, entonces ¿por qué no se arrodilla?

Grave es la responsabilidad de los sacerdotes que por ignorancia, dolo o deficiente formación,  arrastran a otros a cometer abusos litúrgicos y a una desacralización cada vez mayor en sus parroquias y diócesis. Extienden la ignorancia en los fieles que, ávidos están de regirse por el corazón y los sentimientos antes que por una correcta disposición del alma y del cuerpo para comulgar dignamente.

En 2001, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en su libro  “Introducción al Espíritu de la Liturgia” escribió el siguiente párrafo que debemos recordar:

“Existen ambientes, no poco influyentes, que intentan convencernos de que no hay necesidad de arrodillarse. Dicen que es un gesto que no se adapta a nuestra cultura (pero ¿cuál se adapta?); no es conveniente para el hombre maduro, que va al encuentro de Dios y se presenta erguido. (…) Puede ser que la cultura moderna no comprenda el gesto de arrodillarse, en la medida en que es una cultura que se ha alejado de la fe, y no conoce ya a aquel ante el que arrodillarse es el gesto adecuado, es más, interiormente necesario. Quien aprende a creer, aprende también a arrodillarse. Una fe o una liturgia que no conociese el acto de arrodillarse estaría enferma en un punto central.”

Esta es una batalla por la salvación de las almas…

Sin Dios no existe la verdad, ni el bien ni el mal: Benedicto XVI

El Papa Emérito, Benedicto XVI, con la expresa autorización del Papa Francisco, acaba de publicar un revelador documento, titulado: “La Iglesia y el escándalo del abuso sexual”. En el que aporta valiosos consejos y sugerencias para resolver esta dolorosa situación por la Iglesia está atravesando desde hace algunos años. Una de sus conclusiones es que la verdadera solución se encuentra en volver al amor Dios.

Considero que este importante documento de Benedicto XVI hay que leerlo con calma, sopesando cada una de sus frases, porque vierte muchos conceptos luminosos y brinda bastantes pistas para comprender mejor esta compleja problemática. Todo ello es resultado de su amplia experiencia pastoral, lo mismo que de sus análisis e investigaciones como un brillante teólogo de nuestra época.

Parte desde la revolución sexual de los años sesenta hasta lo que está ocurriendo actualmente en ciertos ambientes de la Iglesia. Todo este cambio radical del pensamiento y del sistema de valores, condujo a algunas personas a introducirse dentro de una mentalidad hedonista, manifestada en una afanosa y desbocada búsqueda “del placer por el placer mismo”.

El Papa Emérito realiza un espléndido diagnóstico en que resume el fenómeno de este convulsionado tiempo, cuando escribe: “Un mundo sin Dios solo puede ser un mundo sin significado. (…) En cualquier caso, no tiene propósito espiritual. De algún modo está simplemente allí y no tiene objetivo ni sentido. Entonces no hay estándares del bien ni del mal. La verdad no cuenta, en realidad no existe”.

Pero uno de los conceptos que más me impactaron es su afirmación de que detrás de todos los desórdenes sexuales dentro de la Iglesia Católica, en el trasfondo subyace una profunda crisis de fe. Porque hay teólogos que ya no creen en el mensaje de Jesucristo. Y comenta que en el Posconcilio se quiso crear una «nueva iglesia», algunos teólogos y clérigos realizaron el experimento, pero fracasaron.

Ante esa confusión doctrinal, el Papa Juan Pablo II, con ayuda del Cardenal Ratzinger y un equipo de expertos, elaboraron el Catecismo de la Iglesia Católica. Sin embargo, hubo quienes se opusieron a aceptar las verdades objetivas, universales y perennes, sobre todo en materia de moralidad.

Debido a ello, se publicó la encíclica «Veritatis Splendor» («El Esplendor de la Verdad») en la que se aclara –entre otros temas- que es equivocado pensar que la moral es relativa; meramente circunstancial, pasajera y efímera; en la que todas las conductas del actuar humano son concebidas dentro de una visión laxa y opinable (subjetivismo).

Como algunos teólogos no obedecieron ni fueron dóciles a este trascendental documento papal vino todo este estado de caos y anarquía, particularmente en materia de sexualidad. Y en su confusión, siguieron las teorías psiquiátricas de Sigmund Freud (Pansexualismo), Erich Fromm, Alfred. Adler, Wilhelm Reich, Carl Gustav Jung, y todo ello, mezclado con las doctrinas de Karl Marx, Friedrich Engels, del filósofo Herbert Marcuse (quien propone conjuntar las teorías de Freud con las de Marx), etc. El resultado fue esa combinación explosiva y devastadora que observamos en nuestros días.

