Los dos cuerpos

Apenas unos meses después de haber entrado en vigencia en Chile la ley de aborto en tres causales (que pretende ser mucho más que una simple despenalización del mismo), el movimiento en pro del aborto libre ha irrumpido con especial fuerza tanto aquí como en otros países del continente, siendo el caso de Argentina el más conocido.

Lo anterior es una prueba irrefutable de lo que se ha llamado “la espiral del aborto”, en el sentido que su despenalización para casos acotados es sólo el primer paso para alcanzar una total libertad a su respecto, sin argumentar causas ni tener plazos limitantes. Ello, por considerarlo un “derecho humano”, lo que de llevarse a sus últimas consecuencias, impediría la objeción de conciencia y exigiría su financiamiento por parte del Estado.

Pero además, el aborto libre prueba que para sus partidarios, esta práctica es en el fondo, un método anticonceptivo más y aunque parezca increíble, el embarazo no deseado, otra enfermedad de transmisión sexual. Por iguales motivos, el concepto de “violación” ha sufrido una notable ampliación, a fin de englobar todo embarazo no querido.

Ahora bien, el argumento según el cual lo anterior obedece al derecho de la mujer de disponer de su propio cuerpo es falaz, puesto que la ciencia ha demostrado más allá de toda duda (aunque lo nieguen los partidarios del aborto, a veces con una absoluta “cara dura”), que el ser en gestación es un miembro de la especie humana desde el primer momento. Si no fuera así, nada de lo que le ocurra en su acelerado desarrollo podría darse, porque todo tiene una causa, o si se prefiere, de la nada, nada sale.

Lo anterior quiere decir por tanto, que estamos ante dos cuerpos: el de la mujer y el del concebido, como además, permite comprobar fácilmente cualquier ecografía. Ahora, que este último “dependa de la madre” para vivir, como se dice, no le quita valor alguno, entre otras, por dos razones: porque es una ley universal de la vida que ella surge pequeña, con lo imprescindible, y naturalmente crece, como es en este caso; y también (e igualmente universal) porque toda vida requiere de un entorno en el cual existir (el cuerpo de la mujer o el planeta que habitamos), sin el cual moriría irremediablemente.

El otro argumento que suele usarse para justificar el aborto es que el no nacido es una amenaza al proyecto de vida de la mujer y que trunca su desarrollo personal. Sin embargo, este argumento parece partir de la premisa que el “proyecto de vida” es algo inmodificable y casi predeterminado, lo que daría legitimidad para sacar del camino o incluso destruir todo aquello que lo estorbe o que sea un peligro para él.

Lo anterior es imposible, porque el curso que pueda tener la vida es un misterio, incluso para la propia persona. Y aun cuando existan planificaciones generales a su respecto, es un camino que en parte se va haciendo al andar, pues muchas de sus variables están fuera de nuestro control y además, en virtud de nuestra libertad, podemos cambiar de opinión.

Por eso, si lleváramos el argumento del “proyecto de vida” hasta sus últimas consecuencias, ¿por qué no poder matar a un familiar si sufre un accidente que lo deja postrado, en razón de amenazar dicho proyecto? Ahora, si se argumenta que no resulta ilícito eliminarlo por tratarse de un ser humano, de una persona, de un sujeto débil y necesitado, etc., ¿por qué no aplicar el mismo criterio con el no nacido?

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho
Profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

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