Un “Gran hermano” omnipresente

El conocido refrán “la realidad siempre supera a la ficción” parece más actual que nunca, a la luz de varios acontecimientos sorprendentes, impensables hace pocos años. Y dentro de ellos, uno de los más inquietantes es la constante reducción del ámbito privado de las personas, es decir, de esa esfera de intimidad (aunque se comparta con otros) en la cual se puede pensar y decir lo que se quiera, en vista de la libertad de conciencia y de opinión.

En efecto, en la actualidad estamos asistiendo a una cada vez más peligrosa y totalitaria vigilancia de un cúmulo de acciones respecto de las cuales antes nos sentíamos razonablemente a salvo, no tanto de miradas (puesto que como se ha dicho, en varios casos son conductas que se comparten con otros), sino de eventuales consecuencias nefastas derivadas de las mismas, aunque no haya existido el ánimo ni en muchos casos la conciencia de estar haciendo algo malo o indebido e incluso, producto de acciones realizadas con la mejor de las intenciones o en un ambiente de broma o simple esparcimiento.

Nos referimos a la creciente amenaza de ser acusados de discriminadores o intolerantes por casi cualquier palabra, obra u omisión que se realice (hasta ahora, sólo los pensamientos se salvan de esta inquisición), sin importar el contexto, las intenciones o la oportunidad en que se realicen. De esta manera, hasta el gesto más inocente o incluso inconsciente puede ser duramente sancionado por ofender a alguien, fruto de un catálogo de conductas “políticamente incorrectas” que no hace más que crecer exponencialmente, al punto de no saber a ciencia cierta por cuáles conductas podríamos ser reprochados mañana.

Y por supuesto, la excusa de siempre es que con estas casi impredecibles conductas, se están violando ciertos “derechos humanos” de tal o cual persona o grupo, casi como si se tratara de una responsabilidad objetiva, en que lo único importante es la conducta realizada (sin consideración alguna de la intención), y la potencial ofensa que ella ocasiona (donde al contrario, la subjetividad del ofendido es primordial). Por eso, hay que tener mucho cuidado respecto de lo que se habla, escribe o hace, pues en un ambiente cada vez más susceptible por no ir contra lo “políticamente correcto”, es casi imposible no “pisar callos”, como se dice.

En realidad, esta mentalidad viene de ya viejos eventos internacionales (como la II Conferencia Mundial de Derechos Humanos, realizada en Viena en 1993), que consideraban que en atención a la importancia de estos derechos, ellos no sólo debían impregnar todas las esferas de la vida, incluida la privada, sino que precisamente por dicha importancia, legitimaban un sistema de vigilancia mutua entre los Estados para su puesta en práctica.

Sin embargo, con el correr del tiempo, se pretende pasar desde esta vigilancia internacional a la vigilancia entre los propios ciudadanos, convirtiendo a unos en guardianes y censores de otros. Esto, unido a las redes sociales y a la creciente intercomunicación (la famosa “aldea global”), está haciendo que en definitiva, todos podamos ser vigilantes de y vigilados por todos, a fin que nadie ose decir o hacer algo contra los actuales “derechos humanos”, creando algo así como un “Gran Hermano” omnipresente, que lejos de permitir y garantizar la libertad que prometen estos derechos, termina asfixiándola en su nombre.

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

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