Gracias a Dios, todo lo descrito no es una situación generalizada dentro de la Iglesia, sino que se reduce a puntos muy focalizados. En otras palabras, todo lo expuesto no nos debe llevar a una actitud pesimista y desesperanzada. En primer lugar, porque la Iglesia es Jesucristo presente entre los cristianos, el Cuerpo de Cristo, el Pueblo de Dios y Sacramento universal de Salvación y, además, durará por siempre. En segundo lugar, porque continuamente se está renovando y surgen en los cinco continentes numerosas vocaciones para la vida sacerdotal, religiosa, misionera y laical. Son miles de personas las que se convierten, encuentran a la Persona de Cristo y son bautizados. Se palpa a diario cómo la gracia de Dios fluye abundantemente y, a lo largo de su historia, la Iglesia ha superado todas sus crisis por muy acentuadas que hayan sido.

Una última reflexión. Es admirable que este Papa Emérito continúa velando por el bien de la Iglesia. Sigue siendo fiel y congruente a sus principios: ahondar en la verdad, con energía y determinación, aunque en ciertos sectores no sean bien recibidos sus documentos y despierten ciertas críticas. Pero, sin duda, estamos ante un Papa Emérito santo, valiente y sabio.

¿Qué hizo Benedicto XVI para detener los abusos sexuales?

Se cumplieron seis años de la renuncia de Benedicto XVI, que entró en vigor aquel 28 de febrero de 2013. A pesar de su humilde y frágil figura, el Papa emérito ha sido clave en la lucha para erradicar la pederastia en la Iglesia católica.

  1. Francisco reconoce la valentía de Benedicto. En la conferencia de prensa, en el vuelo de regreso de su viaje apostólico a los Emiratos Árabes, el pasado 5 de febrero, el Papa hizo referencia a su predecesor como un “hombre fuerte” que “de débil no tiene nada”, porque tuvo el valor de enfrentar la corrupción sexual, haciendo una velada alusión al caso Maciel de 2006.

En otro momento, al cumplirse un año de su Pontificado, en una entrevista al diario italiano Il Corriere della Sera, (5 mar. 2014), Francisco dijo que, en cuanto al tema de abusos sexuales de menores, “Benedicto XVI ha sido muy valiente y ha abierto un camino”, sobre el cual “la Iglesia ha hecho mucho”.

  1. En el inicio de la crisis. Desde su época de Prefecto, durante el Pontificado de Juan Pablo II, el entonces Cardenal Ratzinger comenzó a dar pautas de actuación para atender a las víctimas y procesar a los abusadores, pues hasta ese momento la política de la Santa Sede era que “la ropa sucia se lava en casa”.

En abril de 2002, con motivo de los reportajes del diario “Boston Globe”, que destaparon el encubrimiento de abusos por parte de clérigos, Juan Pablo II convocó a una cumbre a los obispos de Estados Unidos.

Ahí el Papa polaco expresó que “no hay lugar en el sacerdocio y la vida religiosa para quienes quieren perjudicar a los jóvenes”, dando a entender que se debían expulsar del sacerdocio a los abusadores, y no únicamente cambiarlos de parroquia.

  1. El caso de Irlanda. En octubre de 2005, durante el primer año de Pontificado de Benedicto, una investigación del Gobierno de Irlanda descubrió más de cien casos en un diócesis del condado de Wexford, en el que los acusados sólo fueron trasladados a otras diócesis.

En un acto sin precedentes, Benedicto XVI se reunió con las víctimas irlandesas y envió en marzo de 2010 una Carta pastoral dirigida a los fieles de Irlanda, en la que pidió que se reconocieran tanto “los graves delitos cometidos contra niños indefensos”, como el daño causado a las víctimas y sus familias, y dio la pauta novedosa hasta ese momento: “garantizar que en el futuro los niños estén protegidos de semejantes delitos”.

  1. El programa anti-abusos diseñado por Benedicto XVI. En septiembre de 2010, durante la crisis mediática, por los nuevos casos de abusos puestos a la luz pública, el Papa alemán viajó a Reino Unido y, en la conferencia de prensa durante el vuelo, esbozó el programa a seguir.

