Un codiciado botín

Un aspecto que suele pasar más o menos inadvertido en nuestras actuales sociedades, es que los jóvenes se encuentran expuestos a una serie de peligros que pueden afectar notablemente sus vidas.

En efecto los jóvenes (entendamos por tales los menores de 30 años) se han convertido en un segmento extremadamente vulnerable en el cual no solo es relativamente fácil sembrar una serie de “necesidades” de todo tipo, sino que además, ofrece muchas garantías de transformarse en el corto plazo y por varias décadas, en un mercado cautivo de las mismas.

De esta manera, conductas que van desde el consumismo insaciable, al afán de emociones nuevas o de diversión, hasta el consumo de alcohol, de drogas o de sexo en general, se han transformado en poderosas tentaciones que buscan asaltar la ciudadela de la inexperiencia de estos jóvenes, so pretexto de respetar su “autonomía”, sus “derechos” o su “realización personal”.

Se insiste que aunque este fenómeno se vista de “progresismo”, en el fondo viene a ser un notable abuso respecto de sujetos que son incapaces ante la ley por su inmadurez, o siéndolo, carecen de la suficiente experiencia para sopesar adecuadamente las reales consecuencias de las decisiones que toman, supuestamente de manera libre y responsable.

Pero además, como en muchos casos todavía se están formando como personas, es muy probable que estas necesidades creadas generen en ellos una dependencia que será muy difícil erradicar en el futuro, al necesitar de un esfuerzo para el que muchas veces no están acostumbrados.

A lo anterior se añaden, entre otras, dos agravantes: la primera es el incentivo que en muchos países las autoridades y la legislación dan a este lamentable fenómeno (por ejemplo, incitando la actividad sexual o permitiendo el consumo de drogas), tratando a estos jóvenes como si fueran adultos, pese a seguir siendo muchos de ellos incapaces jurídicamente para casi todo lo demás; y la segunda, es la crisis de la institución familiar, que tiene múltiples causas, pero que ha redundado en una desatención de los menores en momentos claves de su formación.

Todo esto está trayendo y traerá notables consecuencias, que aflorarán con toda su gravedad en los próximos años, pues sin exagerar, muchas de estas vidas terminarán arruinándose o afectando gravemente la de otros, fruto de estas decisiones abusivamente incentivadas e inmaduramente tomadas en su momento.

Por eso, es hora de ver a muchos de estos jóvenes como verdaderas víctimas del sistema, pues obviamente existe aquí un abuso intelectual y afectivo sobre ellos, que no tienen las suficientes armas para defenderse de estos peligros. Es por eso, como se ha dicho, que al ser una presa fácil, nuestros jóvenes se han transformado en un codiciado botín.

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

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