El deseo como parámetro

Si se analiza con detenimiento el avance que ha tenido la aceptación del aborto en los últimos cincuenta años, se puede percibir que la razón fundamental (más allá de los casos dramáticos con que se le ha abierto la puerta) es el deseo, en el sentido que ninguna mujer podría ser obligada a llevar adelante un embarazo con el cual por algún motivo –no importa cuál– no esté de acuerdo.

No otra cosa –el deseo– es lo que explica, en este mismo orden de ideas, el auge y ahora lugar central dentro de los derechos humanos políticamente correctos, de los llamados “derechos sexuales y reproductivos”, que entre otras aristas, abogan por el “derecho al hijo”, con lo cual existiría una total libertad para engendrarlos, diseñarlos y destruirlos.

Ahora bien, al margen del conveniente oscurecimiento que se ha impuesto en los últimos años acerca del estatuto antropológico del no nacido –la pieza fundamental de este asunto–, llama la atención que en este campo prime a sus anchas el deseo como criterio inapelable para determinar lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto (en suma, a lo que se tiene derecho y a lo que no), y en otras muchas materias no se siga este mismo principio.

Me explico: si de verdad fuera el deseo el criterio legitimador para todo, como parece ocurrir aquí (y también en el Derecho de Familia), ¿por qué no aplicarlo, para ser coherentes, a otras áreas de la vida?

En efecto, podría esgrimirse el mismo fundamento, por ejemplo, para no pagar impuestos, para saltarse normas laborales o de seguridad social, para no cumplir con los compromisos asumidos, para legitimar diversos delitos, para no aceptar mandatos de la autoridad, para no cuidar a los hijos o a los discapacitados y un largo etcétera. En todos estos casos, la persona obligada a comportarse de cierta manera podría argumentar que tal imposición es ilegítima en atención a ir contra sus deseos, o que su situación es más valiosa que la de su contraparte. Sin embargo, en varios de estos casos sería no solo absurdo, sino incluso peligroso guiarse por este criterio.

Por lo tanto, parece más que contradictorio que en algunos campos el deseo más subjetivo impere incluso contra la más elemental lógica y justicia (como en el aborto, donde los deseos hacen desconocerle al no nacido su carácter de un “tú”) y en otros, se lo considere casi o abiertamente irrelevante e incluso se lo castigue en caso de manifestarse. Y esto no depende de la mayor o menor importancia de las consecuencias que se sigan en uno y otro evento, pues parece claro que es bastante más grave matar a un no nacido inocente que dejar de pagar impuestos, por ejemplo.

Así pues, ¿hasta cuándo seguiremos con esta flagrante contradicción?

Max Silva Abbott

Doctor en Derecho

Profesor de Filosofía del Derecho

Universidad San Sebastián

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