La fórmula es clara: 1) atender a las víctimas: “solicitud, compromiso por las víctimas, es la prioridad, con ayuda material, psicológica, espiritual”; 2) apartar a los culpables de todo acceso a los jóvenes, y 3) prevención: elegir bien a los candidatos al sacerdocio, para evitar casos futuros.

Aunque con el paso de los años los pasos enumerados por Benedicto XVI nos suenan como algo normal y habitual, en su momento representaron un cambio de paradigma, pues al inicio de esta crisis, las víctimas casi no eran escuchadas ni atendidas, y los culpables no eran juzgados penalmente.

Epílogo. Benedicto XVI será conocido en la historia no sólo como el “Papa teólogo”, sino también como el “Papa valiente”, que tuvo la fortaleza y el tesón de enfrentar los casos de abusos sexuales y darles un cauce legal.

Así, el Papa emérito llevó a cabo una silenciosa reforma, que puso en primer lugar a las víctimas, permitió el castigo de los perpetradores y sentó las bases para una mejor formación psicológica de los futuros sacerdotes.

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¿Qué podemos esperar de la cumbre anti-pederastia en el Vaticano?

Durante cuatro días, el Papa Francisco se reunió con obispos de todo el mundo, en el encuentro titulado “La protección de menores en la Iglesia”, para responder con firmeza al problema de abusos sexuales. Les ofrezco hoy unas guías para ver el impacto de esta reunión sinodal que tendrá en la Iglesia.

1. ¿Por qué reúne se el Papa con los obispos? La respuesta no es tan obvia. Ante un problema tan grave y de escala mundial, alguno quizá piense que el Pontífice reúne a los obispos para regañarlos o, tal vez, para darles órdenes imperiosas.

La clave para entender esta cumbre la explica muy bien el historiador inglés y biógrafo del Papa Francisco, Austin Iveriegh, quien explica que “para enfrentarse a una crisis de credibilidad que atañe a la vida y la misión de la Iglesia misma, el Papa no ha dictado normas y leyes, sino que ha convocado una asamblea sinodal”. (RC, 21 feb. 2019)

Se trata del “camino de la sinodalidad”, o sea, de la Iglesia que se reúne para escuchar y para discernir los temas que afectan a todos, pues esta la vía indicada por Francisco en 2015, cuando manifestó su convicción de que esta sinodalidad “es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”. (Ibidem).

2. Las víctimas son lo más importante. El encubrimiento de los culpables fue lo que dio pie a esta crisis global de la Iglesia. Durante décadas se mantuvieron en secreto estos crímenes, para no manchar a la Iglesia, dado que estos abusos los perpetraron unos pocos clérigos. Y en no pocos casos no se les creyó a las víctimas que denunciaron estos hechos.

Ahora la Iglesia ha rectificado y ha empezado por reconocer el dolor de las víctimas y pedirles perdón. Al inicio de la reunión, Francisco pidió a los obispos escuchar “el grito de los pequeños que piden justicia”, para “sanar las graves heridas del escándalo de la pederastia”.

Durante la primera reunión de esta cumbre, fueron proyectados en el aula sinodal los testimonios de cinco víctimas que sufrieron abusos de sacerdotes. Una de ellas contó que cuando hizo la denuncia, “me trataron como a un mentiroso”.

En esa misma jornada, el Papa Francisco saludó al polaco Marek Lisinski, víctima de abusos y creador de la organización “Ending Clerical Abuse” (ECA ,‘Para poner fin a los abusos del clero’). El Pontífice besó su mano como signo de perdón. (video)

3. Soluciones concretas. Desde Benedicto XVI se empezaron a dictar pautas de actuación ante estos casos, pero aún son un poco generales y no han tenido un alcance global. Por eso, Francisco ha pedido que en esta reunión se establezcan líneas muy claras.

En su breve discurso inaugural, el Pontífice dijo a los obispos y peritos: “El Pueblo santo de Dios nos mira y espera de nosotros, no solo simples y obvias condenas, sino disponer medidas concretas y efectivas. Es necesario concreción”.

Buscando esa concreción, el Papa entregó a los participantes una líneas de acción. Se trata de 21 puntos de reflexión, que Francisco elaboró tomando en cuenta las propuestas de las Conferencias episcopales de todo el mundo.

Los primeros siete puntos dan los pasos a seguir cuando se conoce un caso (escuchar a las víctimas, informar a las autoridades civiles, establecer protocolos, etc.). Los puntos 8, 9 y 10, se refieren a la atender y sanar las heridas de las víctimas.

