Peregrinaciones y deporte

Recuerdo que hace algunos años venía en la carretera de Puebla a la Cd. De México, y todo un carril estaba ocupado por peregrinos que iban a la Basílica de Guadalupe. De caseta a caseta, caminando, corriendo, en bicicleta, unos 100 kms.

En todo el mundo a hay lugares de peregrinación que son muy visitados: Santiago de Compostela, San Juan de los Lagos, Lourdes, etc. Y no necesariamente del cristianismo. Basta pensar en la Meca o Jerusalén (para los judíos), el Chardham Yatra.

Ya 3,000 años antes de Cristo encontramos vestigios de peregrinaciones, basta pensar en la ciudad o santuario de Ebla.

Es sin lugar a dudas, una de las manifestaciones de la fe más hermosa que une la espiritualidad y el deporte o el ejercicios físico.

Eso nos hace ver como en el fondo del corazón del hombre hay una unión natural entre la espiritualidad y el deporte, el ejercicios físico. Uno invita a lo otro.

Una de las experiencia más comunes entre los peregrinos es que a medida que avanzan en la camino su experiencia espiritual se va haciendo más profunda. Al inicio se habla mucho, pero poco a poco se va necesitando más tiempo de oración.

Las peregrinaciones se han convertido en uno de los medios para eficaces y profundos para Evangelizar o para crecer en la fe, en la propia espiritualidad.

Y nos ayuda a descubrir que el deporte y la espiritualidad son un complemento natural que el hombre vive en lo más profundo de su corazón.

Y me pasó…

Cuando iba a correr uno de mis primeros triatlones, al llevar la bici a la zona de transición en un autobús, mi compañero y yo nos sentamos al lado de una señora que también llevaba su bici. Al verla pensé que no sabía en lo que se estaba metiendo: era un poco más joven que yo, pero no mucho; pero estaba mucho más “gordita”. Empezamos a conversar con ella y resultó que era su noveno triatlón, y me di cuenta que no era tan “novata”, pero aun así, pensé que quizá no iba a terminar.

Inicio la carrera y cuando ya estaba por llegar a la meta, en el último kilómetro, esta señora me pasó, y lo peor es que no podía hacer nada para alcanzarla. Llegó antes que yo.

Así nos pasa muchas veces en la vida: juzgamos por las apariencias, vemos muchos “gorditos” que pensamos que no tienen tantas cualidades, que les faltan virtudes, que no destacan, que no son tan “valiosos” y sin embargo por dentro son personas llenas de valores, virtudes, de méritos.

No podemos juzgar por las apariencias porque nos podemos equivocar frecuentemente. Es más, debemos aplicar el principio de la caridad: “Piensa bien y acertarás”.

Y, también, debemos aprender que nosotros no somos “tan atléticos” como a veces pensamos, ni en el deporte, ni en la vida espiritual.

Se cumple la máxima del Evangelio: “Muchos primeros serán últimos, y los últimos, primeros.” (Mc. 10, 31).

Condición física, condición espiritual.

Cuando estudiaba en España al inicio de un verano un compañero nuestro de clases nos invitó a correr-caminar a un lugar donde solía ir los fines de semana. Eran 50 kilómetros. Hizo tanta promoción que nos animamos casi todo el salón, incluso algunos de otros grados. El problema fue que él iba en coche y nosotros no estábamos en condición física. El paseo fue un desastre, regresamos con ampollas, rozaduras, de mal humor, etc. No lo disfrutamos, no fue una buena experiencia. Si nos hubiéramos preparado físicamente hubiera sido maravilloso porque el lugar : “El Castillo del Buen Amor”, era hermosísimo.

Para ese tipo de paseos- carreras es necesario prepararse, hacer ejercicio, tener buena condición física. Sólo así se puede disfrutar. Hacerlo sin tener buena condición física es contraproducente.

En la vida espiritual sucede lo mismo: para poder disfrutar de una experiencia espiritual fuerte, como pueden ser unos ejercicios espirituales, un retiro de silencio, etc. Es necesario tener “buena condición espiritual”, ejercitarse espiritualmente de forma constante, sino el resultado será negativo. Al igual que en el deporte sólo disfruta estas experiencias fuertes quien se ejercita cotidianamente.

Las experiencias espirituales más profundas, más exigentes, son maravillosas, cambian la vida, nos llenan de paz y alegría espiritual, pero hay que irse preparando para vivirlas. Y, como en el deporte, hay que hacer “ejercicios espiritual” todos los días: un rato de meditación, Rosario, Santa Misa, etc. Todos los días con el deseo de crecer, de mejorar.
Te invito que así como te preparas para un maratón, un triatlón o alguna otra competencia de fondo, también te prepares para alguna experiencia espiritual más profunda.

Rodolfo Mayagoitia L.C.

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