Un auténtico campo minado

Como hemos dicho tantas veces y no nos cansaremos de repetir –mal que mal, la divulgación de la verdad debiera ser el “leit motiv” de cualquier medio de comunicación decente–, nuestra cínica época se vuelve cada vez más totalitaria, pese a que  de manera casi enfermiza, se vanagloria de lo contrario. Ello no solo para no ver la profunda contradicción que existe entre la teoría y la realidad, sino sobre todo, como parte fundamental de su estrategia para conseguir dicho totalitarismo, pues para tener éxito, es imperioso pasar inadvertido a fin de no generar resistencia.

            De esta manera, de forma creciente, acelerada y peligrosa, los campos de lo debatible y de lo que se puede pensar libremente, se están haciendo cada vez más estrechos, aunque como se ha dicho, se insista majaderamente en que el fenómeno es exactamente el inverso.

            Ello ocurre porque cada vez se imponen más “dogmas”, que muchas veces se reducen a burdos eslóganes de lo políticamente correcto, que cual vallas, van indicando el camino obligado para las masas; algo así como un canal por donde deben circular las aguas del pensamiento correcto y de lo que se pude manifestar decentemente ante otros.

            Y por el contrario, quienes aún no se suben a este tren de lo políticamente correcto, son cada vez más amedrentados para que desistan de lo que se considera una rebelde, cuando no anticuada o malévola actitud. Bastan como ejemplos de lo anterior la creciente arremetida del colectivo LGBTIQ+, de los movimientos pro inmigración o de las leyes negacionistas, por poner sólo ejemplos recientes, para darse cuenta de ello. Y por supuesto, todo esto y mucho más es sacralizado al convertirse en los nuevos “derechos humanos”, que curiosamente, siempre protegen y a la vez permiten atacar siempre a los mismos sectores de nuestras sociedades, en una visión absolutamente maniquea de las mismas.

            En consecuencia, el ámbito de lo que se puede pensar y expresar se ha ido convirtiendo a algo parecido a un campo minado, en el cual hay que tener cada vez más cuidado para desplazarse, pues de manera casi inevitable, se pisará una “mina” de lo incorrecto y explosionarán las recriminaciones y amenazas, acompañadas de la metralla de los francotiradores que vigilan el perímetro de este territorio, para que así nadie se desvíe del único camino legítimo prestablecido por los sabios de nuestro tiempo.

            He aquí el totalitarismo de nuestra época, mucho más refinado y peligroso que el tradicional. Este último es magistralmente representado en el “1984” de George Orwell, en aquella escena en que el malvado O’Brien, mientras tortura al protagonista, Winston, le pregunta: “¿Cómo le demuestra un hombre a otro su poder?”; a lo que el segundo responde sin titubear: “haciéndolo sufrir”. Y si bien el siglo XX y parte del XXI han sido pródigos en ejemplos, a veces dantescos de sus horrores, al menos esta forma de dominación resulta visible, al ser evidente y por lo mismo, genera resistencia.

            Hoy por regla general no nos hacen sufrir, al menos físicamente, pero este totalitarismo pretende imponerse de una forma mucho más peligrosa, tanto por pasar inadvertido como en razón de ser, por regla general, indoloro: ahogando nuestra libertad interior mediante la construcción de este campo minado en que se está convirtiendo la simple posibilidad de pensar y expresarse libremente.

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Director de Carrera

Universidad San Sebastián

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