El punto 11 trata sobre colaborar con los medios de comunicación para poder discernir los casos verdaderos de los falsos, evitando difamaciones. El n. 14 habla sobre el derecho a la defensa (la presunción de inocencia). Y el 15 pone a consideración que los obispos y sacerdotes culpables sean expulsados del ministerio.

Epílogo. Francisco, siguiendo la tarea de purificación iniciada por Benedicto XVI, está realizando una verdadera reforma en la Iglesia, y ha sido valiente para abordar un tema complicado y desafiar los encubrimientos.

Lo que podemos esperar de esta cumbre anti-pederastia es una auténtica purificación de la Iglesia, es decir, el reconocimiento de esta plaga con la finalidad de atender a las víctimas, castigar a los culpables y dar medidas concretas para evitar nuevos casos.

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¿Para qué propone el Papa un “mestizaje cultural”?

Hubo un gesto del Papa Francisco, en su reciente reunión con los representantes de los pueblos indígenas del mundo, que pasó muy desapercibido en las noticias. El Pontífice esbozó un programa para reconciliar las tradiciones indígenas con el mundo civilizado y así superar la crisis ecológica.

1. Un reunión peculiar. El pasado jueves 14 de febrero, el Papa visitó la sede de la FAO en Roma, para inaugurar la 42° sesión del Consejo de los Gobernadores del Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola (FIDA), un organismo de la ONU.
En este marco, el Pontífice se reunió con un grupo de 38 delegados de 31 pueblos indígenas de América, África, Asia y el área Pacífico. La reunión duró unos veinte minutos. El Papa Francisco saludó a los presentes uno por uno y algunos de ellos le donaron estolas artesanales. (aica.org, 14 feb. 2019)

2. Un reconocimiento a los pueblos originarios. En su discurso a estos representantes de los pueblos indígenas, Francisco puso de manifiesto las aportaciones que pueden proporcionar las comunidades originarias para el cuidado del planeta, nuestra casa común.
El Papa afirmó que los pueblos originarios, “con su copiosa variedad de lenguas, culturas, tradiciones, conocimientos y métodos ancestrales”, se convierten para todos en “una llamada de atención” que advierte que el ser humano “no es el propietario de la naturaleza, sino solamente el gerente”.
El significado de estas palabras es desafiante. Francisco da a entender que las soluciones al problema ecológico deben contar con las tradiciones y la cultura de los pueblos que viven desde hace siglos en el campo, pues su sabiduría es un factor clave para aprender a respetar la naturaleza.

3. Aprender a dialogar con la tierra. En este mismo discurso, el Obispo de Roma destacó un aspecto de relación del hombre con la tierra, que quizá conocemos muy poco quienes vivimos en ambientes urbanos.
Se trata del “diálogo” con la tierra. Esto significa que la relación con el entorno es mucho más profunda que la explotación agrícola y las ganancias económicas. Y en esto, los habitantes de las zonas rurales, que saben contemplar los ciclos de la naturaleza, nos dan una gran lección.
Francisco explicó que “la tierra sufre y los pueblos originarios saben del diálogo con la tierra, saben lo que es escuchar la tierra, ver la tierra, tocar la tierra”. El Pontífice también señaló que los pueblos indígenas “saben el arte del bien vivir en armonía con la tierra”, y nos invitó a los que “quizás estemos tentados en una suerte de ilusión progresista a costillas de la tierra” a aprender de ellos.

4. Un nuevo tipo de mestizaje. El Papa advirtió que “en el imaginario colectivo” existe el peligro de considerar a los pueblos civilizados “de primera” y a los pueblos así llamados originarios o indígenas “de segunda”.
De esta manera, Francisco salió al paso del prejuicio de que los pueblos indígenas no tendrían nada que aportar en el cuidado de la naturaleza, dado que sus conocimientos no son sistemáticos o académicos.
Y advirtió que ese es “el gran error de un progreso desarraigado, desmadrado de la tierra”. Y entonces hizo una propuesta de que los pueblos civilizados dialoguen y reciban la sabiduría de aquellos otros pueblos: “Hoy urge un ‘mestizaje cultural’ donde la sabiduría de los pueblos originarios pueda dialogar al mismo nivel con la sabiduría de los pueblos más desarrollados”.

Epílogo. Quizá durante mucho tiempo hemos vivido con el paradigma de que las zonas rurales son básicamente una bodega de recursos naturales, como una primera etapa de la actividad económica, que pueden ser explotadas cada vez con mayor eficiencia mediante el uso de la tecnología.

Pero la crisis ecológica nos obliga a pensar de otra manera. Y aquí Francisco nos da una gran pista: dejar de ver la naturaleza como fuente de materias primas, para verla con la sabiduría de los pueblos indígenas, que han aprendido –durante siglos– el arte de tratar a la tierra con respeto y armonía, pues han entendido que los bosques, campos y ríos son “nuestra casa común”.

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¿Para qué viaja el Papa a un país musulmán?

Hace unos siglos, cristianos y musulmanes protagonizaron las Cruzadas, aquellas horribles guerras de religión. Este fin de semana, el Pontífice de la Iglesia católica viaja a un país confesionalmente musulmán. ¿Qué significado tiene esta Visita apostólica?

1. Un encuentro interreligioso. Del 3 al 5 de febrero, tendrá lugar el primer viaje de un Papa a los Emiratos Árabes Unidos (EAU), ya que, invitado por el emir, Francisco acudirá ahí para participar en el encuentro interreligioso internacional “Fraternidad humana”, en contexto del año de la tolerancia que se celebra en todos los Emiratos, en recuerdo del fundador del país, Sheikh Zayed Bin Sultan Al Nahyan.
El Pontífice se reunirá con el Príncipe heredero, luego mantendrá un encuentro privado con los miembros del Consejo de Ancianos Musulmanes en la Gran Mezquita de Sceicco Zayed y también participará en el Encuentro Interreligioso, que se desarrollará en el Memorial del Fundador.

2. Un país islámico. Los EAU forman un país donde la mayoría pertenece a la rama suní del Islam. Actualmente esta nación es uno de los centros financieros del mundo y registra una de las rentas per cápita más altas del mundo, fruto de una economía basada en la producción de petróleo. Son muy famosas su dos principales ciudades, Abu Dhabi y Dubai.
Los EAU cuentan con 9 millones de habitantes. Según el Informe de Libertad Religiosa 2018 elaborado por el instituto vaticano llamado Ayuda a la Iglesia Necesitada, el 76.7 de su población son musulmanes.
Además, hay minorías hinduistas, budistas y cristianas, compuestas en su totalidad por los migrantes, y que tienen reconocida cierta libertad religiosa. Los cristianos forman el 12.4 por ciento de la población, de los cuales unos 800 mil personas son fieles católicos.

3. La situación de la libertad religiosa. Es notable que el Gobierno de los EAU sostenga públicamente que respeta la libertad religiosa individual, pues otros estados islámicos no lo hacen. Sin embargo, esta libertad ahí está aún en sus comienzo.
Una de las limitaciones respecto a libertad religiosa consiste en que la legislación de ese país admite la Sharía o Ley Islámica como legislación vinculante, también para los que no profesan el Islam. Además, se prohíbe que los musulmanes puedan cambiar de religión y sólo se permite a los fieles islámicos el derecho a hacer proselitismo.

4. Una nueva página de la historia. En la víspera del viaje, el Papa Francisco envío un video mensaje a los EAU. El Pontífice dice que se alegra por “esta oportunidad que me ofrece el Señor para escribir, en vuestra querida tierra, una nueva página de la historia de las relaciones entre las religiones, confirmando que somos hermanos aunque seamos diferentes.”
También el Papa le agradece a su amigo, el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmed Al-Tayeb, y a los organizadores de esta visita “por la valentía y la voluntad de afirmar que la fe en Dios une y no divide, acerca manteniendo las diferencias, aleja de la hostilidad y del rechazo”.

Epílogo. Estamos viendo sin duda un profundo cambio histórico, porque somos testigos del encuentro fraterno entre líderes de dos grandes religiones que en su momento pelearon violentamente.
Han pasado siglos desde aquellas guerras, y con el transcurrir de los años la reflexión se ha impuesto a las armas. Ambas confesiones ha comprendido que la común dignidad humana, inherente a cada persona, es la base en la que ambas religiones se apoyan. Y eso hace posible la convivencia, aunque haya profundas diferencias en las creencias.
Esperemos que esta visión de mutua aceptación pronto llegué a todas las naciones del mundo, en las que aún hay persecución o discriminación por motivos religiosos. De esta manera, las religiones serán en verdad una garantía para la paz entre las naciones.

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